EN Oración
Serie Hambre

Hambre de libertad: creer en Jesús y permanecer en sus enseñanzas

Reconoce las áreas de esclavitud, sigue la verdad de Jesús y asume la responsabilidad de permanecer en libertad mediante decisiones, disciplina y dependencia de Dios.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
52 min

Es posible ser salvo y tener vida eterna, pero seguir viviendo como esclavo en ciertas áreas. Necesitamos hambre de libertad. Esta palabra no es solo para quienes no creen, sino también para quienes dicen creer en Jesús: ¿permaneces en sus enseñanzas?

Creer y permanecer en la verdad

En Juan 8, Jesús habla a los judíos que habían creído en él. Creer, por sí solo, no es vivir en libertad: Jesús los llama a permanecer en su palabra, ser verdaderamente sus discípulos y conocer la verdad. No es «tu verdad» ni «mi verdad» la que libera, sino la verdad de Jesús. Hoy puedes creer algo y mañana cambiar de opinión; la verdad de Dios permanece.

Versículo clave

«Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.»

Juan 8:31-32

No basta con saber lo que Jesús enseñó ni con creer en sus señales: importa qué haces con lo que sabes y si sigues sus enseñanzas cada día. La iglesia es una comunidad de discípulos, llamada a comprometerse con las palabras de Jesús y no a sustituirlas por ideas propias. La libertad está en seguir esa verdad.

Ellos respondieron: «Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie». Pero el pueblo de Israel sí había sido esclavo en Egipto. El ego y el orgullo hacen difícil reconocer la propia esclavitud. Ten hambre de la verdad de Dios y admite que puede haber áreas de tu vida en las que todavía eres esclavo.

Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado; pero si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres. Puedes creer en las señales de Jesús sin obedecer lo que enseña. La libertad no es una declaración que elimina toda responsabilidad, sino una vida que permanece en la palabra.

Libertad que hay que cuidar

Cristo te hizo libre, pero a ti te toca estar firme y no volver a sujetarte al yugo de esclavitud. Todos necesitamos un nuevo nivel de libertad, no solo quien tiene un problema más visible. Con frecuencia pensamos primero en el familiar o en la persona sentada al lado, y no en nuestra propia necesidad de crecer en libertad.

Versículo clave

«Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.»

Gálatas 5:1

Puedes volver al cautiverio por tus propias decisiones. Dios tiene poder para liberar, pero tú puedes someterte otra vez a aquello que te esclaviza. Los gálatas se estaban esclavizando por su propia voluntad, y algunos querían perfeccionar la salvación con rituales. No se puede: solo la sangre de Cristo salva, y seguir la palabra te mantiene en libertad. No confundas la libertad con hacer cualquier cosa.

Hermanos, a libertad fuisteis llamados. «Hermanos» es la familia de Cristo, y tú formas parte de ella. Pero no uses la libertad como ocasión para la carne: sírvanse por amor los unos a los otros. El libertinaje es libertad abusada, y termina siendo abuso contra uno mismo.

Dios no necesita tu obediencia: no necesita nada. Eres tú quien necesita obedecer para no hacerte daño. Al obedecer no le haces un favor a Dios; evitas meterte tú mismo en cautiverio. La desobediencia no daña a Dios: perjudica a quien la practica. Por eso, no uses tu libertad como pretexto para la carne ni vuelvas a someterte al pecado.

Imagina que cada mala palabra te dejara la boca ardiendo como chile, o que una infidelidad tuviera una consecuencia instantánea: quizá habría más resistencia al pecado. Las consecuencias no siempre se sienten de inmediato, pero llegan. Recurre a la misericordia de Dios y cultiva hambre de libertad.

Pensamientos, adoración y decisiones

Romanos 1 dice que Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos; y cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador. Cuida tus pensamientos. A todos nos llegan malos pensamientos porque somos humanos, pero decide no alimentarlos y di: «Este pensamiento no es mío».

La Biblia te permite conocer cómo piensa Jesús y lo que Dios tiene para tu vida. Lo que Dios te ha dado puede convertirse en ídolo cuando ocupa su lugar. Tus logros en los estudios, en tu carrera, en tu empresa, en la fama o en las redes pueden llevarte a pensar que ya puedes dirigir tu vida sin depender de Dios.

Examina si Dios sigue dirigiendo lo que puso en tus manos. Tus ideas, aunque parezcan buenas, no son mejores que obedecer lo que Dios dice. Ante cada decisión, responde: «Lo que Dios diga».

Sirve, ofrenda, diezma y ama en tu matrimonio no según tus ideas, sino según lo que enseña la Biblia. La sujeción no es machismo ni autorización para abusar: se lee en su contexto bíblico, donde el esposo también se sujeta a Cristo. Dios no creó a ningún ser humano para enseñorearse de otro. Pastores, apóstoles y profetas están llamados a inspirar, enseñar y guiar con la palabra, no a abusar de su autoridad.

Ni machismo, ni feminismo, ni un empoderamiento entendido como autosuficiencia. Basta un resfriado para recordar que no somos poderosos por nosotros mismos. Reconoce al Dios todopoderoso en lugar de levantar ídolos de ti mismo. Imagina una comunidad de discípulos que sirve en la congregación, en las empresas y en todo lugar, con una manera de pensar bíblica, sin legalismo ni libertinaje.

Aprender a permanecer firmes

«Guardaré tu ley siempre… y andaré en libertad, porque busqué tus mandamientos». La libertad va unida a seguir las enseñanzas de Dios. Amar y respetar a tu esposo, a tu esposa o a tus hijos no es lo mismo que convertirlos en ídolos: solo a Dios se adora. La misma palabra que te libera te da dirección para vivir en libertad; tú decides si la sigues.

Puedes llegar a enfriarte en tu relación con Dios. Estar aquí, junto a personas con defectos y áreas pendientes, es señal de crecimiento y una oportunidad de buscar libertad. Algunas experiencias, como una decepción, son reales, pero convertirlas en la verdad definitiva sobre tu vida es una trampa. Tus fracasos, llevados delante de Dios, se convierten en el testimonio de cómo fuiste levantado.

Tu testimonio puede dar inicio a la libertad de otra persona: no lo ocultes por vergüenza, porque Dios puede usarlo para edificar a otros. Pero hay una diferencia entre caer por humanidad y caer por necedad. Todos cometemos errores; cuando sabes lo que ocurrirá y aun así repites el patrón, asume la responsabilidad de tus decisiones.

«Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo». No dice que Dios quiera humillarte, sino que te humilles tú. La humildad es reconocer que necesitas a Dios: «Yo no puedo; tú sí». Dios te exaltará en el tiempo oportuno: espera ese tiempo.

Echa toda tu ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de ti. Sé sobrio y vela: practica el dominio propio, porque tu adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quién devorar. Habrá ataques, y no siempre podrás prevenirlos, pero sí puedes prepararte en Dios para responder.

Si aquellos judíos hubieran reflexionado, habrían reconocido que el pueblo fue esclavo y se acostumbró a esa condición. En el desierto extrañaban los ajos y el pescado de Egipto: Dios los había sacado de Egipto, pero Egipto no había salido de ellos. Reflexiona y prepárate, sin negar la liberación que ya recibiste.

Prepararse para la tentación y para servir

«Hijo de David, ten misericordia de mí». David tocaba el arpa para dar alivio a Saúl; Jesús, el Hijo de David, no solo trae alivio: trae libertad.

Busca formas sanas de disciplinar tus emociones, tanto en los momentos bajos como en los altos. La tentación se presenta atractiva y esconde consecuencias destructivas. Eres linaje escogido y real sacerdocio, y el enemigo intentará que no veas tu valor. A veces la dificultad llega justo antes de una etapa importante.

Las armas de nuestra milicia no son carnales. Pregúntate cuáles son los puntos de acceso que permiten que se repitan tus patrones. Un matrimonio puede sentarse a conversar sobre qué puertas abren ellos mismos, y poner límites: no faltarse el respeto cuando se enojan y esperar antes de hablar. Haz lo mismo en tu relación con tus padres, en la universidad, en el trabajo, en la empresa y en tus decisiones. No des acceso a los mismos patrones y permanece en libertad.

Sirve a Dios a cualquier edad. Alguien de más de ochenta años puede pensar que ya está en otra etapa y que no servirá más, pero Dios puede darle otra estrategia para servirle hasta el último día. Imagina a un anciano apoyado en un bastón donde están escritas las promesas de Dios: sus hijos le piden que no se levante, pero él se pone de pie, firme en esas promesas.

Tu obediencia no depende de las circunstancias. Adán pecó en el paraíso; Jesús obedeció en el desierto durante cuarenta días. A muchos les cuesta ayunar del desayuno al almuerzo. Jesús fue tentado a convertir las piedras en pan, y respondió: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Prepárate con la palabra antes de que llegue el ataque.

Jesús fue tentado con los reinos del mundo y se negó a adorar a otro. No adores lo creado ni hagas ídolos de lo que le pertenece a Dios. Cristo te libera de algo y también te libera para algo: servir, testificar y ayudar a otros en su nombre.

Una libertad que alcanza a las generaciones

Una niña que crece en una familia que conoce a Cristo puede irradiar una felicidad que hasta los desconocidos notan, aunque sus padres o abuelos no hayan tenido esa misma infancia. Las decisiones que tomas hoy influyen en las generaciones que vienen.

Ponte firme, porque tus acciones afectan a tus generaciones. Apártate de los malos pensamientos y de participar en lo malo; escucha a Dios para compartir sus enseñanzas y sus pensamientos. Dale gracias por tu salvación, pero habla con sinceridad sobre las áreas en las que, aunque eres salvo, te sientes esclavo.

Pide perdón por creerte dueño de tu vida o por dirigirla mal. Reconoce que has olvidado depender de Dios y que has levantado ídolos con las bendiciones recibidas. Ten hambre de libertad para tu vida, tu familia, tu matrimonio, tu juventud y tus generaciones, y comprométete a prepararte con la palabra para responder a los ataques. Enfócate en lo que dice la palabra y confía en Dios en los momentos difíciles.

Abre tu corazón a Jesús: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te recibo como mi Señor y mi Salvador». No vivas solo como alguien que cree, sino como un discípulo que permanece en las enseñanzas de Jesús.

Referencias bíblicas