La Biblia habla mucho del hambre. Eva vio que el fruto era bueno para comer, y cayó. Esaú, cansado y hambriento, cambió su primogenitura por un plato de lentejas. Jesús, después de cuarenta días de ayuno, tuvo hambre, y allí vinieron las tentaciones. El hambre te vuelve vulnerable, y en lo espiritual también. Por eso necesitas preguntarte cuánta hambre de Dios tienes.
Cuando el hambre te hace vulnerable
Si vas al supermercado con hambre, te llevas todo lo que te ofrecen. Así, cuando tu hambre espiritual no está saciada en Dios, te tragas lo que el enemigo te pone delante. Pídele a Dios discernimiento, y llénate de él. Así como en lo físico existe la falta de apetito, en lo espiritual también hay quienes perdieron el apetito por Dios.
Cuando cambian las prioridades
Jesús contó de un hombre que hizo una gran cena e invitó a muchos. «Y a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los convidados: Venid, que ya todo está preparado. Y todos a una comenzaron a excusarse». Uno dijo: «He comprado una hacienda, y necesito ir a verla». Otro: «He comprado cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlos». Otro: «Acabo de casarme, y por tanto no puedo ir». Entonces el señor mandó traer a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos, y aún había lugar. La queja y la excusa son síntomas de que se perdió el apetito.
¿Quién compra una hacienda sin verla, o bueyes sin probarlos? El interés por lo material había pasado al primer lugar. Cuando pierdes el hambre, cambian tus prioridades: lo urgente desplaza lo importante. Las cosas urgentes gritan; las importantes casi nunca lo hacen. Cuida también que las bendiciones no disminuyan tu hambre de Dios. Agradece todo lo que te da, pero que nunca reemplace tu deseo de él. Cuando te invitan a buscar a Dios y siempre tienes otra cosa más importante, revisa tu apetito.
Hambre de su palabra, sin melindres
«He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová». Comer la palabra es alimentar tu espíritu.
También hay melindrosos espirituales. Como quien pide una hamburguesa sin cebolla, sin tomate, sin lechuga, sin queso y sin salsa, hay quienes se fijan en que no los saludaron, en que el sonido falló, en que alguien citó mal un versículo; y de todo lo que Dios hizo en una reunión, eso es lo único que se llevan. Quien tiene hambre lo disfruta todo.
«El hombre saciado desprecia el panal de miel; pero al hambriento todo lo amargo es dulce». Cuando falta el hambre, hasta la miel empalaga; cuando hay hambre, aun lo amargo sabe dulce. «Aderezas mesa delante de mí», dice el salmo. Pero ¿para qué preparar la mesa si no hay hambre? Imagina que preparas para alguien una entrada, un plato fuerte y un postre, y te dice: «No tengo tanta hambre». Dios prepara un banquete cada vez que abres su palabra; lo que espera es que llegues con hambre.
Versículo clave
«El hombre saciado desprecia el panal de miel; Pero al hambriento todo lo amargo es dulce.»
Proverbios 27:7
La mujer de las migajas
«Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio». No le ofrecieron el pan entero: «No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos». Pero ella respondió: «Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos». Con una migaja hizo lo que otros no lograron con el pan entero.
La clave no está en lo grande, sino en el hambre. Elías vio una nube del tamaño de la palma de una mano, y supo que venía la lluvia. Un valiente de David defendió un pequeño campo de lentejas. El reino comienza como un grano de mostaza. Quien tiene hambre disfruta lo poco, lo regular y lo mucho. Jesús le dijo a aquella mujer: «Oh mujer, grande es tu fe». Tu nivel de apetito por Dios revela tu nivel de fe: a más fe, más hambre.
Los que tienen un hambre desesperada son los que abren el techo para bajar a un amigo, los que suben a un árbol como Zaqueo, los que no dejan de tocar la puerta como la viuda ante el juez injusto. Lo normal engendra normalidad; lo desesperado engendra milagros. ¿Cuán desesperado estás por ver a Dios manifestarse en tu vida?
La capacidad de asombro
«Y la gente, al verlo, se maravilló y glorificó a Dios, que había dado tal potestad a los hombres». «Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es este, que aun los vientos y el mar le obedecen?». Maravillarse es admirarse, sorprenderse. Los niños viven asombrados por todo: una luz, un pájaro. Cuando sigues maravillándote de lo que Dios hace, eres candidato para que siga haciendo cosas gloriosas.
Cuando pierdes la capacidad de asombro, llega la apatía, y la apatía es la muerte de la pasión. El enemigo intenta abrumarte con malas noticias, enfermedades, temores y gigantes. Diez espías volvieron abrumados por los gigantes; solo dos volvieron maravillados de lo que Dios había prometido. «Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará». Cuando se enfría el amor, se enfría la fe, y se pierde el hambre. Pídele a Dios que despierte en ti un hambre mayor.
Acércate y no lo sueltes
Maravillarse es contemplar, y contemplar es acercarse. Pedro comenzó a hundirse cuando miró el viento y las olas en lugar de mirar al Señor. Cuando dejas de contemplar el problema y contemplas a Jesús, ves lo que antes no veías. Los que estaban en la barca lo adoraron, diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios».
Los que tienen hambre desesperada se acercan. La mujer que padecía flujo de sangre pensaba: «Si tocare solamente su manto, seré salva». María Magdalena, al reconocer a Jesús resucitado, se aferró a él, y él le dijo: «No me toques», porque ella no quería soltarlo. Tener hambre desesperada es no soltar a Dios, aun cuando no ves todavía la respuesta.
Un hambre que persevera
«Benaía hijo de Joiada, hijo de un varón esforzado, grande en proezas… descendió y mató a un león en medio de un foso cuando estaba nevando». Tenía más hambre de victoria que el león de presa. Quien tiene hambre desesperada no se deja vencer por las circunstancias: sabe que Dios está con él, y persevera. Detrás de tus gigantes hay promesas.
Moisés había visto las plagas, el mar abierto, el agua de la roca y el maná. Y aun así pidió algo más: no más cosas, sino a Dios mismo. «Te ruego que me muestres tu gloria». Las respuestas que recibes son hermosas, pero no sacian para siempre; solo Dios sacia. Conserva esa santa insatisfacción, y no te conformes con lo que ya recibiste: pide más de él.
Versículo clave
«Él entonces dijo: Te ruego que me muestres tu gloria.»
Éxodo 33:18
Referencias bíblicas
- Lucas 14:15 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Proverbios 27:7 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Amós 8:11 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 15:22 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 9:8 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 8:27 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 24:12 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 14:33 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 20:17 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 2 Samuel 23:20 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Éxodo 33:18 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


