EN Oración
Serie Level Up

Un nuevo nivel de alerta y la armadura de Dios

Permanece alerta, firme en la fe y equipado con la armadura de Dios, creciendo en la Palabra y perseverando en oración ante las dificultades.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
58 min

Hay que subir a un nuevo nivel de alerta: mantener la cabeza fría, practicar el dominio propio y estar atentos a lo que Dios dice por medio de su Palabra. No se trata de vivir distraídos ni con miedo, sino despiertos en el espíritu y preparados.

1 Pedro 5:8 presenta la imagen de un adversario que anda como león rugiente buscando a quién devorar. Ser atacado no equivale a ser devorado: hay un espacio para responder al ataque con la Palabra, resistir al enemigo y crecer en firmeza. La “siesta” de la que se habla no es dormir físicamente ni dejar de disfrutar actividades con la familia, sino descuidar el crecimiento espiritual mientras se alimenta la carne.

Aprender de la Palabra es parte del entrenamiento: congregarse, leer la Biblia y sujetarse a una autoridad espiritual. El enemigo quiere que cada uno se guíe solo por sus propias ideas y maneje el evangelio a su manera, pero sujetarse a otro produce humildad. Todos necesitamos personas a quienes rendir cuentas. No se trata de creerse más que nadie, sino de reconocer autoridad y crecer.

Nadie promete que no serás atacado, pero no serás devorado: ni tú, ni tu familia, ni tus generaciones. El sufrimiento no durará para siempre. Dios es generoso y tiene planes eternos y gloriosos para nosotros en Cristo: no en un familiar ni en el jefe, sino en Cristo. Esos son los mejores planes; prefiérelos a los tuyos.

Versículo clave

«Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar;»

1 Pedro 5:8

Quien juega un videojuego se concentra tanto que no oye a nadie: una distracción y se acaba la partida. Así de atentos deberíamos estar a lo que Dios habla. En cualquier segundo la vida cambia y llega un milagro: no te distraigas de la oración ni de la Palabra.

Dios es generoso en sus planes, en su amor y en victorias: es un nuevo tiempo. La maldición llega hasta la tercera y cuarta generación, pero la bendición de Dios, hasta mil generaciones. Aunque haya habido malas decisiones, Dios da una nueva oportunidad: en ti comienzan las mil generaciones.

La idea de que el cielo tiene un plan para quienes están en Cristo conduce a otra afirmación central: Dios tiene la última palabra. Podemos confiar en que Dios se encarga de sus hijos, y esa confianza va unida a la necesidad de mantenerse alerta. Efesios 6 habla de la fuerza de Dios: si alguien llega con debilidad, frustración o decepción, debe reconocer su situación y acudir a Dios, quien quiere fortalecerlo. Esto no descalifica el apoyo de amistades: hay amigos valiosos que acompañan procesos, aunque hay momentos en los que solo Dios puede dar nuevas fuerzas.

Equiparse para resistir

La armadura de Dios recuerda que esta no es una guerra de fin de semana que se olvida en un par de horas: es una lucha de vida o muerte, hasta el final. Te enfrentarás a mucho más de lo que puedes manejar por tu cuenta; toma toda la ayuda que Dios te da. Puedes ser ingeniero y hacer casas, pero en una batalla espiritual tus planos no sirven: necesitas los planes del reino.

El enemigo tiene estrategias, pero nuestras armas no son carnales, sino espirituales. Toma toda la armadura de Dios, no una fabricada a tu manera. Saúl le ofreció a David su armadura, pero David dijo que no podía ni caminar con ella porque no había sido entrenado así. La armadura de Dios está en su voluntad, y su voluntad siempre te lleva a ver los más grandes planes para tu vida. Contra Goliat no se trataba de altura física, sino de una batalla de fe en el corazón.

La conclusión es que, con la ayuda de Dios, hay lo necesario para resistir y ganar. Habrá días malos; por eso, hay que resistir hasta el fin y permanecer firmes. Mantenerse firmes implica establecerse, ser intencionales y perseverar, no limitarse a momentos esporádicos de entusiasmo.

La primera pieza es el cinturón de la verdad. En la vestimenta de los soldados antiguos, el cinturón mantenía en su lugar las demás piezas y sostenía la espada. Así, la verdad de Dios debe tener un lugar central en la vida: sin ella no se avanza ni se puede usar la espada. Hay que distinguir verdad y mentira; Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. No leas la verdad para vivir una mentira: deja que lo aprendido confronte las mentiras que tenías por ciertas.

La segunda pieza es la coraza de justicia, que se relaciona con la protección de los órganos vitales y, espiritualmente, con guardar el corazón. Es la instrucción bíblica de guardar el corazón, porque de él mana la vida. Si alguien ha sido ofendido, le toca perdonar y sanar el corazón, y confiar en la justicia de Cristo. Perdonar no obliga a retomar una relación que se considera tóxica, pero sí implica no permitir que la falta de perdón, el rencor o la ofensa bloqueen el presente o el futuro en Cristo.

Hay noticias que desaniman. A alguien que se recuperaba de una operación le pusieron unos tornillos, y cuando preguntó si ya podía mover los dedos, el médico le dijo que no tuviera expectativas tan altas, que quizá los tornillos serían rechazados; poco después ya creía tener fiebre, aunque no la tenía. Por eso necesitamos la armadura de Dios: en Cristo tenemos expectativas grandes, porque nuestro Dios es grande. Es una recuperación sobrenatural, y ya está siendo sanado.

La siguiente pieza es estar calzados con la disposición de proclamar el evangelio de la paz. Todos los días somos tentados a preocuparnos, pero el evangelio de la paz nos mantiene firmes y nos recuerda quién nos salvó. No dejes de recordar la salvación, aun en las circunstancias difíciles: Dios es eterno, está en control y es buen proveedor.

Cuando se predica el evangelio, se escuchan muchos testimonios. En el funeral de un discípulo que llevaba dieciséis años en la iglesia, el lugar estaba lleno, y uno tras otro decían: «él me invitaba a servir», «él me hablaba de Jesús», «él me presentó a Jesús». Nadie hablaba de su casa o de su carro, que son añadiduras, sino de la eternidad.

Hermosos son los pies de los que anuncian la verdad del evangelio. Que tu funeral sea una fiesta de almas, porque por tu vida muchos conocieron al Dios que salva. Hasta el final, aquel discípulo recibía a quienes lo visitaban y compartía un pan con ellos, alegre de verlos todavía en vida. Así es una iglesia de discípulos. Tus pies tienen propósito eterno donde proclamas su nombre: en la empresa, en la oficina, en la universidad. Todo lo que quede en la tierra pasará, pero la Palabra de Dios permanece.

Luego viene el escudo de la fe, con el que se pueden apagar todas las flechas encendidas. Los soldados romanos cubrían su escudo con una piel pesada de animal y lo sumergían en agua antes de la batalla; al recibir las flechas de fuego, se apagaban. Sumérgete en la Palabra. La fe no es un sentimiento, sino una decisión: decidir creer y entregarse a Dios, confiando en su carácter, que no cambia.

El casco o yelmo de la salvación protege la mente, donde se libran las más grandes batallas. Entrega a Dios los pensamientos que no se alinean con su Palabra: al caminar con Cristo, los pensamientos se renuevan. Viene un tiempo de romper limitaciones y cadenas generacionales del “no se puede”; con la armadura estarás alerta cuando el enemigo quiera limitarte, y podrás soñar y creer en grande.

La espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios, es defensiva y ofensiva, capaz de llegar a lo profundo del corazón y de los pensamientos. Así lo muestra el relato de Jesús en el desierto: tras cuarenta días de ayuno, se enfrentó a Satanás, quien le propuso convertir piedras en pan y lo invitó a adorarlo. Las respuestas de Jesús vienen de la Palabra escrita: no solo de pan vivirá el hombre y solo a Dios se debe adorar y servir. La exhortación es llevar esa espada y permanecer sumergidos en la presencia y la Palabra, no limitarse a recibirlas para uno mismo, sino tener palabras para compartir.

Pablo, en la cárcel, agradecía por sus cadenas. Esa imagen nos exhorta a no dejar que las circunstancias definan la identidad: las cadenas no anulaban el propósito de Pablo. Del mismo modo, ante pensamientos como “Dios me abandonó” o “Dios me dejó”, conviene recordar la verdad de que Dios no ha dejado a sus hijos y afirmar que la identidad está marcada por la sangre derramada en la cruz, no por el momento difícil.

El versículo 18 llama a orar en el Espíritu en todo momento, con peticiones y ruegos, y a perseverar en oración por todos los creyentes. Ora por la persona que tienes cerca, aunque estés peleado con ella. Que el Espíritu Santo dé nuevas fuerzas a quien se está quedando sin ellas; que traiga sanidad, levante y renueve mentes, pensamientos y corazones. Y que fortalezca a quienes están solos, en un hospital o lejos de casa.

Versículo clave

«orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos;»

Efesios 6:18

Eres un instrumento de Dios. Busca una relación diaria con él, no algo de fin de semana que se olvida dos horas después. Comienza cada día con la armadura: la mente renovada por la Palabra, el corazón cubierto por la coraza de justicia, la oración y la espada del Espíritu. Quizá has estado “durmiendo una siesta” espiritual, pero hoy puedes despertar y estar atento a lo que el Espíritu Santo quiere hacer. Dios guía y equipa: las flechas serán apagadas.

Nadie debe irse sin recibir a Jesús. Confiesa: “Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te recibo como mi Señor y mi Salvador”. Vive alerta, equipado con la armadura de Dios y perseverando en oración.

Referencias bíblicas