EN Oración
Serie Saltos de fe

Saltos de fe: cómo dar el primer paso cuando Dios te llama

La fe verdadera no es pasiva, es activa. Con Abraham, Josué, Bartimeo y María, descubre por qué no necesitas conocer todo el plan, qué debes soltar y cómo atender el llamado de Dios para dar saltos de fe.

Predicadora
Sofía Bocache
Publicada
Duración
48 min

Santiago 2:17 dice: «Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma». La fe verdadera no es pasiva, es activa. La fe es lo que nos conecta con Dios: el puente entre lo invisible y lo visible, entre lo celestial y lo terrenal. La fe no es negar la realidad, sino la elección consciente de confiar en Dios, en sus planes, en su palabra y en su propósito. Por eso la fe es una respuesta activa a quien Dios es: cuando caminamos por fe, le respondemos con la medida de fe que él depositó en nosotros.

Versículo clave

«Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.»

Santiago 2:17

La Palabra dice que sin fe es imposible agradar a Dios. Es tiempo de decirle con nuestras acciones y nuestra fe: «Señor, voy en serio con tus planes». Si Dios dijo algo, lo va a hacer, pero tiene que haber alguien aquí en la tierra que diga: «Sí, Señor, creo en tu palabra, y me empiezo a mover». Dios escucha nuestras palabras y nuestras oraciones, pero hay veces que escucha más nuestra fe, porque la fe habla, grita, sacude, impulsa y salta. Y si no es práctico, no es espiritual. Para dar saltos de fe hay tres cosas.

No necesitas conocer todo el plan

Lo primero es que no necesitas conocer todo el plan. Si quieres dar saltos de fe, deja de preguntarle a Dios cuándo, cómo y dónde, y dile: «Señor, la instrucción que me des es suficiente». Hay gente estancada y paralizada porque quiere que Dios le diga todo, y Dios jamás te va a dar toda la información, porque no quiere que dependas de lo que ves ni de la información que tienes, sino de él todo el tiempo.

Hebreos 11:8 dice: «Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba». Dios le dijo que saliera de su tierra y de su parentela, sin decirle adónde. Abraham no conocía todo el plan, pero eso no le impidió dar el primer paso. Cuando das el primer paso en obediencia, Dios te revela el segundo. Por eso necesitamos creerle a Dios al cien por ciento.

Versículo clave

«Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció… y salió sin saber a dónde iba.»

Hebreos 11:8

Es fácil seguir a Dios cuando va delante de forma visible, como con los israelitas: la nube se movía de día y la columna de fuego de noche, y ellos se movían. Ahí no ejercitaban mucho la fe. Pero con Josué ya no había nube ni columna: ahora tendría que ser un hombre de fe. Josué 1:2 dice: «Mi siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel».

Si quieres dar un salto de fe, hay cosas en tu vida que tienen que morir. Hay relaciones que ya no pueden continuar. Dios dice «no más» a esa adicción, a ese problema, a esa ansiedad, a esa depresión. Deja morir lo que tiene que morir para poder saltar. Hay «Lots» que Dios va a quitar de tu camino, como quitó a Lot del camino de Abraham.

Dios no le dijo «te lo voy a entregar», sino que ya se lo había entregado. Dios ya preparó tu futuro. No te envió a esta tierra preguntándose qué haría contigo; nada de lo que te sucede lo sorprende, porque lo preparó de antemano. Efesios 2:10 dice: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas». Descarta el «no sirvo», «nadie me quiere» y «Dios no está conmigo»: eres su obra maestra. Dios te lleva de temporada en temporada porque sabe lo que viene; lo planificó antes de la fundación del mundo. No puedes irte de esta tierra sin haber cumplido el diseño para el que naciste.

Dios continuó: «Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta de vuestro pie… Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé. Esfuérzate y sé valiente; porque tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra de la cual juré a sus padres que la daría a ellos». Dios no cambia: como estuvo con Moisés, estará contigo. Pero le dijo: «Esfuérzate y sé valiente». ¿A quién le toca esforzarse y levantarse? A nosotros. Si quieres que Dios se mueva en tu vida, muévete tú. Si no estamos viendo el mover de Dios, quizá es porque estamos paralizados.

La naturaleza de Dios es la fidelidad. Él está contigo en el desierto y en la conquista; está pegado a nosotros. Pero quiere que nos movamos. A veces esperamos que Dios lo haga todo, y él nos dice que nos esforcemos. Ponle fe a tus pies. Muchas veces la fe es solo un concepto teológico en la mente, pero tiene que bajar al corazón y mover los pies. Si quieres dar saltos de fe, di: «Señor, no sé cómo, pero tú sí sabes; voy a dar el primer paso, como Abraham, y tú harás el resto».

A Abraham, Dios le dijo: «Vete de tu tierra»; a Josué: «Levántate y pasa este Jordán». Jesús les dijo a los leprosos: «Id, mostraos a los sacerdotes»; no fue él por ellos, eran ellos los que tenían que moverse. Y nos dijo: «Id, y haced discípulos». Si quieres ver lo que nunca has visto, muévete. Dale vueltas a tu Jericó, extiende la vara, mójate los pies, construye el arca, echa las redes, abre el techo, reparte los panes y los peces, háblale a la tormenta, sal de la barca, pero muévete.

Queremos que Dios lo haga todo, y pedimos confirmación tras confirmación: «Si Dios no me manda al arcángel Gabriel, no me muevo». La fe nunca es pasiva. Ayunar y orar cuando el Señor lo indica es bueno, pero a veces tanto ayuno y tanta oración son incredulidad disfrazada de espiritualidad: «Tengo que orar cuarenta días más antes de hacer algo». Necesitamos creerle a Dios y empezar a saltar. Hay quienes llevan años con una instrucción de Dios en el corazón, como escribir un libro o emprender algo, y no la cumplen poniendo excusa tras excusa: «Tiene que ser tu tiempo; no sé ni cómo empezar». Dios dice: «Siéntate y empieza; cuando des el primer paso, te revelaré el siguiente, abriré puertas y traeré a las personas que te ayudarán».

Llamemos las cosas por su nombre: muchas veces es miedo. Pero cuando le crees a Dios, el miedo tiene que salir, porque el perfecto amor echa fuera el temor. Muchas cosas no las hemos hecho por temor, y Dios quiere que se lo rindamos a cambio de fe y certeza. Deja las excusas y dile: «Señor, te voy a creer; doy el primer paso en obediencia, y tú me revelarás el segundo». Dios abrirá nuevas puertas y nuevas conexiones, porque ya tiene todo planificado.

Suelta

Lo segundo es soltar. Hay cosas que necesitamos soltar para dar saltos de fe. Quien aprende a esquiar en la nieve descubre que el miedo a caerse viene de querer tener el control, y en la montaña no hay control: te lleva a una velocidad que no manejas. Necesitas soltar. No nos puede pasar como a los israelitas, que prefirieron morir en el desierto antes que entrar en la tierra prometida, siempre pensando en volver a Egipto. Deja de mirar atrás y de pensar en cómo estabas. Dios sacó a los hebreos de Egipto, pero Egipto nunca salió de su corazón: tenían mentalidad de esclavos. Para dar saltos de fe, necesitamos ser libres en nuestro entendimiento. Por eso la palabra de Dios nos renueva. Algunos dicen que en la iglesia «lavan el cerebro», y claro, porque lo traíamos muy sucio: la palabra limpia, liberta, anima y levanta, porque es el soplo de Dios.

Se levanta un remanente que no morirá en el desierto como aquellos israelitas por no creerle a Dios, sino que, aunque haya nacido en el desierto, tiene mentalidad conquistadora y llegará a conquistar lo que Dios dijo. Dios nos invita a decidir: o te quedas en tu zona conocida, de confort y seguridad, o lo sueltas todo y le crees que te llevará a una nueva temporada y hará de ti lo que nunca imaginaste. Es tiempo de decisiones.

Marcos 10:46 relata que, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, Bartimeo el ciego, hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino mendigando. Al oír que era Jesús de Nazaret, comenzó a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!». Muchos lo reprendían para que callara, pero él clamaba mucho más. Entonces Jesús se detuvo y mandó llamarlo. Le dijeron: «Ten confianza; levántate, te llama». La gente que da saltos de fe guarda el ánimo. Hay momentos de tristeza, frustración y desánimo, pero quien vive por fe recibe continuamente el aliento, la fuerza y la revelación de Dios para seguir avanzando.

Bartimeo, arrojando su capa, se levantó de un salto y vino a Jesús. Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que te haga?». Él respondió: «Maestro, que recobre la vista». Y Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». Al instante recobró la vista y seguía a Jesús en el camino. En aquella época, un ciego no tenía más opción que sentarse junto al camino a mendigar. Imagina a Bartimeo con el oído agudizado, escuchando los pasos de quienes pasaban, hasta que un día oyó a una multitud y supo que venía Jesús. ¿Quién era el verdadero ciego? Bartimeo pudo ver al Salvador, mientras la multitud que caminaba junto a la Luz del mundo no lo veía.

Bartimeo tenía la capacidad de ver en las cosas pequeñas las cosas grandes. Eso es la fe: ver más allá de la migaja, de la pequeña nube, y empezar a celebrar lo que parece pequeño pero será grande. Empezó a gritar con voces de fe, y la multitud lo mandaba callar: «Jesús no se va a detener por ti». Así pasa hoy cuando llevas un sueño grande y escuchas voces que te dicen: «¿Quién te crees? ¿Qué te hace pensar que vas a sanar, o que vas a tener un hijo después del diagnóstico? Deja de creer; no va a pasar nada». La voz de tu fe tiene que ser más fuerte que la voz del enemigo. Entre todo el ruido de la multitud, Dios oyó a un hombre que tenía fe. Dios siempre está atento a los gritos de fe. Cuando el enemigo te diga que te calles, grita más fuerte: «Dios lo dijo y Dios lo hará; le creo por encima de cualquier adversidad, enfermedad o mal diagnóstico». Y la fe hace que Jesús se detenga, y cuando Jesús se detiene, nada puede impedir que se manifieste su gloria.

¿No habría sido más fácil que Jesús fuera hasta Bartimeo? Sí, pero era Bartimeo quien tenía que esforzarse. Arrojó su capa y saltó. Esa capa probablemente era donde guardaba las limosnas y con la que se cubría del frío por las noches. Pero estuvo dispuesto a soltarla, y le habría sido más difícil caminar hacia Jesús con ella. Hay cosas que nos restan velocidad y habilidad para saltar. Dios te dice: «Suelta todo aquello que te hace sentir seguro y en lo que estás confiando, y déjate ir con toda la fe, creyendo que solo yo puedo hacer el milagro». Suelta tu zona de confort, tu comodidad y tu pasado.

Si no estamos dispuestos a sacrificar todo lo conocido, nos podemos quedar en el mismo lugar. Cuando Elías echó su manto sobre Eliseo, Eliseo mató los bueyes, quemó el arado y siguió adelante. Para dar saltos de fe necesitamos decir: «Señor, lo suelto todo y me dejo ir, porque alguien me está llamando del otro lado». Del otro lado están tu milagro y lo que Dios dijo que haría contigo. No te quedes en tu zona de confort: salta como Bartimeo, porque Jesús te está esperando.

Atiende el llamado

Lo tercero es atender el llamado. No saltamos por saltar: hay un llamado de Dios. Hay un refrán que dice: «Los que no escuchan la música creen que los que bailan están locos». Hay quienes ya escucharon la música y van a empezar a bailar, no porque estén locos, sino porque oyeron el llamado de Dios. Es Dios quien te motiva, te reta, te desafía y aun te despierta de madrugada. No es la iglesia ni un pastor: es Dios, y el compromiso es con él.

Juan 11:28-29 dice que Marta fue y llamó a María, su hermana, diciéndole en secreto: «El Maestro está aquí y te llama». Ella, cuando lo oyó, se levantó de prisa y vino a él. No titubeó pidiendo un trueno como confirmación. Marta le había dicho a Jesús: «Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto». La queja no mueve a Dios. Pero María tenía la actitud y la fe de que Jesús podía hacer el milagro. Dios ve cuánta fe tienes cuando, en medio de la adversidad, lo adoras y le das gracias: «No entiendo nada, pero te adoro; sé que me estás llamando y que vas a obrar». La adoración abre los cielos para que Dios abra puertas, rompa cadenas y pudra yugos.

El llamado es personal y llega a tu espíritu, porque no puedes irte de esta tierra sin cumplir el propósito para el que naciste. Así como Bartimeo oyó «ten confianza, te llama», como lo oyó María y como lo oyó el profeta Samuel, que ungió al rey David, Dios despierta a quienes estaban dormidos o distraídos para que oigan su voz. Él prepara aun a niños para hablar de parte suya en este tiempo. Y no habrá tormenta, desierto ni circunstancia contraria que pueda impedir su llamado, porque tu fe será más fuerte y te hará levantarte y dar saltos de fe.

En Mateo 14:28, Pedro dijo: «Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas». ¿Por qué Pedro caminó sobre el agua y los demás no? Porque tuvo fe y oyó el llamado. Dios te dice: «Sal de la barca, porque en la barca no vas a ver mi poder sobrenatural. Es cómoda y segura, pero te perderás lo que quiero hacer en ti y en tus generaciones. Te llamo a hacer cosas grandes, a cambiar el rumbo de tu familia, porque mi llamado contigo va en serio».

La palabra nos desafía y nos desacomoda. Si quieres comodidad y paz absoluta sin problemas, tendrías que irte con el Señor; pero si quieres ver el poder de Dios manifestarse en lo imposible, en lo débil y en lo vulnerable, dile: «Señor, aquí estoy para salir de mi zona de confort. Dejo mis análisis, mis cálculos y lo que yo considero, y doy un salto de fe sabiendo que eres tú quien me llama, quien hará la obra y quien me espera del otro lado». Cuando el enemigo te diga que no puedes y que nadie te ama, recuerda que de tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito. Eres su obra maestra, hijo del Dios altísimo, que está contigo en el desierto y en el monte, que te da las estrategias y te está llamando. Y aunque en la oficina o en la universidad no entiendan por qué bailas, es porque escuchaste la voz de Dios.

Si quieres recibir a Jesús, puedes orar: «Señor Jesús, gracias por darme la oportunidad de recibirte como mi Señor y mi Salvador. Padre, gracias por dar a tu Hijo en la cruz por mis pecados y por la vida eterna que hoy me regalas. Te recibo como mi único y suficiente Salvador».

Referencias bíblicas