EN Oración
Serie Rescate

La voz del rescate

Jesús es la voz que rescata, consuela y transforma. Con la historia de Lázaro, aprende a confiar en Dios aun cuando sus tiempos y sus respuestas no coinciden con tus expectativas.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
1 h 01 min

«La voz del rescate» parte de una afirmación que recorre toda la Biblia: de Génesis a Apocalipsis, Dios salva y rescata a su pueblo una y otra vez. Jesús, siendo Dios, vino a la tierra para rescatarnos, y Dios sigue rescatando hoy. Escuchemos la Palabra como la voz de Dios para la vida presente y reconozcamos que hay áreas en las que cada uno necesita ser rescatado.

Costumbres que acercan a Dios

En Lucas 4:16, Jesús llega a Nazaret, la aldea donde creció, y va como de costumbre a la sinagoga en el día de reposo. Es una costumbre buena: congregarse para adorar a Dios, recibir la Palabra, orar unos por otros y formar comunidad. Congregarse no es solamente estar dentro de un edificio; la iglesia está constituida por quienes se reúnen para adorar y acompañarse.

Hay otras costumbres que pueden apartar de la voluntad de Dios. La Biblia advierte acerca de quienes han dejado de congregarse, y el contacto con otros creyentes importa: reunirse, escuchar juntos la Palabra, adorar y orar unos por otros son maneras de hacer iglesia. Nada sorprende a Jesús, y los primeros cristianos se reunían aun cuando hacerlo podía exponerlos a morir. Conserva esa buena costumbre.

El día de reposo se aplica al domingo para quienes no trabajan ese día. Dediquémoslo a adorar a Dios, leer la Palabra, compartir en familia y confiar en él; ese día no atiendas negocios ni los contestes durante el servicio. No se trata de que Dios quiera martirizarnos, sino de confiar: aunque un negocio urgente parezca requerir respuesta, reservar ese día para Dios es creer que la provisión de los seis días de trabajo estará respaldada por él. Si trabajas el domingo, puedes escuchar la Palabra entonces y tomar tu reposo el día que descanses.

¿Qué comunica al cielo una cultura que admira a quien nunca descansa? Dios terminó su obra y descansó el séptimo día, no porque necesitara recuperar fuerzas, sino para dejar ejemplo. El descanso es confianza en Dios, y vivir sin reposo puede expresar autosuficiencia. (Eso sí: seis días de trabajo no son seis días de descanso). Jesús se puso de pie para leer las Escrituras; la costumbre de congregarse y escuchar la Palabra es una oportunidad para oír la voz que rescata.

Buenas nuevas que alcanzan necesidades concretas

Jesús recibe el rollo del profeta Isaías y lee que el Espíritu del Señor está sobre él para anunciar buenas nuevas a los pobres, sanar a los quebrantados de corazón, proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos. Ese anuncio es la voz del rescate. Por eso, la ayuda social de la iglesia debe tener base bíblica: si alguien tiene una necesidad, hay que cubrirla y bendecir a esa persona; a la vez, se le deben comunicar las buenas nuevas del evangelio.

Versículo clave

«El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos»

Lucas 4:18

El alimento puede responder a una necesidad temporal, mientras que el evangelio transforma la vida y ofrece una esperanza duradera. Imagina el testimonio de alguien que recibió ayuda en un momento de necesidad y que, además, encontró en la Palabra vida eterna y restauración. La prosperidad no es la obligación de hacerse millonario: quien puede sembrar en el reino, bendecir a su familia y ayudar a otros es próspero y ha sido bendecido para bendecir a muchos. Prediquemos las buenas nuevas y ayudemos concretamente; el rescate material atiende un tiempo, mientras que la Palabra permanece.

El pasaje también habla de sanar a los quebrantados y liberar a los oprimidos. No hay promesa de una vida sin dificultades: atravesaremos momentos difíciles, pero la voz del rescate está presente para sanar el corazón y dar nuevo ánimo. Si vives presión u opresión, acude a Dios y confía en que su Palabra puede hacerse vida en medio de lo que enfrentas.

Sabemos que fuimos comprados a un precio alto, pero a veces vivimos como si no tuviéramos valor porque todavía no experimentamos esa verdad. Llega una temporada de experiencia para que podamos experimentar que somos valiosos para Dios, por el precio pagado en la cruz. Otra versión lo formula así: este es el tiempo elegido por Dios para dar salvación. La Palabra está viva hoy para quienes la reciben y creen: este día puede ser un tiempo de rescate para los pensamientos y de transformación de la manera de vivir.

Cuando la respuesta no llega como esperamos

Hay un hotel que investigó por qué enfermaban tantos huéspedes. Como ofrecía buffet, concluyeron que muchos se servían de todo: ceviche, leche chocolatada, frijoles, aguacate, chorizo y chicharrón. Del mismo modo, el enemigo pone delante de las personas un «buffet» de razones para estar deprimidas.

No es que no se pueda estar triste, deprimido o angustiado. Pero hay que volver la mirada a quien puede consolar, sanar y dar ánimo. Jesús acompaña en el dolor y tiene la voz del rescate para sanar y dar nuevo ánimo.

Juan 11 cuenta que Lázaro, de Betania, está enfermo; sus hermanas, Marta y María, mandan a decir a Jesús: «el que amas está enfermo». Jesús responde que esa enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, y el relato afirma que amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, al enterarse de la enfermedad, se queda dos días más donde estaba. La escena resulta controversial. Podemos imaginar cómo reaccionaron las hermanas al escuchar que Jesús las amaba, pero que no llegaría enseguida.

Esa demora cuestiona la idea de que la fe consiste en controlar los resultados. Cuando las cosas no suceden como esperamos, podemos pensar que Dios no nos ama; pero Dios es dueño de los resultados y nosotros atravesamos los procesos. A veces nuestra fe se apoya en nuestra propia plenitud o en nuestra propia justicia: pedimos que Dios resuelva algo de inmediato y medimos su amor por lo que deseamos que haga. Dios puede usar incluso lo que decide no hacer a nuestra manera para formar la vida y la manera de pensar.

Cada persona tiene «un Lázaro»: aquello que hizo que todo pareciera desmoronarse. Estar con Dios no significa que todo saldrá perfectamente. Pablo y Silas fueron encarcelados injustamente después de predicar, y Pablo, después de pedir tres veces por su aguijón, recibió esta respuesta: «Bástate en mi gracia». Hay que encontrar claridad no solo en las circunstancias, sino en lo que se cree: Dios sigue amando incluso cuando la situación parece decir lo contrario.

Dios es Dios en los valles y en los montes. La iglesia no debe convertirse en una iglesia de fantasía que niegue las dificultades, sino seguir a Cristo también en momentos incómodos. Dios no puede ser manipulado: la fe no es un mecanismo para obligarlo a actuar porque algo nos incomoda. La bendición viene de Dios, no de conseguir que haga nuestra voluntad.

Una película de superhéroes resuelve sus problemas con rapidez; la obra de Dios va más allá de una solución inmediata. Jesús dio su vida y mostró el amor verdadero. Creamos en grande: Dios puede añadir bienes, pero una casa o un carro no son lo más valioso. No perdamos de vista la vida y el precio pagado por ella.

Versículo clave

«Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?»

Juan 11:25-26

La decepción, el dolor y la compañía

En Juan 11, Jesús dice a sus discípulos que Lázaro ha muerto y que se alegra por ellos de no haber estado allí, para que crean; luego dice que irán a él. Algo parecido ocurre con Jairo: mientras Jesús va de camino por la hija enferma, se detiene por la mujer que padecía flujo de sangre. Imagina la impaciencia de quien espera una solución urgente; más tarde se anuncia que la niña murió. Jesús dice que duerme; después, con claridad, declara que Lázaro ha muerto. Solo Jesús conoce sus planes, y la confianza debe descansar en él, no en la forma específica de la respuesta.

Cuando Jesús llega, Marta le dice que, si hubiera estado allí, su hermano no habría muerto. Es una expresión de decepción, parecida a nuestras propias preguntas: por qué ocurrió algo, dónde estuvo la protección o si Dios nos ama. Las expectativas no satisfechas pueden convertirse en resentimiento, sin negar que el dolor sea real ni que sea válido llorar.

Hace falta acompañar en vez de acusar. Piensa en alguien que lo hacía todo bien —hacía ejercicio cada día, comía sano— y, de un día para otro, pierde la audición sin posibilidad de cura. Siente frustración, tristeza y desconcierto: no sabe quién es ni qué hacer con su vida, y siente que todo cambió en veinticuatro horas.

Esa persona no tiene que sentirse mal por estar triste; puede llorar. Decirle que se levante porque es «cabeza y no cola» puede estar fuera de contexto y hacer que se sienta culpable por lo que vive. Lo que necesita es que alguien esté presente y le recuerde que los hijos de Dios también lloran. La voz del rescate consuela a los quebrantados y acompaña a quienes no saben adónde ir.

Quien ha atravesado sus propias pérdidas sabe lo que es no tener ganas de ponerse la ropa, usar sus cosas ni salir. El proceso está fuera de nuestro control, pero no del de Dios. El dolor no desaparece de inmediato, pero se puede salir adelante acompañado y, con el tiempo, tener un testimonio. Nuestras propias dificultades nos enseñan a responder a otros. Encontrar propósito en el dolor incluye poder acompañar a otros, no quedarse para siempre en el hoyo junto a ellos.

Quien ha sido rescatado puede acompañar a otros con esa misma Palabra.

Esa Palabra también se proclama sobre los hijos y la familia.

Cuando Marta advierte que el cuerpo lleva cuatro días, Jesús le recuerda que, si cree, verá la gloria de Dios. Existía una creencia judía según la cual el espíritu permanecía tres días, y Jesús llega al cuarto día para romper esa estructura. Dios no está dirigido por un calendario humano: puede actuar en el día uno, el dos, el diez o el sesenta.

Jesús pide que quiten la piedra. No la quitó él: pidió a quienes estaban allí que lo hicieran. Quizá daba vergüenza moverla después de cuatro días; hace falta tener cerca gente decidida, como Pedro. Aunque el tiempo haya superado nuestras expectativas, eso no impide que Dios se mueva. En momentos de angustia, no consultes los pronósticos ni cuentes los días como si pudieran determinar la acción de Dios, aunque las horas puedan sentirse interminables para quien sufre.

Rescatados para ayudar a otros

Comparte la Palabra con quien ya no puede más y proclámala por tus hijos y tu familia. Toma la Palabra y profetízala en el cuarto de tus hijos: «mil generaciones benditas»; declara «mis generaciones son benditas y familias bendita[s]». Y di: «En mi casa vamos a servirle a Dios». Aunque haya que renunciar a la comodidad, serviremos, adoraremos y buscaremos a Dios.

Así, quienes han sido rescatados se convierten en voz de rescate para otros.

Oremos por quienes tienen el corazón quebrantado o heridas profundas: no son débiles por estar heridos. La voz del rescate es el mensaje de Jesús: «Te amo, no te he dejado por lo que estás viviendo». Es frustrante que algo todavía no haya ocurrido, pero Dios es perfecto: suelta el control y descansa en sus manos.

Esta oración es para quienes están desesperados, para quienes no encuentran salida y para quienes sienten que todo terminó, incluso si creen que ya pasaron cuatro días. Que Dios rescate, sane la manera de pensar y quite las vendas que inmovilizan la mente y el corazón. Jesús acompaña en el dolor y no deja a la persona allí: puede levantarse, y el dolor puede formar madurez y el carácter de Cristo. Que Dios rescate de nuevo a quienes han convertido en estilo de vida experiencias dolorosas, y que sane las heridas.

Abre tu corazón a Jesús, ya sea para recibirlo por primera vez o para reconciliarte con él. Que la decisión nazca del corazón y no sea una mera repetición: pide perdón por tus pecados y recibe a Jesús como Señor y Salvador. Escucha la voz del rescate, confía en Cristo y, una vez rescatado, participa en ayudar a otros.

Referencias bíblicas