EN Oración
Serie Rescate

Rescatados para vivir con propósito

Cristo te rescata de una vida sin sentido y te acompaña en medio de la aflicción. En la historia de Pedro hay una imagen de restauración y un llamado a ayudar a otros a ser rescatados.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
45 min

Fuiste rescatado de tu vana manera de vivir: de una vida sin sentido y sin propósito. Acercarte a Dios no significa que desaparecerán los problemas. ¿Creías que por ser cristiano o por casarte no enfrentarías adversidades? Los cristianos tienen problemas y desafíos. La diferencia es que tu vida tiene sentido porque Dios está contigo: aun en medio del dolor, Dios puede formar algo que no habría sido posible de otra manera. Dios no te manda el dolor, pero puede usarlo para transformarte y fortalecerte.

Versículo clave

«sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación»

1 Pedro 1:18-19

No todo saldrá bien en esta vida, y los problemas no terminan al salir de la iglesia. Pero Dios promete compañía en medio de ellos, y para quienes están en Cristo habrá un final glorioso. La iglesia son quienes toman su cruz y desarrollan el carácter de discípulos: personas rescatadas por Cristo, que encuentran en él el propósito que antes no tenían.

Un rescate que no se paga con dinero

No fuiste rescatado con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación. Detente y dile: «Señor, me has rescatado; mi rescate es tan caro que ni con oro ni con plata se podía pagar; solo con tu sangre he sido redimido». La obra de la creación es maravillosa, pero la obra de la redención es aún más grande: Dios envió a su Hijo para salvarte.

El precio del rescate muestra el valor que tienes para Dios. Como hijo de Dios, eres valioso para él. Ninguna posesión podía pagar tu rescate: solo la sangre de Cristo.

Los que confían en sus bienes y de la muchedumbre de sus riquezas se jactan, ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate. Por mucho dinero que alguien tenga, no puede comprar ese rescate: el precio es demasiado alto. No conviertas en ídolo a ninguna persona: solo Jesucristo salva, en la cruz del Calvario.

Tampoco pongas tu confianza en el dinero que tienes, aunque sea poco y luego crezca, sino en Dios como tu proveedor. Dios puede guiarte con lo que tienes hoy, pero la riqueza no debe ocupar el lugar de tu confianza en él. Cuando alcanzas lo que creías necesario para que tu vida tuviera sentido, la necesidad se desplaza y se hunde más. Esas cosas son añadiduras; no conviertas en ídolos ni siquiera las peticiones que presentas a Dios. Él añade y bendice, pero ningún bien ocupa su lugar.

Cuando dices que algo es caro, piensa en esto: el precio verdaderamente alto fue la sangre de Cristo. Busca primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas te serán añadidas. El dinero puede darte ciertas comodidades en la tierra, pero no puede darte vida eterna ni sentido a la vida. Solo Dios puede darle sentido.

Vivir con sentido es amar lo que Dios ama. Las decepciones, las frustraciones y las experiencias difíciles pueden quitarte las ganas de seguir ayudando, pero vivir con propósito es seguir amando lo que Dios ama, aunque cueste. Amar a quien te ama es sencillo; orar por quien no te quiere o por quien tienes una relación difícil lleva tu corazón a otro nivel. Si oras por tus vecinos, que no sea ocasión para contar chismes: ora por ellos.

Amar no siempre significa estar cómodo

Dios ama que confíes en él, pero su amor no se mide por la comodidad. Cuando todo marcha bien, es fácil pensar que Dios te ama; cuando llega la adversidad, algunos se preguntan si Dios los abandonó. Dios sigue amándote, aunque haya incomodidad. La vida cristiana es incómoda y gloriosa. El amor de Dios no es solo una acción: Dios es amor, y Cristo vino a rescatarte. Fuiste rescatado con propósito, para ayudar a que otros también sean rescatados.

Después de su muerte y resurrección, Jesús se manifestó otra vez a sus discípulos junto al mar de Tiberias; y se manifestó de esta manera. Dios se manifiesta de distintas maneras para que no pongas tu fe en una forma específica de actuar. Jesús impuso las manos sobre los enfermos y, en otra ocasión, sanó a distancia. No hagas un ídolo de los métodos: Dios puede cambiar las formas, pero no cambia su esencia de amor.

No exijas que Dios obre exactamente como lo hizo con otra persona ni como tú esperas. Dios puede manifestarse de una manera inesperada. Confía en él en lugar de intentar estructurarlo o controlar cómo debe actuar.

Pedro vuelve a la barca

Estaban juntos Simón Pedro, Tomás llamado el Dídimo, Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Pedro les dijo: «Voy a pescar». Ellos le dijeron: «Vamos nosotros también contigo». Entraron en una barca, y aquella noche no pescaron nada. Pedro había negado a Jesús tres veces antes de la crucifixión.

Quizá Pedro no huía de Jesús. Quizá quería estar solo, meditar y volver al lugar donde todo había comenzado, la barca desde la que Jesús había enseñado y donde lo había llamado. Tal vez le volvieron a la memoria aquellos momentos con Jesús. Y los otros discípulos se le unieron: es bueno tener compañía en momentos así.

La barca puede ser un lugar para recordar el comienzo y reconocer que fallaste. Si te sientes mal por tus errores, Jesús ya había resucitado, y Pedro lo sabía. La pregunta no es solo si sabes lo que Jesús hizo, sino si vas a superar lo que tú hiciste.

Las malas decisiones traen consecuencias, y es normal sentirse mal por ellas. Pero no te quedes detenido en el fracaso: Cristo te rescató, te levantó y puede volver a levantarte. El Espíritu Santo lleva tu vida a un nuevo nivel de fe, y hay cosas que tienes que superar. Las consecuencias no desaparecen, pero puedes recordar lo que Cristo hizo y confiar en su rescate.

Jesús se acerca y los llama amigos

Al amanecer, Jesús estaba en la playa, pero los discípulos no sabían que era él. Les dijo: «Hijitos, ¿tenéis algo de comer?». Le respondieron: «No». Jesús los llama con cariño, como amigos. No es solo una relación de siervos, sino de amistad en el propósito de Dios. Cuidado con quien quiere ser tu amigo solo para obtener una posición.

Los líderes de la iglesia pueden compartir la mesa, conversar con naturalidad, reírse y bromear. No necesitan sostener una apariencia ni un conjunto de conductas creadas para que otros los sigan. Es mejor mostrarse cercano y, si alguien cruza una línea, pedir perdón, que tener que pedirle perdón a Dios por no haber sido amigo. No somos estrellas: somos hijos de Dios.

Imagina a Jesús como el hombre más alegre de la tierra y un líder extraordinario, con discípulos que compartían la mesa, conversaban de la Palabra, se reían y disfrutaban. La mujer que tocó el borde de su manto se acercó con fe al Dios que vino a rescatar, y salió poder de él. Jesús vino a rescatar vidas y a romper estructuras.

Jesús les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis». La echaron, y ya no la podían sacar por la gran cantidad de peces. Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor!». Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se ciñó la ropa, porque se había despojado de ella, y se echó al mar. Los otros discípulos vinieron con la barca, arrastrando la red, pues estaban a unos noventa metros de tierra.

Jesús restauró personalmente a Pedro. Nadie puede orar por cada persona, pero Jesús sí puede llegar a tu cuarto, a tu oficina o a tu vehículo y restaurarte personalmente. La iglesia es necesaria porque cada creyente puede bendecir el lugar donde está, pero Jesús no tiene límites. Pedro, que lo negó tres veces, cargaba frustración; Dios puede llegar a lo profundo, donde hay dolor, desesperación, depresión o decepción.

Un desayuno preparado

Al descender a tierra, vieron brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan. Habían salido a pescar, y Jesús ya tenía el pescado. Jesús se anticipa y tiene preparado lo que tú todavía no alcanzas a ver.

Las redes sociales te llevan a mirar los tenis, el carro o la casa de otros y a sentirte inútil por no tenerlos. Pero lo que Dios hizo por ti no se compra con tenis, casa o carro. Pesca lo correcto desde temprano: toma la Palabra de Dios y llénate de ella. Encontrarás lo que pescas.

Jesús les dijo: «Traed de los peces que acabáis de pescar». Quien ha pescado un pez grande sabe que puede tomar mucho tiempo: el pez se resiste, hay que darle cuerda y dejar que se canse.

Hablar de Cristo es parecido: lanzas el anzuelo y encuentras resistencia. Muchos se resistieron cuando los invitaron por primera vez a un grupo. Y cuando alguien vuelve a los caminos del Señor, puede aparecer un amigo que le diga que solo se vive una vez, que no sea fanático o que pruebe por su cuenta. Son voces de resistencia.

No abandones: persiste en compartir la Palabra para que alguien sea rescatado. Al principio puede rechazarla, pero la palabra no volverá vacía. Jesús le estaba diciendo a Pedro: «Saliste a pescar, pero yo te estoy pescando de nuevo, porque te amo». Jesús lo hizo parte de su vida en medio de sus errores, y le dio la oportunidad de participar en el rescate de otros.

Simón Pedro subió y sacó la red a tierra, llena de grandes peces, ciento cincuenta y tres; y aun siendo tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Venid, comed». Acércate. No importa cuántos errores hayas cometido: Jesús puede rescatarte una vez más si te has apartado.

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Tú, quién eres?», sabiendo que era el Señor. Esta era ya la tercera vez que Jesús se manifestaba a sus discípulos después de haber resucitado. Jesús resucitó para siempre, no solo para la Semana Santa. ¿Por qué buscas entre los muertos al que vive? Busca cada día al que rescata, y no en cosas incapaces de rescatarte.

«¿Me amas?» y el llamado a servir

Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos?». Le respondió: «Sí, Señor; tú sabes que te amo». Él le dijo: «Apacienta mis corderos». Volvió a preguntarle, y Pedro respondió que lo amaba; Jesús le dijo: «Pastorea mis ovejas». La tercera vez, Pedro se entristeció y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas». Tres negaciones, tres confesiones de amor, y un encargo: cuidar las ovejas de Jesús.

Versículo clave

«Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos.»

Juan 21:15

¿Lo amas? Comparte los pasos de crecimiento que ya alcanzaste, sin esperar a ser perfecto o a estar completamente preparado. Si llevas dos semanas yendo a la iglesia, cuenta ese paso; si has avanzado tres, comparte esos tres. Pedro era impulsivo, el que cortó una oreja, y más adelante, en Hechos, hasta su sombra sanaba a los enfermos. En las manos de Dios, quien falló puede ser formado. Dios rescató a Pedro no una vez, sino muchas, y formó en él lo que quería formar.

Si estás comenzando, un año aprendiendo la Palabra junto a otros puede marcar un cambio en tu vida. Si es tu primera vez, ya no eres el mismo: hay cosas cambiando. Compártelo. Amar a Jesús es cuidar lo que él ama. Las añadiduras llegarán, pero la prioridad es amar lo que Dios ama. El tiempo se acorta, y todos son importantes para el reino: puedes llegar a lugares donde otros no pueden.

Jesús te está atrayendo con cuerdas de amor. Ábrele tu corazón con una confesión de fe: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te abro mi corazón; entra en él como mi Señor y mi Salvador».

Referencias bíblicas