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Si no es Dios, entonces ¿quién es?

Si no es la voz de Dios, ¿cuál estás escuchando? Discierne las voces que te rodean, guarda la palabra frente a las distracciones y responde a Dios con obediencia e intimidad.

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Escuchar la voz de Dios trae rompimientos, y hay que estar atentos a sus promesas. La voz que estés escuchando es la voz que vas a obedecer. Si no estás escuchando a Dios, ¿a quién estás escuchando? ¿Qué voz marca el ritmo y el rumbo de tu vida?

Dios habla por medio de la Biblia y en la oración, pero hay muchas otras voces: las finanzas, los problemas, el trabajo, la aflicción, las distracciones, las redes y las influencias que sigues. Una idea que parece buena puede confundirse con la voz que debe guiar tus decisiones. Discierne quién está marcando tu dirección, y no des por sentado que toda voz a la que atiendes viene de Dios.

No es tiempo de dejar de congregarte, de dejar de leer la Palabra ni de descuidar la oración íntima. Estar atento a la voz de Dios es esencial para el avivamiento y para las bendiciones que Dios quiere traer.

Reconocer la voz del buen pastor

«Y cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Mas al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Las ovejas necesitan guía, y Dios quiere marcar el rumbo de tu vida. Aprende a reconocer la voz de tu pastor.

Versículo clave

«Y cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Mas al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.»

Juan 10:4-5

En la vida cotidiana muchas voces extrañas compiten con la de Dios. A veces no reconoces una voz extraña como tal porque te acostumbraste a escucharla y prestas menos atención a Dios. Cuando alguien que no es el pastor llama a las ovejas, ellas no reaccionan; cuando oyen a su pastor, se vuelven hacia él. Aprende a responder a la voz de Dios y no permitas que otras voces dirijan tus pasos.

Escuchar a Dios tiene un costo: una vida de obediencia y santidad, oración y tiempo apartado de otras ocupaciones. Algunos prefieren las voces conocidas porque son cómodas y les evitan el esfuerzo de buscar a Dios. Pero viene una temporada sobrenatural, de rompimiento y cumplimiento de la palabra de Dios, para quienes estén atentos a su voz.

La semilla y las distracciones

En la parábola del sembrador, la semilla es la palabra de Dios y las cuatro tierras son distintas respuestas al recibirla. Solo la buena tierra da fruto; las otras tres son condiciones del corazón afectadas por distracciones.

La semilla junto al camino es quien oye la palabra del reino y no la entiende, y viene el malo y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. ¿Estás prestando suficiente atención para entender y conservar la palabra cuando llegan otras voces? Mantente firme y no dejes que se pierda lo que recibiste.

La semilla en pedregales es quien recibe la palabra con gozo, pero cuando viene la aflicción o la persecución, tropieza. Recibes una palabra y, cuando llegan las dificultades, te tiemblan las piernas y atiendes más a la aflicción que a lo que Dios te dijo. Presta atención a eso.

La semilla entre espinos es quien oye la palabra, pero el afán de este siglo la ahoga y se hace infructuosa. Todos experimentamos afán: el trabajo, la universidad, las tareas diarias, el cansancio al volver a casa, el madrugar. No tienes que ser perfecto, y el crecimiento es un proceso; pero las ocupaciones y el agotamiento pueden impedirte procesar y retener lo que Dios quiere hacer en tu vida.

La buena tierra es quien oye, entiende y guarda la palabra sin dejarse vencer por la distracción. Guarda la semilla, riégala y protégela, porque de ella brota fruto. Pídele a Dios un corazón atento, capaz de recibir su palabra y responder a ella. Que la iglesia sea esa tierra y vea fruto: propósito, vida y dirección.

Una puerta que no se abre sin discernir

Hay niños a los que les encanta correr a abrir la puerta cada vez que suena el timbre. Pero en un lugar donde entran ladrones, los padres les enseñan: si alguien toca, primero pregunten quién es. Si no reconocen la voz, vengan a preguntarme si espero a alguien; yo decidiré si puede pasar.

Así es la puerta de tu corazón: antes de dar entrada a una voz o a una situación, reconoce de dónde viene. A veces abres sin detenerte a discernir, y esa costumbre se convierte en un ciclo que deja que las distracciones te desvíen de tu propósito. El pecado, la aflicción, la tristeza y la tentación siguen tocando a la puerta: no les abras sin pensar.

Dios sigue hablando: pídele que marque tu rumbo. Pon límites a las distracciones y guarda la semilla que ya recibiste: dará fruto en su tiempo. No niegues que existen problemas, pero no permitas que sean la voz que gobierne tu vida.

Los procesos y el desierto

El desierto es otra etapa en la que necesitas escuchar a Dios. El Espíritu llevó a Jesús al desierto: no todo proceso difícil significa que estás haciendo algo malo. El desierto es una oportunidad para buscar a Dios y escucharlo a otro nivel. Cuando no veas salida, levanta la mirada y pregunta qué quiere hacer Dios en ese proceso.

Responde a tus procesos leyendo la Palabra, orando y buscando intimidad con Dios. En el desierto, Satanás intentará poner en duda que eres hijo de Dios. Jesús no cayó en la trampa porque venía de escuchar a Dios durante cuarenta días y cuarenta noches: atender a Dios repercute en tus decisiones. Dios es un Dios de procesos: sostiene, levanta y da ánimo, y el proceso forma tu carácter.

Quizá un día Dios te llamó a un lugar al que no querías ir. Cuando escuchas su voz, respondes: «Heme aquí, Señor». Deja a un lado las distracciones y atiende a la voz que trae propósito, visión y dirección.

La voz de la decepción y una nueva mirada

También existe la voz de la decepción. El estado en que te encuentras puede distraerte de lo que Dios quiere hacer. Algunas situaciones se repiten tanto tiempo que pierdes la esperanza en el futuro. Levanta la mirada y vuelve a escuchar a Dios, en lugar de dejar que la decepción defina lo que todavía puede suceder.

Un hombre cojo de nacimiento era llevado cada día a la puerta del templo llamada la Hermosa, para pedir limosna. Cuando vio a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: «Míranos». Y le dijo: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda». Y el hombre se levantó, anduvo y entró con ellos en el templo, andando, saltando y alabando a Dios.

Antes del milagro físico hubo un momento decisivo: el hombre levantó la mirada para atender a Pedro y a Juan. Estaba acostumbrado a pedir limosna. Imagina lo que significa pasar décadas en esa posición, mirando hacia abajo.

Quizá sientes que los días y los años pasan sin que nada cambie. Es como pedir limosna espiritual y quedarte mirando hacia abajo, pendiente solo de lo que suena alrededor. El milagro que Dios quiere hacer en tu vida puede comenzar con recuperar el enfoque y la esperanza. Vuelve a creer, mira hacia arriba y escucha.

Dios no te da una limosna: tiene vida, y vida en abundancia, para ti. Si estás en una situación imposible, confía de nuevo. Se acaba la temporada de mendigar y comienza una temporada de soluciones. Levanta la mirada, pregunta qué quiere Dios para tu vida y disponte a seguir su dirección.

Escuchar también es obedecer

Las victorias de tu vida pasan por decisiones, y la obediencia marca si avanzas o retrocedes. El Espíritu Santo te convence de que hay un camino mejor. No basta con escuchar a Dios o recibir instrucciones si después decides tomar otro rumbo.

Las buenas intenciones sin obediencia carecen de fundamento y pueden frustrar los planes de Dios. El hombre prudente oye la palabra y la pone en práctica, y edifica sobre la roca; el insensato edifica sobre la arena. La obediencia es un fundamento firme para tu vida.

Si te sientes atascado, ¿estás obedeciendo la voz de Dios? No eres lo que dices que harás, sino lo que efectivamente haces. Un asunto pendiente de desobediencia puede mantenerte en la frontera de tu propósito.

Israel salió de Egipto, cruzó el mar Rojo, fue guiado por la nube y la columna de fuego, pasó por el Sinaí y llegó a las llanuras de Moab, en la frontera de Canaán. Solo Caleb y Josué se atrevieron a creer y obedecer; los demás se negaron a entrar. La desobediencia dejó a una generación varada en la frontera. No te quedes en la frontera del propósito de Dios.

Dios fue fiel: la nube cubría al pueblo del sol de día, y la columna de fuego lo protegía de noche, aun cuando desobedecían. Hoy tienes algo mayor: el Espíritu Santo dentro de ti. Responde con obediencia. La historia de Israel es la historia de la rebelión humana frente a la fidelidad de Dios, que siguió teniendo paciencia y dando oportunidades.

Aquella fue la generación del «casi». No llegues al final pensando que casi alcanzaste lo que Dios tenía, pero sin dejar lo que te hacía daño, sin resistir una tentación o sin atender a su voz. Sé parte de una generación distinta, obediente al Espíritu Santo y edificada sobre Cristo y su palabra. Sigue la voz de Dios y obedece.

La intimidad y la invitación final

¿Conoces realmente la voz de Dios y reconoces sus instrucciones? Escuchar exige sacrificio: obediencia, santidad y tiempo para buscarlo. No basta con asistir el domingo y olvidarte de Dios el resto de la semana. Entra en tu aposento, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en secreto. La mayor recompensa no ocurre en público, sino en el encuentro íntimo con el Creador.

En la oración puedes postrarte y percibir la presencia, el amor, la gracia y el favor de Dios. La mayor recompensa no es una bendición material: es el Espíritu Santo en ti. Esfuérzate en buscar a Dios y no te conformes con recompensas terrenales: en la intimidad descubrirás cosas que solo Dios conoce.

Quien pide a Jesús conocer más de su corazón y no conformarse con un nivel superficial descubre que Jesús lo invita a seguirlo a lo profundo, como quien se adentra en el agua. Dios quiere llevarte a una relación más profunda, donde puedas conocer mejor su voz.

«He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo». Dios no te rechaza por tus pecados o errores: ábrele de nuevo la puerta. Recibe su gracia, su favor, su propósito, su llamado, su misericordia, su perdón y su amor. Que este tiempo sea diferente: busca la obediencia, la intimidad y a tu Padre en secreto.

Versículo clave

«He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.»

Apocalipsis 3:20

Cierra la puerta a las distracciones, al pecado, a la tentación, a la fornicación, al adulterio, a la pornografía, a la comparación, a la ansiedad y a la tristeza. Abre de nuevo la puerta a Dios y recibe al Espíritu Santo. Si te sientes como aquel hombre cojo, esperando sin ver cambios, es tiempo de escuchar, cerrar la puerta a lo que te hace daño y comenzar un nuevo camino de obediencia.

Jesús da vida nueva y rescata de adicciones, problemas, falta de identidad y vacíos. Si es tu primera vez, o si te alejaste y dejaste entrar otras voces, recibe a Jesús como tu único Señor y Salvador, cierra la puerta a la distracción y ábrela al amor de Dios.

Referencias bíblicas