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Atentos a la voz de Dios

Escucha y obedece atentamente la voz de Dios, persevera en sus promesas y no dejes que otras voces desplacen su dirección. Las bendiciones alcanzan a quien oye.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
57 min

Este es un tiempo que requiere atención espiritual. Dios está trayendo un avivamiento en los últimos tiempos, y donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Hasta en las redes circulan mensajes de fe.

Dios está llamando a su iglesia a estar atenta. Somos una sola iglesia, con dones, talentos y defectos, que debe seguir avanzando y creciendo. No te congregues solo para cumplir un horario o una práctica religiosa, sino para volver a escuchar el poder de la Palabra y recibir lo que Dios tiene para ti.

Escuchar atentamente y guardar la Palabra

«Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra». Reconoce a Dios como tu Dios. Escuchar va unido a guardar y poner por obra sus mandamientos. La iglesia de hoy también debe atender la voz de Dios y responder a ella.

Versículo clave

«Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra.»

Deuteronomio 28:1

En la parábola del sembrador, los afanes y las preocupaciones arrebatan lo recibido. Puede ocurrir incluso mientras escuchas, cuando descartas el mensaje pensando que no es para ti. No permitas que la Palabra sea desplazada: consérvala para obedecerla.

«Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán, si oyeres la voz de Jehová tu Dios». La condición se repite: escucha con cuidado. Escuchar no basta si no hay obediencia: importa qué voz atiendes y obedeces. Adán se desenfocó y escuchó más la voz de su mujer que la de Dios. No se trata de dejar de escuchar a tu cónyuge, sino de no poner ninguna voz por encima de la de Dios.

¡Con cuánta atención escuchamos un chisme! «No me interrumpas, que te estoy contando algo». Esa misma atención, y mucho más, merece la voz de Dios. Y la promesa es que las bendiciones te alcanzarán si escuchas.

La bendición no debe reemplazar a quien bendice

Da gracias por tu casa, tu carro, tu bicicleta, tu moto, tu trabajo, tu empresa, tu carrera y todos los regalos recibidos. Pero la bendición no viene, en última instancia, de esas cosas, sino de la voz de Dios. No son malas, pero no deben dirigir tu vida ni ocupar el lugar de Dios.

No vivas con prisa por alcanzar una bendición. Hay quien se levanta con un objetivo y, afanado por conseguirlo, no encuentra tiempo para orar ni para meditar en la Palabra. Detente a escuchar a Dios. No siempre tienes que perseguir las bendiciones: la palabra dice que te alcanzarán si oyes. Avanza siguiendo la voz de Dios, en lugar de vivir dominado por la búsqueda de resultados.

Recuerda el juego infantil de perseguir y ser alcanzado. Busca maneras sencillas de recordar cada mañana que necesitas escuchar a Dios: hasta agacharte a buscar tus pantuflas bajo la cama puede ser un momento para pedirle que te hable. Tu trabajo y tu cónyuge son bendiciones, pero reconoce a Dios como la fuente de lo mejor para tu vida.

Aparta tiempo para escuchar a Dios cada día, no solo el domingo. Dios puede hablarte de muchas maneras, también por la voz interior del Espíritu Santo, pero la Palabra es la voz más segura. Léela con disposición a escuchar y guardarla, confiando en que Dios puede obrar en medio de lo que te toque vivir.

Deuteronomio fue dirigido a Israel, pero hoy la iglesia es pueblo de Dios. La exaltación que Dios da no es para buscar reconocimiento personal, sino para glorificarlo a él. Si alguien te pregunta cómo te sostienes en medio de una crisis, que puedas responder que has atendido a Dios y no solo a los pronósticos económicos. Dios es dueño del oro y de la plata, y es tu proveedor.

Dios siempre tiene algo que decir, aunque no siempre estemos listos para escuchar. No desees las bendiciones ajenas: Dios preparó algo para tu vida, y sería triste dejar de vivirlo por atender otras voces. Persevera en lo que Dios dijo y no permitas que la influencia de los demás defina tu rumbo.

Caleb: perseverar durante cuarenta y cinco años

Caleb le dijo a Josué: «Yo era de edad de cuarenta años cuando Moisés siervo de Jehová me envió de Cades-barnea a reconocer la tierra; y yo le traje noticias como lo sentía en mi corazón. Y mis hermanos, los que habían subido conmigo, hicieron desfallecer el corazón del pueblo; pero yo cumplí siguiendo a Jehová mi Dios». Había gigantes, sí, pero podían vencerlos porque Dios les ayudaría a conquistar la tierra.

Los espías recorrieron la tierra durante cuarenta días, mientras un pueblo de más de un millón de personas esperaba su informe. Los demás espías hablaron de gigantes y dijeron que, a su lado, parecían langostas. Caleb dijo la verdad sobre lo que vio, pero sin concluir que el desafío era imposible: Dios cumpliría lo que había dicho.

El informe desalentador llevó al pueblo a querer otro líder, uno que dijera lo que querían oír y aceptara que no podrían avanzar. Las fortalezas mentales y las divisiones obstaculizan el propósito de Dios. No mires tus dificultades solo con ojos naturales. Los gigantes eran reales, pero la realidad del desafío no anula la confianza en lo que Dios ha dicho.

Los espías estuvieron cuarenta días explorando la tierra, y el pueblo anduvo cuarenta años por el desierto: un año por cada día. Una generación entera murió sin entrar en la promesa por haber escuchado la voz equivocada.

¿Qué ocurre cuando escuchas más a la mayoría que a Dios? Deja de escuchar por un momento a tu entorno y presta atención al Señor. Se dice que quien camina en el desierto sin una referencia visible, creyendo avanzar en línea recta, termina dando vueltas. Si sigues solo tu propia humanidad, puedes quedarte girando en el mismo lugar.

Versículo clave

«Todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió; cual era mi fuerza entonces, tal es ahora mi fuerza para la guerra, y para salir y para entrar. Dame, pues, ahora este monte, del cual habló Jehová aquel día; porque tú oíste en aquel día que los anaceos están allí, y que hay ciudades grandes y fortificadas. Quizá Jehová estará conmigo, y los echaré, como Jehová ha dicho.»

Josué 14:11-12

Escucha a Dios. El Espíritu Santo puede despertarte de madrugada para orar. No te limites a asistir el domingo: ora y lee la Palabra durante la semana. Es tiempo de avivamiento.

Cuando Dios llamó a Moisés para liberar al pueblo, Moisés respondió que no sabía hablar: escuchaba la voz de su propia limitación frente al llamado de Dios. Dios le dio a Aarón para acompañarlo, pero lo escogió a él porque miraba su corazón y podía obrar por medio de su poder y su gracia, aunque Moisés no tuviera todos los talentos.

«Ciertamente la tierra que holló tu pie será para ti, y para tus hijos en herencia perpetua, por cuanto cumpliste siguiendo a Jehová mi Dios». En el desierto las zarzas arden, pero lo sobrenatural fue que aquella zarza no se consumía. Espera que Dios obre sobrenaturalmente.

Vivir como Dios dijo y mantenerse fuerte

«Jehová me ha hecho vivir, como él dijo, estos cuarenta y cinco años, desde el tiempo que Jehová habló estas palabras a Moisés, cuando Israel andaba por el desierto». ¿Cómo vives: como tú quieres o como Dios ha dicho? El pueblo había salido de Egipto, pero en su corazón seguía añorando lo que dejó. Pídele a Dios que quite de tu vida lo que te impide vivir según su voluntad.

Caleb esperó cuarenta y cinco años, y tenía ochenta y cinco cuando reclamó la promesa. No midas la promesa por la demora. No se trata de cuántos años han pasado, sino del Dios que permanece. No te quedes atrapado en la culpa por tus errores: pide perdón. A veces has vivido las consecuencias de hacer lo que quisiste antes de decidir atender lo que Dios dice.

«Todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió; cual era mi fuerza entonces, tal es ahora mi fuerza para la guerra, y para salir y para entrar». Caleb confiaba en quien prometió, no solo en la promesa. Quizá el domingo recibes la Palabra y el miércoles sientes que no has visto nada. Caleb, después de cuarenta y cinco años, seguía listo para una nueva batalla, porque su confianza estaba en quien prometió.

Hay días en que cuesta continuar, y los años se notan. Pero la voz de Dios fortalece. Habrá batallas este año: cuando te falten fuerzas, acude a la Palabra. Está llena de promesas, y no necesitas esperar a que llegue un profeta para leerlas.

La Palabra te anima: por su llaga fuimos nosotros curados; no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan; no te desampararé, ni te dejaré.

«Dame, pues, ahora este monte, del cual habló Jehová aquel día; porque tú oíste en aquel día que los anaceos están allí, y que hay ciudades grandes y fortificadas. Quizá Jehová estará conmigo, y los echaré, como Jehová ha dicho». ¡A los ochenta y cinco años! Caleb no temía los obstáculos: estaba dispuesto a recibir un desafío difícil porque confiaba en que Dios estaría con él.

No asumas que ya no te queda nada por vivir, por mucha edad que tengas. Quizá debas bajar la velocidad, pero no retirarte del propósito de Dios. Atrévete a pedirle a Dios nuevos montes.

Una respuesta de escucha, arrepentimiento y oración

Vuelve a creer. Reconoce las voces que han desplazado la de Dios. Pide perdón por haber escuchado a tu alma, a tu entorno y a la mayoría; por haber culpado a otros en medio del enojo o la frustración; y por haber renunciado a promesas. Aunque hayas dejado de soñar o de creer, dile a Dios: «Dame». Es una oportunidad para escuchar de nuevo.

Pídele a Dios hambre espiritual para su iglesia, y que te dé sueños y desafíos. Viene un tiempo de avivamiento, restauración, transformación, nueva vida y milagros.

Enfócate otra vez en la voluntad de Dios. El Espíritu Santo puede sanar los pensamientos y la baja autoestima que dejó lo que viviste. Mira al cielo: no estás perdido. La fuerza de Caleb no dependía de que todos permanecieran a su lado, sino del Dios que dio la promesa y no miente. Si dejaste de soñar o de creer, recibe aliento.

Tu trabajo y tu dinero pueden ser bendiciones de Dios, pero la bendición no viene de esas cosas, sino de escuchar su voz. Deja de perseguirlas con afán: te alcanzarán si atiendes a Dios. La voz que escuchas debe ser la que obedeces. Escucha a otras personas, pero no les des más importancia que a Dios.

Inicia una relación íntima con Dios, en oración y leyendo su Palabra cada día. Dios quiere hablarte, incluso mientras lo adoras. Ora: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te abro mi corazón; entra en mí, te necesito. Quiero escuchar tu voz, Señor».

Referencias bíblicas