Imagina que un abogado te llama para darte la lista de lo que heredaste: ¿qué incluye la herencia eterna? Es eterna porque, cuando Cristo murió, cambió nuestro destino y, cuando resucitó, nosotros resucitamos con él. Dios nos sentó en lugares celestiales para que miremos la vida desde otra perspectiva.
Mirar desde arriba cambia la manera de ver el trabajo, el cónyuge, los hijos y la sexualidad. Si alguien recibe la herencia, pero sigue viviendo como si no la tuviera, no disfruta de lo recibido. Piensa en una herencia humana cuantiosa que deja a una persona legalmente cubierta, aunque esta continúe preocupándose por todo. La herencia que Jesús comparte con nosotros no es esa riqueza material; sin embargo, podemos seguir mirando desde el «pozo» del que Dios nos sacó.
Desde arriba, las cosas de este mundo parecen más pequeñas: menos importantes y menos trascendentes. La perspectiva eterna permite distinguir lo temporal de lo que permanece. La primera carta de Pedro muestra qué recibimos como herederos.
Pedro y los expatriados
La carta se escribió alrededor del año 65 después de Cristo, unos 32 años después de la muerte de Jesús. Pedro tenía una historia: Jesús lo llamó a seguirle; caminó sobre el agua y luego se hundió; confesó que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente, y más adelante oyó de Jesús: «Apártate de mí, Satanás, me eres tropiezo». Pertenecía al círculo íntimo de Jesús, estuvo con él en la agonía y recibió la invitación a orar una hora, aunque tampoco lo logró. En la transfiguración, dice la Biblia, aparecieron Moisés y Elías, y Pedro los conoció allí. Después, Pedro negó a Jesús tres veces.
El saludo de 1 Pedro 1:1-2 se dirige a expatriados de la dispersión, creyentes de Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia: personas que viven lejos de su patria. Quien se muda a otro país llega con planes y asuntos por resolver —vivienda, trabajo, papeles—, y aun así puede alegrarse sobre todo por encontrar la comida de su tierra. Así es la nostalgia del hogar: cuando uno está lejos, anhela algo que le recuerde la casa.
Lejos de casa, el corazón busca el hogar; así viven los destinatarios de 1 Pedro 1:1-2.
Los cristianos también son expatriados: este mundo no es su hogar y están aquí de paso. En momentos de adoración, cuando se siente cerca la gloria de Dios, el corazón puede suspirar: «Esto sabe a mi hogar». El reino de Dios es un reino al revés, donde el Rey se hace peón para salvar a los peones, los grandes sirven y Dios mismo se hace como uno de nosotros. No vivas según los estándares de una patria que ya no es la tuya.
Versículo clave
«para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros»
1 Pedro 1:4
El saludo de 1 Pedro 1:1-2 lleva también a hablar de santidad. Podemos pasar años luchando con ella: la santidad humana no existe por sí sola; es la santidad divina, mediante la obra del Espíritu Santo, la que capacita para vivir de manera diferente, con otra perspectiva y en obediencia a Jesucristo. No podemos vencer el pecado por nuestras propias fuerzas; cada vez que lo intentamos así, nos vence. Somos como Pedro, alguien que daba dos pasos adelante y tres atrás.
Una herencia que no se marchita
1 Pedro 1:3-9 puede recibirse en primera persona. Si estás acompañado, dile a la otra persona «esto es para mí»; si estás solo, dilo también, para que la mente, el corazón y el espíritu reciban lo que se lee como una promesa. El pasaje habla de nacer de nuevo a una esperanza viva mediante la resurrección de Jesucristo, de una herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchitará, reservada en los cielos, y de ser protegidos por el poder de Dios mediante la fe.
El pasaje también menciona aflicciones por un poco de tiempo y pruebas diversas, con la prueba de la fe comparada con el oro probado por fuego. Cuando se tiene presente la eternidad, lo que ocurre en la tierra es «por un poco de tiempo». El pasaje concluye hablando de Jesucristo, a quien los creyentes aman sin haberlo visto, y del resultado de la fe: la salvación de sus almas.
Según estos versículos, la herencia comprende ser elegidos, santificados por la obra del Espíritu, aceptados y lavados por la sangre de Cristo, nacidos de nuevo, tener una esperanza viva y una herencia incorruptible reservada en el cielo, y ser protegidos por el poder de Dios. Todo eso se recibe, no se logra.
1 Pedro 1:18-21 habla de la redención de una vana manera de vivir heredada de los padres, no mediante bienes perecederos como oro o plata, sino mediante la sangre preciosa de Cristo, y de la fe y esperanza puestas en Dios, quien resucitó a Jesús y le dio gloria. Esa herencia eterna anula cualquier otra herencia, y nadie está condenado a repetir los patrones familiares del abuelo, el tatarabuelo, la madre, el padre o un hermano. Hemos sido redimidos de nuestra vana manera de vivir.
Aun después de leer sobre la herencia, nos puede seguir preocupando lo temporal. Es como entrar en un elevador cargando muchas maletas pesadas y no soltarlas. Se puede haber recibido la herencia y vivir como si no se la tuviera: la perspectiva no ha cambiado. Pidamos que Dios traslade el corazón a los lugares celestiales con Cristo, de modo que las preocupaciones, los enojos, las ofensas, las tristezas y las alegrías no se vivan del mismo modo.
Una fuente a la que se le añade una gota de algo sucio: no solemos beberla, pero podemos decirnos que una pequeña cantidad no importa. Así funciona la justificación propia. Antes de conocernos a nosotros mismos, lo más importante es conocer a Cristo: la pregunta decisiva no es «quién soy», sino «de quién soy». Nadie puede redimirse a sí mismo; hay un Redentor. El Rey se hizo peón, cumplió lo que las personas no podían cumplir, llevó el castigo por los pecados y pagó la deuda. La salvación no fue gratis: no pagamos el precio, pero la vida, el sufrimiento y la sangre de Jesucristo son el garante de esa herencia. Se recibe sin mérito, por gracia y misericordia, y conocer el valor de Cristo y saberse amado por él transforma.
¿Qué hicimos para obtener la herencia? En la vida cotidiana todo se gana: un currículum con habilidades y cursos para conseguir un trabajo; arreglarse y esforzarse para conquistar a alguien; estudiar para mejorar en la escuela o la universidad. Pero en esta herencia no hay mérito humano que alcance. Ni los esfuerzos ni la idea de que una persona peca «poquito» permiten cumplir la medida de un Dios santo.
Por eso, la herencia descansa en el Redentor, no en nosotros.
Ver a Jesús y comprender quiénes somos
Lee las epístolas completas, no fragmentos aislados. Imagina una carta que dice «estoy harta y cansada», y que alguien la cierra antes de encontrar el resto: «de mi mal carácter». Leer la frase sin su contexto cambiaría la comprensión del mensaje. Sigue la carta de Pedro capítulo a capítulo y léela completa.
¿Cómo vivir desde esa perspectiva? No basta con conservar un documento que diga «heredero» mientras se vive como quien no tiene Padre, herencia, redención ni perdón. Entrégate a Dios. La primera parte de 1 Pedro 2:11 llama a los creyentes extranjeros y peregrinos y les ruega abstenerse de las pasiones carnales que combaten contra el alma; el versículo 16 del capítulo 2 exhorta a andar como libres, sin usar la libertad como pretexto para la maldad, sino como siervos de Dios.
Hebreos 11:13-16 menciona a quienes vivieron así —Noé, Abraham, Isaac, Sansón, David, Jefté y Sara—: murieron sin recibir lo prometido, lo miraron de lejos, lo creyeron, lo saludaron y confesaron que eran extranjeros y peregrinos. Buscaban una patria mejor, celestial; por eso Dios no se avergüenza de llamarse su Dios y les ha preparado una ciudad.
Entre las tres cruces, un ladrón pide que Jesús baje de la cruz y los baje a ellos; el otro le dice: «Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». ¿Qué significa Jesús para ti? La herencia da nuevos ojos para reconocer quién es Jesús: no solo alguien que marca un cambio de rumbo, sino quien cambia el destino. El camino, la verdad y la vida llegan a ser «mi camino, mi verdad y mi vida».
Abstenerse de lo que combate contra el alma (1 Pedro 2:11) y usar la libertad para servir (1 Pedro 2:16): así viven los herederos.
Nadie es una persona «a secas»: la herencia implica ser, por ejemplo, Rodrigo en Cristo, Adriana en Cristo o María en Cristo. Tampoco se es maya o azteca «a secas», sino parte del pueblo de Dios, llamado a anunciar sus virtudes. Esa gracia es para todos. Por medio de Cristo, un inestable como Pedro puede convertirse en un creyente firme. El Pedro que preguntaba por posiciones llegó a ser el que dice no ser digno de morir como su maestro. Los cristianos del primer siglo estuvieron dispuestos a vivir y morir por Cristo porque tenían una perspectiva eterna.
Versículo clave
«Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable»
1 Pedro 2:9
Los peregrinos de Hebreos 11:13-16 vivieron así, y así lo pide 1 Pedro 2.
Vivir conforme a la herencia
La libertad de 1 Pedro 2:16 y la fe de los peregrinos de Hebreos 11:13-16 apuntan a lo mismo: el hogar está en el cielo.
Este mundo no es el hogar definitivo: el creyente va de paso, sus raíces están en el cielo y sus deseos cambian. La Biblia no es un libro que se frota para obtener deseos, sino un libro que se abre y transforma los deseos. La samaritana y Nicodemo se acercaron a Jesús, y a Nicodemo Jesús le dijo que tenía que nacer de nuevo. Todos necesitamos esa transformación.
Ni 1 Pedro 2:16 ni Hebreos 11:13-16 piden ganarse la herencia.
Al leer sus historias, uno puede hallar razones para avergonzarse de cada personaje, pero Dios no se avergüenza de ellos. Vive como extranjero y peregrino, no para ganarte la herencia, sino como resultado de haberla recibido. En los momentos en que cielo y tierra parecen reunirse, puede volver la nostalgia del hogar. Hay una frase que dice: «Si encuentro en mí deseos que nada en este mundo pueda satisfacer, la única explicación lógica es que fui creado para otro mundo». Ese otro mundo es eterno y superior, donde el Rey ama a sus hijos y la gracia fluye para todos.
Pedro es ejemplo de transformación: el que negó a Jesús escribió décadas después con una perspectiva distinta. Es esperanza para los inestables, para quienes intentan y fallan, creen y dejan de creer, o se hunden después de ver la gloria de Dios. Solo Jesús puede transformar a Simón en Pedro; cuando Cristo es la recompensa, las demás recompensas pasan a ser secundarias.
Seguir a Jesús tiene un costo. Un texto antiguo, Los hechos de Pedro, cuenta que Pedro fue llevado a ser crucificado en Roma. Una multitud de hermanos, ricos y pobres, huérfanos y viudas, débiles y fuertes, corrió junta queriendo rescatarlo, mientras se preguntaba qué mal había hecho Pedro. Según ese texto, Pedro pidió a los verdugos que lo crucificaran cabeza abajo, porque no era digno de morir como murió su maestro.
Pedro, el inestable, terminó firme en Cristo; esa gracia es para todos.
Una invitación a volver la mirada al hogar
Recuerda: «Este no es tu hogar». Observa cómo Dios traslada el corazón y cómo aquello que antes importaba mucho empieza a perder importancia. Somos embajadores de otro reino y otra patria celestial, no turistas, y el tesoro que tenemos allí nadie puede quitárnoslo.
Como Pedro, hemos intentado vivir y disfrutar la herencia desde nuestras fuerzas y nuestra perspectiva; pidamos que el corazón sea trasladado, para que la herencia no se desvanezca como algo que no nos atraviesa. Si nunca has abierto el corazón a Jesús, o lo hiciste alguna vez pero ahora te sientes lejos, quizá después de haberlo negado como Pedro, la gracia sigue fluyendo para ti. Reconoce que necesitas a Jesús, que eres pecador y que no puedes salvarte por tus propias fuerzas, y pídele en tu corazón: «Sálvame, Señor, sálvame».
La iglesia también clama «sálvanos», aunque la obra ya fue hecha: sálvanos de nosotros mismos, de un corazón que no ha sido trasladado a la patria celestial. Reconocemos nuestra necesidad de Dios y nuestra incapacidad de lograrlo en solitario: Cristo es suficiente. Ven, Señor Jesús, como Señor y Salvador.
Referencias bíblicas
- 1 Pedro 1:1-2 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Pedro 1:3-9 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Pedro 1:18-21 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Pedro 2:4-10 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Efesios 2:4-6 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hebreos 11:13-16 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


