EN Oración
Serie Victory

Tocando el arpa y esquivando lanzas

La batalla externa contrasta con la batalla del corazón. Con David y Saúl, descubre la adoración y la renuncia a la venganza como respuesta a la injusticia.

Predicador
Itiel Arroyo
Publicada
Duración
52 min

Hay una verdadera batalla. El desafío es mirar más allá de los conflictos con otras personas: mientras alguien se ocupa en ganar una pelea externa, puede descuidar la lucha que ocurre dentro de su propio corazón. La victoria más difícil de obtener está en el interior.

Corazones bajo presión

A algunas personas les llaman «generación de cristal» porque ante una presión pequeña pueden fracturarse emocionalmente: dejan un trabajo cuando se vuelve difícil, cambian de iglesia ante tensiones o buscan vías de escape cuando hay conflictos en el matrimonio. En medio de la presión, tendemos a huir de los procesos difíciles, y hay poco que Dios pueda hacer con alguien que escapa de toda dificultad.

En contraste, pensemos en un corazón de barro en manos de un alfarero. La Biblia presenta a Dios como alfarero: el alfarero toma el barro, lo presiona y le da forma. El barro se estira, se corta, se aplasta, se quebranta y pasa por fuego y agua, con el objetivo de modelarlo. Lo mismo ocurre con el corazón: Dios tiene un diseño para cada persona, y la presión puede ser parte de la manera en que lo forma. Por eso, no huyas de toda presión.

Entre las presiones que pueden intervenir en ese proceso, destaca la injusticia. Muchos hombres y mujeres de Dios con autoridad tienen algo en común en sus historias: tuvieron que aprender a responder correctamente ante una injusticia cometida por alguien de su círculo cercano. La cuestión no es si se experimentará injusticia, sino cómo se responderá cuando llegue. Esa respuesta puede modelar a la persona o deformarla.

David es el ejemplo bíblico: un hombre cuyo corazón tenía la forma que Dios quería. La descripción puede sonar poética, pero deja de parecerlo cuando se considera la presión que atravesó. En 1 Samuel 18, las mujeres reciben a quienes vuelven de la victoria de David sobre el filisteo y cantan que Saúl hirió a sus miles y David a sus diez miles. El texto bíblico relata que Saúl se enojó, sintió desagrado por lo dicho y desde aquel día miró a David con malos ojos.

La narración de 1 Samuel continúa con David tocando el arpa mientras Saúl tiene una lanza en la mano. Saúl la arroja y David la evade; el relato dice que esto ocurrió dos veces. Esa fue la presión de la injusticia bajo la cual Dios modeló a David. Saúl fue un rey tirano e inestable que hizo difícil la vida de David, y Dios expuso a David a esas injusticias durante años.

El «Saúl» cercano y las injusticias narradas

Saúl fue el «taller de modelaje divino» de David: no tendríamos un David conforme al corazón de Dios sin un Saúl que le hiciera la vida imposible. También tú puedes tener a «tu Saúl»: la persona cercana que te trata injustamente, te causa dolor y no puede simplemente ser sacada de tu vida, porque pertenece a tu entorno social, familiar o eclesial. Es un «enemigo íntimo», capaz de herir precisamente por la cercanía.

Versículo clave

«Y arrojó Saúl la lanza, diciendo: Enclavaré a David a la pared. Pero David lo evadió dos veces.»

1 Samuel 18:11

Esto lleva a una afirmación fuerte: Dios puede usar a esa persona como presión para formar el corazón, porque hace falta atravesar esa experiencia para llegar a ser lo que Dios quiere. La idea es dura, y no hay que suavizarla: «necesitas a Saúl», y las injusticias pueden convertirse en golpes que modelan.

Hay cuatro ejemplos de injusticia en la relación entre Saúl y David. Primero, Saúl ignoró durante años el servicio de David. David ya servía como músico en el palacio antes de matar a Goliat; después de la victoria, Saúl preguntó quién era el muchacho que había vencido al gigante. Alguien puede servir con amor y, aun así, ser ignorado hasta el punto de que ni siquiera recuerden su nombre.

Segundo, una promesa incumplida. Saúl prometió que quien venciera a Goliat se casaría con su hija; David venció al gigante, pero Saúl no le entregó a su hija. Ocurre lo mismo con las promesas que alguien acepta creyendo que se cumplirán y que luego no se cumplen, dejándolo en la estacada.

Tercero, Saúl era emocionalmente imprevisible: podía recibir a David con afecto y luego buscar la manera de matarlo, pues pensaba que David conspiraba contra él. Así se siente quien no sabe cómo será recibido por alguien que un día expresa aprecio y otro día parece actuar en su contra. Cuarto, hubo promociones o regalos que ocultaban la intención de matar a David: la petición de prepucios como regalo de bodas buscaba que David muriera en el campo de batalla, no promoverlo. Una oferta aparentemente beneficiosa puede ser una trampa.

La lanza en la pared y la batalla interior

Volvamos a la escena del arpa y la lanza e imaginémosla. David tocaba el arpa, Saúl arrojó la lanza y David la evadió. Podemos imaginar a Saúl dando vueltas a sus pensamientos, sospechando que el pueblo prefería a David y concluyendo que debía matarlo; la esquiva de David parece una escena de película.

¿Qué hacer cuando alguien te arroja una lanza? La respuesta habitual es arrancarla de la pared y devolverla. Quien responde así puede sentir que está defendiendo la justicia y que tiene razón. Sin embargo, devolver el golpe puede convertir a la persona en aprendiz de aquel a quien juzga y, con el tiempo, hacer que reproduzca la misma conducta que condenaba. No somos el juez del mundo. Tomar la lanza inicia un proceso que puede deformar el corazón y apartarlo del modelado divino.

Hay quienes buscan hacer justicia a su manera: son «justicieros». Algunos, convencidos de tener razón, devuelven las lanzas y años después se convierten en aquello que juzgaban. Pueden tener razón y, aun así, adoptar una forma de actuar que los transforma. La pregunta, entonces, no es solamente quién lanzó primero, sino qué batalla se libra en quien tiene la posibilidad de responder.

David era un guerrero experimentado: tras enfrentarse a Goliat con cinco piedras, le sobraron cuatro. Podía haber devuelto la lanza y, por la popularidad que tenía y porque la justicia estaba de su parte, habría podido presentar su acción como defensa propia. La batalla más difícil de David no fue vencer a Goliat, sino resistir el impulso de herir a Saúl: no cortarle la cabeza, no devolver la lanza.

Así, la escena de 1 Samuel es una batalla de David contra sí mismo, no solo un enfrentamiento externo con Saúl. Dios ya había mostrado que David podía vencer enemigos fuera de sí; en ese momento estaba en juego si podía resistir el mal que podía crecer dentro de él. Si David hubiera devuelto la lanza y luego se hubiera sentado en el trono, Israel habría tenido un rey nuevo, pero no uno conforme al corazón de Dios.

La idea llega al interior de cada persona. «Saúl», «bestia», «monstruo», «bruja» o «viejo hombre» son nombres para la carne: el impulso egocéntrico, envidioso o resentido que todos tenemos. El gran obstáculo para alcanzar los propósitos de Dios no es solo la persona injusta que está fuera, sino el Saúl que puede incubarse dentro. Podemos creer que los enemigos de nuestro propósito son quienes hablan mal de nosotros, conspiran o nos traicionan; pero nadie externo puede abortar el propósito de Dios en nosotros: el peligro decisivo está en nuestra propia respuesta.

El rencor, la venganza, la ira y los planes conspirativos alimentan al Saúl interior. Por eso hay que matarlo antes de que ese impulso destruya el propósito. La metáfora no propone atacar a una persona: se refiere a no dejar crecer dentro de uno la respuesta vengativa. La cuestión decisiva está en el corazón, y la tentación de defenderse puede convertirse en una batalla interior.

Versículo clave

«porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas»

2 Corintios 10:4

Mantener la mano en el arpa

¿Cómo se vence ese Saúl interior? Volvamos a la escena: David no puso la mano en la lanza, sino que mantuvo la mano en el arpa y adoró a Dios en medio de la injusticia. La victoria no se gana devolviendo el golpe, sino resistiendo la venganza y manteniendo la adoración.

Dios permitirá que estés bajo la tiranía de tu Saúl durante años, que seas objetivo de sus lanzas y que, aunque llores, ayunes y pidas a Dios que lo quite, Dios te diga que no porque te conviene. Así se vence al Saúl interior: adorar en medio de la injusticia, no tomar la justicia por propia mano, no defenderse, no devolver mal por mal, no murmurar ni conspirar, y actuar en el espíritu contrario al de quien causa la injusticia.

Esa respuesta se expresa en no tomar la justicia por la propia mano, no devolver mal por mal y no murmurar ni conspirar. En cambio, se actúa en el espíritu contrario al de quien causa la injusticia. ¿Se puede ganar una guerra de lanzas con un arpa? Hay muchas injusticias: la traición, los problemas en una empresa o en la familia, la interferencia en un matrimonio. ¿Y si la adoración fuera el arma de la victoria? Las armas de nuestra milicia no son carnales; las armas de la murmuración, la calumnia, el engaño y la mentira no se comparan con la adoración.

Hay una decisión concreta: ¿qué mano intervendrá, la tuya o la de Dios? No manipules la situación, no reúnas personas para ponerlas de tu parte ni busques ventaja y defensa frente al enemigo. David sabía en qué mano confiaba: en la mano de Dios, que lo había apartado de entre las ovejas, ungido y acompañado en sus batallas. Deja quieta tu mano y confía en Dios, en vez de arreglar el asunto mediante la revancha.

Otros afilan lanzas; el creyente debe afinar el arpa. Adora a Dios en medio de la injusticia: el «baile de la victoria» consiste en aprender a esquivar las lanzas mientras se adora. La batalla que importa no es la externa, sino la del corazón.

El correo que quedó en borradores

Imagina que alguien que no te tiene aprecio envía un correo con difamaciones, cosas sacadas de contexto y afirmaciones falsas sobre ti a todas las personas que te conocen. El impulso de justiciero y de autopreservación te dice que respondas, y te sientas a redactar una respuesta extensa.

Pones evidencias y pruebas para refutar las acusaciones e incluyes a los mismos destinatarios del primer mensaje. Pero, cuando estás a punto de hacer clic, la voz de Jesús puede decirte que está bien que te hayas desahogado; ahora bórralo y escribe un correo de agradecimiento a quien te difamó, por darte la oportunidad de ser lo que Dios quiere que seas.

Puede costar días de lucha con Dios, dándole vueltas y argumentando, antes de decidir no enviarlo. Lo que está en juego no es tener razón, sino el corazón. Enviarlo podría abortar el propósito divino. Una decisión pequeña puede determinar un futuro grande.

¿Quién tiene una lanza clavada en la pared? El desafío es para quienes quieren ser hombres o mujeres conforme al corazón de Dios. David cometió muchos errores, aunque su corazón era semejante al de Dios. Y esto nos lleva a Jesús y a la cruz.

La lanza de David contrasta con la de Jesús: a Jesús le atravesaron el costado y le llegó al corazón. A diferencia de David, Jesús no esquivó la lanza, sino que se dejó clavar en la cruz. Quienes lanzaron la lanza contra Jesús fueron sus enemigos —«tú y yo»—, y Jesús, comandante del ejército celestial, no empleó su fuerza contra ellos. La batalla de la cruz era contra el infierno y, al dejarse clavar, Jesús ganó la batalla por la salvación; quienes eran sus enemigos pueden convertirse en sus hijos, hijas y amigos.

¿Estamos dispuestos, como hijos e hijas de Jesús, a aceptar la lanza y la cruz? No hay otro camino: hay que aprender a lidiar con la tensión y la presión, soportar la tiranía de Saúl durante años, no defenderse y no devolver el golpe. Hoy es el momento de la victoria, y no la gana quien escucha, sino Jesús en la cruz: hay una batalla por tu vida.

Referencias bíblicas