EN Oración
Serie Profundo

Una perla cada mañana

La misericordia de Dios, renovada cada mañana, es como una perla: no te quedes atrapado en los procesos difíciles; permite que Dios transforme tu vida y vuelva visible su obra.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
1 h 05 min

Dios nos lleva de gloria en gloria: de algo bueno a algo mejor, y mañana estaremos en algo mejor. Confiar en sus planes acompaña el proceso por el cual su Palabra llega a la vida y al corazón: uno empieza a advertir que hay cosas fuera de orden y comienza a ser transformado. No ocurre instantáneamente: es un proceso.

Cuando pecamos empezamos a notar que ya no encajamos con el pecado: somos hijos de luz, y la luz que ha llegado a nuestra vida se manifiesta. Hay una frase que dice: «Nunca luches con un cerdo porque ambos terminarán embarrados, pero al cerdo le gusta». Al cerdo le gusta el barro; los hijos de Dios hemos sido llamados a la luz y a ver los planes extraordinarios que Dios tiene para nuestra vida.

Así fue con el hijo pródigo, que llegó a comer algarrobas con los cerdos: allí comenzó a levantarse, porque sabía que ese no era el lugar que el padre tenía para él. El padre le tenía sandalias, un traje nuevo, un anillo y un nuevo tiempo. Así es la misericordia de Dios, cuyas misericordias son nuevas cada mañana.

Una perla cada mañana

Por eso, «Una perla cada mañana». Dios tiene perlas muy valiosas para nosotros cada mañana, no de vez en cuando: si sus misericordias son nuevas cada mañana, cada mañana trae una perla. No sabemos si estaremos aquí mañana; por eso hay que aprovechar el día de hoy, vivir esa misericordia y avanzar en el plan y el propósito que Dios tiene para cada uno.

Esa perla diaria es un regalo de misericordia, amor, honra, bendición, gracia y favor. No hay que dejar pasar oportunidades valiosas para que se manifieste lo que Dios tiene para nuestras vidas. Entonces viene la parábola del mercader que busca perlas finas y, al encontrar una de gran valor, vende todo lo que tiene y la compra.

Versículo clave

«También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró.»

Mateo 13:45-46

Muchas veces no comprendemos el valor de la Palabra y de las promesas de Dios: creemos más a la situación que estamos viviendo que a las perlas que la Palabra ofrece. No importa cuánto te hayas equivocado ayer: hoy vuelve a haber misericordia. Es una perla que la razón no alcanza a comprender, pero que se entiende por revelación en el corazón. No es un día más para menospreciar, sino una oportunidad para crecer, madurar, adorar y vivir en la voluntad de Dios.

Así se forma una perla en los moluscos, como conchas y ostras: entra un cuerpo extraño, como un granito de arena, y el molusco comienza a cubrirlo con nácar como método de protección. La arenita resulta incómoda, pero allí empieza a formarse la perla. Esa imagen habla del reino y del valor que a veces no vemos en la Palabra ni en las promesas de Dios.

La parábola también habla del amor de Dios por nosotros. Dios nos ve como perlas preciosas, aunque nosotros no nos veamos así, y terminará la buena obra que comenzó. La perla de gran valor muestra lo que Dios estuvo dispuesto a dar por nosotros: envió a Jesucristo a morir, y hoy somos sus perlas.

Volvamos al hijo pródigo. El hijo piensa que ya no tiene derecho a ser llamado hijo y pide ser jornalero, pero el padre lo ve, se le acerca, lo abraza y lo besa. El padre lo vio primero: estaba esperando su regreso, porque la obra en él aún no había terminado. El hijo es una perla preciosa que todavía no se ha dado cuenta de su valor y está viviendo un proceso; el padre permanece esperando.

El proceso y la herida

Las perlas más caras son las que se forman sin intervención humana, en lo profundo del mar. Hay momentos incómodos en la vida en que podemos pensar que Dios nos dejó o que nadie nos ama ni viene a ayudarnos. En esos momentos recuerda: «Eres una perla de gran precio». Dios obra en el proceso y forma algo valioso, especialmente allí donde la intervención humana ya no puede llegar.

«Una perla es una herida que cicatriza». Todos tenemos historias distintas y fuertes. No te quedes con la arena sin que el proceso tenga propósito, ni te atasques en él: permite que Dios llegue a lo profundo. Allí donde no hay intervención humana, Dios obra, y la gloria será para él, no para un hombre.

Una herida que no cicatriza sigue sangrando, y lo peor es seguir desangrándose por ella. Las perlas pasan por procesos que no son fáciles y llegan a tener valor. Jesucristo es la perla más hermosa; recordemos su oración: «Pasa de mí esta copa» si es posible. Esa perla estaba siendo formada para atraer eternidad a quienes no tenían valor delante de Dios. Por la sangre de Cristo tenemos una nueva oportunidad, y cada mañana vuelve a ser una perla para nuestras vidas.

Por eso, no hay que quedarse en la herida, sino abrir el corazón para que Dios trabaje y no resistirse. Muchas veces nos resistimos a que Dios llegue a lo profundo, y hay situaciones en que ni el contacto con otra persona ni la ayuda de un amigo parecen alcanzar. Ese límite puede ser el lugar donde Dios obra sin intervención humana, para que el testimonio apunte a él.

¿Y si comprendiéramos de verdad lo que Dios significa para nosotros y lo que nosotros somos para él? Cantar «te doy mi vida» se convierte en adoración cuando se vive: a pesar de todo, Señor, aquí está mi vida; toma tú el control, que no sea yo, que seas tú.

Lo hecho a mano es más caro: lleva más trabajo y más cuidado, y por eso vale más.

Versículo clave

«Porque tú formaste mis entrañas; Tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; Estoy maravillado, Y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo, Bien que en oculto fui formado, Y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas Que fueron luego formadas, Sin faltar una de ellas.»

Salmos 139:13-16

En la creación, Dios dijo «Sea la luz» y, según el relato de Génesis, llamó a la luz día, a las tinieblas noche, a la tierra lo seco y a las aguas mares: creó con su palabra. En cambio, en Génesis 2:7 Dios toma polvo, forma al hombre y le da vida con su aliento. Fuimos hechos a mano. Es una razón para celebrar, y se conecta con el precio de sangre de la salvación: no se puede comprar con dinero, porque el precio fue la sangre del Cordero.

Somos polvo, y aunque la vida parezca un desastre, Dios puede hacer su obra. «A Dios no le asusta» que la vida parezca hecha un desastre; no evadas lo que Dios quiere construir en ti.

Conocidos y formados por Dios

Pasamos al Salmo 139, primero a los versículos sobre la formación en el vientre materno. El salmista es alguien que, aunque no atraviesa los mejores momentos, tiene una revelación de quién es Dios para él y quién es él para Dios. El salmista alaba a Dios y se maravilla de lo que ha hecho, y dice que su cuerpo fue formado en secreto y que Dios vio su cuerpo en formación.

Los días del salmista estaban señalados en el libro de Dios antes de que existiera ninguno. ¿Cuántos días hemos vivido fuera de los que Dios había planificado? Las circunstancias pueden decirnos que no somos especiales o que Dios nos abandonó, pero la fe recuerda que Dios nos formó, nos conoce y tenía nuestros días delante de él. «Estoy en buenas manos».

Cuando Dios revela nuestro propósito, nuestras inseguridades pueden salir a la superficie. A veces cuesta creer que Dios tenga cosas buenas para nuestra vida mientras vivimos circunstancias malas; esas circunstancias son como arena. Luego, desde el versículo 1 del Salmo 139: Dios ha examinado al salmista y sabe cuándo se sienta y se levanta, conoce sus pensamientos, sabe adónde va y lo que hace, y conoce sus palabras antes de que salgan de su boca.

La boca tiene poder: «El que confesare con su boca» será salvo. Abre tu corazón y recibe a Jesús como Señor y Salvador, con el corazón, con la mente y con la declaración de tu boca. Satanás dijo «pondré mi trono», y no se cumplió, porque su boca no tiene poder; la tuya sí.

¿Cuántos días vivimos fuera de los que Dios había planificado por hablar mal? El salmista habla distinto en medio de sus dificultades. Quien está a tu lado es una obra maravillosa, aunque todavía falten pinceladas, porque Dios aún no ha terminado la obra. El salmista estaba maravillado por la obra de Dios aun en medio de sus circunstancias.

Imagina al salmista frente al espejo, mientras lo rodean sus enemigos, diciendo: me conoces tanto, siempre estás a mi alrededor, delante y detrás de mí, y siento tu mano sobre mí. David tenía experiencias sobrenaturales. ¿Tienes hambre de que lo sobrenatural interrumpa lo natural? La mano de Dios es una compañía que excede lo que se puede entender.

El salmo dice que el Espíritu de Dios acompaña al salmista a todas partes y que no puede escapar de su presencia. Cuando no entendemos lo que vivimos, Dios conoce lo profundo de nuestro ser. Si el salmista subiera al cielo o bajara a las profundidades, Dios estaría allí; y aun allí lo tomaría de la mano y lo conduciría.

Nadie puede acompañarnos a todas partes. Quisiéramos tener compañía en los momentos más difíciles, y a veces evitamos la cita con Dios. Aunque David está rodeado de enemigos, siente a Dios delante y detrás. A veces imaginamos que estamos peleando con Dios, pero no resistiríamos ni un segundo de esa pelea.

El salmista piensa que podría esconderse en lo más profundo, pero Dios lo sacaría de allí. Si se apartara del camino o de los días que Dios había planificado, Dios podría volver a conducirlo. La mano humana puede resbalar por los temores y la angustia, pero la mano derecha de Dios es fuerte y poderosa. Así se entiende la promesa de ser ayudado y levantado.

Ni siquiera la oscuridad es oscura para Dios. Esto se aplica a los momentos en que la noche parece terrible: lo que para nosotros es oscuridad, para Dios es claro como el día. Mientras nosotros vemos oscuridad, Dios ve una perla que se está formando y que está a punto de salir a la luz.

El proceso y lo que se ve

La gente mira el producto, no el proceso. Alguien puede sonreír en una foto mientras atraviesa un proceso muy difícil, y quien lo ve no lo sabe. Lo que se exhibe de una perla es su brillo, no el proceso que la formó.

Este es un tiempo de limpieza: Dios está construyendo en nosotros la imagen que él quiere. La pregunta no es si Dios lo hará, sino si nosotros permitiremos que su imagen se manifieste en la imagen que creó para nosotros. Que Dios interrumpa lo natural significa enfrentarse a imposibles que solo algo sobrenatural puede resolver. No te quedes atrapado en el proceso.

El pueblo de Israel se quedó atascado porque creyó que llegar a la tierra prometida era lo más grande que podía sucederle. Debían llegar en once días y murieron en el desierto. Se enfocaron en lo temporal, mientras Dios estaba trabajando en lo eterno que quería formar en ellos. La tierra prometida pasaría, pero lo que Dios hiciera dentro de ellos permanecería. Hay que buscar primero el reino de Dios y no descuidar lo eterno por concentrarse demasiado en lo temporal.

Hay personas con muchas cosas temporales, pero sin plenitud. Al enfocarnos en lo eterno que Dios quiere hacer, podemos disfrutar de lo temporal con plenitud. Es fácil decirlo cuando todo va bien, cuando hay casa, carro, comida y trabajo; pero hay que sostenerlo también cuando las cosas son difíciles. Enfócate en lo eterno que Dios forma en ti.

Un diamante en un anillo, al recibir el sol, refleja la luz hasta muy lejos. Lo que Dios forma en nosotros está hecho para exhibirse y reflejar su luz.

Jesús y la mujer samaritana

Juan 4 cuenta que Jesús debía pasar por Samaria. Llega a Sicar, cerca de la heredad de Jacob, se sienta junto al pozo cansado del camino y, alrededor de la hora sexta, llega una mujer samaritana a sacar agua. Jesús le pide de beber mientras sus discípulos han ido a la ciudad a comprar comida.

La mujer llegó buscando el agua del día, como nosotros cuando pensamos solo en lo inmediato, mientras Dios está trabajando en transformar la vida. Jesús tenía que pasar por Samaria, aunque todos la evitaban. Dios puede superar nuestras expectativas: esperamos una cosa mientras él prepara algo mayor.

Quizá los discípulos le dijeron a Jesús que ya era hora de comer y que era tarde después de caminar. A veces recibimos consejos con datos incorrectos, mientras Jesús sabía que era necesario pasar por Samaria. Dios ve lo que hay debajo de la superficie: mientras nosotros oramos por los síntomas, Dios trabaja en la solución.

El relato bíblico continúa con la mujer preguntando cómo un judío le pide de beber a una samaritana, pues judíos y samaritanos no se tratan entre sí. Jesús le habla del don de Dios y del agua viva. Ella le señala que él no tiene con qué sacar agua y que el pozo es hondo. Esa pregunta se parece a la nuestra cuando decimos: «¿Cómo salgo de esta?». Jesús no necesitaba sacar agua del pozo porque él es el pozo de agua viva.

Si no sabes cómo saldrás de tu situación, recuerda que tienes al Dios de milagros, que puede hacer lo que tú no puedes. Jesús estaba llevando a la mujer a experimentar quién era Dios para ella y quién era ella para Dios. Di: «Soy valioso, soy valiosa para Dios». Dios romperá las expectativas de tus días y te visitará.

Quizá llegaste sin ánimo; a todos nos pasa. Pídele a Dios que te sorprenda, porque él puede interrumpir nuestras expectativas. Los discípulos pensaban en comida, mientras Jesús estaba pensando en cambiar una vida: hay vidas que se salvan y personas que llegan sin esperanza y encuentran a Jesús.

Dios te envió y puede usarte, como una perla en exhibición, para llevar la luz de Jesús dondequiera que vayas. Nadie está donde está por casualidad: Dios tiene un propósito. Prepárate para un tiempo mejor y brilla. La mujer buscaba agua y encontró a Jesús.

Para Dios no hay nada caro: es dueño del oro, de la plata y de todo. La mujer pregunta si Jesús es mayor que Jacob, que les dio el pozo del que bebieron él, sus hijos y sus ganados. Aquel pozo tenía treinta y dos metros de profundidad: una imagen de límites. Jesús, en cambio, es el pozo que no se acaba, el agua viva.

Cuando Jesús pregunta por el marido, la mujer responde que no tiene, y el hombre con quien vive tampoco es su marido. Quizá era una perla dañada, herida por varios granitos de arena; quizá tenía áreas de su vida sin resolver y buscó en alguien lo que solo podía encontrar en Dios.

Ella buscaba agua, pero encontró al pozo, y aquel día fue una perla para esa mujer. Cuando la verdad sale a la luz, Dios puede llegar a lo profundo y arrancar lo que durante años no ha permitido brillar. La mujer volvió al pueblo y habló de un hombre distinto: Jesús le dio algo que nada ni nadie podía darle.

Los errores de la mujer son como arena que Dios puede tomar y convertir en una perla para exhibirla. Jesús tenía que pasar por Samaria porque había una mujer que había fallado mucho: es un Dios que perdona. Si has cometido errores y vivido procesos, Dios puede tomarlos en sus manos y presentar una perla valiosa y hermosa. Hay poder en permitir que Dios llegue a lo profundo: lo incómodo puede formar algo que antes no se había formado, y dar lugar a testimonios que den gloria a Dios.

Oración y respuesta

Si atraviesas un tiempo duro, si te sientes solo, encerrado en lo profundo o como si algo te partiera por dentro, tráelo delante de Dios. A veces pedimos una solución mientras Dios trabaja más allá del síntoma y forma algo en nuestro ser para que dependamos solo de él. Que los procesos nos permitan conocer a Dios como nunca, y que él transforme nuestros errores y los granitos de arena que lastiman la vida en una perla preciosa, como lo hizo con la mujer samaritana. Así de grande es su bondad y su amor.

Perdónanos, Señor, por las veces que dudamos de que estás con nosotros. Que podamos hablar como el salmista: tú estás delante y detrás, no me has dejado y no puedo esconderme de ti. Te entrego el control de mi vida. Cada día es una nueva oportunidad, una perla para cada mañana. No me quedaré atrapado en el proceso: dispongo mi corazón para que hagas tu obra.

Jesús es la perla más preciosa. Ábrele tu corazón, reconoce que lo necesitas y ora: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te recibo como mi Señor y mi Salvador».

Referencias bíblicas