EN Oración
Serie Profundo

Cuando llegan las amenazas: silencio, fe y volver a empezar

La historia de Ezequías frente a Senaquerib inspira un llamado a buscar a Dios, sostener la fe ante las malas noticias y dejar atrás la tibieza sin rendirse.

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Hay una historia que aparece tres veces en el Antiguo Testamento: en Reyes, Crónicas e Isaías. Es un relato capaz de animar a quienes atraviesan tiempos de angustia, reciben un dictamen médico adverso o enfrentan amenazas y dificultades. En la vida hay pruebas, y también errores que uno mismo comete. Examinemos el pasaje y aprendamos de lo que allí se cuenta.

La fidelidad no evita todas las dificultades

2 Crónicas 32 deja clara una idea: ser fiel a Dios no significa que todo vaya a salir bien. Después de la fidelidad de Ezequías, Senaquerib, rey de Asiria, invadió Judá y se acercó a Jerusalén con intención de combatirla. La fidelidad no elimina la prueba; en medio de ella puede verse también la fidelidad de Dios.

En el relato bíblico, Ezequías consulta con sus príncipes y hombres valientes. El pueblo tapa las fuentes de agua de fuera de la ciudad y el arroyo que atravesaba el territorio, para que los asirios no encontraran abundante agua. Después, Ezequías repara los muros caídos, levanta torres, construye otro muro, fortifica Milo, prepara espadas y escudos y organiza capitanes de guerra. La respuesta combina preparación concreta y confianza en Dios.

Versículo clave

«Con él está el brazo de carne, mas con nosotros está Jehová nuestro Dios para ayudarnos y pelear nuestras batallas. Y el pueblo tuvo confianza en las palabras de Ezequías rey de Judá.»

2 Crónicas 32:8

El contexto religioso de Judá era un tiempo de abandono de Dios y de sus mandamientos. Ezequías puso la casa en orden: llamó al pueblo a volver a Dios, dejar el pecado y buscarlo de corazón. Hoy también estamos llamados a levantar “los muros” espirituales, volver a la oración y clamar a Dios. El lugar de intercesión tiene que volver a ser el lugar preferido de la iglesia.

En un mundo asustado, hace falta una iglesia valiente y apasionada. El Espíritu Santo prepara a la iglesia para la venida de Jesucristo, y eso nos llama a orar con intensidad y a adorar al Señor con pasión.

Senaquerib era un rey agresivo que había matado a hebreos y cristianos y derrotado a otros pueblos. Al llegar ante Jerusalén, intentó intimidar a sus habitantes y cuestionó que el Dios de los hebreos pudiera librarlos, comparándolo con las divinidades de las naciones que había conquistado. Era un ataque contra Dios y, a la vez, contra quien guiaba al pueblo.

Las palabras de Senaquerib se parecen a lo que hace Satanás: poner en duda a Dios y a quienes guían al pueblo. Es la misma táctica del relato de Adán y Eva, donde se puso en tela de juicio lo que Dios había dicho. Así opera la duda contra las promesas y la fe.

Lo mismo ocurre con las malas noticias: un dolor repentino, un diagnóstico o el recuerdo de alguien que tuvo síntomas parecidos y murió pueden alimentar pensamientos de desesperanza. Frente a ese temor, no des por falsas las promesas de Dios: Dios no abandona a quienes confían en él. El llanto puede durar toda la noche, pero el gozo llega por la mañana; esa imagen bíblica sostiene la esperanza en medio de la angustia.

No responder a cada voz de temor

Al recibir malas noticias, muchas personas sienten la necesidad de contárselas a todo el mundo. Pero no todo oído que escucha puede ayudar: a veces lo que se comparte se convierte luego en chisme o en palabras que aumentan la preocupación. Busca orientación en Dios y acude a personas que sepan cómo ayudar, en vez de pedir direcciones a quien tampoco sabe adónde va.

En 2 Reyes 18:36, el pueblo no respondió a las palabras de los asirios porque el rey había ordenado que guardaran silencio. Ese silencio enseña a no contestar a cada mensaje de duda ni repetir las amenazas como si fueran la última palabra.

El relato de Josué y las vueltas alrededor de Jericó refuerza esta idea. El pueblo recibió la orden de guardar silencio y dio vueltas durante varios días; el séptimo día gritó y cayeron los muros. Si hubieran gritado cada día sin ver un resultado, quizá algunos habrían pensado que Dios se había equivocado o que Josué no lo había escuchado.

Cuando el resultado no aparece enseguida, hay que esperar sin abandonar la confianza: también llegará tu “séptimo día”. La fe es confianza en lo que todavía no se ve. En Marcos 11:24, el tiempo verbal indica que la persona debe creer que ya recibió aquello que pide.

Creer antes de ver: testimonios y espera

Un muchacho llegó a una iglesia con dificultad para caminar y le dijo a su madre que iría al “viernes de milagros” porque Dios lo sanaría. Fue cojeando y, cuando oraron por él, aparentemente no ocurrió nada visible. Después le explicaron Marcos 11:24: debía creer que ya estaba sano, aunque las evidencias no parecieran confirmarlo.

Al volver a casa, el muchacho le dijo a su madre que el Señor lo había sanado. La madre respondió con reserva. Más tarde, el joven se lo dijo también a su padre, quien estaba viendo televisión. A la mañana siguiente, cuando le llevaron el desayuno, llegó caminando. El padre preguntó si Dios lo había sanado esa mañana; el muchacho contestó que no, que había sido el día anterior. El tiempo entre la petición y la manifestación puede ser un periodo de prueba de fe.

La fe llama las cosas que no son como si fuesen. Así actúa quien, sin ver todavía la promesa cumplida, empieza a vivir como si ya la tuviera, aunque a los demás les parezca una locura.

Cuando Dios pide creerle por algo imposible, la respuesta es creer. Un préstamo que se pagaría en veinticinco años puede saldarse en ocho meses cuando se le cree a Dios: él no tarda en cumplir su promesa, aunque algunos la tengan por tardanza.

Pero cuidado con la tentación de contarle a todo el mundo lo que estás viviendo. Hay personas que, cada vez que las visitas, te hacen salir enfermo: media hora de dolores, tragedias y males propios y ajenos. Las palabras que escuchamos influyen en nuestro ánimo; busca voces que ayuden de verdad.

Las cartas y la oración de Ezequías

Frente a las amenazas, no hay que vivir con temor. Mientras tanto, Ezequías busca al profeta Isaías y ambos oran y claman al cielo.

Así ataca el enemigo: en medio de la persecución, algunos se desaniman y cuestionan la capacidad de Dios para proteger a los suyos y la credibilidad de quienes guían al pueblo. Es la misma estrategia: atacar a Dios y al líder.

El relato bíblico continúa con cartas que blasfemaban contra Jehová y advertencias dirigidas al pueblo. Imagina a Ezequías recibiendo “dos cartas”: una que decía que Dios no servía y otra que lo descalificaba a él. Ezequías busca al profeta Isaías, y ambos oran y claman al cielo.

Isaías lleva las cartas al lugar santo y las pone sobre el altar, y entonces se produce un “cambio de cartas”: una respuesta de Dios que contradice las amenazas de Senaquerib. En esa respuesta, Dios declara al pueblo que ninguna plaga entrará en su casa y promete guardar la ciudad. Las amenazas no tienen la última palabra cuando el pueblo clama a Dios.

2 Reyes 19:32 anuncia que el rey de Asiria no entraría en la ciudad ni lanzaría saeta contra ella. Esa promesa, dirigida a Jerusalén, se convierte en una palabra para la familia, la salud, la economía, la ciudad y el país de quienes la escuchan.

2 Reyes 19:6 dice que no teman las palabras oídas y anuncia que Senaquerib regresará a su tierra. Nadie se hace fuerte con batallas fáciles, y el peligro para los cristianos quizá no está en ser perseguidos, sino en ser admirados. Dios acompaña a quienes pasan por pruebas: es un poderoso gigante.

Versículo clave

«E Isaías les respondió: Así diréis a vuestro señor: Así ha dicho Jehová: No temas por las palabras que has oído, con las cuales me han blasfemado los siervos del rey de Asiria.»

2 Reyes 19:6

Cristo, perseverancia y un llamado a la santidad

La mala noticia es que Isaías, Ezequiel y Jeremías habían muerto: ya no está disponible uno de esos profetas para llevar las cartas. Pero los creyentes no dependen de que esté presente uno de aquellos profetas. Hay “dos cartas del cielo”, y apuntan a Jesucristo, sentado a la diestra del Padre e intercediendo por las personas.

No temas: “no vas a morir de cáncer, no vas a morir de diabetes”. Dios dice: “no morirás sino que vivirás”. Esta fe no se basa en las experiencias de otras personas, sino en la promesa de Dios.

Jesús es “el autor y consumador de la fe”, el Alfa y la Omega. Satanás puede iniciar ataques, pero no tiene la última palabra; Dios es quien termina y sella lo que ocurre. Dios es “el Omega”, y puede revertir una situación.

La iglesia no debe ser tibia: ni el café ni el amor saben bien tibios. ¿Quién recuerda los nombres de los diez espías que hablaron mal de la tierra? Es difícil; en cambio, la gente sí recuerda a Caleb y Josué, por valientes. No vivamos una fe vacilante. El mensaje bíblico a la iglesia de Laodicea apunta en la misma dirección: la ciudad estaba entre Hierápolis y Colosas, asociadas con aguas termales y aguas frías.

Quienes permanecieron fieles y asistieron a la iglesia merecen honra, y Dios bendecirá su esfuerzo. Dejemos la tibieza y oremos más que nunca. La tragedia del cristianismo moderno es buscar más la felicidad que la santidad, y sin santidad nadie verá a Dios. Para este tiempo hay dos encargos para la iglesia: santidad al Señor y levantar a los caídos.

Una vez, un pastor fue invitado a cenar a una casa, y la dueña vio que tomaba una cuchara y se la quedaba. Al año siguiente, en otra cena, ella le dijo que le daba pena, pero que la vez anterior lo había visto llevarse una de sus cucharas. Él responde: “te equivocas”, admite que sí la tomó y explica que la metió en la Biblia de ella. La pregunta queda para cada uno: “¿Cuántas cucharas tienes tú en tu Biblia que ya no lees?”. Volvamos al primer amor y recordemos las razones por las que comenzamos a seguir a Dios.

El llamado a la santidad desemboca en exhortaciones prácticas: fortalecer los grupos, la visión y los encuentros. No hay que rendirse ahora que las puertas se han abierto. Viene un tiempo de sobreabundancia para la iglesia, y al final gana quien no se rinde. Hay golpes inmerecidos que enseñan que uno es más fuerte de lo que pensaba.

La vida golpea, empuja y tumba, pero también puede premiar; Dios corrige y levanta. Cuando te sientas cansado o golpeado, levántate y vuelve a empezar. Caer, equivocarse, llorar, tomar un descanso y sentir dolor son aceptables, pero no es normal renunciar y tirar la toalla.

La exhortación se repite: “vuelve a empezar”, ante la falta de triunfos, un error, la quiebra de un negocio, una traición, una relación que se rompe, el dolor, los esfuerzos ignorados, la ingratitud, la incomprensión o la sensación de que todo parece no tener sentido. No te rindas por causa del golpe recibido.

¿Dónde está el caballero de brillante armadura? No pongas el corazón en manos de alguien que solo vive de apariencias. Dios tiene lo mejor, y esperar en él permite recibir nuevas fuerzas y nuevas conquistas.

No tenemos a Isaías ni a Jeremías detrás del altar, pero Jesucristo intercede por los creyentes. Jesús ama y no abandona; recibe fuerza, sanidad y liberación. Gloria a Dios: la gloria postrera será mayor que la primera. Confiemos en Dios durante la prueba, perseveremos, busquémoslo con pasión y vivamos en santidad.

Referencias bíblicas