EN Oración
Serie Atmósfera

Una noche gloriosa: el propósito del nacimiento de Jesús

Mira más allá de una Navidad perfecta: aun en medio de puertas cerradas y circunstancias inesperadas, Jesús nació con propósito y Dios está con nosotros.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
58 min

En Navidad vale la pena volver a aquella noche en que nació Jesús y preguntarse también qué sucedió nueve meses antes. El nacimiento de Jesús no es únicamente una tradición que se celebra cada año; encierra un propósito y un mensaje que pueden transformar la vida. La invitación es a celebrar y recordar ese nacimiento mirando más allá de la fecha.

Planes interrumpidos y revelación

El relato de Lucas presenta a María y las palabras del ángel: el Espíritu Santo vendría sobre ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra; el santo ser que nacería sería llamado Hijo de Dios. Podemos imaginar a María sorprendida por lo que está ocurriendo; como cualquiera, ella podía tener planes y sueños.

Dios puede interrumpir los planes de una persona, y hace falta estar dispuestos a que esos planes sean tocados por su poder. Los sueños de Dios pueden sobrepasar los propios e incluirlos. El anuncio a María es una invitación a confiar.

Imaginemos también qué significó para José aquel proceso previo al nacimiento. Mateo cuenta que José, siendo justo y sin querer infamar a María, pensó dejarla secretamente; mientras consideraba aquello, un ángel del Señor se le apareció en sueños y le habló del origen del embarazo. Recibir esa noticia debió de ser difícil para José, y su pensamiento no bastaba para comprender lo que sucedía: necesitaba la revelación de Dios.

Hay una Navidad vivida como tradición —con regalos y reunión— y una Navidad en la que se recibe la revelación del significado de Jesús. Compartir o regalar no está mal, pero no hay que quedarse solo en esas costumbres. El nacimiento de Jesús tiene poder para transformar la vida, y por eso la celebración puede recordar quién es el centro y por qué vino.

Cuando el camino se complica

Lucas relata que un edicto de César Augusto dispuso el empadronamiento, que José viajó desde Nazaret a Belén con María, quien estaba encinta, y que allí llegó el momento del alumbramiento. María dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón. Fue un recorrido de 130 kilómetros: hoy es fácil hacerlo en automóvil, pero en aquel tiempo el trayecto era a pie y con sandalias.

Ese recorrido habla de los procesos difíciles: no siempre el camino es fácil, rápido o cómodo. No interpretemos cada obstáculo como señal de que Dios nos ha abandonado. La afirmación de que “Dios está con nosotros” se apoya en el nombre Emanuel, el mensaje que podía sostener a José y María frente a lo inesperado.

Tampoco fue una noche perfecta. No había lugar en el mesón y el nacimiento ocurrió en un pesebre. Dejemos de perseguir una celebración sin contratiempos y busquemos una noche gloriosa, llena de la presencia de Dios y centrada en Jesús. En la vida cotidiana, no dejemos que un plan frustrado, un regalo que falta o una puerta cerrada desplacen el sentido de la Navidad.

Podemos imaginar a José llamando a la puerta del mesón y pidiendo un lugar para su esposa, y a alguien que les abre y después les dice que no hay sitio. La puerta se cerró ante quien es “la puerta”. No fijes la mirada en el mesón cerrado, sino en lo que Dios ha dicho.

El cierre de una puerta no demuestra por sí mismo que Dios haya dejado de amar a alguien ni que haya perdido el control. Dios puede tener un plan distinto y más glorioso que el que la persona esperaba.

Hay algo “esperado pero inesperado”: pueden ocurrir acontecimientos imprevistos mientras se espera algo importante, y no conviene desmayar porque el año termine antes de que una expectativa se cumpla. Dios no ha terminado con quienes confían en él. Que los regalos y la comida no se conviertan en el centro: pueden formar parte de la reunión, pero el celebrado es Jesús.

Los reyes magos adoraron al Señor, en vez de intercambiar regalos entre ellos. Eso no significa que no se den regalos; la enseñanza es conservar el enfoque en Dios. Tampoco midamos el amor de Dios por si se abrió o no una puerta concreta: la escena del mesón no significa que el poder de Dios se haya cerrado.

Una señal en un lugar humilde

Lucas cuenta que unos pastores velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño; un ángel del Señor se presentó y la gloria del Señor los rodeó de resplandor. El anuncio fue de gran gozo: había nacido en la ciudad de David un Salvador, Cristo el Señor. La señal indicada era encontrar al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

El oficio de pastor era menospreciado y denigrante en aquella sociedad, y aun así el anuncio llegó a esas personas. Jesús ve a quienes el mundo puede menospreciar, y el mensaje de Dios no queda reservado a quienes parecen importantes.

Muchos padres desean preparar lo mejor para sus hijos: una cuna, un cuarto dispuesto y lo mejor que puedan ofrecer. Para una familia, un pesebre con animales podría parecer un pesar, pero era una señal de que la grandeza de Jesús no dependía del lugar donde nació.

El lugar de nacimiento, el pasado y la adversidad no determinan quién es una persona: la identidad se afirma en Dios. A un niño pueden hacerle bullying por ser alto o por cualquier otra cosa; los padres deben darle una identidad firme. No hay que permitir que la burla defina a un hijo.

Lo mismo vale para las comparaciones materiales. No está mal comprar algo de marca o algo que a uno le guste si puede pagarlo; lo cuestionable es hacerlo para obtener aceptación o identidad. Buscar primero el reino de Dios implica no basar el valor personal en las cosas. Uno puede ser aceptado por Dios aunque no consiga agradar a todos.

Vive como alguien aceptado por Dios, sin hacer depender tu identidad de lo vivido o de lo que falta esta Navidad. Si atraviesas un “tiempo de pesebre”, recuerda el nombre Emanuel: Dios con nosotros. Esa confianza se proyecta hacia el año venidero: lo que viene será mejor que lo vivido.

Provisión, gozo y adoración

Una profecía del Antiguo Testamento habla de multitud de dromedarios, y se puede conectar con la llegada de los magos. Eran hombres sabios, estudiosos y ricos, que viajaron durante meses con provisiones. Herodes era poderoso, y la llegada de los magos alborotó al pueblo.

La adoración de los magos es un reconocimiento de que todo fue hecho por Dios y para Dios. Algunos estudiosos dicen que lo que llevaron pudo permitir que Jesús viviera hasta los treinta años.

Podemos imaginar la preocupación de José y María por cómo mantener al niño, y ver en la llegada de los camellos una provisión inesperada. Dejemos que Dios tome el control y confiemos en su provisión. La llegada de los magos fue un momento de adoración y de provisión que José y María no habrían imaginado.

El nacimiento de Jesús no puede separarse de su muerte en la cruz: si Jesús hubiera nacido y no hubiera muerto en la cruz del Calvario, el nacimiento carecería de su propósito salvador. Por eso, recibe a Jesús como Señor y Salvador. Y una precisión doctrinal: Jesús no nace literalmente en el corazón; las personas reciben a Jesús y son ellas quienes nacen de nuevo, pasando de muerte a vida.

El anuncio a los pastores fue de gran gozo, y eso tiene una aplicación para la celebración. El gozo no depende de lo que uno tiene alrededor ni de lo que recibió, sino que viene del cielo y de Dios. La presencia de Dios es un regalo que no puede compararse con los obsequios materiales.

Versículo clave

«Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.»

Lucas 2:10-11

Haz un examen personal el 26 de diciembre. Si después de Navidad te lamentas por el dinero gastado, las tarjetas por pagar, lo que faltó o el viaje de otros, quizá la celebración se quedó en la tradición. En cambio, agradece que Jesús no nació para cambiar un solo día, sino para cambiar la vida.

No se sabe con exactitud cuándo nació Jesús, pero existe una fecha establecida para celebrarlo. En estas fechas, algunas personas recuerdan a familiares que ya no están y experiencias difíciles del año. Dirige la mirada al propósito de Jesús y a la esperanza de vida eterna.

Lucas relata que una multitud de las huestes celestiales apareció con el ángel alabando a Dios y proclamando gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra. Aunque Jesús estaba en un pesebre, en el cielo había adoración; que también haya adoración entre nosotros. La paz no depende del lugar de nacimiento ni de las circunstancias que rodean a una persona, sino que viene del cielo.

A los magos Jesús se les presentó como Rey de reyes, a los pastores como buen Pastor y a José y María como Salvador del mundo. Si se preguntara a los pastores cómo fue aquella noche, quizá la llamarían una noche de oportunidades. Dejemos de insistir en una puerta cerrada, adoremos a Dios y confiemos en que él puede hacer cosas nuevas.

La promesa esperada y la invitación final

Luego aparece Simeón, un hombre de Jerusalén que obedecía y amaba a Dios, esperaba la consolación de Israel y había recibido del Espíritu Santo la promesa de que no moriría antes de ver al Mesías. El Espíritu lo dirigió al templo cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir lo dispuesto por la ley. Al verlo, Simeón dio gracias a Dios y expresó que ya podía morir en paz porque había visto la salvación prometida. Esa escena habla de la esperanza de la eternidad abierta por el Mesías.

Versículo clave

«¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!»

Lucas 2:14

Aunque falten regalos o se hayan perdido cosas durante el año, no pierdas la relación con Dios. Prepárate y recuerda que hay un Salvador. También aparece Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, viuda de edad avanzada, quien no se apartaba del templo y servía con ayunos y oraciones. Ana dio gracias a Dios y habló del niño a quienes esperaban la redención de Jerusalén.

Ana llevaba mucho tiempo esperando y sirviendo. ¿No es tiempo de levantarse a orar y ayunar ahora que, por la fe, sabemos que el Mesías ya ha llegado? Las huestes celestiales están adorando a Dios en este mismo momento, y su presencia está aquí. Jesús nació en un pesebre y murió en una cruz para dar salvación y vida; celebremos la Navidad con ese propósito presente y recibamos la presencia de Dios como el regalo más grande, por encima de cualquier obsequio.

Alaba a Dios y abre tu corazón a Jesús. Pide perdón por tus pecados y recíbelo como Señor y Salvador. Si hiciste esta oración por primera vez o te reconciliaste con el Señor, bienvenido a la familia de Dios. Celebremos a Jesús y agradezcamos su presencia.

Referencias bíblicas