¿Quién eres y hacia dónde vas? Nadie está completamente seguro de sí mismo todo el tiempo. Aun quienes hoy sirven a Dios con entrega han atravesado etapas de inseguridad y crisis sobre quiénes eran. Estas preguntas alcanzan a cualquiera, sin importar su edad o el lugar donde esté.
Es fácil olvidar cosas: un aniversario, el pago de la universidad, echar gasolina al carro. Pero ¿qué pasaría si olvidaras quién eres? En el ritmo del trabajo, de las relaciones con amigos y familia y de tantas responsabilidades, puedes perder de vista tu propia identidad.
Cuando no sabes quién eres
Hay etapas en que no sabes quién eres y vives según lo que otros dicen de ti. Por inseguridad y por no conocer tu propio valor, te dejas llevar por lo que alguien te habla y te dice, y terminas haciendo lo que no querías, hasta sentirte encarcelado. Cuando no sabes quién eres, otros deciden por ti.
Esa influencia que confunde y determina puede venir de una amistad, de un novio o una novia, del trabajo. No permitas que ninguna de esas cosas determine quién eres.
¿Quién eres? Tus padres te dieron un nombre y un apellido, y tu nacionalidad es parte de tu identidad, pero hay algo más. Saber quién eres y hacia dónde vas te ayuda a salir de problemas y de situaciones difíciles.
Tres lugares que no responden quién eres
El primero son las redes sociales. Los «me gusta» que recibes o no recibes no determinan quién eres; los filtros no deciden si eres bello o feo. Lo que se publica puede ser muy distinto de lo que hay detrás: tristeza, frustración, apariencias. A todos nos ha pasado.
El segundo es tu propio corazón y tu mente. «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento». Tus conceptos pueden mantenerte atrapado en quien fuiste, en lugar de dejarte reconocer quién eres hoy. Tus errores pueden hacer que te mires desde tu pasado y pierdas de vista la identidad que Dios ya puso en ti.
No confíes sin discernimiento en lo que te dicta el corazón. «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente». Solo Dios te conoce y sabe lo que puso dentro de ti. Ni el recuerdo de tus errores ni las percepciones cambiantes sobre ti mismo son la fuente última de tu identidad.
El tercero son las amistades. Algunas te elogian no por afecto, sino porque quieren obtener algo de ti; otras pueden ser crueles y decir cosas que te hieren el corazón y te dejan triste, solo o preocupado. Las redes, las publicaciones y las opiniones de otros no definen quién eres.
Dios responde quién eres
Dios es quien puede responder quién eres. «Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre». Dios te preparó, puso en ti tus sentimientos y tus emociones, y te formó. Por eso, acercarte a Dios es la manera de saber quién eres.
Versículo clave
«Porque tú formaste mis entrañas; Tú me hiciste en el vientre de mi madre.»
Salmos 139:13
Tu identidad no se obtiene de los «me gusta», de tus errores pasados ni de la aprobación ajena. Está en tu relación con el Dios que te conoce y que puso algo dentro de ti.
Mefiboset: una herida que llegó al corazón
Mefiboset era hijo de Jonatán y nieto del rey Saúl. Cuando tenía cinco años, llegó la noticia de la muerte de Saúl y de Jonatán, y su nodriza lo tomó y huyó; y mientras iba huyendo apresuradamente, se le cayó el niño y quedó cojo. Nunca más pudo caminar con normalidad.
La vida puede derribarte, y a veces el daño no viene de tus decisiones, palabras o acciones, sino de lo que hizo otra persona. Mefiboset quedó lisiado de los pies, pero la herida llegó también a su corazón.
Mefiboset vivía en Lodebar, un nombre que habla de un lugar sin pasto, de escasez, de dolor y de soledad. Así es vivir sin saber quién eres: dolor, decepción, frustración. Es el lugar de las heridas del pasado que te mantienen atrapado.
Pero llegó el día en que el rey lo buscó. «El rey le preguntó: ¿Dónde está? Y Siba respondió al rey: He aquí, está en casa de Maquir hijo de Amiel, en Lodebar». Y el rey David envió y lo trajo de allí. Llega el día en que necesitas saber que el que te creó te estaba buscando. Dios te pregunta: «¿Dónde estás?», y te llama desde tu lugar de tristeza para decirte que eres su hijo, que vales la pena y que él tiene lo que necesitas.
Versículo clave
«Entonces el rey le preguntó: ¿Dónde está? Y Siba respondió al rey: He aquí, está en casa de Maquir hijo de Amiel, en Lodebar.»
2 Samuel 9:4
Mefiboset llegó ante David, se postró sobre su rostro e hizo reverencia. David le dijo: «Mefiboset». Y él respondió: «He aquí tu siervo». Y David le dijo: «No tengas temor». Cuando no sabes quién eres, aparecen el miedo, las preocupaciones y la sensación de que la vida no es justa. Mefiboset estaba lisiado y había vivido en el abandono.
Puedes estar rodeado de muchas personas y, por lo que pasa en tu mente o por el recuerdo de una herida, sentirte solo. Pero el Rey te ha llamado por tu nombre.
Un lugar en la mesa del Rey
David le dijo: «Porque yo a la verdad haré contigo misericordia por amor de Jonatán tu padre, y te devolveré todas las tierras de Saúl tu padre; y tú comerás siempre a mi mesa». En la mesa del Rey te dicen quién eres. Dios puede devolverte lo que perdiste cuando dejaste de saber quién eras. Eres hijo amado de Dios y tienes propósito.
Detrás de la bondad de David está la bondad de Dios. Aunque todavía estés tratando de reconocer quién eres, Dios sigue siendo bueno y nunca dejará de serlo.
Mefiboset siguió cojo de ambos pies, pero comía a la mesa del rey como uno de los hijos del rey. Tu herida no te descalifica del lugar que Dios te preparó. En su mesa, tus pies lisiados quedan cubiertos por su gracia.
Sentarte a la mesa del Rey cambia tu manera de hablar de ti mismo. Mefiboset se llamó a sí mismo «perro muerto»: «¿Quién es tu siervo, para que mires a un perro muerto como yo?». Pero el rey no lo veía así. Deja de repetir las palabras de tu herida y empieza a repetir lo que Dios dice de ti: escogido, amado, perdonado, hijo.
Recuerda quién eres
Si sufriste una herida que llegó a tu corazón y te hizo olvidar quién eras, desde hoy recuerda: eres hijo del Rey y tienes derecho a sentarte a su mesa.
Todos necesitamos recordarnos que somos hijos del Rey. No dejes que las heridas, el pasado, las redes sociales o las opiniones ajenas decidan quién eres: acude a Dios para recordar el valor y la identidad que él te da.


