Haz una pausa para reposar en Dios y volver a él. Que el Espíritu Santo te guarde y deposite su palabra en tu corazón, te dé fe y te hable de sus promesas.
Planes que no salen como esperabas
Las promesas de Dios siguen vigentes. «Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis». Dios tiene planes para ti, y sus planes están unidos a sus promesas.
Versículo clave
«Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis.»
Jeremías 29:11
Quizá planeaste un viaje con tu familia: lo escribiste, ahorraste, te ilusionaste. Y al llegar, nada salió como esperabas. Aun así, puedes disfrutarlo si sabes que Dios tiene planes para ti. Los planes humanos cambian; los de Dios permanecen.
Hay quienes reciben una promesa de Dios y piensan que verán su cumplimiento muy pronto. Piden, esperan un día, dos días, meses, un año, dos años… y la promesa llega tres años después. Cuando por fin la ves cumplida, puedes decirle a Dios: «Tú no mientes; tus promesas siguen vigentes». Y aprendes algo central: cuando vuelves tu mirada hacia Dios, que da la promesa, la promesa sigue siendo importante, pero deja de ser lo principal.
Quizá este año tenías planes escritos, ideas, cosas especiales que esperabas, y todo se detuvo. No concluyas que, porque tus planes se detuvieron, los de Dios desaparecieron. La promesa se cumple, aunque no de inmediato.
Las promesas son como algo que ves a lo lejos con un largavista: parece lejano e inalcanzable, pero tienes que caminar hasta llegar, y ese camino es un proceso. Dios te habla de paz, de futuro y de esperanza, aun en las situaciones difíciles. Sus planes siguen vigentes, aunque no siempre se cumplan como tú los imaginaste.
Hay una diferencia entre tus planes y las promesas de Dios. Tus planes nacen de tus deseos; sus promesas nacen de su carácter. Tus planes pueden fallar; sus promesas no. Por eso, pon tus planes delante de Dios y deja que él los ajuste a sus promesas. «El corazón del hombre piensa su camino; mas Jehová endereza sus pasos».
Recuerda lo que Dios ha dicho
En el desierto no temerás, porque su amor te va a sostener. En la voluntad de Dios hay seguridad: estar dentro de su voluntad es estar seguro bajo su mano.
«Acuérdate de la palabra dada a tu siervo, en la cual me has hecho esperar. Ella es mi consuelo en mi aflicción, porque tu dicho me ha vivificado». Las promesas de Dios te dan esperanza y vida. A veces las olvidas: recuerda lo que Dios ha dicho y los planes que tiene para tu vida. Si no sabes qué promesas tienes, pídele a Dios que te las muestre. Búscalas en su palabra, sin suponer que cada deseo tuyo es una promesa divina.
Versículo clave
«Acuérdate de la palabra dada a tu siervo, En la cual me has hecho esperar. Ella es mi consuelo en mi aflicción, Porque tu dicho me ha vivificado.»
Salmos 119:49-50
José es un héroe de la fe que atravesó el desierto. Sus hermanos lo traicionaron, lo vendieron como esclavo, y lo encarcelaron injustamente. Pero José no hizo del desierto toda su vida.
Quizá enfrentas amenazas a tu salud, preocupación por la economía de tus padres, o angustia por lo que ves en las noticias. En el desierto no temerás: Dios está contigo. «Pero Jehová estaba con José y le extendió su misericordia, y le dio gracia en los ojos del jefe de la cárcel». Si sientes que la vida o la enfermedad te están tratando injustamente, Dios sigue mostrándote su amor.
Cuando le pides un favor a alguien, es porque lo conoces y crees que puede ayudarte. Acércate al dueño de las promesas en tus momentos de tristeza, preocupación o angustia. Búscalo.
José esperó años en la cárcel. El copero, a quien ayudó, se olvidó de él durante dos años. Pero Dios no se olvidó. Cuando llegó el tiempo, José pasó de la cárcel al palacio en un solo día. Lo que parece tardanza es parte del tiempo perfecto de Dios. Mientras tanto, José siguió sirviendo, interpretando sueños y haciendo bien su trabajo. Esperar no es quedarse quieto: es ser fiel donde estás.
Al final, José pudo mirar atrás y ver la mano de Dios en cada etapa. A sus hermanos les dijo: «Dios me envió delante de vosotros, para preservaros posteridad sobre la tierra, y para daros vida por medio de gran liberación. Así, pues, no me enviasteis acá vosotros, sino Dios». Lo que parecía un desastre era parte del plan. Un día también tú mirarás atrás y entenderás.
Mientras tanto, no dejes que la amargura se instale en tu corazón. José pudo haberse amargado contra sus hermanos, contra la esposa de Potifar, contra el copero que lo olvidó. Pero guardó su corazón, y por eso pudo recibir la promesa sin rencor. Pídele a Dios que sane las heridas que te dejaron los planes rotos.
Esperanza para el que teme
Jesús es esperanza para el que teme, fuerza para el derrotado, camino para el perdido, tu escudo y tu fortaleza. Confía en Jesús: él está ahí para levantarte. Sus promesas siguen vigentes, y no estás solo.
Jesús es tu escudo, y el dueño de las promesas está contigo. Dios conoce los días que vienen, y hay futuro y esperanza. Aquel que fue rechazado no te rechaza. Su presencia es como un abrazo que te ayuda a levantarte. No temas: vuelve al Dios de las promesas.
Haz una lista de las promesas de Dios que más necesitas hoy, y léelas en voz alta cada mañana. Cuando el temor aparezca, responde con lo que Dios ha dicho. Sus palabras son más firmes que cualquier noticia.
«Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén». En Jesús, cada promesa de Dios encuentra su cumplimiento. En él puedes estar seguro de que Dios no se ha olvidado de ti. Si Dios no escatimó ni a su propio Hijo, ¿cómo no te dará también con él todas las cosas?
Vuelve a Dios
Si te identificas con José porque has vivido injusticia, preocupación o te sientes encarcelado, recibe en tu corazón a Jesús, que puede sacarte de toda cárcel, preocupación y temor. Ora: «Señor Jesús, te abro mi corazón. Perdóname si me he equivocado. Te recibo como mi Salvador. Gracias por venir a mi vida».
Dios no ha terminado contigo. Tu historia sigue escribiéndose en sus manos.
Si hiciste esta oración por primera vez, o estás volviendo a Dios, busca a tu iglesia para que te acompañen y te cuiden. Este es un buen tiempo para tu vida: las promesas de Dios siguen vigentes.


