Volvamos a lo básico. Hay cosas que le corresponden a Dios, y otras que te tocan a ti. «¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis». No basta con el entusiasmo de un nuevo comienzo: tienes que poner en práctica, con las herramientas que Dios te da en su palabra, los principios que orientan tu carrera.
Versículo clave
«¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis.»
1 Corintios 9:24
Corre con propósito
«Todo aquel que lucha, de todo se abstiene». El atleta se entrena con disciplina, y esa disciplina cotidiana es tu responsabilidad. Dios te da el día, pero a ti te toca evitar lo que te hace daño. Dios no hará eso por ti: tienes libertad para escoger y decidir, y la responsabilidad de apartarte de lo que te resta o te aleja del propósito.
«Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura». Corre cada día con propósito. Pregúntate si cada decisión te conduce al propósito de Dios o te aleja de él. Si un negocio te está apartando de ese propósito, detente y habla con Dios antes de seguir. Si una relación te aleja de Dios, revísala. No decidas a la ligera: examina tu rumbo y haz lo que te corresponde.
Confía en Dios: dentro de su propósito no te faltará lo necesario. Hay tiempos de maná y tiempos de tierra que fluye leche y miel. «Sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre». El atleta entrena su cuerpo para que haga lo que debe. Si quieres terminar bien la carrera, no siempre harás lo que quieres: harás lo que debes.
Disciplina también para quien enseña
Cuando empiezas a entrenar en serio, descubres músculos que no sabías que tenías; te duele todo, y dudas de poder subir las escaleras. Pero si sigues, tu cuerpo se fortalece. El cuerpo se entrena para hacer lo que debe, aunque no siempre sea cómodo.
Pablo termina diciendo: «No sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado». No basta con decirles a otros qué hacer. No puedes exhortar a amar a Dios, a guardarse para él y a adorarlo, mientras tú mismo dejas de hacerlo. Cualquiera puede descuidarse. Esta palabra no es para tu suegra, ni para alguien que te cae mal: es para ti.
«Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas». No basta con saber de Jesús, ni con buscarlo cuando te conviene. Todos quieren reconocerlo para que su negocio crezca o en medio de una enfermedad. Pero hay otras áreas que evitas entregarle, porque quieres seguir haciendo lo que quieres en lugar de lo que debes.
Obediencia y responsabilidad
Obedecer a veces cuesta. ¿Cuánto te ha costado obedecer? El rey Josías salió a pelear contra Necao, rey de Egipto, aunque Necao le advirtió que lo hacía por mandato de Dios. «Mas Josías no se retiró, sino que se disfrazó para darle batalla, y no atendió a las palabras de Necao, que eran de boca de Dios». Y los flecheros lo hirieron, y murió. No hay disfraz que pueda esconder la desobediencia: tarde o temprano, sus consecuencias te alcanzan.
Reconoce a Dios en todos tus caminos, aunque eso implique revisar tus decisiones y tus deseos. No puedes delegar la obediencia: te toca a ti. Pregúntate qué te corresponde hacer.
El valor de ser hijo y heredero
«Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados». ¿De quién eres heredero? Eres heredero de la gracia de Dios en Cristo.
Versículo clave
«Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.»
Romanos 8:17
No basta con saber cómo te ve Dios: importa cómo te ves tú ante Dios. Cuando te ves como hijo y heredero, cambia tu manera de entenderte. Esa convicción te ayuda a resistir el menosprecio y a no reducir tu identidad a tus errores o tus debilidades.
Faraón no quería dejar ir al pueblo de Israel. Después de la última plaga, los dejó salir, y luego volvió a perseguirlos. ¿Por qué tanto empeño en retenerlos? Porque eran valiosos. Si sientes que hay áreas de las que no logras salir, el enemigo sabe lo valioso que eres.
Dios se le reveló a Moisés: «YO SOY EL QUE SOY». Pero Moisés se veía limitado: «Nunca he sido hombre de fácil palabra… porque soy tardo en el habla y torpe de lengua». Quizá también tú te ves lleno de defectos y crees que no puedes. Dios puede usar tu vida.
Dios le dice a quien se siente limitado: «Preséntate con tus debilidades y confía en mi poder». «¿Qué es eso que tienes en tu mano? Échala en tierra». Suelta lo que debes soltar, y verás la gloria de Dios. Deja de menospreciarte, y levántate por tu familia y tus generaciones.
Tus errores no tienen que ser tiempo perdido
Quizá tomaste malas decisiones, cometiste errores, o cargas consecuencias del pecado. Las consecuencias existen, pero lo que viviste no tiene que ser tiempo perdido si comprendes tu valor y sales de aquello que te ata. Lo que viviste puede convertirse en testimonio para otros que aún no han podido salir: «Dios transformó lo que yo creía perdido».
Reconocer tu valor ante Dios te lleva a decir: «Ni un día más» a aquello de lo que necesitas salir. Hoy es tu día de liberación. Es una llamada a actuar: Dios te saca de Egipto, pero a ti te toca caminar.
Extiende la vara ante lo imposible
Frente al mar, el pueblo le reclamó a Moisés: «¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto?». El enemigo confunde a las personas y las lleva a levantarse contra quienes las guían, sobre todo cuando todavía tienen Egipto metido en el corazón. Pero Dios le dijo a Moisés: «Alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo». A ti te toca extender la vara.
Cuando lo que tienes parece poco, ofrécelo y obedece la instrucción. Dios abre el mar; a Moisés le tocaba levantar la vara. Haz tu parte, y confía en que Dios hará la suya. No te detengas por las críticas de quienes te rodean: señala con fe aquello que parece imposible de vencer.
Los hijos de Israel pasaron por en medio del mar en seco, y los egipcios que los siguieron no pudieron. Ellos confiaban en sus carros y en la fuerza de su ejército. Tu poder no está en tu fuerza, sino en Dios, que te da fuerzas para seguir adelante, rendirte a él y señalar lo que no has podido vencer.
Jacob: posesiones y necesidad de la bendición
Jacob un día no tenía nada; su nombre significaba «el que suplanta». Con los años llegó a tener muchas posesiones. «Y se levantó aquella noche, y tomó sus dos mujeres, y sus dos siervas, y sus once hijos, y pasó el vado de Jaboc… e hizo pasar todo lo que tenía. Así se quedó Jacob solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba».
Jacob se quedó solo. Ya no se trataba de lo que tenía, sino de lo que era. Tenía abundancia, pero había cosas en su interior que necesitaban la bendición de Dios. Haber probado la abundancia y alcanzado lo que nunca imaginó no le bastaba: no podía vivir un día más sin la bendición de Dios.
«No te dejaré, si no me bendices». Y Dios le cambió el nombre: «No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel». Jacob necesitaba a Dios, y valoró su bendición más que todo lo que poseía. Toma un tiempo para inclinar tu corazón ante Dios y decirle que lo valoras, sin importar cuánto hayas recibido.
Abre tu corazón a Jesús
Jesús murió en la cruz: eso le correspondía a él. A ti te toca abrir tu corazón para recibirlo. Jesús no obliga: recibirlo es tu decisión. Ora: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te recibo como mi Señor y mi Salvador».
Referencias bíblicas
- 1 Corintios 9:24-27 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Proverbios 3:6 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Romanos 8:17 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Éxodo 14:10-31 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Génesis 32:22-30 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Corintios 9:24 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


