«Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando». En aquellos tiempos, cuando un invitado veía su copa vacía y nadie volvía a llenarla, entendía que era hora de irse. Pero si el anfitrión apreciaba a su invitado, le servía vino una y otra vez, hasta que la copa rebosaba. Una copa rebosante decía: «Eres bienvenido aquí».
Versículo clave
«Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.»
Salmos 23:5
Jesús te ha sentado a su mesa y te recibe con misericordia. Cuando el hijo pródigo volvió, su padre mandó: «Traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta». Esa bienvenida es la gracia de Dios para ti, aun con tus errores. Recibe la invitación de Jesús: él se agrada de quienes se acercan a él.
¿Te es grata la compañía de Dios cada día, o solo el domingo? Si el anfitrión llenaba la copa porque disfrutaba la compañía de su invitado, tu copa rebosa cuando valoras la compañía de Dios y le dices que es la persona más importante de tu vida. ¿Cómo podrás llenar tu vida si dejas pasar los días sin tiempo para orar y compartir con el Dios que te da la vida?
Rebosar es estar por encima de los bordes, romper límites, abundar. «Y la gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús». ¿Cómo está tu copa? ¿Cómo estuviste esta semana? ¿Cómo sales de casa cada día? Si sales vacío, ¿qué termina llenando tu vida? Sal con tu copa rebosante de la presencia y la palabra de Dios, en lugar de llenarte de cualquier cosa.
Versículo clave
«Pero la gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús.»
1 Timoteo 1:14
Lo que rebosa se nota en tus palabras
Cuando alguien alcanza algo que tú todavía no has alcanzado, una vida llena de la presencia de Dios puede alegrarse por esa persona y bendecirla, sin envidia. Tu alegría no depende de haber conseguido lo mismo, sino de Dios y de su fidelidad. Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público.
Imagina a José en la cisterna donde lo echaron sus hermanos: un lugar vacío y difícil. Pero la copa de José rebosaba. Cuando tu copa está llena, los lugares difíciles no determinan hacia dónde vas.
El problema no es la adversidad, el dolor o los momentos difíciles, sino tener la copa vacía. Y hablas de lo que rebosa en tu corazón. ¿Qué hablaste esta semana? ¿Qué hablarás? No disimules la envidia con frases que parecen piadosas: ríndela delante de Dios. Cuando tu vida rebosa de la presencia y la palabra de Dios, de tu boca salen palabras de bendición.
«Mi copa está rebosando. Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días». ¿De qué estaba lleno David? No necesariamente vivía su mejor momento: no rebosaba de lo que vivía, sino de lo que creía. No siempre puedes elegir tus circunstancias, pero sí la actitud con que las enfrentas. Enfréntalas lleno de Dios.
«Jehová es mi pastor; nada me faltará». David declaraba lo que creía. Cuando tu copa rebosa, puedes hablar distinto de lo que vives en ese momento, porque hablas desde tu confianza en Dios. Lo que hoy confiesas con fe llegará a manifestarse en tu vida.
Muchas veces lo que rebosa no es la presencia de Dios, sino la duda, la ansiedad, la angustia y los conflictos internos. Pablo dijo: «Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre». La copa de Pablo rebosaba, y por eso podía aprender en lo que le tocaba vivir en lugar de vivir frustrado. Si tienes a Dios, no has perdido lo esencial, aunque parezca que lo perdiste todo.
No ames solo lo que Dios puede hacer por ti: ámalo a él, por encima del problema. La bendición no viene de la riqueza ni de la pobreza, sino de Dios, que hace rebosar tu copa. Depende de él en las circunstancias que te toque vivir.
Una vida con propósito y una expectativa amplia
¿Qué está rebosando en tu vida? Convéncete de que hay propósito. «Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre… Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas». No vivas por casualidad ni a ver qué pasa: naciste con propósito. Llénate de quien te formó.
«Y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios». ¿Quién le pone medida a esa plenitud? Tú mismo. Dios no ha dejado de llenar tu copa: su gloria sigue descendiendo, y Dios no tiene límites. ¿Son tus expectativas demasiado pequeñas ante lo que Dios puede hacer?
Pedro había trabajado toda la noche sin pescar nada, y Jesús le dijo que echara las redes. La pesca fue tan grande que las redes se rompían: superó su expectativa. No limites la gloria de Dios. Eliseo le dijo a la viuda: «Ve y pide para ti vasijas prestadas de todos tus vecinos, vasijas vacías, no pocas». Y el aceite fluyó hasta que no hubo más vasijas. Si hubiera tenido más, el aceite habría seguido.
No te conformes con dos minutos de oración al día; Dios está dispuesto a recibirte cada día. No vivas ocupado solo en lo limitado, ni creas que lo temporal durará para siempre. Desea la presencia de Dios, y no le pongas límites desde tus expectativas.
Golpea el suelo con las flechas
Eliseo le dijo al rey de Israel: «Toma las saetas… Golpea la tierra». Y él la golpeó tres veces, y se detuvo. «Entonces el varón de Dios, enojado contra él, le dijo: Al dar cinco o seis golpes, hubieras derrotado a Siria hasta no quedar ninguno; pero ahora sólo tres veces derrotarás a Siria». Eliseo conocía al Dios sin límites.
Eliseo le había pedido a Elías una doble porción de su espíritu: una gran expectativa, una copa rebosante. Y Elías le respondió que la recibiría si lo veía cuando fuera llevado. Eliseo permaneció, y no se apartó de Elías.
¿Por qué el rey golpeó solo tres veces? Debió golpear con fe, confiando en que Dios podía darle la victoria completa. Por quedarse corto, tendría que pelear una y otra vez. No te detengas después de uno, dos o tres intentos: insiste, persevera, cree.
Sigue, permanece y cree. Que tu copa rebose, para que tu expectativa sea grande. Cuando Dios te ve en la batalla, él pelea por ti. Haz lo que te toca, y confía en Dios para la victoria.
Sal con fe y abre tu corazón
Muchos decían que David no podía pelear porque era solo un muchacho. Pero David dijo: «Tu siervo irá y peleará contra este filisteo». Esta semana, sal de casa habiendo orado y con la palabra en tu boca. Declara que Dios te alcanzará, que la victoria es de Dios, que él está contigo. Tu fe se manifiesta en tus acciones.
Dios no te obliga a llenar tu copa. Jesús le dijo a la mujer samaritana: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva». Muchas veces buscas en otras personas la satisfacción que solo Jesús puede darte, y tu copa termina llena de dudas, temores, dolor y angustia. Dale a Jesús la oportunidad de que corran ríos de agua viva en tu vida.
¿Anhelas que tu copa sea llena? Haz de este lugar un altar. No hagas depender tu plenitud de lo que estás viviendo: que tu plenitud venga de Dios, y que su presencia llene tu corazón y tus pensamientos. Que el Espíritu de Dios llene tu copa, te sane, te transforme y lo llene todo. Recibe a Jesús como tu tesoro eterno. Ora: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te recibo como mi Señor y mi Salvador».
Referencias bíblicas
- Salmos 23:5 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Timoteo 1:14 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 23:1-6 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 139:13-16 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Efesios 3:19 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 2 Reyes 13:18-19 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 4:10-14 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


