EN Oración
Serie The Wave

La espera prepara el corazón para las promesas de Dios

Viene una ola de promesas de Dios, pero no basta con emocionarte: necesitas estar preparado. Espera en Dios con confianza y no con irritación, deja que forme tu corazón, pelea con él tus batallas interiores y edifica sobre la roca. Tu gozo no está en lo que recibirás, sino en Dios.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
38 min

Antes de hablar de las promesas, hay una base que establecer: estar dispuesto a que Dios haga algo nuevo en ti. Abraham estaba «plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido». ¿Estás convencido de que Dios cumple su palabra?

Versículo clave

«plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido»

Romanos 4:21

Imagina a un surfista que espera una ola grande y perfecta. Llega la ola, pero no está preparado para recibirla. Así puede pasar con las promesas de Dios: no basta con esperarlas; necesitas estar preparado. No necesitas ser perfecto, pero no tienes permiso para cerrar tu vida a la obra de Dios.

¿Cuántas veces has pensado que Dios no cumplió una promesa, cuando en realidad no estabas preparado para recibirla? Esperar no es solo aguardar el momento: requiere una disposición interior. La emoción puede acompañar tu expectativa, pero no te prepara por sí sola. Lo que te prepara es la formación.

Un surfista puede emocionarse ante una ola y aun así no saber surfearla si no se preparó. Puedes estar emocionado por una promesa y que la ola te pase por encima. En el surf, cuanto más tiempo pasa entre una ola y la siguiente, más grande suele ser la que viene. ¿Estás dispuesto a dejar que Dios te forme en la espera, aunque no sea fácil?

Espera con confianza, no con irritación

«Guarda silencio ante Jehová, y espera en él. No te alteres con motivo del que prospera en su camino». ¿Cómo vives la espera: con paciencia o con irritación? ¿Confiando, o hablando de más en los momentos difíciles? La espera saca de tu boca palabras que revelan lo que hay en tu corazón. No niegues las dificultades, pero no dejes que la impaciencia dicte tu respuesta.

Versículo clave

«Guarda silencio ante Jehová, y espera en él. No te alteres con motivo del que prospera en su camino, Por el hombre que hace maldades.»

Salmos 37:7

«No te alteres con motivo del que prospera en su camino». No midas tu vida por el camino de otro: atiende a lo que Dios está haciendo en ti. Los caminos de Dios son mejores que los tuyos, y su camino incluye procesos. Los caminos que no son de Dios te golpean durante el proceso; pero Dios te ama, te da forma, te cuida y te guarda.

Hay quienes avanzan hacia afuera, y hay quienes crecen hacia adentro. No es una medida visible de éxito, sino del fundamento interior que Dios fortalece en la espera. Cuando llegue la promesa, quien ha sido formado estará listo para disfrutarla. Enfócate en la prosperidad de tu alma, en la obra que Dios hace en ti, en lugar de irritarte porque otro parece avanzar más rápido.

Imagina a José recibiendo el sueño de que gobernaría, y contándolo a sus hermanos al día siguiente. Le faltaba un tiempo de formación. Su camino al palacio pasó por una cisterna y una cárcel: un proceso de crecimiento interior en el que Dios lo preparaba. Una gloria sin historia lo habría llenado de orgullo; una gloria con historia lo llevó a la gratitud por la obra de Dios.

La espera revela cuánto deseas algo y qué hay en tu corazón. En el desierto quedó al descubierto el corazón de Israel. En los buenos momentos es fácil decir que Dios es bueno; cuando las cosas no salen bien, aparecen las quejas contra la espera, contra las circunstancias y aun contra quienes te acompañan espiritualmente. La queja de Israel convirtió en cuarenta años un camino que pudo ser mucho más corto. Sus palabras revelaron lo que había en su corazón.

No esperes desesperado, sino confiado y enfocado en lo que Dios ha dicho. La promesa no es solo lo que recibirás: es también el Dios que te acompaña en el camino y transforma tu corazón. Ejerce para tu formación la misma fe con que pides una gran promesa.

«Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí». La clave de tu vida está en tu corazón: lo que lo ocupa afecta toda tu vida. Si lo ocupan la duda, la angustia o el pecado, eso te influye; si lo entregas a Dios, él le da una forma que nadie más puede darle. «Crea en mí» es pedirle a Dios que te haga, te dé forma y te transforme.

Una disposición distinta ante el error

Saúl pecó, y cuando el profeta lo confrontó, le preocupaba conservar su imagen: quería que ante el pueblo pareciera que no había pasado nada. No se trata de una vida sin errores, sino de estar dispuesto a abrir tu corazón para que Dios obre.

A David, en cambio, le preocupaba romper su relación con Dios, no proteger una apariencia. Todos fallamos y pecamos. Pero hay una tristeza que te lleva al arrepentimiento, y una culpa que no viene de Dios. El Espíritu te lleva a arrepentirte y a levantarte de nuevo. Acércate a Dios con transparencia, sin fingir perfección.

¿Falló Dios con su promesa a Israel, o el pueblo no pudo entrar? La promesa no era el problema: el corazón de quienes la recibieron no estaba preparado para vivirla. Una generación se quedó en el desierto, y otra entró. La promesa cobra vida en un corazón dispuesto. La demora no prueba que Dios haya dejado de cumplir su palabra.

La tierra prometida fluía leche y miel; y de tu corazón mana la vida. Si una palabra no dio fruto, ¿fue por quien la dio, o por el corazón que la recibió? Revisa tu disposición antes de acusar a Dios de incumplir. Tu corazón puede dar vida a la promesa; la queja y la frustración pueden impedir que la recibas.

A veces, ante una promesa, en lugar de llenarte de fe te llenas de afán, y el afán ahoga la palabra recibida. Si una joven espera en Dios por una pareja, pero vive esa espera con ansiedad —«¿será este?, ¿será el otro?»—, su elección puede terminar siendo producto del afán y no de la fe.

Hay quienes reciben una promesa y se llenan de arrogancia antes de verla cumplida, y luego no cumplen lo que dijeron. Una promesa debería llevarte a la gratitud, no al orgullo. «Muchos son llamados, y pocos escogidos». El llamado nace del amor y la misericordia de quien llama.

La amargura y el afán no pueden dar vida a lo que Dios depositó en ti. La desesperación trae falta de paz, frustración y quejas; la fe te permite seguir esperando y dejarte formar. Una generación no creyó ni preparó su corazón; otra tuvo que esperar. Que tu generación vea grandes promesas de Dios: ¿lo crees, y estás listo para no dejar pasar la ola?

La batalla interior y el fundamento

El problema de Israel no era geográfico, sino del corazón; estaban más cerca de lo que creían. Si piensas que el problema está en otra persona o en lo que pasa a tu alrededor, pregúntate qué quiere hacer Dios en ti. Israel venció a Faraón y salió de Egipto, pero no pudo vencerse a sí mismo. Reconoce tus batallas interiores —conflictos, arrogancia, orgullo, ego, pecado— que te impiden avanzar.

Ora: «Señor, me he quejado a pesar de tus promesas, y no preparé mi corazón para recibirlas. Abro mi corazón para que hagas algo nuevo». Hay batallas externas que Dios peleará por ti; las batallas del corazón solo se ganan con Dios, si le permites obrar. Tienes la libertad de rendirle tu corazón, o de no dejarlo llegar a lo más profundo.

No hay gloria sin historia ni sin proceso. Jesús no podía salvarte sin ir al Calvario. Ríndele tu corazón y tu vida: las batallas interiores se ganan permitiendo que Dios haga su obra.

Israel salió de Egipto con riquezas: los egipcios les dieron oro y plata. Y lo primero que hicieron en el desierto fue formar un becerro de oro. Puedes formar un ídolo, o permitir que Dios te forme a ti. Un área que no estás dispuesto a rendir a Dios puede convertirse en un dios que ocupa el lugar del Dios verdadero; el amor al dinero, por ejemplo. Preséntate ante Dios cada día con el corazón abierto, aunque lleves muchos años siendo cristiano.

¿Has podido vencer lo que te impide avanzar? Recibe la promesa con fe. Para las promesas sobre tu vida, tu familia, tu matrimonio, tu trabajo o tu negocio, ejerce la misma fe para permitir que Dios te forme. La mayor batalla no estaba en el desierto, sino en el corazón.

Dios te dio dones y talentos distintos, como piezas diferentes de un solo cuerpo en Cristo. Con tus dones puedes construir muchas cosas, pero si no permites que Dios te construya y te forme, lo que levantes no tendrá fundamento y puede derrumbarse. Hay una casa sobre la roca y otra sobre la arena; vinieron las lluvias, los ríos y los vientos, y la casa sobre la arena cayó, y fue grande su ruina. Deja que Dios llegue al fundamento de tu vida.

Elige el camino de Dios y no el tuyo. ¿Con qué actitud estás atravesando la espera? ¿Cómo está tu corazón, del cual mana la vida? Tu satisfacción no depende de obtener una casa ni ninguna otra cosa. Levántate contento donde estés, agradecido, y ejerciendo tu fe por algo mayor. Tu gozo no viene de lo que vas a obtener, sino del Dios que te obtuvo a ti y te compró en la cruz.

Abre tu corazón. Presenta ante Dios las áreas que se habían convertido en tus dioses, y ríndelas. No es lo mismo oír de Dios que experimentarlo. La promesa más grande es Jesús, muerto en la cruz del Calvario: por encima de todo lo que Dios pueda añadir, está la salvación y la vida eterna. Ora: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te recibo como mi Señor y mi Salvador».

Referencias bíblicas