EN Oración
Serie The Wave

Un corazón ensanchado para recibir las promesas de Dios

Las promesas de Dios no solo apuntan a lo que recibiremos: también forman nuestro corazón. Ante el miedo, la presión y la estrechez, oye la Palabra, cree y confía en Dios.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
37 min

Viene una ola de promesas de Dios. Algunas promesas se dejan pasar no porque Dios incumpla su palabra, sino porque el corazón no está preparado para recibirlas. El asunto no está en las promesas, sino en el corazón que las recibe: un corazón que le cree a Dios y le permite formarlo.

Viene una ola grande. Prepárate para recibir las promesas: esta generación verá grandes promesas cumplidas en su vida y en sus generaciones. La preparación también pasa por los procesos, que despiertan una imaginación alimentada por las promesas de Dios. Como un surfista que ve la ola desde lejos, quien no aprende a mirar hacia las promesas difícilmente podrá acercarse a ellas.

Moisés renunció a ser llamado hijo de la hija del faraón: pudo mirar la promesa desde lejos, y esa mirada es fe. No basta con decir amén a las promesas: dile a Dios que le permites trabajar en tu corazón, para estar dispuesto a recibirlas.

Las promesas también forman el corazón

2 Pedro 1 dice que, por el poder de Dios, se nos ha concedido lo necesario para la vida. No es lo mismo que algo haya sido concedido que tomarlo. Así pasa con la libertad: Cristo la concedió en la cruz, pero una persona puede decidir seguir viviendo en esclavitud. Algunas de las batallas más difíciles son internas, y rendir la voluntad también forma parte del proceso.

Versículo clave

«Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia»

2 Pedro 1:3-4

El pasaje de 2 Pedro habla de promesas preciosas y grandísimas y las relaciona con llegar a participar de la naturaleza de Dios y escapar de la corrupción asociada a los malos deseos del mundo. La promesa trae una sorpresa: mientras la persona avanza hacia lo que espera recibir, Dios forma su naturaleza en ella. Desde esa perspectiva, lo más grandioso no es únicamente obtener la promesa, sino lo que Dios está haciendo en la vida durante el camino.

Fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios, y rumbo a las promesas nuestra naturaleza es transformada. Puedes mirarte y pensar que no sirves para nada, pero prepárate para lo que viene y permite que Dios continúe la obra: somos una obra en construcción, y todavía no estamos terminados.

Ante una ola enorme, algunos no se atreven a surfearla: lo que a unos inspira, a otros intimida. Inspirarse es recibir aliento y valor, y lo grande puede comenzar con algo de miedo. El temor inicial no tiene que gobernar el desenlace.

El miedo no tiene que dirigir la creencia

El miedo es un sentimiento; la fe, una creencia. El problema es comenzar con una creencia y terminar dejando que el sentimiento la desplace. No se trata de que nunca habrá miedo: es inevitable sentirlo algunos días. Lo evitable es que el sentimiento elimine la creencia. Por eso conviene reconocer el miedo, afrontarlo y vencerlo por medio de aquello que se cree.

Para desarrollar esta enseñanza, recordemos el relato de David y Goliat. David anima al pueblo a no desmayar y afirma que peleará contra el gigante. Saúl le responde que es un muchacho y que Goliat es guerrero desde su juventud. Goliat era un hombre de aproximadamente dos metros noventa y dos centímetros, y cabe preguntarse qué sentimiento podría provocar verlo. El problema no era el gigante, sino el corazón de quienes lo miraban; las emociones podían dar dirección en lugar de la fe.

Hebreos 2:1 advierte que hay que prestar mucha mayor atención a lo oído, no sea que uno se deslice. Ese peligro se parece al de un surfista que resbala. De ahí una exhortación práctica: cuidar lo que se escucha y a quién se escucha, porque aquello a lo que se presta atención puede llegar al corazón. Uno decide qué permite entrar en él.

Oír la Palabra que inspira

Pedro ve a Jesús caminar sobre las aguas y se siente inspirado; le pide que le diga que vaya y, cuando Jesús le dice «Ven», empieza a caminar sobre las aguas, y luego se hunde. Pedro comenzó con una creencia y terminó con un sentimiento, y seguramente aprendió. En el original, «ven» tiene el sentido de una palabra viva que da vida.

Romanos 10:17 refuerza el énfasis en el oír: la fe viene por el oír, y el oír la palabra. Esa repetición es una invitación a escuchar más Palabra durante la semana. Incluso conviene volver a oír una predicación muchas veces, hasta ver la promesa cumplida, pues la Palabra da aliento, levanta y anima a seguir creyendo.

Versículo clave

«Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.»

Romanos 10:17

La compañía también cuenta. ¿Las personas cercanas te inspiran o te intimidan? Es difícil llevar una vida positiva con una compañía negativa, o hacer lo correcto con una compañía incorrecta. Cancela algún almuerzo con alguien que ahoga la palabra recibida. Oír una y otra vez la Palabra trae victoria y hace que la duda se vaya.

2 Corintios 6:11-13 presenta la imagen de un corazón ensanchado: el problema de los corintios estaba en la estrechez de su corazón, y la boca habla de lo que abunda en el corazón. Una promesa grande requiere un corazón dispuesto a recibirla, no uno cerrado por la estrechez.

Cuando la respuesta llega como promesa

Una respuesta alivia una aflicción inmediata; una promesa lleva a depender de Dios. A veces se piden respuestas y Dios responde con promesas. Un ejemplo es la declaración de que en el mundo habrá aflicción y la invitación a confiar. Exigir respuestas puede surgir de un corazón desesperado, mientras que declarar las promesas expresa confianza. Otro ejemplo es quien pregunta qué pasará si se queda solo y sin pareja: conviene recordar la promesa de que Dios estará con esa persona y no la dejará.

En Getsemaní, Jesús pide que, si es posible, pase de él la copa. No recibe una respuesta en ese momento, pero ya tenía la promesa de que al tercer día se cumpliría la palabra. Cuando dice que no se haga su voluntad sino la de Dios, llega un ángel que lo fortalece. La oración no es para evadir lo que hay que afrontar, sino para pedir fuerza para atravesarlo; y en esa disposición están la gloria y el respaldo de Dios.

Lo que se oye ensancha o estrecha el corazón: cambia tu manera de hablar. El desafío o la crisis no son el problema principal; el problema es un corazón estrecho frente a una promesa grande. Hay comienzos en los que no hay nada más que una posibilidad, y uno se sienta a dar gracias a Dios: puede parecer grande y dar miedo, pero la expectativa se ensancha al mirar a Dios como Padre.

Una palabra para vivir en medio de la presión

Jeremías 29:5-6: el pueblo estaba en cautiverio, y la palabra le indica edificar casas, habitarlas, plantar huertos, comer su fruto, casarse y tener hijos, dar mujeres a los hijos y maridos a las hijas, para que tengan hijos y se multipliquen allí. «Dios mío, estamos en cautiverio», podría responder cualquiera: es difícil recibir una palabra de futuro en un lugar de estrechez.

Ante la opresión, Dios puede dar una visión más grande. El cautiverio no deja de existir, pero la palabra llama al pueblo a construir y multiplicarse allí. En ocasiones, la solución para quien está angustiado no es solo el consuelo, sino una palabra que lo saque de la estrechez y lo impulse a creer por algo que no había imaginado. Quienes sienten que están en un lugar estrecho pueden permitir que la Palabra ensanche su corazón y creer que hay futuro, vida y bendición.

¿Cuántos planes has pospuesto a la espera de que se solucione un problema? Aunque una obra esté rodeada de problemas, no dejes que estrechen tu corazón: tu vida depende de Dios. Declara «yo y mi casa seremos salvos» y no dejes de creer por tus hijos, aunque todavía no los veas en Cristo. Amplía tu expectativa hasta incluir a tus nietos y bisnietos, y declara cosas más grandes.

La estrechez trae tristeza, depresión y nostalgia; puede haber poco movimiento externo y pocas cosas que hacer con las propias fuerzas, pero la fe y el corazón pueden seguir en movimiento. Frente al mar y a los egipcios, Dios le pidió a Moisés extender la vara, y el mar se abrió: no se necesita mucho movimiento exterior para creer. Ensancha tu corazón y espera cosas más grandes.

La angustia, José y la promesa

En Salmos 4:1, el salmista clama a Dios y dice que, cuando estaba en angustia, Dios le dio espacio: Dios ensancha el corazón en medio de la angustia. A José no lo vemos pidiendo una respuesta, ni en la cisterna, ni en la cárcel, ni en la casa de Potifar: sabía que había una promesa y que Dios la cumpliría, sin importar lo que tuviera delante.

José fue metido en una cisterna, vendido y llevado a la casa de Potifar; aun cuando la situación parecía empeorar, avanzaba hacia el palacio. Cuando sientas opresión, sueña más con lo que Dios ha dicho. El viento anuncia el tamaño de las olas: prepárate para una ola mayor.

Abre tu corazón a la promesa más grande: Jesús y la vida eterna. Repite: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados y te recibo como mi Señor y mi Salvador». Confía en Dios, deja que él forme tu corazón y no permitas que el miedo o la estrechez tengan la última palabra.

Referencias bíblicas