«Se busca una familia unida». Hay poder en la familia, porque forma parte del diseño original de Dios. Después de crear la naturaleza, Dios creó al hombre y luego a la mujer, expresión de su excelencia. La familia es una idea maravillosa de Dios, y hoy está siendo atacada.
Hace cincuenta años se divorciaba uno de cada diez matrimonios; ahora, dos de cada diez, y en algunas naciones la cifra llega al setenta por ciento. Es un ataque al diseño de Dios. No es para acusar a quienes han atravesado un divorcio: quizá cometiste muchos errores, pero las misericordias de Dios son nuevas cada mañana. Quien se arrepiente y pone su vida delante de Dios puede ser levantado y recibir una nueva oportunidad.
Si estás solo o no tienes familia cerca, por errores o por las circunstancias de tu vida: «bienvenido a esta gran familia». Estos principios pueden ser parte de un nuevo comienzo. La Biblia muestra la importancia que Dios da a las familias: no es una idea personal, sino parte de su propósito.
Una invitación que alcanza a la casa
Para ilustrar esa preocupación por las familias, recordemos a Pablo y Silas en la cárcel. Según el relato bíblico, era medianoche, oraban, las puertas se abrieron y el carcelero, que iba a quitarse la vida, fue detenido por Pablo. El hombre pidió luz y preguntó qué debía hacer para ser salvo. La respuesta fue: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa».
Lo mismo pasó con Cornelio: Dios quería salvarlo, y su plan alcanzaba a toda su familia. Y al hombre liberado de los demonios, que no quería dejar a Jesús, se le indicó ir a hablar con su familia. Hombres y mujeres estamos llamados a aprender y aplicar los principios de Dios: esta es una iglesia de familias, y una nación de familias.
El verdadero ministerio no son las luces ni las pantallas, sino la presencia y los principios de Dios, y se ve a través de la familia. La unidad familiar no es un adorno de la vida cristiana, sino una parte central de lo que hay que cuidar.
Noé: creer mientras las aguas suben
Noé es el primer ejemplo. Había maldad en el mundo, y Génesis 7:1 relata que, cuando todo estuvo preparado, el Señor le dijo que entrara en el arca con su familia, porque entre las personas de la tierra solo a él lo veía justo. Ser «justo» es estar dentro de la voluntad de Dios, no una perfección sin errores; otra versión dice «perfecto», pero no significa ausencia absoluta de faltas.
Versículo clave
«Dijo luego Jehová a Noé: Entra tú y toda tu casa en el arca; porque a ti he visto justo delante de mí en esta generación.»
Génesis 7:1
Noé vivió en una época de perversión, y su diferencia fue la fidelidad al diseño de Dios. Pasó ciento veinte años construyendo el arca y siguió adelante a pesar de la maldad y la perdición que lo rodeaban. «¿Tu familia entraría contigo en el arca?»
Los hijos no siguen solamente lo que sus padres dicen, sino lo que hacen. Noé no solo hablaba de Dios: durante esos años, sus acciones mostraban obediencia y confianza, aun en medio de las burlas. Lo mismo con el acoso escolar: háblales a tus hijos de la Palabra y de lo que significan para Dios. Quizá no puedas acabar con el acoso, pero sí puedes ayudar a que no destruya su autoestima, recordándoles quiénes son para Dios.
Cuando las aguas subieron, el arca comenzó a flotar. Hoy las aguas del mundo suben y hay un ataque frontal contra las familias: confía en Dios y cuida a tu familia con su Palabra. El arca está llena de la presencia, la voluntad y el poder de Dios.
Los principios de Dios no han pasado de moda, y hay que seguir creyendo en ellos aunque otros digan que ya no corresponden a este tiempo. En el relato bíblico, Noé y su familia están en el arca mientras afuera suben las aguas. Esa escena se convierte en un llamado a padres y madres a mantenerse firmes, como quien sigue martillando y diciendo que Dios es el mismo y que sus principios permanecen vigentes.
La promesa y lo que Dios forma en nosotros
Luego se lee Génesis 12:2, donde Dios promete hacer de Abram una nación grande, bendecirlo, engrandecer su nombre y hacerlo bendición. La promesa tiene un gran alcance: bendecir a todas las familias de la tierra, no solo a algunas. Esa bendición es una promesa que sigue vigente; a cada uno le corresponde recibirla o no, pero Dios desea bendecir a las familias.
Fijémonos en el orden de las palabras: primero «haré de ti» una nación grande y después «te bendeciré». Ese orden contrasta con el deseo humano de recibir primero todas las añadiduras. Lo principal es lo que Dios hace en la persona y los principios que establece en ella; Dios es dueño de todo lo que existe y no tiene dificultad para añadir lo demás. Por eso hay que permitir que Dios transforme el interior: lo que él hace en una persona puede obrar también a través de su pareja, sus hijos y su familia.
La siguiente referencia es Génesis 18:19. Dios escogió a Abraham para que ordenara a sus hijos y a su familia a mantenerse en el camino del Señor, haciendo lo correcto y justo. Esa responsabilidad se aplica directamente a madres y padres: Dios no va a educar a los hijos en lugar de ellos. Agradecer por un niño o una niña no reemplaza la tarea de educarlos conforme a los principios que Dios dejó.
El llamado no pretende minimizar los errores de los padres. Al contrario, lo que Dios puede restaurar y transformar en ellos es una gran promesa. Pero junto con esa esperanza hay una responsabilidad concreta: criar, orientar y enseñar. La unidad familiar no consiste solo en pedir que Dios intervenga; incluye hacer lo que corresponde a quienes tienen a su cargo a los hijos.
Orar por los hijos y cuidar las palabras
Una de las herramientas para mantener unida a la familia es la oración, como muestra Job 1:5. Job se levantaba temprano y ofrecía a Dios sacrificios por cada uno de sus hijos, de manera habitual, por si hubieran pecado u ofendido a Dios. Ora por tu familia, y no solo de vez en cuando. ¿Oras por tus hijos? Ora cada día: que Dios los guarde, los cubra en sus entradas y salidas, los bendiga y les dé buenos esposos y esposas.
No hay que abandonar la oración cuando los hijos parecen apartados de Dios. La oración tiene poder para cubrirlos, y esa exhortación se conecta con las generaciones de Abraham, Isaac y Jacob. Podemos incluir también el nombre de la propia familia en esa continuidad de fe. No es una razón para dejar de orar, sino un motivo para perseverar por los hijos.
El segundo principio es declarar la Palabra sobre la familia y comprometerse con ella. Se cita Deuteronomio 6:5 y se exhorta a amar al Señor con todo el corazón, el alma y las fuerzas, y a comprometer todo el ser a cumplir sus mandatos. Este compromiso se une con la instrucción de los hijos: esa tarea no es de Dios en lugar de los padres; a ellos les toca asumirla.
Proverbios habla de instruir al niño en su camino, y corresponde a los padres enseñarlo. No se debe dejar que Hollywood o Netflix definan para los hijos qué es una familia. La aplicación es enseñarles, mediante la Palabra, qué es un hombre y una familia conforme a los principios de Dios. El entretenimiento no es la única influencia, pero no hay que delegar en él la instrucción.
Deuteronomio 6:7 se cita como una invitación a repetir esas enseñanzas a los hijos una y otra vez: en casa, en el camino, al acostarse y al levantarse. Esto se aplica también a la mesa. Ahora algunos niños están allí con un iPad, y cabe preguntarse si no se está perdiendo ese tiempo de conversación. No se trata de que nunca se use una pantalla, sino de que la mesa puede ser un espacio para hablar, por pequeños que sean los hijos, y para explicar quién es Dios en la vida familiar.
Por ejemplo, en una conversación cotidiana: pregúntales a tus hijos cómo les fue, escucha si el día no fue bueno y aliéntalos con la esperanza de que mañana será mejor. Cuidado con la costumbre de distraer a los niños para que no molesten: esas distracciones pueden separarlos de la instrucción de Dios. Antes, nadie se levantaba de la mesa hasta que el padre terminara: era honor a los padres y a los mayores, como la instrucción bíblica de ponerse en pie ante un anciano. El honor no ha pasado de moda y ayuda a mantener unidas a las familias.
La referencia a Deuteronomio continúa con la imagen de llevar las palabras como recordatorio y escribirlas en los marcos de la casa y en las puertas. Está la promesa de que Dios establecería a su pueblo en la tierra prometida a Abraham, Isaac y Jacob, y de ahí una aplicación: aquello que se cree, declara y repite puede establecerse en la vida de los hijos. Por eso, no hay que cansarse si un hijo aún no ha vuelto, o si preocupa el crecimiento de los jóvenes. Instruirlos y declarar la Palabra es perseverar en la esperanza de que Dios obre.
Volviendo a Abraham, Isaac y Jacob, cabe preguntarse qué diferencia hay entre esas generaciones y las familias de hoy. La respuesta es que ellos decidieron creer y respetar a Dios. Eran generaciones que adoraban, oraban antes de comer, honraban a los demás y, aunque cometían errores, volvían a Dios. No eran familias sin fallas: precisamente, por encima de los errores, regresaban a Dios.
Pelea por tu familia
Nehemías organizó a la gente por familias. Pelea por tu familia: no es una pelea física, sino una lucha de rodillas, en oración. Aunque en la iglesia se ore en conjunto y haya intercesores, eso no te exime de levantar una muralla en tu casa y orar por tus hijos.
Versículo clave
«Después miré, y me levanté y dije a los nobles y a los oficiales, y al resto del pueblo: No temáis delante de ellos; acordaos del Señor, grande y temible, y pelead por vuestros hermanos, por vuestros hijos y por vuestras hijas, por vuestras mujeres y por vuestras casas.»
Nehemías 4:14
El pasaje de Nehemías menciona espadas, arcos y lanzas, así como los lugares más vulnerables y desguarnecidos. Allí está la exhortación: «No les tengan miedo. Acuérdense del Señor, que es grande y temible», que se aplica al cuidado de hermanos, hijos, hijas, esposas y hogares. Hay que enseñar a los hijos a honrar a Dios, porque, si los padres no lo hacen, el mundo puede enseñarles a deshonrarlo.
Si estás angustiado o temes por el futuro de tus hijos, recuerda que eres hijo o hija de Dios: «No temas, tu Dios es grande». Todos nos hemos equivocado, pero recuerda a Dios en vez de quedarte pensando solo en el problema o en el estado de las murallas. Dios es real y poderoso, y levantó a Jesús de los muertos.
Jesús resucitó, y resucitó a Lázaro. Cuando querían apedrear a una mujer acusada de infidelidad, Jesús mostró misericordia: quien estuviera libre de pecado, que lanzara la primera piedra; y luego le dijo: «vete y no peques más». Dios es un Dios de restauración para las familias: por dañada que esté una familia, Dios puede restaurar, bendecir, levantar y dar oportunidades.
Nehemías reunió a las personas por familias en los lugares vulnerables: recuerda al Dios de las familias. Dios no resiste ver una familia unida sin manifestar su gloria, su presencia, su bondad, su fidelidad y su amor. Pelea por tus seres queridos y por tu hogar.
Los materiales para construir los muros son la oración, la Palabra y la presencia de Dios. La muralla también representa límites que deben ponerse para cuidar a la familia y estar pendientes de cada integrante. Dios usó a familias para dar aquella victoria, y también puede usar a una familia hoy. Si los demás miembros todavía no conocen a Dios, la persona creyente puede levantarse en oración con la esperanza de llevar esa victoria a su familia.
Una familia en la que siempre hay lugar
La iglesia es más que pastores, discípulos, servidores y músicos: es una familia. Si te sientes solo, siempre serás bienvenido en casa. Alguien dio su vida por todos y, por la sangre derramada en la cruz, nos hizo parte de su familia: no estás solo.
Ora: pide perdón por tus pecados y reconoce a Jesús como tu Señor y Salvador. Acércate a Jesús y recibe la bienvenida a una familia.
Referencias bíblicas
- Hechos 16:31 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Génesis 12:2-3 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Génesis 18:19 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Job 1:5 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Deuteronomio 6:5-7 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Nehemías 4:13-14 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


