Se busca a alguien satisfecho. La insatisfacción es disgusto, la sensación de haber malgastado el tiempo; te consume y te quita la posibilidad de disfrutar la vida que Dios te ha dado. ¿Terminas cada día satisfecho, o con una inconformidad constante?
Si confesaste a Jesús como Señor y Salvador, tienes vida eterna. Y Dios quiere que disfrutes la vida en medio de las circunstancias que te toca vivir. La pregunta no es solo qué lograste, sino cómo llegas al final del día: con gratitud por lo recibido, o con una insatisfacción que no te deja disfrutarlo.
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera». Al terminar el sexto día, Dios miró su obra con satisfacción. ¿Terminas tus días reconociendo lo bueno que hubo en ellos, o pensando que nunca es suficiente?
Excelencia sin la exigencia de perfección
Perseguir la perfección te lleva a una profunda insatisfacción, porque solo Dios es perfecto. La excelencia es ofrecerle a Dios lo mejor que puedes con lo que tienes, sea poco o mucho. Dile: «Señor, no fue perfecto, pero fue lo mejor que pude ofrecerte». La satisfacción no exige que todo haya salido sin errores; nace de haber actuado con responsabilidad y haber dado lo mejor.
Hay ministerios que comenzaron con muy poco: un puñado de voluntarios haciendo de todo, una luz sencilla, muchos errores. Pero ofrecían lo mejor a Dios para recibir a sus hijos y transmitir su palabra. No era perfecto, pero era excelente.
«Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís». Si no actúas con responsabilidad, cosecharás insatisfacción por no haber dado lo mejor. Pero si hiciste lo mejor que pudiste y el resultado no fue el que esperabas, no te quedes insatisfecho. Si alguien no te correspondió o un negocio no resultó, tu recompensa no depende solo de la respuesta de otros ni del resultado inmediato.
Versículo clave
«Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís.»
Colosenses 3:23-24
Termina el día contento y sigue creyendo. Celebra cada día, ora y ofrece lo mejor, aunque las cosas no hayan salido como esperabas. Si no ocurrió hoy, puede ocurrir mañana. Dios llevará a buen término su obra en tu vida.
Sigue creyendo con gratitud, no con afán
Estar satisfecho no significa dejar de ejercer la fe. Puedes agradecer lo que tienes hoy y seguir creyendo por cosas grandes, esforzándote, dando lo mejor y proyectándote hacia lo nuevo que esperas de Dios. La diferencia está en la actitud: «Vamos por más» es fe cuando va acompañado de gratitud; la insatisfacción permanente convierte el deseo en afán.
La gratitud produce satisfacción y te permite ejercer la fe. Puedes decir: «Gracias, Señor, porque aunque todavía no llego adonde planeé, hoy di un paso hacia allá». O puedes desesperarte: «¿Por qué todavía no tengo lo que deseo?». Si esperabas carne para la cena y otra vez hay frijoles, agradece a Dios por esos frijoles y confía en que lo mejor viene de él. Y si mañana tampoco hay carne, puedes seguir satisfecho ese día.
El afán por tener más puede ocupar tanto tu atención que no te deja ver lo que ya tienes. Imagina el día en que estés ante Dios y puedas agradecerle por haber leído sus Escrituras y entendido que sus planes eran buenos. Y cuidado: podrías descubrir que llamaste fe a lo que en realidad era afán, porque nunca estabas contento con nada. La insatisfacción persistente te hace perder tiempo y momentos de la vida que Dios te dio.
«El que fue sembrado entre espinos, este es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa. Mas el que fue sembrado en buena tierra, este es el que oye y entiende la palabra, y da fruto». Las riquezas engañan cuando ofrecen lo que solo Dios puede dar. No permitas que el afán y ese engaño ahoguen la palabra que recibiste.
Planifica con fe y vive cada día con fe. Hay quienes hacen planes creyendo, y luego viven con afán, ahogando lo que planificaron. La fe sostiene el camino hacia tus planes; el afán te roba tiempo y vida, incluso los mejores momentos con tu familia, porque mantiene tu atención fija en lo que todavía no alcanzaste. Agradece lo que ya tienes, sin dejar de creer por lo que esperas.
La satisfacción no viene de las posesiones. Puedes tener un buen carro o una casa bonita y seguir insatisfecho; el problema no se resuelve cambiando lo de afuera. Tu satisfacción está en Dios, y en que él posea tu corazón. Aunque algo no haya salido como querías, puedes decir que Dios está contigo y seguir confiando.
La buena noticia recibida con fe
«Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; pero no les aprovechó el oír la palabra a los que la oyeron sin mezclarla con fe. Pero los que hemos creído entramos en el reposo». Escucha la palabra con fe, no con afán. Quizá estás pensando en la renta del mes, o en un negocio que todavía no sale, y tu atención está atrapada en los mensajes del teléfono, como si de ahí dependiera tu provisión. Tu provisión viene de Dios, el dador de la vida.
Hay quienes llegan a una reunión de oración y ven a otros llorar en la presencia de Dios, no de tristeza, sino de gratitud, y no logran experimentarlo, por más que lo intentan. Están demasiado pendientes de su teléfono, de una llamada urgente, de un mensaje. Y un día Dios les pregunta: «¿Quién te provee: el que te llamó, o yo?». Dios y su presencia son tu mayor tesoro. No basta con hablar de prioridades: hay que demostrarlas. Aunque lleves años en la fe, sigue honrando la palabra, que vuelve a hablar a tu vida.
La insatisfacción de Israel
Dios no permitió que algunos entraran en la tierra prometida. Los había sacado de la esclavitud de Egipto y había abierto el mar para que cruzaran en seco. Pero en el desierto se quejaban: «¿Por qué nos trajiste a este desierto para que muramos?», y querían nombrar otro líder y volver a Egipto. El mundo te ofrece espejismos de satisfacción que te devuelven a la esclavitud.
El problema que les impidió entrar no era geográfico, sino del corazón: hiciera lo que hiciera Dios por ellos, seguían insatisfechos. «Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos». Cuidado con la tentación de volver a lo que te esclavizaba, creyendo que allí encontrarás satisfacción. Quien pasa de un vicio a otro más fuerte busca una satisfacción que solo se encuentra en Dios.
Imagina abrir la puerta de tu casa y encontrar maná en el jardín. Los israelitas decían: «Nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano». Pero era pan de ángeles, una manifestación del amor y el cuidado de Dios. Su satisfacción no dependía de un plato distinto, ni de la tierra prometida, ni de las circunstancias, sino de reconocer al Dios que los cuidaba cada día.
En el desierto, la nube los cubría del sol de día, la columna de fuego los alumbraba de noche, y su ropa no se envejeció en cuarenta años. Y Dios había dicho: «Deja ir a mi pueblo, para que me celebre fiesta en el desierto». La celebración no depende del lugar donde estás, sino del Dios que está contigo allí. Agradece porque Dios te libró, abrió el mar, te bendijo y te dio vida, en lugar de esperar a que cambien las circunstancias para celebrar.
No esperes a que tu problema se resuelva para sentirte satisfecho: reconoce que Dios está contigo en medio del problema. Puede haber llanto, frustración y emociones inestables; aun así, confía y sigue adelante, y saldrás del proceso fortalecido en la fe. El mismo Dios que resucitó a Jesús lo sentó a su diestra y cuida de tu vida. No busques tu satisfacción solo en salir del problema: busca a Dios.
El pueblo también pidió carne, y Dios se la dio «hasta que os salga por las narices». Nada de lo que tenían delante era suficiente: el problema estaba en el corazón. Imagina a un padre mostrando el maná a sus hijos: «Miren: Dios nos provee cada día; nada nos ha faltado; seguimos caminando hacia la tierra prometida». Aunque todavía no hayas llegado, puedes avanzar en la dirección correcta, agradecido con el Dios que te sostiene hoy y confiado en que cumplirá lo que prometió.
El maná era un pan liviano, adecuado para el desierto y el calor. Dios sabía lo que su pueblo necesitaba. En lugar de quejarte, agradece por la vida, por la oportunidad de adorar, por tu trabajo, aun cuando el día no haya salido como querías. Tu recompensa viene de Dios.
Satisfecho en medio de lo que todavía no cambia
Agradece por tu familia, tu matrimonio, tu casa y tu carro. Puedes desear un carro mejor y agradecer por el que tienes, aunque a veces haya que empujarlo. Mantén tu fe para recibir lo que todavía no imaginas. Pero tu mayor tesoro no es un vehículo: es que Dios esté contigo todos los días.
El mundo promete satisfacción a través de muchas cosas, pero ninguna puede ocupar el lugar de Dios. No pienses que serás feliz solo el día que te cases. Deja que Dios llene tu vida antes; entonces el matrimonio se añade a tu felicidad, pero no es su fuente. La fuente es Dios.
«Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová el Señor es mi fortaleza».
Versículo clave
«Aunque la higuera no florezca, Ni en las vides haya frutos, Aunque falte el producto del olivo, Y los labrados no den mantenimiento, Y las ovejas sean quitadas de la majada, Y no haya vacas en los corrales Con todo, yo me alegraré en Jehová, Y me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová el Señor es mi fortaleza, El cual hace mis pies como de ciervas, Y en mis alturas me hace andar.»
Habacuc 3:17-19
¿Estás satisfecho, o vives en una insatisfacción constante? ¿Buscas en otras personas lo que solo Dios puede darte? ¿Dices «nadie me ama»? Dios te amó primero. Habla con Dios, pídele perdón por tus quejas, y reconoce que muchas veces sientes que nada es suficiente.
La satisfacción no está en algo, sino en alguien. No depende del desierto ni de haber llegado a la promesa, sino de Dios, que está contigo en el desierto y es quien promete. Disfruta su presencia y sal satisfecho, confiando en que Dios añadirá lo necesario. Pide perdón por tus pecados y recibe a Jesucristo como tu Señor y Salvador.
Referencias bíblicas
- Génesis 1:31 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Colosenses 3:23-24 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 13:22-23 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hebreos 4:2-3 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Habacuc 3:17-19 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Éxodo 16:4 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


