Si alguien sabe formar campeones, es el Espíritu Santo. Él transforma tu vida, pero hacen falta dos respuestas tuyas: disposición y voluntad. Dios no fuerza a nadie. Dispón tu corazón para lo que Dios quiere hacer. «El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él».
Versículo clave
«El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.»
Juan 7:38
El río es el fluir del Espíritu Santo. Conforme crece tu fe y sigues creyendo en Dios, crece la manifestación de su poder en tu vida. Hay una visión en Ezequiel que muestra cómo es ese proceso.
La visión del río
Ezequiel fue llevado a la entrada del templo, y vio aguas que salían de debajo del umbral, hacia el oriente. El hombre midió mil codos y le hizo pasar por las aguas hasta los tobillos. Midió otros mil, y las aguas le llegaban hasta las rodillas. Midió otros mil, y le llegaban hasta los lomos. Midió otros mil, y era ya un río que no se podía pasar, porque las aguas habían crecido de manera que el río no se podía pasar sino a nado.
Al volver a la orilla, Ezequiel vio muchísimos árboles a uno y otro lado del río. Esas aguas iban hacia el mar Muerto, y al entrar en él, las aguas eran saneadas. «Y toda alma viviente que nadare por dondequiera que entraren estos dos ríos, vivirá; y habrá muchísimos peces por haber entrado allá estas aguas». Junto al río crecerían árboles frutales cuyas hojas nunca caerían, y su fruto nunca faltaría; cada mes darían fruto nuevo, porque sus aguas salían del santuario; su fruto sería para comer, y su hoja para medicina. Así es el proceso del Espíritu Santo en tu vida.
Versículo clave
«Y toda alma viviente que nadare por dondequiera que entraren estos dos ríos, vivirá; y habrá muchísimos peces por haber entrado allá estas aguas, y recibirán sanidad; y vivirá todo lo que entrare en este río.»
Ezequiel 47:9
El agua sale de abajo: humildad
El agua salía de debajo del umbral. Para ser formado como un campeón, necesitas un corazón humilde, que se someta. La humildad es sujetarte. Un campeón está dispuesto a rendir su voluntad y a reconocer autoridad, sin que lo tengan que convencer todo el tiempo.
Los grandes deportistas tienen entrenadores. Si el entrenador le pide a un atleta cien flexiones y él responde «no quiero», ¿podríamos hablar de un campeón? Los campeones se someten al entrenamiento.
La viuda de Sarepta estaba recogiendo leña para preparar el último bocado de pan para ella y su hijo. Elías le pidió agua y una torta de pan. Ella respondió con humildad, obedeció, y vio el milagro: la harina y el aceite no se acabaron. Dios quiere hacer milagros en tu vida, y la humildad es un ingrediente esencial: rendir tu voluntad ante Dios y hacer lo que él te pide.
Deja la vida vieja y vive apartado para Dios
Las aguas salían por el lado sur, y corrían hacia adelante. Despójate de tu pasado y no te aferres a tu vida anterior. Hay campeones que fueron despreciados en su infancia por su estatura o por sus limitaciones, y no se quedaron atados a eso: se proyectaron hacia lo nuevo.
Las aguas salían del templo, un lugar santo, apartado para Dios. Tu vida debe estar dedicada a Dios: tu mente, tu corazón, tu alma, tu espíritu y tu cuerpo. ¿Está tu vida dedicada a Dios? Considera la santidad.
La práctica continua del pecado revela una mala relación con Dios y un rechazo de su voluntad. Las malas actitudes y acciones dañan tu relación con él. Acán le confesó a Josué: «Verdaderamente yo he pecado contra Jehová el Dios de Israel». El pecado es contra Dios. Cuida tu relación con él.
Si quieres una buena relación con Dios, puedes decir que no a lo que no le agrada. Si a Dios no le agradan las malas palabras, decide no decirlas. La santidad se vive en decisiones concretas, por amor a Dios.
Los tobillos: pasos de fe y obediencia
Cuando el agua llega a los tobillos, piensa en tus pies: en los pasos de fe y obediencia que aprendes a dar. Obedecer expresa confianza en Dios. Cuanto más confías en él, más fácil te resulta obedecer, porque crees que sus planes son buenos.
No hay formación sin obediencia. No puedes querer ser campeón y resistirte a obedecer. «Me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos». Dios te enseña a caminar aun con tus debilidades. Deja que él enderece tus pasos, y obedece.
Jesús les daba a sus discípulos instrucciones sencillas: «Id a la aldea… hallaréis un pollino atado… desatadlo y traedlo». «Os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle». Esas instrucciones probaban su obediencia.
Después de la crucifixión, los discípulos estaban escondidos, con las puertas cerradas por miedo. Jesús resucitado se les apareció, y los esperó en Galilea junto a unas brasas, con pan y pescado. Y luego les mandó volver a Jerusalén y esperar allí la promesa del Padre, el Espíritu Santo.
Volver a Jerusalén, al lugar del que huían, no era fácil: era una prueba de obediencia. Si deseas la presencia y el poder del Espíritu Santo, necesitas obedecer. Dios te entrena en la obediencia. Obedece, para que la manifestación del Espíritu alcance tu vida, tu familia, tus amigos y todo lo que te rodea.
Las rodillas: oración e intimidad
Luego el agua llega a las rodillas: la oración, la intimidad, la comunión con Dios. Son vitales. Pero fíjate en el orden: primero los tobillos, después las rodillas. Quizá esperarías que la intimidad fuera primero, pero Dios quiere primero tu obediencia.
«Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros». Adorar y presentar sacrificios no reemplaza la obediencia. Una ofrenda sin obediencia no funciona delante de Dios: antes que el sacrificio, Dios te pide que rindas tu voluntad.
Los discípulos le pidieron a Jesús: «Señor, enséñanos a orar». Y él les enseñó: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad». Si no has rendido tu voluntad, habrá un choque entre la voluntad de Dios y la tuya. La obediencia prepara tu corazón para orar.
A muchos les cuesta orar precisamente por eso: orar implica rendir la voluntad. Cuando te acercas a Dios con obediencia, tu sacrificio le es agradable.
La cintura: esfuerzo y servicio
El agua sigue subiendo hasta los lomos. ¿Es fácil caminar con el agua a la cintura? Hace falta fuerza. El camino no es fácil: esfuérzate y sé valiente. Querer ser campeón no basta si no estás dispuesto a esforzarte.
Los lomos hablan también de servicio y esfuerzo: «Estén ceñidos vuestros lomos». Sirve a Dios. Hay un misterio en el servicio: quienes sirven reciben una fuerza sobrenatural. El servicio está ligado a la fortaleza. ¿Estás dispuesto a servir?
Cuando el río te lleva
Al final, el río era tan hondo que no se podía cruzar a pie: solo se podía pasar nadando. Es una vida marcada por la santidad, la obediencia, la intimidad con Dios y el servicio. Si has perseverado en estas áreas, prepárate: el río del Espíritu Santo te llevará a lugares que nunca imaginaste.
Una cosa es cruzar el río por tus propias fuerzas, y otra que la corriente te lleve. Cuando la corriente del Espíritu te lleva, te conduce mucho más allá de lo que podrías alcanzar solo. La corriente es más fuerte que cualquier adversidad o puerta cerrada.
Junto al río crecen árboles frutales: sus hojas son medicina y sus frutos alimentan cada mes. Tu vida se convierte en bendición para otros: te multiplicas, y llegas a ser alimento para otras personas. No dependerá de tus dones, tus talentos, tu capacidad ni tus conexiones, sino del Espíritu que te lleva.
Un día dirás: «Nunca imaginé estar donde estoy». Y la respuesta será: fue la corriente, el amor y la fidelidad de Dios. Déjate llevar por la corriente del Espíritu. Haz lo que te corresponde: cree, permanece fiel y honra a Dios. Él te llama, y él te lleva.
¿Hasta dónde te llega el agua? ¿A los tobillos, a las rodillas, a la cintura, o ya te cubre por completo? No es para compararte con otros, sino para que veas dónde estás en tu obediencia, tu intimidad con Dios y tu servicio.
Si te cuesta la humildad y reconoces orgullo en ti, entrégalo. Si has perdido la intimidad con Dios y te sientes seco, el Espíritu Santo puede hacer reverdecer lo que se secó. Si perdiste la pasión por servir, retómala. Es tiempo de Dios: la corriente del Espíritu Santo puede abrir puertas que nunca imaginaste.
Referencias bíblicas
- Juan 7:38-39 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Ezequiel 47:1-12 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Samuel 15:22 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Josué 7:20 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 40:2 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 28:16-20 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 7:38 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Ezequiel 47:9 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


