La actitud revela lo que hay en el corazón
Comencemos con una imagen cotidiana: quien cocina puede tener una buena receta, pero un ingrediente inadecuado puede arruinar la comida. De manera parecida, una mala actitud puede perjudicar el día y la vida. La actitud se expresa en la manera de actuar y reaccionar ante lo que nos rodea: puede bendecir o herir, abrir o cerrar puertas, construir o destruir, apreciar o menospreciar.
Esa conducta se relaciona con el corazón. Para fundamentarlo, Efesios 4:31-32 exhorta a dejar la amargura, la furia, el enojo, las palabras ásperas, las calumnias y la mala conducta; en cambio, llama a ser amables, de buen corazón y a perdonarse unos a otros como Dios perdonó por medio de Cristo. La conducta refleja la actitud y lo que hay en el corazón. Desde ahí conviene revisar las actitudes de varios personajes bíblicos: algunas no fueron corregidas a tiempo; otras sí cambiaron.
Versículo clave
«Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.»
Efesios 4:31-32
Esaú, el cansancio y el valor de la primogenitura
Génesis 25:27-34 cuenta que Esaú era hábil cazador y hombre de campo, mientras Jacob era tranquilo y habitaba en tiendas. Isaac amaba a Esaú porque comía de su caza; Rebeca amaba a Jacob. Un día Esaú volvió del campo cansado y pidió a Jacob un guiso rojo. Jacob le pidió a cambio la primogenitura. Esaú contestó que estaba a punto de morir y preguntó para qué le serviría la primogenitura. Juró, la vendió y después comió y bebió. La narración bíblica concluye que Esaú menospreció su primogenitura.
Esa respuesta merece atención. Se parece a la de quienes atraviesan dificultades y dicen que la vida no sirve o que no tiene sentido. El cansancio de Esaú era algo más que físico: un cansancio emocional, relacionado con las circunstancias, que le impidió ver el significado de la primogenitura.
Jesús invita a quienes están cargados y cansados a encontrar descanso. Existe una actitud de reposo que no depende de tener la agenda vacía. No se trata de dejar de hacer cosas: ese reposo consiste en poner la confianza en Dios aun en medio de las ocupaciones y las dificultades. Cuando algo no está en nuestras manos, podemos dejarlo en las manos de Dios. Ora y confía en vez de quedarte en la frustración y la actitud negativa.
Imagina a alguien que, pese a lo que está viviendo, va al cine y come palomitas. No es indiferencia ante las dificultades, sino una manera de expresar que Dios sigue en control: confianza y gozo en medio de lo que ocurre.
Volvamos a Esaú y a Jacob para contraponer habilidad y actitud. Aunque Esaú tenía destreza para la caza y Jacob no era tan diestro, es preferible tener menos talento y buena actitud que depender exclusivamente de las propias capacidades. Hay que usar los dones, pero depender de Dios, porque los talentos son limitados y aquello que no pueden resolver las personas Dios sí puede alcanzarlo.
Pedro mostró dependencia: habían pasado la noche sin pescar, pero echaría la red por la palabra de Jesús. Los dones pueden ejercerse sin convertirlos en la fuente última de confianza. Si una persona depende solo de su talento y este no basta, puede frustrarse y llenarse de orgullo; en cambio, reconocer los límites puede llevar a la gratitud.
Apreciar lo que Dios pone en nuestras manos
La venta de la primogenitura muestra que una mala actitud puede llevar a menospreciar lo valioso. Esa advertencia se aplica a la esposa, la familia, la pareja, la empresa o el trabajo. Aunque alguien considere que su empleo paga poco, debe aprender a apreciar lo que tiene: quien desprecia lo presente no podrá recibir lo apreciable que Dios tiene para su vida. Da gracias por lo que hoy está en tus manos.
Las obras de Dios suelen empezar pequeñas: diez o quince personas reunidas, unos que pintan las paredes y los árboles, otros que se ocupan del audio y procuran hacer las cosas con excelencia, todos limpiando juntos.
A veces quien dirige se retira, y a uno le toca tomar lo que otro dejó, aunque no pensaba ser pastor —y las excusas se las damos a Dios—. Uno nunca imagina que aquello forma parte de los planes de Dios, y con el tiempo puede ver lo que Dios ha hecho desde entonces.
No menosprecies lo pequeño. Al principio eran diez personas, y alguien podía decir: «Solo diez». La respuesta correcta es dar gracias por esos diez y confiar en que algún día habrá multitudes bendecidas y familias transformadas. Hay obras de teatro con cuatro actores que deben cambiarse deprisa y sin las luces adecuadas; pese a las limitaciones, se puede ofrecer lo mejor sin quedarse en la queja por el equipo disponible. Aprecia lo que hay en tus manos, por pequeño que parezca.
David y Sansón fallaron y pecaron, pero en el Nuevo Testamento aparecen como héroes de la fe porque fueron capaces de creer y reconocer aquello en lo que se habían equivocado. Esaú es el contraste. Hebreos 12:16-17 advierte sobre Esaú, quien por una comida vendió su primogenitura y después, aunque procuró heredar la bendición, fue rechazado; el pasaje dice que no halló lugar para el arrepentimiento, aunque lo procuró con lágrimas. El problema decisivo fue menospreciar lo que Dios había puesto en sus manos; por eso, no tratemos con desprecio aquello que hemos recibido.
La ofrenda, el tiempo y una vida de adoración
La segunda historia bíblica es la de Caín y Abel, en Génesis 4:1-7. El relato dice que Caín trabajaba la tierra y Abel cuidaba ovejas. Al cabo de un tiempo, Caín llevó del fruto de la tierra una ofrenda al Señor; Abel llevó también de los primogénitos de sus ovejas y de lo más gordo. Dios miró con agrado a Abel y su ofrenda, pero no miró con agrado a Caín y la suya. Caín se enojó mucho y decayó su semblante.
La expresión «andando el tiempo» es señal de que Caín ofreció cuando él quiso, mientras que Abel fue inmediatamente a ofrecer. No postergues lo que debe ocupar un lugar importante: aprovecha el tiempo con una disposición adecuada.
El ejemplo se extiende a la familia y las relaciones: dedicar tiempo a los hijos, a la esposa, al esposo, al novio o a la novia no consiste solo en acumular horas; importa también cómo se vive ese tiempo. Una buena actitud permite aprovecharlo, mientras que una mala puede arruinar incluso circunstancias favorables. Por eso, conviene presentarse ante Dios con disposición, no dejando para cualquier momento aquello que se quiere ofrecerle.
Cantar en una reunión no es lo mismo que llevar una vida de adoración. En la ofrenda de Abel, el detalle de que presentara primogénitos expresa que Dios era lo primero para él y que ofreció lo mejor. En contraste, podemos imaginar a Caín preguntándose qué ofrecer y eligiendo lo que sobraba. La adoración no se limita a una canción: se expresa cada día, incluso al rechazar aquello que desplazaría a Dios del primer lugar.
Caín era labrador de la tierra, y alguien dedicado a sembrar y cosechar sabía de semillas. Abel, en cambio, tuvo la actitud de ofrecer lo mejor y poner a Dios primero. No entregues a Dios solo lo que sobra, sino algo significativo que exprese que él y su reino tienen prioridad.
Ese principio abarca todas las áreas de la vida. Cuando se prepara un lugar para Dios, alguien puede sentir que Dios le pone en el corazón tener listos unos candelabros antes de la mudanza, mientras otro prefiere dejarlo para más adelante; pero quien ha orado sabe que debe estar listo a tiempo.
Armar esos candelabros pieza por pieza durante todo un día, y subirlos, es un honor.
Dios se agrada de la fe de quienes buscan ofrecerle lo mejor. Cuatro lámparas pueden representar los cuatro puntos cardinales y la luz de Jesús para su pueblo, y la esperanza de que vengan personas de distintas partes de la nación a ver las grandes cosas que Dios hará.
Ofrezcamos lo mejor a Dios. La iglesia procura hacerlo porque quienes se reúnen allí son lo mejor, lavados con la sangre de Cristo y comprados por precio de sangre. Si en los espectáculos del mundo se hace un gran esfuerzo, ¿por qué los hijos de Dios no habrían de creer por cosas grandes? La iglesia está llamada a levantarse, creer y mantener una actitud correcta delante de Dios.
Servir con las fuerzas y reconocer los errores
De la adoración pasamos al servicio, con el mandamiento de amar a Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas. ¿Sirves a Dios en algún área? Al terminar el día, piensa en cómo usaste tus fuerzas: en el trabajo, cuidando y bendiciendo a tu esposa, atendiendo a tus hijos y sirviendo a Dios.
Como Pablo, podemos desear desgastarnos sirviendo, de modo que, al llegar a la vejez, podamos decir a nuestras generaciones y a nuestros nietos que algunas arrugas vienen de trabajar para dejarles una herencia, y otras, de desvelarse sirviendo a Dios. Si todavía no sirves, encuentra un área donde hacerlo. Y a quienes ya sirven en la iglesia —en grupos de casa, sonido y cámaras, entre otras labores—, gracias: su tiempo, su amor y su actitud de servicio merecen honra.
Volvamos a Caín. En Génesis 4:6-7, Dios le pregunta por qué está enojado y por qué ha decaído su semblante; el pasaje continúa diciendo que, si hace lo bueno, será enaltecido, pero que el pecado está a la puerta, desea tenerlo y él debe enseñorearse de él. La atención recae en el semblante y en la respuesta de una persona cuando se equivoca: Dios no solo confronta el error, sino también la actitud con que se lo enfrenta.
Versículo clave
«Entonces Jehová dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante? Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él.»
Génesis 4:6-7
Esto se enlaza con una exhortación de Deuteronomio a cambiar la actitud del corazón y dejar la terquedad, y con Filipenses 2:3: no actuar por egoísmo o vanagloria, sino considerar a los demás con humildad. Se necesita humildad tanto para reconocer el error como para aceptar corrección. Dios no exige perfección, sino disposición: cuando uno se equivoca, debe poder decir que lo siente y reconocerlo.
La frase sobre el pecado a la puerta contiene una advertencia: si una persona persiste en el orgullo y la terquedad, el pecado puede enseñorearse de su vida. En el relato, el pecado llegó a ser señor de Caín, y Caín mató a su hermano: la mala actitud le abrió la puerta.
Quien tiene mala actitud busca culpables, mientras que quien responde con humildad reconoce su equivocación. Algo semejante se dice del ángel que se convirtió en demonio por orgullo y terquedad. La aplicación es inmediata: no cubrir un error con soberbia, sino reconocerlo, pedir perdón y aprender. Permite que Dios forme tu vida: ante los errores, Dios busca un corazón dispuesto y humilde.
Pedir perdón y respetar a las autoridades
Imagina a alguien que, al entrar a un banco, recibe de un policía la indicación de sentarse; obedece, pero con mala actitud, y luego se pone en la fila para pagar. Entonces el Espíritu Santo le hace ver que su actitud fue incorrecta.
Uno puede pensar que tenía la razón, pero no se trata de quién tiene la razón: aquella persona era una autoridad y había que mantener una actitud adecuada. ¿Por qué no pedir perdón? Volver, acercarse a esa persona, esperar a que te escuche y pedirle perdón delante de la gente, diciéndole que tu actitud fue incorrecta y que quieres respetarla como autoridad.
La lección es reaccionar pronto cuando uno se equivoca y no dejar que el orgullo impida pedir perdón. Hace falta humildad para disculparse incluso delante de otros, y a veces no se trata de quién tiene la razón. Esto se aplica especialmente al respeto debido a las autoridades.
Lo mismo vale para la relación con los padres. El mandamiento manda honrarlos para que vaya bien y se prolongue la vida sobre la tierra. ¿Y si un padre o una madre han hecho algo malo? A los hijos no les corresponde exigirles cuentas: les corresponde honrarlos, mientras cada padre dará cuentas a Dios. No los juzgues; puedes decir que algo no parece correcto y, aun así, conservar una actitud de honra.
Puede haber molestia y razones para sentirla, pero los principios no deben quedar sometidos a la razón personal. Incluso en el caso extremo de una madre que hubiera sido prostituta, la exhortación es honrarla. Honrar no significa aprobarlo todo: no se trata de avalar, sino de bendecir y dejar que Dios juzgue a cada autoridad. Hay una bendición vinculada a los padres que ni siquiera un pastor puede dar. Honremos a las autoridades.
La oración final: reposo, gratitud y disposición
Toma un momento para meditar en la palabra y revisar tu actitud de reposo: ¿estás confiando en Dios o lleno de afán? ¿El cansancio ha llegado a ser tan profundo que hay días en que no quieres vivir? Puede haber decepción y cansancio en el corazón, y la oración es que Dios renueve las fuerzas.
Expresa a Dios tu decisión de cambiar de actitud y vivir con reposo, aun cuando algunas cosas todavía no salgan como esperas, porque tu confianza está en él. Pide perdón por las veces en que has confiado más en los talentos y en lo que pueden hacer las manos que en el poder de Dios. Da gracias por los dones y pide usarlos sin dejar de depender de Dios, con gratitud.
Pidamos también una actitud que permita aprovechar cada minuto, una vida de adoración en la que Dios sea lo primero y se le ofrezca lo mejor, y una disposición constante de servicio a Dios, a la familia y en el trabajo. Mantén esa actitud incluso si tu jefe no la tiene, porque lo que hacemos lo hacemos primero para Dios, y la recompensa y la promoción vendrán de él.
Pidamos, por último, humildad para reconocer los errores y cambiar de actitud. Que el pecado no se enseñoree de nuestra vida, como ocurrió con el semblante de Caín; que Dios sea el Señor y fortalezca y levante a quien se equivocó. Dios no busca personas perfectas, sino dispuestas a reconocer sus errores y a levantarse con una actitud humilde.
Referencias bíblicas
- Génesis 25:27-34 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 11:28 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 5:5 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hebreos 12:16-17 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Génesis 4:1-7 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Filipenses 2:3 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Deuteronomio 10:16 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Éxodo 20:12 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


