La esencia de Dios, su naturaleza, está dentro de nosotros. Desde ahí podemos mirar algo que todos tenemos: el diálogo interno.
Sigas a Cristo o no, todos tenemos diálogo interno: las conversaciones que cada uno tiene consigo mismo. Podemos pasar hasta catorce horas al día en diálogo interno. Empieza desde que despiertas: te levantas pensando que te despeinaste, que pasaste demasiado tiempo jugando, chateando o en redes sociales, o te sientes cansado y decepcionado, y comienza una conversación negativa contigo mismo.
Necesitamos mejorar esa conversación interior. Converses con amistades, familiares, tu pareja o alguien que te gusta, siempre tendrás también un diálogo contigo mismo, y ese diálogo puede cambiar.
La inseguridad —por el peso, por la falta de identidad— alimenta un diálogo interno negativo y hace difícil tomar decisiones: qué comprar, qué estudiar, incluso pedirle a un amigo que te lleve. Hay cuatro formas de diálogo interno dañinas que conviene reconocer.
Cuatro diálogos internos que conviene reconocer
El primero es el diálogo catastrófico: la tendencia a ver todo mal y a anticipar que las cosas saldrán mal. Pensemos en el ejemplo de perder el autobús camino a la escuela o al colegio. En esa conversación, la persona pasa de pensar que llegará tarde a imaginar que la expulsarán, que no podrá graduarse, que nunca será licenciada y que tampoco podrá casarse. La secuencia extrema ilustra cómo un contratiempo puede convertirse, dentro del pensamiento, en una conclusión desmesurada sobre toda la vida.
El segundo es el diálogo autocrítico. Quien cae en este patrón se juzga por cada cosa que hace, buena o mala, se valora negativamente y pone el énfasis en sus defectos. Un ejemplo es alguien que se dice que está muy gordo, que no le gusta su pelo, que se lo pintó claro pero debió dejarlo oscuro, o que no usó zapatos. También hay frases como «no puedo», «soy incapaz» y «no lo merezco», incluso aplicadas a la amistad o a la relación con los padres.
Frente a ese juicio, Dios ha puesto en nosotros su esencia y nos ha hecho bellos y preciosos. La autocrítica negativa hace creer que siempre estás equivocado o que las cosas no saldrán bien.
El tercer patrón es victimizarse. En una reunión con amigos, con música y comida, alguien con un diálogo interno negativo se va a sentar en una esquina para hacerse la víctima: le gusta dar lástima y que los demás vean que le va mal.
Ese diálogo hace sentir desprotegido y sin esperanza. Sus frases características son «nadie me entiende», «nadie me quiere», «nadie me ama» y «sufro por todo». Quien vive así escucha más lo que se dice a sí mismo que lo que le dice un maestro o un amigo. Un buen amigo dice cosas buenas de ti, y también las verdades que necesitas escuchar.
El cuarto patrón es el diálogo autoexigente. Este diálogo se relaciona con buscar la perfección y justificarse cuando algo sale mal o uno se equivoca, debido a la exigencia interna de ser perfecto. El único perfecto es Dios y, como seres humanos, necesitamos reconocer que podemos equivocarnos y echar a perder las cosas, y que algunas no saldrán bien.
Esto no significa oponerse a que las personas se exijan para mejorar. La Biblia menciona la necesidad de mejorar las actitudes, las relaciones y las distintas áreas de la vida. La advertencia es contra fijarse un estándar tan alto que la autoexigencia termine estancándonos. Entre las frases de este patrón están «no es suficiente», «esto no está perfecto» y «no salió como a mí me gusta».
Esa insatisfacción desencadena frustración, tristeza y dolor, y puede llevar a una depresión cuando las cosas no salen como se esperaba: una tristeza aguda que deja estancado y no permite ver lo que Dios tiene preparado.
Cómo cuidar y renovar el diálogo interno
Después de describir los cuatro patrones, vienen algunos consejos prácticos. El primero es no dejar que el pensamiento negativo pase a convertirse en diálogo interno. Muchas veces damos entrada a lo que dijo otra persona, a lo que exigen las redes sociales y a otros mensajes; permitir que esas ideas entren puede convertirlas en una conversación negativa con uno mismo.
Para este primer consejo está 2 Corintios 10:5, donde se habla de destruir argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios. A partir del pasaje, todos tenemos la capacidad de no permitir que ciertos pensamientos se conviertan en diálogo interior, sino de dejarlos fuera o expulsarlos. Esto se aplica a pensamientos negativos sobre uno mismo y sobre el propio desempeño en los estudios o el trabajo.
Versículo clave
«derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo»
2 Corintios 10:5
Fuiste diseñado y llevas la esencia de Dios: llevas dentro del corazón las características de un vencedor. No permitas que las personas de tu entorno que no son tus amigos influyan en tu manera de pensar.
El segundo consejo es renovarse internamente. Romanos 12:2 da la instrucción de no amoldarse al mundo actual, sino ser transformados mediante la renovación de la mente o del corazón. Esa renovación viene con la Biblia, con la Palabra de Dios y con buenas conversaciones.
Algunas prácticas ayudan. Una es cambiar hábitos: se dice que un hábito cambia en unos veintiún días, pero la clave es la disciplina de practicarlo todos los días. Otra es leer libros —extraordinarios, de aventuras, de autoayuda—, que van renovando la mente.
Salir a caminar o hacer ejercicio renueva, quita toxinas y ayuda a pensar de forma diferente. Y conviene tener conversaciones agradables con otras personas, sobre lo bueno.
El tercer consejo es dejar de concentrarse en todas las cosas malas que nos pasan y en nuestros defectos. Todos tenemos defectos y virtudes, y Filipenses nos anima a pensar en lo que merece respeto, en lo justo, lo bueno y lo verdadero. Vale la pena considerar cuánto tiempo se ha pasado durante el año pensando en lo malo y en lo negativo. Muchas de esas cosas son ficticias en nuestra mente, nunca sucedieron y, aun así, desgastaron internamente el diálogo.
A partir de esa reflexión, Dios quiere que cambiemos nuestro diálogo y busquemos dentro de nosotros la capacidad de conversar con nosotros mismos y amarnos tal como somos. Así se unen los consejos sobre los pensamientos con la idea central del mensaje: la conversación interior puede cambiar.
Una conclusión sobre pertenecer a Dios
1 Juan 4:4: ustedes son de Dios y han vencido, porque mayor es el que está en ustedes que el que está en el mundo. Somos de Dios y hemos vencido.
Versículo clave
«Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo.»
1 Juan 4:4
Somos de Dios, y Dios sabe quiénes somos. Aunque todavía no lo conozcas, vivas en algún pecado o atravieses ciertas circunstancias, Dios conoce todo de ti, incluido tu diálogo interno. Y aun así te ama, te recibe y no te rechaza.
Si somos de Dios, necesitamos comenzar a hablarnos como hijos del Dios altísimo, del Dios que ha vencido. Puede ser difícil, pero Dios espera con los brazos abiertos y no rechaza.


