Jesús te llama a ser perfecto como el Padre, y esa palabra, en su sentido original, apunta a la madurez, a un desarrollo completo. No se trata de no equivocarte nunca, sino de crecer hasta dar buen fruto. Cuando eres maduro tomas mejores decisiones, te relacionas mejor con los demás y construyes tu vida de manera correcta. Pero la madurez no se recibe con una sola oración ni aparece sola: requiere esfuerzo.
La madurez es un fruto que llega a su tiempo
Piensa en un mango. Verde tiene su uso, pero algunas variedades, si las pruebas antes de tiempo, resultan ácidas y no se disfrutan. Dios espera de ti frutos de madurez. Y cuando alguien viene a probar lo que das y aún no estás listo, en lugar de dulzura encuentra acidez o amargura.
Versículo clave
«Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.»
Mateo 5:48
La madurez no llega solo con oración
Puedes orar para que el Espíritu Santo te dé un don, y él lo da. Pero la madurez no funciona así. Dios produce en ti el querer y el hacer, pero la madurez es el resultado de lo interno: cómo te conduces y cómo reaccionas ante las situaciones de cada día. Requiere actitud, esfuerzo, empeño y constancia diaria. Las crisis sacan lo mejor de algunos y lo peor de otros.
Deja atrás las cosas de niño
«Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño». No se trata de estatura, sino de lo interno. Es como una mudanza: cuando Dios te lleva a nuevas alturas, algunas cosas te acompañan, otras ya no caben, están viejas u obsoletas, y otras Dios las añade en el camino.
Un adulto que se comporta como niño se ve mal, y a veces así te ves delante de Dios y de los demás: corriendo a esconderte detrás de otros en medio de un conflicto, o esperando que alguien ore para que «madure» un hijo de cuarenta años. Se espera que quien ha crecido cambie su conducta. Pregúntate qué hay en tu manera de hablar, pensar y reaccionar que debes dejar atrás.
Cuatro aspectos en equilibrio
La madurez implica cuatro aspectos que deben estar presentes, en ese orden y con la misma intensidad: respetarte a ti mismo, respetar a los demás, responsabilizarte de tus actos y saber reaccionar. Cuando uno domina, aparece el desequilibrio. Si te amas solo a ti, te vuelves egocéntrico y no te interesa nadie más. Si respetas a los demás pero no a ti, te vuelves dependiente, pegado al deseo de otros. Si solo te responsabilizas, te culpas de todo. Si solo reaccionas, eres impulsivo y desproporcionado. Y no hagas como Adán, que culpó a la mujer que Dios le dio.
Producir en lugar de demandar
«Debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido… el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal». Al nacer, lloras pidiendo agua, leche y un cambio de pañal. Pero al nacer de nuevo en Cristo, naciste para dar. Ya deberías estar produciendo y enseñando a otros, no demandando.
Hay quienes salen de un proceso y vuelven a entrar en el mismo una y otra vez. Con frecuencia el ciclo se repite porque no has respondido de la manera correcta. Israel no era un pueblo perezoso, pero murió en el desierto por su inmadurez. La persona madura soporta la crítica, el rechazo, las ofensas y aun los halagos; tiene clara su identidad, no se siente insegura ni ofendida, y permanece en medio de las dificultades. Permanecer es madurez.
La persona inmadura se mueve por las circunstancias, se ofende fácilmente, es engañada con facilidad por quien le dice lo que quiere oír, es contenciosa, no controla la lengua, no se somete a la autoridad y se rebela cuando la corrigen. La felicidad no es sinónimo de irresponsabilidad: el padre que abandona a su familia diciendo «tengo derecho a ser feliz» actúa con inmadurez. No se trata del contexto, sino de cómo respondes por dentro.
Madurez es saber responder
Puedes resumir la madurez en una palabra: respuesta. Eres maduro cuando respondes con responsabilidad a lo que sucede, a los demás y a cada situación. «Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí». Isaías respondió sin condiciones, aunque lo criticaran o le fuera mal. Su grandeza no estuvo solo en sus dones, sino en su respuesta. ¿Para qué quieres unción, provisión o palabra: para tu ego, o para responder a Dios?
Versículo clave
«Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí.»
Isaías 6:8
Samuel respondió siendo un niño, sin experiencia y en circunstancias nada fáciles: «Habla, porque tu siervo oye». Su madre lo había dedicado a Dios y lo dejó, siendo pequeño, al cuidado de un sacerdote que ni siquiera supo corregir a sus propios hijos. Tenía razones para amargarse, pero no culpó a nadie: respondió. Dios lo conoció por su disposición, no por sus habilidades. Pablo le dijo a Timoteo: «Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza». La madurez no depende de la edad ni de la experiencia, sino de depender de Dios. Nehemías se hizo cargo de reconstruir los muros de Jerusalén porque le dolió la condición de su pueblo. Y María respondió: «He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra».
Cuando Jesús fue a la cruz, de once discípulos solo Juan estuvo allí; los demás huyeron por miedo. Cuando evades la responsabilidad, los problemas crecen. En tiempos de tristeza, adicciones y desesperanza, alguien tiene que responder: en tu casa, en la iglesia, en la universidad, en tu trabajo, en la sociedad. ¿Lo harán quienes no conocen a Dios, o quienes conocen la verdad?
Es tiempo de responder
Dios te lleva a nuevas alturas y te confía más; por eso espera que eleves tu nivel de responsabilidad, como el siervo que recibió cinco talentos, los duplicó, y recibió aún más. Ya pediste función, recursos y palabra; ahora es tiempo de responder a Dios con madurez.
No eres perfecto, pero «el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo». Mientras tanto, «olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante», sigue creciendo. Quien es fiel en lo poco recibe más. Levántate y actúa con madurez, aunque otros no lo hagan.
Referencias bíblicas
- Mateo 5:48 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Corintios 13:11 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hebreos 5:11 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Isaías 6:8 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Samuel 3:4 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Filipenses 1:6 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


