EN Oración
Serie Hambre

Hambre: buscar a Dios más que cualquier otra cosa

Dios anuncia un hambre distinta: no de pan ni de agua, sino de oír su palabra. Así como el enfermo que recupera el apetito empieza a sanar, cuando despierta el hambre de Dios algo sana en ti. Hambre de su palabra, de ver su poder, de alabarlo y de su presencia, aun en medio del desierto, porque solo él puede sostenerte.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
33 min

Dios quiere llevarte a encontrar en su palabra la verdadera satisfacción que tu corazón anhela. No vienes a él solo para arreglar algo, aunque a veces necesites salir de adversidades y consecuencias. Por encima de todo, necesitas al Espíritu Santo, su dirección y su guía en cada paso. Necesitas a Dios.

Un hambre que Dios envía

«He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová». Israel atravesaba un tiempo difícil, y Dios le hablaba a través del profeta. El mensaje era claro: han querido que los sostenga lo que no puede sostenerlos. Todo aquello a lo que te aferres que no sea Dios, con el tiempo se caerá, por grande o exitoso que parezca. Solo Dios puede sostenerte.

Versículo clave

«He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová.»

Amós 8:11

Cuando alguien enfermo empieza a sentir hambre, se dice que ya está sanando. Lo mismo pasa en lo espiritual: cuando no hay hambre de escuchar su palabra ni de estar en su presencia, algo se está enfermando en tu corazón. Pero cuando hay hambre, hay vida. Reunirte con otros a adorar, sentarte junto a personas tan imperfectas como tú, es parte de esa hambre: todos tenemos defectos, pero venimos a adorar a un Dios perfecto.

Hambre de su palabra

A veces pierdes el hambre por la palabra y empiezas a llenarte de «calorías vacías», de lo que no nutre tu vida. Pero la misericordia de Dios te espera para despertar de nuevo esa hambre. «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán». La palabra tiene poder para ablandar la dureza que deja en el corazón lo que te ha tocado vivir. Tu corazón puede pasar en segundos de la mejor intención a la peor decisión, como el esposo que quiere hacer un regalo y, ante una mala respuesta, decide no hablar más. Cuida tu corazón.

Todos hemos sido quebrantados alguna vez. Saldrás mejor de cualquier quebranto si despierta en ti el hambre de la palabra. Si una relación te dejó roto, no tengas hambre de otra pareja; ten hambre de Dios, que sanará tu corazón y te preparará. Si quieres abrir un negocio, qué bueno; pero ten más hambre de los principios de Dios que te darán sabiduría. Si tienes hambre de dinero, ten más hambre de Dios, porque no hay suma que pueda salvar tu matrimonio, tu familia o tus hijos. No puedes elegir todo lo que vives, pero sí puedes elegir dar fruto en lo que te toca vivir.

Dios mío eres tú

«Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas». El salmista empieza con un sentido de pertenencia: «Dios mío eres tú». No sé qué estás viviendo, pero tienes a Dios. Muchas veces tu sentido de pertenencia viene de la circunstancia, y la circunstancia siempre aconseja mal. Pero cuando reconoces que Dios es tuyo, eso marca la diferencia.

Versículo clave

«Dios, Dios mío eres tú; De madrugada te buscaré; Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, En tierra seca y árida donde no hay aguas»

Salmos 63:1

«De madrugada te buscaré» habla de prioridades. Buscarlo al comenzar el día ordena tu hambre para que no sea de lo temporal. Dios quiere añadirte una casa, un auto y otras cosas, pero ninguna de ellas puede sostenerte. ¿Quieres saber cuál es la fuente de tu vida? Mira tus prioridades. La paz de Dios no funciona sin las prioridades de Dios. Jesús dormía en la barca en medio de la tormenta porque sus prioridades estaban en orden: su prioridad era el Padre, y sabía que no moriría en esa barca, sino en la cruz, cuando el Padre lo dispusiera.

Este salmo se escribió en el desierto. Afuera todo estaba seco, pero adentro no podía secarse. «Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos». David tenía palacios y fortuna, pero prefería un día con el que lo sostendría para siempre. No se trata del lugar donde estás, sino de cómo estás en ese lugar. En el desierto, el salmista no pedía salir: estaba en el lugar de adoración, conectado con Dios. Muchas veces quieres ser liberado ya del lugar que Dios está usando para que des fruto. Hay procesos en que Dios no permite que otros te acompañen, porque es entre él y tú. En el desierto aparecen espejismos que engañan, pero la voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta.

Hambre de ver su poder

«Para ver tu poder y tu gloria, así como te he mirado en el santuario». Levántate con hambre de ver lo sobrenatural, no solo lo natural. Quien ha pasado por un milagro sabe celebrar cada día de vida. Cuando tienes hambre de ver el poder de Dios, quieres verlo restaurar vidas, bendecir familias y transformar a quienes escuchan su palabra. Una palabra de Dios recibida a tiempo puede marcar un antes y un después: no la cambies por otras ocupaciones.

La mujer que padecía flujo de sangre llevaba doce años de rechazo. No caminaba con la multitud que seguía a Jesús por curiosidad; tenía hambre: «Si tocare solamente su manto, seré salva». Jesús preguntó: «¿Quién es el que me ha tocado?». Pedro respondió: «Maestro, la multitud te aprieta». Pero Jesús sabía que alguien lo había tocado con fe. Estar en la multitud no significa tener hambre de Jesús. Cuando tienes hambre de Dios, aun tus deseos cambian: lo que era tu prioridad se vuelve una añadidura, y Dios te sorprende con algo mayor. Desear ver su poder es desear que él se lleve la gloria.

Cuando estás enfermo, ni el mejor plato te abre el apetito; cuando estás sano, tienes hambre. Pídele a Dios que te encuentre «sorprendible», con hambre de ver lo que él hará. Imagina a toda una iglesia levantándose cada día a orar con hambre de ver el poder de Dios en acción.

Hambre de alabarlo y de su presencia

«Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán. Así te bendeciré en mi vida; en tu nombre alzaré mis manos. Como de meollo y de grosura será saciada mi alma, y con labios de júbilo te alabará mi boca». Hay quienes gritan de emoción por un artista durante una hora; cuánto más tú, por el Dios que vive para siempre. Viene un hambre de adorarlo, de llegar antes para buscarlo, de decirle cuánto lo amas, aun en medio del desierto.

«Cuando me acuerde de ti en mi lecho, cuando medite en ti en las vigilias de la noche». Viene también un hambre de su visitación: que Dios visite tu vida, a tu cónyuge, a tus hijos. Pídele: «Señor, despierta en mí hambre de tu palabra, de ver tu poder, de alabarte y de tu presencia». Él sacia al que tiene hambre.

Referencias bíblicas