EN Oración
Serie Hambre

Hambre de prosperar: qué significa ser próspero según Dios

Prosperar no es acumular dinero: es andar en la verdad de Dios. Se puede ser rico sin ser próspero, y próspero sin ser rico. La prosperidad de Dios se reconoce por la humildad, la generosidad, la obediencia que deja de esconder el pecado y la gratitud que ve todo como un regalo, aun en la tierra de la aflicción.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
45 min

Todos tenemos hambre de prosperar. Prosperar es que Dios te empuje hacia adelante. Pero antes de desearlo, necesitas tener claro qué significa ser próspero según Dios. Solemos pensar que la prosperidad se reduce al dinero, pero va mucho más allá: tiene que ver con la bendición de Dios en tu vida y con caminar en su verdad.

Prosperar es andar en la verdad

El apóstol Juan le escribió a Gayo: «Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma. Pues mucho me regocijé cuando vinieron los hermanos y dieron testimonio de tu verdad, de cómo andas en la verdad. No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad». Su gozo no estaba en una casa ni en un auto nuevo, sino en saber que Gayo andaba en la verdad. Ese es el corazón de la prosperidad.

Versículo clave

«Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma.»

3 Juan 1:2

Esa verdad es la de Dios, no la tuya ni la mía. Muchos problemas en el matrimonio nacen de que cada uno cree tener la razón. ¿Y si los dos se sujetan a la verdad de Dios? Entonces el hogar avanza empujado por su mano, porque con nuestras propias manos solemos destruirlo. Dios puede añadirte mucho más de lo que imaginas; pero ser próspero es andar en su palabra.

El éxito sin Dios puede terminar en fracaso

«A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos». Pablo no dice que ser rico sea malo, ni que la riqueza sea el fruto de una vida próspera. Lo que dice es que el dinero sin una relación con Dios te llena de altivez, y te hace creer superior por lo que posees, sin darte cuenta de que lo que posees ya te poseyó a ti. El éxito económico a corto plazo puede terminar en un fracaso definitivo.

«Para que las disfrutemos». Disfrutar es un don de Dios. Si hoy no disfrutas una comida sencilla, tampoco disfrutarás un banquete. Hay personas que lo tienen todo y viven en una insatisfacción constante, creyendo que lo próximo las llenará. Ese es el mayor engaño. Solo Dios puede satisfacer tu vida.

Alguien que luchó con una adicción contaba que estuvo en los mejores hoteles y no disfrutaba nada: ni a su esposa ni a sus hijas; solo pensaba en drogarse, y cada vez quedaba más vacío. Era esclavo. Hoy, libre, disfruta cada día lo que Dios puso en sus manos. El mayor engaño del enemigo es hacerte creer que necesitas algo más para estar satisfecho, cuando lo que necesitas es al Dios que lo tiene todo. Da gracias aun por los negocios que no te salieron: quizá te habrían destruido.

Humildad y perspectiva eterna

Ser próspero es disfrutar al Dios vivo, aun en medio de los problemas. David pudo decir «mi copa está rebosando» con un valle de sombra de muerte delante. No todo le iba bien, pero Dios estaba con él. En Egipto, Potifar tenía el palacio y el dinero; pero el próspero era José, aun siendo esclavo, porque «Jehová estaba con José». Ser rico, muchos; ser próspero, pocos.

Todo corazón tiene un punto que podría cambiarlo: una cantidad de dinero, un poco más de admiración, un poco más de reconocimiento. Por eso necesitas examinar tu corazón cada día y llenarte de la palabra, para que cuando llegue ese punto puedas decir: «Tengo algo más grande que esto: tengo a Dios». Sería triste ver a alguien enriquecerse y perder la prosperidad, quedándose solo con dinero.

«Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna». Sé generoso, pero no para calmar tu conciencia, ni para que te admiren, ni aprovechándote de la necesidad ajena para hacer un buen negocio. Todo lo que hagas en tu trabajo, tu hogar y tu familia tenga perspectiva eterna.

Obediencia: deja de esconder el pecado

«El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia». Se puede ser rico y vivir en pecado; pero no se puede permanecer en el pecado y ser próspero. Todos hemos pecado, y a veces lo descubrimos al leer la palabra. Lo que te separa de la prosperidad es seguir en ese pecado y usar la misericordia de Dios para justificarlo. Ante él puedes decir: «Señor, perdóname; aquí me rindo; ayúdame».

Versículo clave

«El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.»

Proverbios 28:13

Cuando confiesas, se rompe el orgullo y llega la humildad. Ninguna obra te da salvación: es por gracia, por la sangre de Jesucristo. Pero solo andando en su palabra puedes vivir en prosperidad.

Naamán era un general admirado, pero leproso. Llegó a la casa de Eliseo con su carro, sus caballos y sus regalos, y se enojó porque el profeta ni siquiera salió a recibirlo: «Yo pensaba que saldría él luego, y estando en pie invocaría el nombre de Jehová su Dios, y alzaría su mano y tocaría el lugar, y sanaría la lepra». Dios apuntaba a la parte enferma, que no era solo la piel, sino el orgullo. Cuando Naamán se humilló y se zambulló siete veces en el Jordán, su carne quedó como la de un niño.

Gratitud: todo es un regalo

El hijo pródigo salió tras un apetito equivocado, y terminó deseando la comida de los cerdos. Cuando volvió, encontró a su padre esperándolo. No necesitaba la herencia: necesitaba al padre. Los apetitos equivocados nunca satisfacen. «Y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza. Sino acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas».

«¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?». Lo que haces con lo que obtienes demuestra si lo ves como un regalo. Pide a Dios lo que necesitas, pero con gratitud por lo que ya tienes. Así tu oración nace de la confianza, no de la queja.

Prosperar aun en la aflicción

José llamó a su segundo hijo Efraín, porque dijo: «Dios me hizo fructificar en la tierra de mi aflicción». No niegues la realidad de una crisis, pero cuida lo que hablas en ella: declara la palabra de Dios. Tu prioridad es Dios, y de ahí viene su paz en medio de lo que vives. Quizá no seas rico, pero en Dios puedes ser próspero. Pídele hoy que te dé hambre de la verdadera prosperidad: andar en su verdad, disfrutar su presencia y bendecir a otros con lo que él pone en tus manos.

Referencias bíblicas