EN Oración
Serie Esencia

La fe que nos conecta con lo eterno

La fe es una ventana por la que miras lo que Dios tiene para ti. Haz crecer tu medida de fe: renueva tu mente, mantén la calma en la tormenta, no finjas confianza y avanza frente a los gigantes, aferrado a lo eterno.

Predicadora
Sofía Bocache
Publicada
Duración
48 min

Dos enfermos graves compartían un cuarto de hospital. Uno estaba junto a la ventana; el otro, contra la pared, no podía moverse y le pedía que le contara lo que veía. Cada mañana, el primero describía un parque, niños corriendo y riendo, una mujer con un vestido floreado a quien se acercaba un joven, unos muchachos jugando fútbol con camisetas rojas y azules. El de la pared elegía un equipo y conversaban sobre el partido.

Una noche, el hombre de la ventana murió. Apenado, su compañero le pidió a la enfermera que mirara por la ventana. Ella abrió la cortina: no había parque, solo una pared de ladrillos. Y le dijo: «Su compañero era ciego».

Las situaciones adversas son como ese cuarto estrecho en el que sientes que no te puedes mover. Aun allí necesitas buena actitud y fe. La fe es una ventana por la que puedes mirar lo que Dios tiene para ti. Quien tiene fe tiene buena actitud; tu actitud revela cómo está tu fe. Si piensas que puedes, o si piensas que no puedes, en ambos casos tendrás razón: caminas según lo que piensas.

La medida de fe y la responsabilidad de hacerla crecer

«Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno». Dios depositó en ti una medida de fe, y es tu responsabilidad hacerla crecer. Como el cuerpo de un bebé necesita alimento, sueño, ejercicio y aprendizaje, tu fe necesita ser alimentada.

Dios conocía las batallas, los desiertos y los gigantes que enfrentarías, y depositó en ti lo necesario para atravesarlos. Un teléfono se diseña con los componentes que necesita para funcionar; si es resistente al agua, ya fue probado antes de que le caiga agua encima. ¿Eres a prueba de agua y de fuego? «Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti». Moisés pasó por las aguas; Sadrac, Mesac y Abed-nego pasaron por el fuego. Dios ya sabía por lo que atravesarían.

Versículo clave

«Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti.»

Isaías 43:2

Para que la fe fluya, primero necesitas una mente renovada. Tus pensamientos ensanchan o reducen tu fe. «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente». No amas a Dios con tu mente cuando mantienes pensamientos contrarios a los suyos. Rechazar sus pensamientos es rechazar sus planes y sus promesas.

«Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él». ¿En qué piensas durante el día? Mantén los pies en la tierra y el corazón en el cielo. Cuando no tienes lo que necesitas, ejerce la fe y conéctate con lo eterno: Dios sí tiene. Ante una enfermedad, reconoce los síntomas, pero conéctate con lo eterno y declara: «Por su llaga fuimos nosotros curados».

El problema es la falta de perseverancia en los pensamientos: un día crees una cosa y al siguiente otra. «Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado». La paz llega cuando tu pensamiento permanece en lo que Dios dijo: sintoniza la frecuencia del reino. Cuando pierdes la fe, pierdes también la paz. El diablo persigue tu fe, porque quitártela es arrebatarte las fuerzas, los sueños, las promesas, el ánimo y la paz.

Las emociones son aliadas, pero no son interruptores del proceso de Dios. Puedes sentirte triste sin dejar de creer. «Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve». ¿Qué estás esperando? Quien cree recibirá paz y aquello que ha creído: al que cree, todo le es posible.

Descansa durante la tormenta

«Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos al otro lado». Y se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal. Lo despertaron: «Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?». «Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza». Y les dijo: «¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?».

Versículo clave

«Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza.»

Marcos 4:39

Jesús había dicho primero: «Pasemos al otro lado». Imagina a Jesús durmiendo con tranquilidad mientras la barca se mueve y entra agua. No se inquieta, porque sabe que llegará al otro lado.

Mantén la calma ante las situaciones adversas que no esperabas: el Padre tiene el control. La fe es la fuerza que te permite esperar lo que crees y soportar lo que no quieres. La popa es el lugar desde donde se gobierna la barca, y allí estaba Jesús: él gobierna tu vida. Los discípulos tenían autoridad delegada, pero perdieron la calma, la esperanza y la fe, y con ellas la autoridad. No agrandes lo que Dios minimiza, ni permitas que tus emociones traicionen tu confianza.

No finjas la fe: enfrenta al gigante

Pablo le recordaba a Timoteo la fe no fingida que habitaba en él. Los filisteos y los israelitas acamparon en el valle de Ela, en orden de batalla. Goliat salía a desafiarlos mañana y tarde, durante cuarenta días. «Y todos los varones de Israel que veían aquel hombre huían de su presencia, y tenían gran temor».

Los israelitas se vestían como guerreros, se ponían en orden y gritaban, pero retrocedían ante el gigante: no avanzaban en la fe. ¿Te has familiarizado con una situación adversa? Conserva una santa inconformidad y da pasos firmes de fe.

Entonces llegó David. A los israelitas los había entrenado Saúl; a David lo había entrenado Dios. La soledad, las tormentas, las batallas y los desiertos lo habían preparado para un nuevo tiempo. David veía más allá del gigante: detrás de él estaban el palacio, la promoción y las promesas cumplidas.

Hay dos generaciones: una que aparentemente hace lo correcto pero no avanza, y otra, la de los Davides, que quizá no tiene títulos, experiencia ni renombre, pero sí fe para enfrentar a los gigantes. Que tu fe sea la piedra que derriba al gigante. ¿Qué gigantes te siguen hablando? Quizá tu matrimonio, tus hijos, la adicción de tu esposo. Que tu fe sea más grande que la voz del gigante, y usa la autoridad que Dios te ha dado.

Todo gigante trae una revelación. Los gigantes que aparecieron al llegar a la tierra prometida revelaban cuán cerca estaba el pueblo de la promesa. Pregúntate qué te enseña tu gigante: que hay fe, que hay autoridad, que hay algo que debe despertar en tu interior.

Pelea la buena batalla y crece

Imagina a un hombre ya mayor, débil, con cicatrices, escribiendo con mano temblorosa y poca luz desde un calabozo una carta a su hijo en la fe: Pablo a Timoteo.

«Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos». Ninguna batalla parece buena: nadie quiere estar en guerra. Pero Pablo tenía otra perspectiva. En la batalla puedes fijarte solo en lo malo y en el precio, o también en el beneficio que Dios está obrando en medio de ella.

Cada batalla enfrentada con fe te permite avanzar y dar pasos firmes; no te aleja, sino que te acerca y te fortalece. En ella se forman un carácter firme, sabiduría, gracia, poder y favor. El propósito de la batalla es hacer crecer tu medida de fe. ¿Cuánto has avanzado? ¿Te preocupan las mismas cosas que hace dos, tres o cuatro años? Observa si los gigantes que te dan miedo son los mismos, o si tu fe y tu carácter están creciendo.

Echa mano de la vida eterna: aférrate a lo de arriba, no solo a tus fuerzas. Eres hijo de Dios en la tierra, creado para manifestar su gloria dondequiera que vayas. Tú llevas el reino a tu problema y a tu trabajo: «Venga tu reino». Mantén la mirada arriba, no abajo.

Dios sacó a Abraham afuera y le dijo: «Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Así será tu descendencia». Las estrellas eran la grandeza de la promesa y del propósito de Dios, aunque Abraham fuera anciano y Sara estéril. Pasaron años; hubo un intento con Agar. Y Dios esperó hasta que el cuerpo de Abraham estuviera ya como muerto, para que no pudiera apoyarse en sus propias fuerzas.

Suelta el control y deja de apoyarte en lo que puedes tocar o ver: echa mano de la vida eterna. Cree que Dios te dará lo que ha declarado y prometido. Sal con una fe capaz de enfrentar a tus gigantes, desde la esencia que Dios puso en ti.

Reconoce al Mesías

La fe te hace ver al Mesías. En el camino a Emaús, los discípulos caminaban con Jesús y le preguntaban: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no has sabido las cosas que en ella han acontecido?». María lloraba junto al sepulcro y pensó que Jesús era el hortelano. Los discípulos en la barca no lo reconocieron. ¿Has visto a Jesús contigo? Él está presente y no te deja. Te dice: «Puse en ti lo que necesitas; yo tengo el control de la tormenta; estoy contigo».

Haz crecer tu fe, no dejes que tus emociones interrumpan el proceso, conéctate con Dios y mira por la ventana de la fe. Que caiga toda ceguera que te impida ver al Mesías y Salvador en tu casa, tu matrimonio, tu trabajo, tus finanzas y tu salud. Jesús está contigo en la tormenta, en el desierto y en el monte de bendición. Reconócelo en todos tus caminos, y mantén tu corazón, tu mirada, tu fe y tu mente conectados con lo eterno.

Ora: «Señor Jesús, perdóname por vivir lejos de ti. Te abro mi vida y mi corazón, y te pido que entres y seas mi Señor. Gracias por darme la vida eterna. Gracias por escribir mi nombre en el libro de la vida».

Referencias bíblicas