¿Está la honra en peligro de extinción? Honrar a Dios, a los demás y a quienes nos rodean parece cada vez menos común. Pero donde hay honra, hay bendición. Dios dice: «Yo honraré a los que me honran». Honra significa respeto, valor, considerar algo como precioso. Deshonra significa tratar algo como común, sin valor. La honra es una semilla que siempre traerá cosecha.
Versículo clave
«Por tanto, Jehová el Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí perpetuamente; mas ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco.»
1 Samuel 2:30
La honra es un principio, no una emoción
Jesús oró: «Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese». Los hombres y mujeres de honra terminan lo que comenzaron con Dios: tienen palabra, y no solo dicen, sino que hacen. La honra no depende de la emoción. Es fácil honrar cuando estás entusiasmado; pero cuando las cosas no van bien, la emoción se va y lo que te sostiene es el principio: «Voy a honrar mi palabra hasta el último día de mi vida». La dirección de tu vida no la da la emoción, sino los principios de Dios.
También debes honrar la palabra de Dios. «Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero». Si la recibes distraído, la tratas como algo común, y no podrá dar fruto en ti. Pero si la valoras como algo precioso, ella honrará tu vida. La palabra tiene prohibido volver vacía: si tú no la honras, alguien más la creerá y verá el resultado.
El perfume de la gratitud
Un fariseo llamado Simón invitó a Jesús a comer. Una mujer conocida como pecadora entró en la casa, regó los pies de Jesús con lágrimas, los secó con sus cabellos, los besó y los ungió con perfume. Simón pensó: «Si fuera profeta, sabría quién lo toca». Jesús le dijo: «¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas esta ha regado mis pies con lágrimas… No me diste beso; mas esta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies… Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho».
Simón quizá se creía mejor que ella, pero «todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios». Estamos aquí por gracia. Fíjate que Jesús nunca le pidió a Simón agua ni un beso, pero sí lo esperaba. La honra no se exige: se da. Dios no te fuerza a honrarlo; la honra nace de un corazón agradecido. Para esa mujer, Jesús era lo más valioso, y no le importó entrar en una casa ajena con tal de honrarlo. Aunque te sientas como alguien que llegó sin ser esperado, para Dios eres especial.
Honra a tu padre y a tu madre
«Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra». No dice «si se portan bien» ni «si no se equivocan». Ellos darán cuentas a Dios como autoridad; a ti te toca honrarlos y bendecirlos, no juzgarlos. Quizá tu historia con tu padre fue dura y él no te honró a ti. Pero si tú lo honras, el mejor Padre del universo honrará tu vida. La fuente de tu honra no depende de la actitud de la persona, sino de los principios de Dios.
Versículo clave
«Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.»
Efesios 6:2-3
¿Hay honra en tu mesa?
Vivimos en la época de las mejores comunicaciones del mundo y de la peor comunicación en las familias. En muchas mesas, cada uno está con su teléfono y nadie se mira. Antes, muchos hijos no se levantaban de la mesa hasta que lo hacía su padre. Algunas familias deciden que no haya celulares en la mesa, porque es un tiempo de honra. En la última cena, Jesús les pidió a sus discípulos que hicieran aquello en memoria de él; imagina a uno de ellos respondiendo mensajes mientras él hablaba. La mesa es un lugar para bendecir a los hijos, para decirles cuánto valen, para honrar al cónyuge. Así hizo Jacob al bendecir a sus hijos y marcar su futuro.
No hay nada peor que llegar a una reunión donde la persona que te atiende está en otra cosa. Debes honra a Dios, a quienes están a tu lado y a quienes están a tu cargo. «Vosotros, maridos… dando honor a la mujer como a vaso más frágil». Dedica a cada persona el tiempo y la atención que merece.
Lo valioso y lo caro
«De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que esta ha hecho, para memoria de ella». Por honrar, vino favor sobre su vida. De los diez leprosos sanados, solo uno volvió a dar gracias: el agradecido tiene honra. María, hermana de Lázaro, tomó una libra de nardo puro, de mucho precio —el equivalente a un año de salario—, lo derramó sobre los pies de Jesús, «y la casa se llenó del olor del perfume». Judas protestó: «¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres?».
Para Judas, el perfume era valioso porque el dinero era lo más valioso en su vida. Para María, el perfume era caro, pero lo valioso era Jesús. ¿Qué es lo valioso en tu vida? Quien no tiene revelación de la honra verá como desperdicio dar a Dios; quien la tiene lo considera un honor. Llega un momento en que el dinero ya no te posee, sino que tú lo posees a él. Por eso Jesús dijo que la viuda pobre dio más que todos los ricos: ellos dieron de lo que les sobraba; ella dio todo su sustento. Los principios de Dios no pasan de moda.
Donde hay honra, hay milagros
Cuando Jesús enseñó en Nazaret, decían: «¿No es este el carpintero, hijo de María?». «Y se escandalizaban de él… Y no pudo hacer allí ningún milagro, salvo que sanó a unos pocos enfermos… Y estaba asombrado de la incredulidad de ellos». La deshonra cerró la puerta a los milagros. Lo veían demasiado familiar. Cuando ves a alguien muy de cerca, ves sus defectos y corres el riesgo de dejar de honrarlo; eso pasa también en las familias. Toda autoridad se equivoca, pero a Dios no se le escapa nada.
Saúl persiguió a David para matarlo. Cuando David lo tuvo a su alcance en una cueva, sus hombres le dijeron: «Este es el día». Pero David respondió: «Jehová me guarde de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido de Jehová». No sería su venganza la que lo llevaría al trono, sino la honra de Dios por haber honrado. ¿Hay honra en tu mesa, en tu oficina, en tus finanzas, en tu matrimonio, con tus hijos y tus padres? Esto no es para acusarte, sino para bendecirte. Abre tu perfume y di: «Señor, que donde yo entre haya un olor agradable a ti». Tú honrarás a los que te honran.


