EN Oración
Serie Herederos

La verdadera herencia: vivir como hijos de Dios y no como siervos

Dios te creó para ser su hijo, y Cristo restauró esa identidad en la cruz. Ni la oveja ni el siervo heredan: solo los hijos. En el camino de Eliseo —Gilgal, Betel, Jericó y el Jordán— Dios quita tu vergüenza, te enseña a callar las voces que no son suyas, te forma en las batallas y te da doble porción. Y tu mayor herencia es Dios mismo.

Predicadora
Sofía Bocache
Publicada
Duración
1 h 03 min

Un heredero es quien recibe algo por testamento o por ley. Como creyente, pregúntate si de verdad vives como heredero. «Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo; sino que está bajo tutores y curadores hasta el tiempo señalado por el padre». Si tu mentalidad no cambia, difícilmente podrás recibir la herencia.

De esclavo a hijo

«Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo».

Hijos desde el principio

El corazón de Dios siempre fue tener hijos. Formó al hombre a su imagen y semejanza, y sopló en su nariz aliento de vida: con él le dio su genética, una identidad de hijo. Ser hijo habla de posición, identidad, autoridad, legalidad y herencia. Cuando Adán y Eva pecaron, se escondieron y se cubrieron con hojas de higuera. Pero el Padre hizo algo:

Versículo clave

«Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió.»

Génesis 3:21

Siempre tomas la identidad de aquello que te cubre. Cubiertos con pieles de animales, el hombre y la mujer pasaron de la dimensión de hijos a la de ovejas y siervos. Es cierto que el Señor es tu pastor y tu Señor; pero ni la oveja ni el siervo pueden recibir herencia. Solo el hijo hereda. Y aquella condición era temporal: hacía falta un cambio de genética.

Un cambio de genética en la cruz

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». Unigénito: el único. Jesús vino a cambiar tu condición de forma permanente: ya no la de oveja ni la de siervo, sino la de hijo. «Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos». Ya no unigénito, sino primogénito. Ya no te cubre la sangre de los animales, sino la del Cordero de Dios, que te da acceso como hijo.

Cuatro lugares en el camino de Eliseo

Eliseo estaba arando con doce yuntas de bueyes cuando Elías le echó encima su manto, y comenzó un proceso. Al final, Elías y Eliseo recorrieron Gilgal, Betel, Jericó y el Jordán. Cada vez Elías le decía «quédate aquí», y Eliseo respondía: «Vive Jehová, y vive tu alma, que no te dejaré». Después de cruzar el Jordán, Eliseo pidió: «Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí». Estos cuatro lugares reflejan el proceso por el que Dios lleva a sus hijos.

Gilgal es el lugar donde Dios quitó la vergüenza: «Hoy he quitado de vosotros el oprobio de Egipto; por lo cual el nombre de aquel lugar fue llamado Gilgal». Dios quita la vergüenza, la frustración, el dolor y la tristeza que no te dejan avanzar. Gilgal también significa «rueda»: el lugar donde das vueltas en lo mismo y sientes que nada avanza. Mientras más hablas del problema, más grande se vuelve. A veces el problema no es lo que oíste, sino que lo creíste: una cosa es oír y otra creer.

El enemigo quiere producir en los hijos ceguera, sordera y falta de entendimiento, y eso desemboca en apatía: desinterés, falta de entusiasmo, indiferencia ante la palabra. Pero lo que vives es temporal, y lo que el Padre dijo es eterno. En el valle de huesos secos había huesos y había un profeta: ¿cuál de los dos serás? Si en tu casa no hay paz, levántate como hijo con autoridad y declara la paz de Dios sobre tu hogar.

El hijo cambia las atmósferas; el siervo se adapta a ellas. Jesús, en medio de la tormenta, se levantó y la calmó. El siervo se queja: «Mira todo lo que te he servido», porque siempre piensa en el cabrito; el hijo sabe que le espera el becerro gordo, el vestido, el calzado y el anillo. El siervo se afana como Marta; el hijo permanece confiado a los pies del Padre, como María. Jesús enseñó a orar «Padre nuestro»: deja de orar como siervo y ora como hijo.

Betel y Jericó: decisiones y batallas

Betel es el lugar de las decisiones y de oír la voz de Dios. Allí Jacob tuvo su revelación y se comprometió con Dios. Allí los hijos de los profetas le dijeron a Eliseo: «¿Sabes que Jehová te quitará hoy a tu señor?». Y él respondió: «Sí, yo lo sé; callad». Aprende a identificar las voces que quieren desalentarte y a filtrarlas por la palabra. Ellos tenían información, pero Eliseo tenía convicción. La voz de Dios debe sonar en ti más fuerte que cualquier voz de temor o incredulidad.

Jericó es el lugar donde enfrentas al enemigo. No huyas de tus batallas: Elías huyó al desierto y tuvo que volver por el mismo camino. Dios tiene batallas para cada uno que te forman en la fe, y no conviene dejar a tus hijos las batallas que te corresponden a ti. Enfréntalas con fe, sabiendo que el Padre pelea contigo.

El Jordán y la doble porción

Jordán significa «el que desciende», y allí Jesús vio descender al Espíritu Santo. Es el lugar de profundizar en tu relación con Dios. Allí Eliseo pidió una doble porción, la que según la ley correspondía al hijo primogénito y que implicaba responsabilidad. Dios promete restitución a quienes han tenido pérdidas: «En lugar de vuestra doble confusión y de vuestra deshonra, os alabarán en sus heredades; por lo cual en sus tierras poseerán doble honra».

Versículo clave

«En lugar de vuestra doble confusión y de vuestra deshonra, os alabarán en sus heredades; por lo cual en sus tierras poseerán doble honra, y tendrán perpetuo gozo.»

Isaías 61:7

Tu mayor herencia es Dios

Cuando Elías subió al cielo en un torbellino, Eliseo tomó su manto, golpeó las aguas y dijo: «¿Dónde está Jehová, el Dios de Elías?». No preguntó dónde estaba Elías: entendió que el secreto no era el manto ni la unción, sino Dios mismo. Tu mayor herencia no es lo que Dios te da, sino Dios.

Sin identidad de hijo aparecen la queja, la insatisfacción, la envidia y la duda. El siervo sirve por paga; el hijo sirve por amor y se presenta ante el Padre sin filtros ni excusas. El hijo pródigo, aun después de fallar, supo que era hijo y volvió a casa. Vuelve tú también: deja la mentalidad de siervo y recibe la herencia que el Padre preparó para sus hijos.

Referencias bíblicas