Casi siempre esperas que Dios te responda, pero pocas veces te preguntas si tú le estás respondiendo a él. Llevas dentro una esencia que te permite hacerlo, y la adoración es una de sus expresiones más claras.
Adoras con toda la vida, no solo cantando
Llevas un ADN de adoración. Se ve en los aficionados que saltan y celebran aunque su equipo vaya perdiendo, o en quienes esperan horas por ver a un artista. El asunto es aprender a quién adorar. Si ellos celebran así, cuánto más tú, que sirves a un Dios que no ha perdido una sola batalla. Quizá la primera vez que viste a otros aplaudir y cantar a Dios te pareció extraño; pero aplaudes en un concierto o en una graduación, ¿cómo no hacerlo ante el Dios que te dio la vida?
Adorar no se reduce a cantar. También adoras cuando haces la voluntad de Dios, cuando tus acciones reflejan tu fe. Un cantante puede mover emociones; un adorador atrae la presencia de Dios. Cuando oras, tú buscas a Dios; cuando adoras, él te encuentra. Así encontró a David: «He hallado a David hijo de Isaí, varón conforme a mi corazón». David cuidaba ovejas mientras en su casa se celebraba la cena para elegir al rey, y no le importaba el lugar: su corazón respondía a Dios.
Dios ya respondió; ahora te toca a ti
Sigues esperando que Dios te responda, pero él ya lo hizo hace más de dos mil años en la cruz, entregando a su Hijo por ti. Lo decisivo es lo que haces con lo que Jesús hizo. A veces el milagro no está solo en las manos de Dios, sino en tu respuesta: «Por su llaga fuimos nosotros curados». Cuando dices «amén», estás diciendo: «Sí, así será hecho en mi vida». Que no sea una costumbre, sino una respuesta.
Israel recibió la promesa de una tierra, pero respondió con rebeldía y murmuración: «¿Por qué nos trajiste aquí?». «Y aborrecieron la tierra deseable; no creyeron a su palabra, antes murmuraron en sus tiendas». Lo que Dios esperaba era una respuesta de fe. El mayor deseo de Dios no era solo darles la tierra, sino transformarlos. Una generación murió en el desierto, no porque Dios los destruyera, sino porque ellos mismos mataron sus sueños. Dios no hace por ti lo que solo tú puedes hacer: responderle.
Una misericordia nueva cada mañana
Antes de responder, el salmista pide: «Aparta de mí el camino de la mentira, y en tu misericordia concédeme tu ley». Cuántas veces te has mentido a ti mismo: creer que lo tienes todo bajo control, que no necesitas a Dios, o culparlo de lo que vives. Dios ha sido bueno, es bueno y lo será siempre; nunca te envía el mal, y si algo malo te toca vivir, él lo convierte en bien. «Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad». Hoy estás estrenando misericordia, más valiosa que cualquier ropa nueva.
La pregunta es cómo respondes a esa misericordia. Puedes seguir en lo mismo y culpar a Dios, como Israel, que dio vueltas durante cuarenta años. O puedes rendir hoy un área que antes no habías rendido. «No soy quien quisieras que fuera, pero no soy quien antes fui»: tus errores de hoy no tienen que ser los de mañana. Nadie vence el pecado por sus fuerzas; Jesús ya lo venció, y tu respuesta es rendirte a él: «Yo no puedo, pero tú sí». El enemigo conoce tu nombre, pero te llama por tu pecado; Dios conoce tu pecado, pero te llama por tu nombre. Y si vuelves a caer, él te vuelve a levantar.
Responde a las burlas confiando en sus promesas
«Y daré por respuesta a mi avergonzador, que en tu palabra he confiado». Quien confía en las promesas de Dios tiene respuesta para quienes se burlan. Piensa en Abraham, cuyo nombre significa «padre de multitudes», esperando un hijo con un cuerpo ya casi muerto y una esposa estéril. O en José, que creyó una promesa y terminó en la cisterna. A veces la adversidad parece burlarse de ti, pero Dios respalda a quien confía en su palabra.
Versículo clave
«Y daré por respuesta a mi avergonzador, Que en tu palabra he confiado.»
Salmos 119:42
Responde a la libertad que Cristo te dio
«Y andaré en libertad, porque busqué tus mandamientos». Jesús te dio la libertad en la cruz, y a ti te toca cuidarla. ¿Compraste un auto para tenerlo guardado o para usarlo? La libertad se usa todos los días, no solo los domingos. Mantenerte en ella significa permanecer en las enseñanzas de Dios y no abrirle espacio al pecado.
Versículo clave
«Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.»
Gálatas 5:1
Tú decides si vuelves a someterte al yugo. Una mula carga el yugo porque se lo ponen; a veces las personas se lo vuelven a poner solas, abriendo puertas que Dios ya cerró. «Como perro que vuelve a su vómito, así es el necio que repite su necedad». Y «hablaré de tus testimonios delante de los reyes, y no me avergonzaré». Quien ama lo que lo liberó no se avergüenza de Cristo, aunque el mundo lo rechace. Dios no se avergüenza de ti aunque te equivoques. Si caes, levántate y sigue a Cristo.
Adorar a medianoche: la respuesta de Pablo y Silas
Pablo y Silas estaban en el calabozo de más adentro, con los pies en el cepo, «pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían». No había músicos ni luces ni nadie que los animara, y quizá ni siquiera cantaban afinados. Cuando respondes con adoración en tus momentos más difíciles, te vuelves un testimonio para quienes te escuchan.
Aquel lugar era estrecho, pero la adoración fue tan amplia que llegó al cielo: «Sobrevino de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían; y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se soltaron». Aun en los espacios más restringidos, la gloria de Dios no está restringida. De la peor noche salió la salvación del carcelero y de toda su casa.
Responde como Jesús en el desierto y en Getsemaní
«Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto». Tuvo hambre y fue tentado, y respondió con la palabra: «No solo de pan vivirá el hombre». Cuando el enemigo torció un versículo para hacerlo caer, Jesús respondió con otro pasaje, porque conocía toda la palabra y no solo versículos sueltos.
En el desierto «estaba con las fieras; y los ángeles le servían». Dios te forma en los desiertos, y lo más valioso es lo que hace en ti, más que lo que te añade. En Getsemaní, Jesús pasó de «Padre, si es posible, pase de mí esta copa» a «no sea como yo quiero, sino como tú». Esa es la respuesta más alta: rendir tu voluntad a la del Padre. Dios ya respondió; hoy te toca a ti.


