Hebreos 11 recuerda a los héroes de la fe: por la fe Noé construyó el arca, Israel cruzó el mar Rojo y cayeron los muros de Jericó; por la fe conquistaron reinos, taparon bocas de leones y apagaron fuegos impetuosos. «Por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos». Pero no digas que tienes fe si no hay obras, si estás estancado en el mismo lugar, si no estás dispuesto a hacer movimientos intrépidos. Un intrépido es alguien que no teme el peligro y enfrenta con valentía las situaciones de riesgo.
Una cosa es que Dios te diga «avanza», y otra que el enemigo quiera detener ese avance. Por eso necesitas discernimiento. «La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios»: la fe se alimenta y crece. Cada día tu fe te pregunta: «¿Qué haremos hoy? ¿Qué desafío enfrentaremos?», porque «la fe sin obras es muerta». Tu fe tiene que ser más alta que la montaña, más grande que el gigante y más grande que tus temores. Goliat le dijo a David: «¿Soy yo perro, para que vengas a mí con palos?». La fe de David era más grande que el gigante, porque detrás de él estaba el Señor.
Rompimiento de toda intimidación
Abimelec, hijo de Gedeón, mató a setenta de sus hermanos sobre una piedra, y luego quemó vivas a unas mil personas encerradas en la torre de Siquem. Después quiso hacer lo mismo en Tebes. «En medio de aquella ciudad había una torre fortificada, a la cual se retiraron todos los hombres y las mujeres… y cerrando tras sí las puertas, se subieron al techo». Abimelec se acercó a la puerta para quemarla. El enemigo vino a robar, matar y destruir, y no se detendrá hasta que alguien con fe se levante y le diga: «En mi casa, en mi familia y en mis generaciones, no avanzas más».
«Mas una mujer dejó caer un pedazo de una rueda de molino sobre la cabeza de Abimelec, y le rompió el cráneo». El molino estaba en los patios de las casas, y su sonido de madrugada era señal de alegría y provisión; cuando callaba, había escasez. Esa mujer subió una piedra pesada hasta la torre y la arrojó. Con un arma no convencional, con lo que tenía en sus manos, salvó a toda una ciudad. Dios puede usarte con lo que tienes: no necesitas un arsenal. ¿Cuál es tu Abimelec? Quizá una enfermedad que ha golpeado a varias generaciones de tu familia. Levántate en fe y dile: «No tocas más a mis hijos ni a mis nietos».
La intimidación y el temor te paralizan y te estancan durante años, encerrado en una torre. Pero Dios está liberando a sus hijos de toda intimidación. ¿Qué mentiras te ha dicho el enemigo: «no podrás emprender», «no verás la sanidad», «no tienes los recursos»? Dios te da autoridad, y puede revertir la injusticia. «En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó».
Tiempo de expansión
Las hijas de Zelofehad —Maala, Noa, Hogla, Milca y Tirsa— se presentaron ante Moisés, el sacerdote Eleazar, los príncipes y toda la congregación: «Nuestro padre murió en el desierto… y no tuvo hijos. ¿Por qué será quitado el nombre de nuestro padre de entre su familia, por no haber tenido hijo? Danos heredad entre los hermanos de nuestro padre». En esa época, la herencia pasaba solo a los hijos varones, y las mujeres no tenían voz. Pero ellas no se conformaron con un no. «Y Moisés llevó su causa delante de Jehová. Y Jehová respondió a Moisés, diciendo: Bien dicen las hijas de Zelofehad».
Versículo clave
«Bien dicen las hijas de Zelofehad; les darás la posesión de una heredad entre los hermanos de su padre, y traspasarás la heredad de su padre a ellas.»
Números 27:7
Dios responde a peticiones legítimas, las que no nacen de un corazón torcido. Quienes se han sentido insignificantes en su familia o en la sociedad pueden ser los que Dios saque del anonimato. La fe es proactiva, no reactiva: sueña, planifica, se anticipa y no se queda esperando «cuando Dios quiera». Si te dicen que no, sigue tocando y avanzando, como quien prueba una y otra vez hasta que la puerta se abre. La petición de esas cinco mujeres cambió la ley y abrió camino para otras generaciones.
Quizá tienes un proyecto. La clave no es solo tenerlo, sino aplicarle fe. Hay quienes oyen la palabra, se reúnen y preguntan: «¿Qué haremos con esto?», y avanzan; y pronto ven abrirse puertas, aparecer la provisión y concretarse un negocio. Otros esperan confirmación tras confirmación. Lo importante no es quién anuncia la palabra, sino quién la cree. Cuando Dios dice «ahora», es ahora.
De la tierra árida a los manantiales
Caleb dio a su hija Acsa como esposa a Otoniel, el primer juez, y le dio tierras en el Neguev, una tierra seca. Ella le dijo: «Concédeme un don; puesto que me has dado tierra del Neguev, dame también fuentes de aguas. Entonces Caleb le dio las fuentes de arriba y las fuentes de abajo». Pidió más que tierra: pidió agua permanente, y recibió doble porción. Si un padre terrenal hace eso, cuánto más tu Padre celestial, dueño del oro y de la plata, a quien le pide con fe.
Versículo clave
«Ella entonces le respondió: Concédeme un don; puesto que me has dado tierra del Neguev, dame también fuentes de aguas. Entonces Caleb le dio las fuentes de arriba y las fuentes de abajo.»
Jueces 1:15
Tus hijos no necesitan solo una herencia material, sino una herencia espiritual: tu fe, tu visión, tu valentía. Hay padres que dejan a sus hijos el ejemplo de no amedrentarse nunca ante un reto, porque Dios está con ellos. ¿Qué herencia dejarás tú: tu incredulidad o tu fe?
Tu tierra árida puede ser tu economía, tu matrimonio, tus hijos o tu salud. Israel salió de Mara, de aguas amargas, y Dios lo llevó a Elim, donde había doce fuentes de agua. Cuando David volvió a Siclag y lo encontró todo en cenizas, Dios le dijo que persiguiera al enemigo, y en el camino pasó por el torrente de Besor. Dios tiene fuentes para ti: alegría, frescura, ánimo y valentía para lo que viene.
Fe que se arriesga
Los movimientos intrépidos requieren personas que se arriesguen: la fe siempre conlleva riesgo. Guarda tu fe y tus sueños; no los cuentes a cualquiera, porque no todos entenderán, y su duda puede debilitarte. Rodéate de soñadores, de gente de fe y de valientes.
Cuando Sísara, el general de los novecientos carros, huyó a pie de la batalla, llegó a la tienda de Jael. Ella le dio leche, lo cubrió y, cuando se durmió, tomó una estaca de la tienda —aunque arriesgaba que la tienda cayera— y acabó con él. Jael estaba entrenada: cada día clavaba estacas en una tierra dura. Cuando llegó la oportunidad, no dudó. Dios está levantando hijos intrépidos que rompen las maquinaciones del enemigo. Es tiempo de movimientos intrépidos.


