EN Oración

¿Por qué me pasó esto a mí?

«¿Por qué me pasó esto a mí?». Cuando sufres por algo que no provocaste, no te alejes de Dios: sé constante en la fe, deja de escuchar las voces que te definen por tu herida y escucha lo que Dios te dice al oído.

Predicador
Andrés Azurdia
Publicada
Duración
13 min

«¿Por qué me pasó esto a mí?». Es una pregunta que surge cuando enfrentas una situación dolorosa. Trataste de hacer las cosas bien y aun así te encontraste con problemas que parecen injustos. Quizá sientes que algo te ocurrió sin que tú lo causaras.

Cuando el dolor llega por el error de otro

Imagina a una niña de cinco años con infecciones constantes en el oído. En una operación, el médico comete un error, y ella pierde la audición de un oído para siempre. Mientras crece, la situación la afecta cada vez más. No le gusta hablar de ello; procura ocultarlo para que nadie note que no oye de ese lado.

Duele cuando la equivocación de otro tiene consecuencias en tu vida. Quizá también has atravesado situaciones que no fueron culpa tuya, sino de alguien más, y eso te ha hecho sentir mal. ¿Qué haces con ese dolor? ¿Cómo se relaciona con tu fe?

Cuando la respuesta esperada no llega

Muchas personas oraban por aquella niña, y ella esperaba que Dios la sanara. Pero creció, y la sanidad no llegó. Pensó que Dios nunca la había sanado y que se había olvidado de ella. Concluyó que, si Dios no la sanaba, no le servía de nada seguir siendo cristiana. Cambió su vida y empezó a hacer cosas de las que después no se sintió orgullosa.

Es una reacción humana cuando la fe se siente quebrada o cuando no se cumple algo que esperabas, como cuando termina una relación en la que habías puesto toda tu esperanza. Pero alejarte de Dios no sana la herida: la profundiza.

No todas las historias terminan con la sanidad física que esperabas. A veces el cambio más profundo ocurre en tu fe, en tu constancia y en tu manera de entender quién eres.

La Biblia no esconde esta pregunta. Job preguntó por qué. David clamó: «¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre?». Jesús mismo gritó en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Preguntar no es falta de fe. Lo peligroso no es la pregunta, sino alejarte de Dios mientras la haces. Llévale tu «por qué» a él.

Pablo pidió tres veces que le quitaran el aguijón de su carne, y Dios le respondió: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad». A veces Dios no quita la limitación, pero te da una gracia que te sostiene en ella, y su poder se ve en tu vida precisamente allí.

Una fe que se vive cada día

Hay quienes, con su dificultad a cuestas y a veces con vergüenza, sirven a Dios con amor: tocan un instrumento en la iglesia, cantan, sirven. No tienen otra explicación que estar de la mano de Jesús. «Gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración».

Versículo clave

«gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración»

Romanos 12:12

Lo que te sostiene es la constancia en tu fe. Cuando vuelves a acercarte a Dios, tu fe puede ser débil: días de sí y días de no. Pero con el tiempo comprendes que la fe no es solo creer cuando todo está bien, sino vivirla todo el tiempo, cada día y en cualquier circunstancia. Hay días en que te levantas con dolor de cabeza o mareado, y aun así te recuerdas que debes ser constante.

«Sufridos en la tribulación». La vida pone a prueba tu paciencia: en la fila del banco o del supermercado, esperando que alguien te corresponda, esperando una respuesta de Dios. Cultiva la paciencia. No te sientas mal por preguntarte «¿por qué me pasó esto a mí?». Dios puede usar cosas que nunca debieron suceder para un propósito.

No siempre sabrás por qué ocurrió lo que ocurrió. Pero puedes saber que Dios obra en medio de las circunstancias dolorosas.

Lo que buscas afuera y lo que escuchas por dentro

Cuando te sientes vacío por lo que te pasó, buscas afuera lo que ya tienes dentro. El enemigo puede usar incluso una verdad para engañarte. Es cierto que tienes una limitación o una herida; esa es una verdad de tu realidad. Pero hay otra verdad más grande: Dios tiene el control y actuará.

Tu dificultad no es imaginaria: es real y ha afectado tu vida. Pero no cancela lo que Dios dice de ti. La constancia en la fe es lo que te mantiene en el proceso.

Las dificultades y tu identidad

Quizá te ha costado comunicarte. Tienes que preguntar lo mismo tres veces porque no oíste bien, o te quedas con la duda porque no quieres pedir que te repitan. Quizá te han hecho bromas o te has sentido excluido.

Piensa en lo que habría sido distinto si no hubieras dejado de creer en Dios ni de confiar en él. Tu identidad se ha ido formando a lo largo de los años, pero no la fundamentes en si otros te escuchan o te entienden. Eres hijo de Dios.

Dios dice de ti que eres valiente, que eres su hijo, que eres su tesoro, y que tienes promesas. Y hay algo más: alguien puede oír perfectamente con sus oídos y, sin embargo, tener tapada la capacidad de escuchar lo que Dios quiere decirle.

Escucha de cerca y confía en la palabra

Si por años has tenido tus oídos espirituales tapados, Dios quiere hablarte de cerca, al oído, y decirte cuán valioso eres. Ámate como eres, y aprende a vivir con las cosas que te sucedieron y no fueron justas. Cuando confías en un Dios justo, él hace justicia en tu vida.

La esperanza está en el centro. «Esperé yo a Jehová, esperó mi alma; en su palabra he esperado».

Versículo clave

«Esperé yo a Jehová, esperó mi alma; En su palabra he esperado.»

Salmos 130:5

¿Por qué te pasó esto? Quizá porque Dios quería hablarte al oído y decirte algo especial: que eres especial, y que puedes confiar y creer en su palabra.

Tu historia, con todo su dolor, puede convertirse en esperanza para alguien más. Quien ha atravesado una pérdida y ha seguido creyendo puede consolar a otros con el consuelo que recibió de Dios. Lo que te pasó no tiene la última palabra; Dios sí.

Una invitación

Busca a Dios y congrégate en una iglesia local. Allí entenderás que hay un propósito para tu vida y que fuiste creado para ver cosas grandes. Si te sientes sucio por tus errores o por los errores que otros cometieron contra ti, al acercarte a Dios y creer en su palabra serás limpio y diferente.

Si no has estado escuchando a Dios por el ruido a tu alrededor, ora: «Jesús, destapa mis oídos. Quiero dejar de escuchar lo que dicen los demás y escuchar lo que tú dices. Entra en mi corazón. Perdona mis errores y equivocaciones. Gracias por la vida eterna».

Si necesitas oración o consejo, busca a alguien en tu iglesia. Dios te ama y desea lo mejor para tu vida.

Referencias bíblicas