Sabemos muy bien cuándo nuestro cuerpo necesita limpieza. Después de hacer ejercicio o de pasar mucho tiempo bajo el sol, decimos: «Necesito un baño». Nos damos cuenta cuando el cabello ya está sucio, o cuando hay que lavarse los dientes, sobre todo después de unos camarones al ajillo. Sin embargo, no somos igual de conscientes cuando el que está sucio es nuestro corazón. No lo notamos y seguimos caminando por la vida con un corazón que necesita ser limpiado. Estamos en un tiempo de purificación, y Dios sigue siendo nuestro alfarero, aquel que nos da forma. La pregunta es si vamos a dejarnos formar por Él.
Los de limpio corazón verán a Dios
Jesús dijo: «Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios» (Mateo 5:8). ¿Quién no quiere ver a Dios en su vida? Imagina llegar a tu casa y que el Señor se manifieste ahí, en vivo y a todo color. Ver al Señor cara a cara, como se mira a otra persona, puede llegar a ser el mayor anhelo de nuestra vida y el momento más extraordinario, algo que jamás se olvida. El Señor nos invita a eso, pero para ver a Dios necesitamos que él nos limpie.
¿Por qué es tan importante la limpieza del corazón? Porque mientras más puro esté nuestro corazón, más vamos a poder percibir cuándo Dios está presente. Por eso los niños son tan especiales: a diferencia del adulto, un niño percibe a Dios con más facilidad. Un pequeño salió una vez de su cuarto y le dijo a su mamá: «Mamá, Jesús está ahí conmigo», y le contó lo que Jesús le había dicho. Tenía la sensibilidad para percibir cuándo Dios está.
Esa es la palabra para este tiempo: vas a percibir a Dios en tu casa, en tu matrimonio, en tu trabajo. Cuando Dios esté en un lugar, lo vas a poder percibir. Pero para eso necesitamos que nuestro corazón sea limpio.
La Palabra purifica el corazón y alumbra los ojos
El Salmo 19 dice que los mandamientos del Señor son rectos y alegran el corazón, y que el precepto del Señor es puro y alumbra los ojos. Con solo escuchar la Palabra de Dios con atención, tu corazón está siendo purificado. La Palabra es como una espada de doble filo: aparta lo que no sirve, pero trae sanidad y renuevo. Mientras te expones a ella, Dios está purificando tu vida, tu mente y tu corazón, y eso se va a reflejar en las decisiones que tomemos y en las actitudes que tengamos. Por eso hay que darle gracias a Dios por lo que está haciendo.
Pero la Palabra no solo purifica el corazón: también alumbra los ojos y aclara la vista. Tito 1:15 enseña que para los puros todas las cosas son puras, pero para los impuros e incrédulos nada es puro, porque tienen contaminadas la mente y la conciencia. En los originales, esta palabra «puro» significa limpio. Para el que tiene el corazón limpio, todo le es limpio.
Piensa en unos lentes. Cuando tu corazón está limpio, vas a ver limpio; pero cuando tu corazón está sucio, vas a ver sucio. Por eso nuestra vista necesita ser cambiada y necesitamos que Dios alumbre y traiga claridad. La forma en que miramos dice mucho de la condición de nuestro corazón. Mientras más limpio esté tu corazón y el mío, más claridad vamos a tener de las cosas.
A veces caminamos por la vida con un lente sucio y todo nos parece negativo. Seguro conoces personas a las que les encanta lo negativo: «De esto no vamos a salir», «Esto no va a funcionar». Lo ven todo negro, todo sucio, y es difícil caminar así. A veces creemos que nuestra opinión es la única y nos inventamos nuestras propias historias: «Me lo dijo por tal cosa», «Lo hizo por tal otra». Nos contamos cada cuento porque el corazón está sucio, y entonces todo lo que vemos se ensucia.
Pero hay buenas noticias: en este tiempo el Señor va a limpiar tu corazón y tu vista se va a aclarar. Dios abrirá nuestros ojos espirituales para que podamos ver lo que no hemos visto. Y conviene saber esto: la incredulidad ensucia el corazón. Cuando tú y yo dejamos de creerle a Dios, el corazón deja de ser puro y vemos todo a través de ese lente.
Crea en mí un corazón limpio
Pensemos en el momento en que el rey David reconoce su pecado con Betsabé y se arrepiente delante de Dios. En el Salmo 51 confiesa que es pecador desde que su madre lo concibió, reconoce que Dios ama la verdad en lo íntimo y que en lo secreto le enseña sabiduría. Pide ser purificado con hisopo y lavado hasta quedar más blanco que la nieve. Pide que Dios le haga oír gozo y alegría, que esconda el rostro de sus pecados y borre todas sus maldades. Y luego, después de arrepentirse y confesar su pecado, clama:
Versículo clave
«Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva un espíritu recto dentro de mí.»
Salmos 51:10
Tú y yo no podemos producir pureza. Tampoco podemos producir limpieza. Solo Dios la crea. Al pedir «crea en mí», es como si David le dijera a Dios: «Llévame a Génesis 1:1», al principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra, la tierra estaba desordenada y vacía, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Lo que David pedía era: «Dios, ordena mi corazón, ordena mi interior». En este tiempo, Dios va a ordenar tu mente, tu corazón y tus emociones.
David pecó porque estaba desordenado. Se desordenaron sus pensamientos, sus emociones y su sexualidad. También se desordenó su autoridad, porque la usó para lo que no debía. Pero, sobre todo, se desordenó su relación con Dios. Dios va a ordenar muchas cosas en el próximo tiempo, pero sobre todo va a ordenar tu relación con Él. Tu relación con Dios va a ser pura y limpia, porque su deseo es que estemos más cerca de Él que nunca.
Es como si David le dijera al Señor: «No quiero que trates con el fruto; quiero que vayas a la raíz». A veces estamos tratando con el fruto, y Dios nos dice: «El fruto es el resultado de lo que tiene la raíz. Yo voy a ir a tu raíz, voy a hacer cambios y voy a quitar lo que no sirve». David no quería que Dios cambiara solo lo externo. Dios va a tocar fibras muy íntimas de nuestra vida, y quien se lo permite quedará como un hombre o una mujer puros, limpios. David no era perfecto, pero sí era moldeable.
En casa del alfarero
Para entender cómo trata Dios el corazón de una persona, Jeremías 18 nos ofrece una analogía: «Palabra de Jehová que vino a Jeremías, diciendo: Levántate y vete a casa del alfarero, y allí te haré oír mis palabras». Viene un tiempo en que no solo vas a percibir dónde está Dios: vas a oírlo como nunca antes. Mientras más nos dejemos limpiar por Dios, más claridad habrá en su voz. En un momento de sobreinformación y bombardeo de dardos, la iglesia tiene que percibir la presencia de Dios y oír su voz, porque si empiezas a escuchar las voces externas, te vas a desgastar, te vas a drenar y te vas a desviar de lo que Dios hace.
Jeremías descendió a casa del alfarero y lo encontró trabajando sobre la rueda. La vasija de barro que hacía se echó a perder en su mano, y él volvió a hacer otra vasija según le pareció mejor. Entonces vino a Jeremías la palabra de Jehová:
Versículo clave
«¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel? dice Jehová. He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano, oh casa de Israel.»
Jeremías 18:6
Veamos, paso a paso, el trabajo del alfarero, porque así es como Dios forma, moldea y crea en nosotros de una manera extraordinaria. Lo primero que hace el alfarero es escoger la materia prima. El barro que somos tú y yo tiene potencial, pero es materia prima en bruto. Así venimos a Cristo: con potencial, pero Dios dice: «Te tengo que dar forma, tengo que quitar lo que no me sirve».
Lo primero que el alfarero necesita hacer con el barro es limpiarlo. Tiene que quitarle las piedrecitas, las impurezas, la basura, la suciedad, porque si las deja, la pieza se rompe. Y Dios no te va a dejar roto. Lo que se ha propuesto hacer contigo lo va a terminar y lo va a cumplir. Así que déjate formar en las manos del alfarero.
Hay impurezas que Dios tiene que quitar, y es necesario. Tiene que quitar las heridas, la necedad, la soberbia, el orgullo, la arrogancia, las actitudes negativas y los patrones de conducta y de pensamiento muy rígidos. Formar nuestro carácter es una prioridad de Dios. Su prioridad no es bendecirte y darte lo que quieres; aunque Dios te bendice y te concede los anhelos de tu corazón, esa no es su prioridad. Mientras estamos en esta tierra, su prioridad es formar el carácter de Cristo dentro de ti, moldearte, limpiarte y purificarte. O Jesús forma nuestro carácter o Satanás lo deforma. Tú y yo decidimos.
La presión que revela y la firmeza que Dios crea
Lo segundo que hace el alfarero es presionar y doblar el barro cuantas veces sea necesario, porque en ese procedimiento tiene que sacar todas las bolsas de aire. Ahí es donde no nos gusta. Cuando viene presión a nuestra vida, las presiones revelan lo peor o lo mejor de nosotros. En tiempos de crisis sale lo que verdaderamente somos. Solo las presiones revelan lo que necesitamos entregar a los pies de Cristo.
En un tiempo turbulento, con tantos frentes abiertos, hay cosas que Dios nos está pidiendo. Él te dice: «Dame esos temores, dame esa inseguridad, dame esa ansiedad. Quiero limpiarte, quiero moldearte, porque quiero hacer de ti lo que me he propuesto hacer en tu vida». Deja que Dios te moldee. Deja que presione lo que tenga que presionar.
En el Salmo 51, David también le pide a Dios que renueve un espíritu firme dentro de él. Lo que estaba pidiendo era: «Señor, hazme una persona estable», que sus deseos, pensamientos, emociones y actitudes permanecieran estables y ordenados. En medio de este tiempo, Dios está creando firmeza. Aunque no lo entiendas, aunque todavía no tengas claridad, Dios te dice: «Te estoy haciendo un hombre firme, una mujer firme, porque para lo que viene necesito una firmeza interna, no externa». No una firmeza que solo aparenta, sino una de verdad.
De vuelta al centro de su voluntad
Lo tercero que hace el alfarero es poner el barro en la rueda, justo en el centro. Si no lo centra, la vasija se deforma. A veces vivimos deformes delante de Dios: nos vemos perfectos para el mundo, pero para Dios estamos deformes. ¿Por qué? Porque anteponemos nuestra voluntad a la de Dios. Y Dios nos dice: «Te vuelvo al centro de mi voluntad. Te estás yendo para otro lado, y cuando te corres, no puedo darte la forma que he diseñado. Necesito que rindas tu voluntad para que veas mi voluntad, que es buena, agradable y perfecta».
Cansan las iglesias llenas de consumismo, donde el centro es el egocentrismo y el egoísmo: lo que yo quiero, lo que yo deseo, lo que yo demando. Dios dice: «Te quiero en el centro de mi voluntad, porque si estás ahí, no habrá nada que te toque ni tinieblas que puedan apoderarse de ti. Te tengo en mis manos y te estoy formando». Por eso no se trata de emocionarse un momento y decir «amén». Dios va a ir profundo; va a ir a la raíz.
Huimos una y otra vez de los procesos de Dios, de su formación. Elías y Jonás se quedan cortos frente a las veces que huimos. «Padre, no quiero esto, está muy fuerte». Y Él pregunta: «¿A dónde vas? Te quiero aquí, en el centro de mi voluntad. No sigas huyendo. Deja que te forme, deja que te transforme, deja que haga lo que diseñé para ti desde antes de la fundación del mundo».
En esa huida siempre recurrimos a la autocompasión: «Pobrecita yo, nadie me quiere, nadie me ama», como la canción de los niños. Deja la autocompasión: Dios tiene misericordia de ti, y su misericordia es suficiente. La autocompasión es diabólica, y la Escritura lo muestra. Cuando Jesús anunciaba que iba a morir, Pedro lo tomó aparte y, queriendo quedar bien con él, le dijo que eso no podía pasarle. Jesús le respondió que se quitara de delante de él, porque Pedro quería anteponer la autocompasión. No la antepongas tú tampoco. Dios tiene misericordia, tiene cuidado de ti y te ama con amor eterno. No necesitamos autocompasión; necesitamos creer que Dios nos ama, nos cuida y que su misericordia es suficiente.
En la rueda hay mucho movimiento, y eso no nos gusta. El alma es rebelde por naturaleza y no quiere ser gobernada por nada ni por nadie. Para comprobarlo, basta con decirle a un niño que se quede quieto: en segundos ya se movió. Pero quienes entendemos lo que Dios está haciendo decimos: «Señor, quiero que tú me gobiernes. Quiero que me formes en este tiempo».
La rebeldía bloquea al alfarero, bloquea la obra del Espíritu Santo. Cuando alguien dice: «Yo así soy, así nací, así me voy a quedar y que la gente me aguante», está diciendo: «No me toques». Y Dios lo respeta. Saca sus manos y dice: «Está bien, quédate ahí». Pero cuando dices: «Sí quiero», Dios te regresa a su voluntad y te dice: «No te voy a soltar hasta que haya hecho lo que te he dicho. Voy a formar en ti algo diferente, nuevo y refrescante».
No quites de mí tu Santo Espíritu
Mira lo que David le pidió a Dios en el Salmo 51: que no lo echara de su presencia ni le quitara su Santo Espíritu. David no dijo: «No me quites la corona, el palacio, la autoridad ni las riquezas». No cambió la presencia de Dios por sus bendiciones y añadiduras. Su clamor fue: «No quites de mí tu santo Espíritu» (Salmos 51:11), porque sabía que sin Él estaba perdido. En el fondo, le estaba pidiendo a Dios que lo hiciera volver a su voluntad y que no lo dejara huir.
Es como si David le pidiera a Dios que lo atara a los cuernos del altar para no huir, porque si huimos, detenemos la formación que Dios tiene para nuestra vida. Los hijos de Dios que entienden este tiempo no huyen, sino que permanecen y dicen: «Señor, lo que quieres hacer en mi vida está bien. Aunque me duela, no me dejes huir de tu presencia, de tu voluntad ni de lo que estás haciendo en mí».
Nosotros solemos orar muy diferente: «Sácame de este desierto, de esta prueba, de esta tormenta, de este pozo, de toda incomodidad. No me quites esto, no me quites aquello». David no oraba así. Aunque le doliera, su clamor era que Dios no alejara de él su Santo Espíritu. Esa debe ser nuestra oración: «Señor, aunque me duela, no permitas que tu Santo Espíritu se contriste dentro de mí». Porque nuestra seguridad no está en lo externo; está en las manos del alfarero. Tu seguridad y la mía no están afuera, sino adentro: en lo íntimo, en la formación, en la purificación, en lo que Dios quiere hacer en nuestra vida. Ahí está la fuerza y ahí está la permanencia.
Antes de llevarnos a nuevas temporadas, lo primero que hace Dios es limpiar nuestro corazón. Nos emociona cuando Dios dice: «Te voy a llevar a una nueva temporada, te voy a poner en un nuevo escenario». Pero Él lo hace cuando nuestro corazón está listo, cuando nos hemos dejado moldear, formar, limpiar y purificar. Dios no tiene problema en llevarte a una nueva temporada, pero está enfocado en tu corazón antes que en la nueva temporada. Hay personas que se han dejado formar, y Dios las va a llevar a lo nuevo, no porque se lo hayan pedido, sino porque Él sabe que están listas.
Los procesos son importantes; no hay atajos. Un anuncio decía: «No hay atajo, solo sudor». Podríamos cambiarlo así: no hay atajo, solo transformación. Dios quiere hacer un trabajo en nosotros, y necesitamos un corazón nuevo antes de una nueva temporada. ¿Entiendes ahora por qué a veces no entramos a lo nuevo? Porque Dios nos dice: «No estás listo, porque cada vez que te quiero formar, sales huyendo. Cada vez que quiero presionar, te vas. No puedo llevarte a lo nuevo porque primero necesito formarte».
Por eso Saúl nunca llegó a lo nuevo que Dios tenía: no se dejó formar. Estaba deformado en su propia voluntad y en su propio carácter. Entonces Dios buscó un hombre conforme a su corazón (1 Samuel 13:14): alguien que se dejara moldear, que no saliera huyendo y que permaneciera en su voluntad y en su palabra, para llevarlo a lo nuevo y cumplir en él lo que había diseñado. Por eso David llegó a ser quien fue: porque se dejó formar.
Una mano por fuera y otra por dentro
Lo cuarto que hace el alfarero es darle forma a la vasija, y lo hace con las dos manos: una moldea lo de afuera y la otra lo de adentro. La presión externa, sin que Dios meta su mano dentro de nosotros, es insostenible; no se aguanta. Estamos viviendo un tiempo en que el enemigo y las tinieblas están presionando y oprimiendo. Está viniendo desánimo, cansancio, tristeza. Hay una tristeza que no es normal, un cansancio que no es normal, una apatía que no es normal.
Pero en medio de eso, la mano de Dios te cubre y te está dando forma. Dios usa incluso esa presión para sacar la basura: que oprima lo que quiera, pero su mano te está formando. Y su mano interna te da valentía, consuelo, ánimo, amor y paz; te da lo que necesitas para permanecer en sus planes y en sus diseños en este tiempo.
Santiago 4:8 dice: «Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones». Una persona de doble ánimo está dividida en su corazón; tiene el corazón partido. Es la que dice: «Señor, quiero tu voluntad, pero prefiero la mía. Quiero tu libertad, pero prefiero mis cadenas. Quiero tu misericordia, pero prefiero mi victimismo. Quiero obedecerte, pero prefiero mi rebeldía. Quiero tu gozo, pero prefiero mi amargura. Quiero tu perdón, pero prefiero mi culpa. Quiero tu paz, pero prefiero mis conflictos internos no resueltos. Quiero servirte, pero prefiero mi comodidad. Quiero creerte, pero prefiero mis dudas. Quiero tus planes, pero prefiero los míos».
A eso se refiere la Biblia cuando llama a los de doble ánimo a purificar su corazón. Hay una lucha interna en cada uno de nosotros, y Dios nos dice: «Decídete por mi voluntad. Todo esto lo tengo para ti, pero tu corazón no puede estar dividido. Abraza mi paz, mi misericordia, mi perdón, mi alegría y mi gozo, porque eso es lo que quiero darte». Volvamos al centro de su voluntad.
El horno y la vasija llena
Después de este proceso, el alfarero toma la vasija y la mete al horno. Sería más cómodo decir que no hay hornos, pero sería engañarte y decir algo que la Biblia no dice. Hay hornos en los que Dios nos purifica. En el Salmo 51, David pide que Dios le devuelva la alegría de su salvación y que un espíritu de obediencia lo sostenga, para enseñar a los transgresores los caminos de Dios y que los pecadores se conviertan a Él. Eso es lo que Dios quiere hacer.
¿Por qué Dios hace tanto énfasis en la formación y la transformación? Porque te dice: «Tú eres mi obra maestra, mi vasija moldeada por mis propias manos». Una persona que no se deja formar por Dios se vuelve infructuosa en el reino. Por eso tiene que acabarse el consumismo en las iglesias, ese «dame, mí, mío», ego una y otra vez. La respuesta correcta es: «Señor, lo que te has propuesto hacer, hazlo conmigo. Me voy a dejar formar, no por obligación, sino por amor, por rendición y porque entiendo estos tiempos».
Entonces Dios empieza a llenarte. Segunda de Corintios 4:7 enseña que tenemos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que el poder extraordinario viene de Dios y no de nosotros. Somos vasijas diferentes, unas más grandes que otras, pero todas vasijas y todas de barro. Cuando te dejas formar, Dios te dice: «Ahora estás listo para que te llene de mi unción, de mi autoridad, de mi poder».
La iglesia es la propuesta de Jesús para llenarte, para saciarte y para que puedas dar esperanza a otros, con autoridad, con unción y con milagros. Tú eres la propuesta de Jesucristo en un mundo que cada vez se va a poner más oscuro. Pero tú y yo vamos a estar llenos de la presencia y del poder de Dios. Donde no hay esperanza, Dios te usará para llevar esperanza; donde no había milagros, te usará para provocar milagros; donde no había nada, te usará una y otra vez. Somos esa vasija en las manos de Dios.
Para este tiempo nacimos
Es tiempo de decir: «Señor, haz conmigo lo que has decidido. No quiero deformarme. No quiero salir huyendo. Me quedo, permanezco, y sé que lo que te has propuesto hacer en mí, lo vas a hacer». Para este tiempo nacimos. Dejemos de prolongar los procesos. Deja que Dios llegue a la raíz y quite las impurezas. Nadie que quiera ser fructífero para el reino puede evitar dejarse formar por Dios. Entonces Dios te va a usar una y otra vez, y tu copa va a rebosar. Si decides no dejarte formar, Dios lo respeta, pero tú te lo pierdes.
Esta es una oración clave: «Crea en nosotros, Señor, un corazón limpio. Ordena lo que tengas que ordenar en nuestra vida. Perdónanos, porque salimos huyendo». Déjate formar, porque si Dios no te forma, te vas a deformar; y él no puede usar una vasija deformada por falta de perdón, por amargura, por egoísmo.
Es tiempo de rendición, de decir: «Señor, no me muevo para ningún lado. Me duele, sí, pero estoy en las mejores manos. Muchas veces no lo entiendo, pero tú lo sabes todo. Ordena lo que tengas que ordenar, quita las impurezas. No quiero vivir con doble ánimo, porque sufro; hoy me rindo delante de ti. Tú nos gobiernas, Padre». Démosle gracias a Dios por su Palabra, y porque Él renueva nuestras fuerzas y nos cuida en medio de tanta opresión. Es tiempo de tomar decisiones de verdad, decisiones que provoquen avances.
Si hoy quieres rendirte al Alfarero, puedes decirle: «Señor Jesús, hoy reconozco que te necesito. Necesito tu gobierno, necesito tu formación. Gracias por dar tu vida en la cruz del Calvario, gracias por ser mi Señor y mi Salvador, y gracias por darnos la vida eterna. Amén».
Referencias bíblicas
- Mateo 5:8 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 19:8 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Hebreos 4:12 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Tito 1:15 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 51:5–11 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Génesis 1:1–2 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Jeremías 18:1–6 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Romanos 12:2 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 16:21–23 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Samuel 13:14 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Santiago 4:8 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 51:12–13 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 2 Corintios 4:7 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 51:10 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Jeremías 18:6 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


