EN Oración
Serie Impulso

Sucederá: toma impulso y confía en Dios

El desierto puede florecer cuando el Espíritu de Dios se derrama. La fe se afirma en la oración y la confianza se expresa al avanzar hacia lo que Dios ha dicho: sucederá.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
56 min

Hay palabras que pueden esperar meses hasta hacerse vida, porque el Espíritu Santo muestra cuándo es el momento. Hoy la palabra es: «Sucederá». No es un recurso para salir del paso, sino un anuncio: sucederá lo que has estado esperando; sucederá lo que la iglesia ha estado esperando.

«Hasta que sobre nosotros sea derramado el Espíritu de lo alto, y el desierto se convierta en campo fértil, y el campo fértil sea estimado por bosque». Pide: «Espíritu, ven», y disponte a conocer al Espíritu Santo. En el principio, el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas: su presencia trae orden donde hay vacío y desorden.

Versículo clave

«hasta que sobre nosotros sea derramado el Espíritu de lo alto, y el desierto se convierta en campo fértil, y el campo fértil sea estimado por bosque.»

Isaías 32:15

Del desierto al bosque

Tu desierto puede convertirse en campo fértil por la presencia del Espíritu de Dios, y ese campo puede llegar a ser bosque. No es obra de tu capacidad: lo imposible para ti es posible para Dios. Lo que viviste no habrá sido en vano; Dios puede transformarlo. Declara: «Mi desierto florecerá».

Un bosque está lleno de árboles, y los árboles dan sombra a otros. Si atravesaste un desierto, puedes convertirte en testimonio y dar refugio a otros, para que vean lo que Dios puede hacer. Que tu nación y las naciones salgan adelante y sean como un bosque.

No sabemos si los últimos tiempos son ahora o dentro de muchos años, aunque hay señales que los anuncian. No temas: esos tiempos hablan de una iglesia gloriosa y de la venida del Señor. Una iglesia que florece mientras el mundo atraviesa un desierto, y que llega a ser bosque para que muchos encuentren sombra.

Una pregunta que llama a salir del estancamiento

Junto al estanque de Betesda había un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Jesús le preguntó: «¿Quieres ser sano?». Es una invitación a salir del estancamiento. Una mala experiencia puede convertirse en estilo de vida y dejar inmovilizado tu corazón.

Las malas experiencias y las decepciones son comunes, y pueden afectar el lugar interior donde ejerces tu fe. Jesús no le preguntó si podía levantarse, sino si quería. Esa pregunta confronta tu deseo y te invita a recibir un nuevo impulso. Si esperas que algo suceda en tu vida, no te quedes bajo el peso de la decepción ni te limites a dar excusas.

Jesús le dijo: «Levántate, toma tu lecho, y anda». El lecho dejaba de ser un lugar al que volver y pasaba a mostrar el camino recorrido. Tu vida transformada puede convertirse en testimonio para otros. No toda dificultad desaparece de inmediato, pero tu fe debe recibir impulso y avanzar.

Todavía se oye la lluvia

Después de tres años sin lluvia, Jehová le dijo a Elías: «Ve, muéstrate a Acab, y yo haré llover sobre la faz de la tierra». Esperar mucho tiempo puede desesperarte, pero el problema no es solo la duración de la espera, sino no estar aferrado a Dios mientras esperas. Imagina una casa sin agua un día, una semana… tres años.

En el monte Carmelo, en plena sequía, Elías mandó derramar agua sobre el altar, una y otra y otra vez. Fue una muestra de confianza en Dios: ofrecerle lo mejor. Cuando le ofreces a Dios lo mejor, prepárate con confianza: Dios no te avergonzará.

Elías le dijo a Acab: «Sube, come y bebe; porque una lluvia grande se oye». Pero todavía no había ni una nube. ¿De dónde escuchaba Elías? Hablaba distinto porque había oído algo distinto: había escuchado a Dios. ¿Qué oyes tú al levantarte: las noticias, las redes? Escucha a Dios: lee su Palabra en voz alta. La palabra que oyes, recibes y declaras orienta lo que hablas y lo que esperas.

Los primeros momentos del día pueden cambiar el clima de tu mente, de tu corazón y de tus acciones. Comienza orando y leyendo la Palabra, en lugar de depender de que un profeta te confirme algo. Los profetas son una bendición para el reino, pero todos tenemos límites, errores y desafíos. Es tiempo de oír a Dios en su Palabra.

La oración que impulsa a actuar

Acab subió a comer y a beber; Elías subió a la cumbre del Carmelo, y postrándose en tierra, puso su rostro entre las rodillas. Comer no es malo, pero la carne no quiere orar. A veces llamamos oración a expresar en voz alta nuestras preocupaciones. Impúlsate hacia aquello por lo que oras.

Elías le dijo a su criado: «Sube ahora, y mira hacia el mar». Y él subió, y miró, y dijo: «No hay nada». Las personas que te acompañan no siempre ven lo que tú ves. Pero Elías insistió: «Vuelve siete veces». Sigue actuando aunque todavía no veas el resultado.

Hay cosas que Dios ya te dio: ve por ellas. La fe puede deteriorarse. Quizá alguien que prometió acompañarte en lo que Dios te encomendó se fue en el momento decisivo, y eso dolió. Pero sigue creyendo: «Esta obra es tuya, Señor». Lo que hoy es motivo de oración, aunque otros digan que no se puede, puede llegar a suceder.

Mantente firme aunque tengas temor. Muévete en dirección al miedo y dile: «Aquí estoy», confiando en Dios. Quizá sientas miedo, pero avanza a pesar de él. Orar y confiar sin impulsarte hacia lo que Dios dijo no es fe. Vuelve a mirar, aunque la primera respuesta haya sido «no hay nada».

Cuidado con depositar tus inseguridades sobre tus hijos. Puedes abrir tu corazón, pero no conviertas tu temor en una limitación para sus vidas: tu experiencia puede afectar a otros si la descargas sobre ellos de una manera que los limite.

A la séptima vez, el criado dijo: «Yo veo una pequeña nube como la palma de la mano de un hombre, que sube del mar». No abandones tu confianza por lo pequeño de lo que ves: impúlsate aunque sea pequeño. Siete es el número de lo completo: la obra que Dios comenzó en ti, la terminará.

Versículo clave

«A la séptima vez dijo: Yo veo una pequeña nube como la palma de la mano de un hombre, que sube del mar. Y él dijo: Ve, y di a Acab: Unce tu carro y desciende, para que la lluvia no te ataje.»

1 Reyes 18:44

Prepararse para lo que todavía no se ve

Elías le mandó decir a Acab: «Unce tu carro y desciende, para que la lluvia no te ataje». Prepara tu familia, tus sueños, tu economía. Prepararse es actuar como quien espera recibir lo que ha orado y creído. La lluvia todavía no había llegado, pero Elías se preparó antes de verla.

Tu preparación le habla a Dios de tu confianza en aquello hacia lo cual te impulsas. Prepárate para recibir. Quizá comienzas un proyecto pequeño, pero puede llegar a ser un medio para que muchas personas tengan trabajo en tu nación. Aunque otros digan que la situación está mal, puedes ser instrumento de bendición para muchos y para tu familia.

Quien comienza a trabajar solo por comisiones, recorriendo oficinas con su carpeta en mano, puede llorar delante de Dios y pedirle gracia con cada cliente. Se prepara, ora y espera dando gracias, y pide contratos grandes por fe. Trabaja con confianza y prepárate para lo que esperas, aunque los resultados de cada uno sean distintos.

Habrá días sin fuerzas, personas que no estarán y voces que dirán que no se puede. Avanza paso a paso. Los cielos se oscurecieron con nubes y viento, y hubo una gran lluvia. Acab subió a su carro y fue a Jezreel; y la mano de Jehová estuvo sobre Elías, quien ciñó sus lomos y corrió delante de Acab. Si hoy apenas caminas, la mano de Dios puede darte nuevas fuerzas para correr.

Impúlsate hacia la voluntad de Dios

No te impulses hacia cualquier deseo, sino hacia la voluntad de Dios. No siempre es fácil, pero es glorioso. En Getsemaní, Jesús pidió que pasara de él la copa, y Dios no se la quitó, pero un ángel vino a fortalecerlo. Jesús aceptó la voluntad del Padre, aunque no era fácil.

Donde hay sacrificio hay resurrección y milagros. Confiar e impulsarte no es imponer tu voluntad, sino responder a la voluntad de Dios.

Pablo y Silas, en el calabozo de más adentro, con los pies en el cepo, adoraban a Dios, y sobrevino un gran terremoto que sacudió la cárcel. No adoraron para provocar el terremoto; adoraron porque amaban a Dios y porque sus vidas ya habían sido sacudidas por él. Ya no eran los mismos. «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna». Tu adoración no depende de que Dios te dé algo a cambio.

Recibe al Espíritu Santo: tu desierto florecerá y se convertirá en bosque. Sucederá en tu salud, en tu matrimonio, en tu familia, en tus hijos y en tu economía. Ora, busca a Dios, oye su voz y declara su Palabra en tu hogar. Que el Espíritu Santo visite tu casa.

Quizá has estado frustrado, pero la respuesta no depende del deseo humano, sino de la fidelidad de Dios. Si has esperado mucho, Dios te dice: «Me manifestaré; sucederá; solo toma impulso». Jesús se impulsó hacia la cruz: su sangre derramada y las maldiciones que llevó te abrieron la libertad y la vida eterna. Ábrele tu corazón: pide perdón por tus pecados y recibe a Cristo como tu Señor y Salvador.

Referencias bíblicas