EN Oración
Serie Ventanas

Ventanas de bendición: obediencia, propósito y un Dios que desborda

Las ventanas del cielo son compuertas: cuando Dios las abre, no hay una salpicadura, sino una inundación de bendición. Él abre ventanas para quien obedece aunque no haya lógica, para quien entrega lo poco que tiene, para quien se siente débil y para quien estaba atado. Pero la mayor bendición es que Jesús sea el Señor.

Predicadora
Sofía Bocache
Publicada
Duración
36 min

Dios está abriendo ventanas de oportunidad. Por eso no puedes dormirte ni distraerte: necesitas estar despierto, hambriento y expectante, para que cuando la ventana se abra, estés listo.

Las ventanas del cielo son compuertas

«Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde». La palabra «ventanas» sugiere compuertas, cataratas: como una presa que se abre y deja pasar el agua. Así abre Dios las ventanas del cielo.

Versículo clave

«Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.»

Malaquías 3:10

El deseo de Dios es dar con generosidad. Su bendición alcanza a las familias, a los matrimonios y a generaciones enteras. No se trata de una salpicadura, sino de una inmersión: prepárate para empaparte de lo que Dios quiere hacer.

1. El desborde nace de la obediencia

«Te abrirá Jehová su buen tesoro, el cielo, para enviar la lluvia a tu tierra en su tiempo, y para bendecir toda obra de tus manos… Te pondrá Jehová por cabeza, y no por cola… si obedecieres los mandamientos de Jehová tu Dios». Ese pasaje está dentro de un contexto: la obediencia. Un versículo fuera de contexto es solo un pretexto. Si has dado pasos de obediencia y has rendido las áreas que Dios te pidió, prepárate para un desborde.

Pedro y sus compañeros habían pescado toda la noche sin conseguir nada, ni un pez. Pero Pedro dijo: «En tu palabra echaré la red». Hay momentos en que las circunstancias no pueden hablarte más fuerte que la voz de Dios, aunque no tenga lógica. Obedecieron, y las redes se rompían de tantos peces. Dios puede provocar un desborde con una sola orden del cielo.

Una viuda, a punto de perder a sus hijos por las deudas, fue a buscar la voz de Dios en Eliseo. Cuando estés en aprietos, deja de buscar voces extrañas y busca la voz de Dios. Ella solo tenía un poco de aceite. Eliseo le dijo: «Ve y pide para ti vasijas prestadas de todos tus vecinos, vasijas vacías, no pocas. Entra luego, y enciérrate tú y tus hijos; y echa en todas las vasijas». Ella obedeció en seguida, cerró la puerta, y el aceite se multiplicó hasta llenar todas las vasijas. Dios espera una obediencia inmediata. A veces hay que cerrar la puerta a las voces de la incredulidad, para abrir espacio a la fe en tu casa, y que tus hijos crean como tú crees.

2. Ventanas para quien aprovecha lo que tiene

Hay dos actitudes: quienes se quejan todo el tiempo y quienes aprovechan lo que tienen. En tiempos de crisis, unos lloran y otros fabrican pañuelos. Dios abre ventanas a quienes, aun con limitaciones, mantienen un corazón dispuesto. No importa cuánto tienes, sino la disposición con que lo ofreces.

«Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos?». Entre miles, solo ese muchacho ofreció lo suyo. El pan de cebada era el alimento de la gente humilde; Salomón usaba la cebada para sus caballos. Sin embargo, esa entrega hizo posible uno de los milagros más conocidos. Si estás escaso, pero has entregado todo con fe, sacrificio y esfuerzo, Dios usará lo poco para multiplicarlo y convertirlo en un banquete. Tu entrega, tu fe y tu disposición pueden desatar milagros.

3. Dios se sirve de lo débil

Dios también abre ventanas para quienes se sienten insignificantes, frágiles, sin fuerzas, o con la fe herida. Gedeón se sentía el más pequeño de la casa de su padre. Dios redujo su ejército a trescientos hombres, para que Israel no dijera: «Mi mano me ha salvado». Y lo envió de noche al campamento enemigo.

Allí oyó a un soldado contar un sueño: un pan de cebada rodaba hasta el campamento de Madián, golpeaba la tienda y la derribaba. Su compañero respondió: «Esto no es otra cosa sino la espada de Gedeón». Los madianitas veían a Israel débil y menospreciado, como pan de cebada; pero Dios estaba con él. Dios se sirvió de lo débil con Abraham y Sara, con Elisabet, con David. Puede usar tu debilidad para llevarte a la victoria y dar un giro a tu historia.

Gedeón tenía treinta y dos mil hombres; Dios los redujo a diez mil, y luego a trescientos. Cuando estás con Dios, tú y Dios son suficientes. Él no necesita muchos. Quizá dicen de ti: «Nunca va a salir de ahí; nunca lo va a lograr». Eso es justamente lo que Dios toma: lo vil, lo menospreciado, lo débil. Él abre el camino, y su mano te empuja a un nuevo nivel.

4. Reservado para un propósito

Dios abrirá ventanas para quienes se sienten estancados, paralizados o sin sentido. Jesús les dijo a sus discípulos: «Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y luego que entréis en ella, hallaréis un pollino atado, en el cual ningún hombre ha montado; desatadlo y traedlo». Ese pollino estaba reservado para él. Hay cosas que Jesús se reserva para sí mismo, y tu vida es una de ellas. Aunque para otros no tenga sentido, para él tiene mucho propósito.

Versículo clave

«y les dijo: Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y luego que entréis en ella, hallaréis un pollino atado, en el cual ningún hombre ha montado; desatadlo y traedlo.»

Marcos 11:2

Buscarlo, desatarlo y traerlo. Si alguien preguntaba, debían decir: «El Señor lo necesita». El Señor tiene poder para desatar lo que está estancado en tu matrimonio, tu familia o tus finanzas. Cuando crees que tus defectos lo toman por sorpresa, le hablas como si fuera ciego. Él pagó un precio por ti, y te conoce.

Jesús se reservó un vientre virgen para nacer, una tumba nueva donde nadie había sido puesto, y un pollino que nadie había montado. Quizá hubo un tiempo de silencio en que preguntabas: «Señor, ¿para qué te sirvo?». Él te dice: «Eres mío. Te reservé para este tiempo, y te voy a usar con propósito». Cuando Jesús se acerca, alumbra las áreas no resueltas, los conflictos internos y las heridas que te paralizan, no para rechazarte, sino para desatarte.

Entrega tu manto al Señor

«Y trajeron el pollino a Jesús, y echaron sobre él sus mantos, y se sentó sobre él. También muchos tendían sus mantos por el camino». Al tender sus mantos, reconocían el gobierno de Jesús. Todos llevamos un manto: una posición, recursos, talentos, fama, propiedades. La bendición puede llegar en abundancia, pero la clave es no olvidar que Jesús es el Señor. Ninguna casa, empresa, herencia o recurso debe ocupar su lugar.

Tira tu manto delante de Dios y dile: «No quiero ninguna bendición que me aparte de la verdadera bendición, que eres tú». Nada se le compara. Sin Jesús estás perdido; él es quien guía tu vida. Recibe con fe lo que Dios te habla, y entrégale el gobierno de todo.

Referencias bíblicas