Todos estamos buscando algo. Tenemos hambre de aceptación, de propósito y de logros, pero sin Cristo todo termina en un gran vacío. Nuestro alimento diario viene de Jesús, y hay una búsqueda que transforma todas las demás búsquedas. No se trata de dejar de buscar otras cosas. Se trata de reconocer cuál es el fundamento de lo que realmente anhelan nuestra alma y nuestro espíritu. Dios mismo lo promete por medio del profeta Jeremías: si lo buscamos de todo corazón, podremos encontrarlo.
Versículo clave
«y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.»
Jeremías 29:13
Esta búsqueda no termina cuando conocemos a Jesús; ahí apenas comienza. A veces pensamos: «Ya recibí a Jesús, y eso es todo». Pero no es así: ahí empezó tu búsqueda. Dios nos llama a creer con todo el corazón y a buscarlo. También nos llama a crecer en carácter, en fe, en amor y en obediencia.
Busca su presencia: solo él calma la sed del alma
Lo primero que necesitamos practicar todos los días es buscar su presencia, porque solo él calma nuestra sed. Si algo puede aquietar un alma inquieta, es su presencia. Vivimos rodeados de ruido, preocupaciones y ansiedad, y buscamos éxito, perdón y paz donde nunca los vamos a encontrar: en los logros, en las metas, en el entretenimiento. Pero el alma solo descansa en la presencia de Dios, y buscar a Dios produce crecimiento.
Salmos 63:1 lo expresa así: «Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas». Fíjate en que David habla en primera persona. Nos cuenta lo que está sintiendo en ese momento: está en el desierto de Judá, perseguido por su hijo Absalón y también por Saúl. No es un momento fácil.
Su circunstancia es muy difícil, pero tiene aún más clara la elección que debe hacer: buscar la presencia de Dios. Expresa lo que siente y, al mismo tiempo, sabe lo que necesita experimentar. Lo que calma tu alma no es un cambio de circunstancias, sino la presencia de Dios. David no se limita a pedir que se resuelva su situación; elige buscar a Dios intensamente.
Dios llena a los que reconocen que lo necesitan, y tú y yo debemos reconocerlo. Mientras más buscamos a Dios en oración, en su palabra y en comunidad, más somos transformados. Debemos tener hambre de su presencia. Quizá hoy puedas reconocer que lo necesitas. Vale la pena preguntarnos: ¿todavía tenemos hambre de Dios o ya nos conformamos?
Sígueme y recuperarás tu vida
En Mateo 11:28, en una versión contemporánea, Jesús se dirige a los agotados, a los cansados de la religión, y los invita a ir a él y seguirlo para recuperar su vida. No dice solamente «recíbeme»; dice «sígueme». Promete que recuperarás la vida, porque quizá estás sobreviviendo, cansado y extenuado. Jesús no dice que si lo sigues no tendrás ningún inconveniente. Dice que su presencia puede darte una paz que ninguna solución puede dar. Lo que esperas que se resuelva podría resolverse, y aun así podrías seguir sin paz.
Luego promete enseñarnos a descansar, y a descansar de verdad, porque a veces descansamos solo en apariencia. El descanso físico es válido, y a Dios también le agrada que descansemos físicamente. Pero hay un cansancio del alma que no se quita con el descanso físico; solo se quita cuando buscamos su presencia. Ese descanso no viene de afuera, de una playa o de una piscina: viene de su presencia. Ese sí es un descanso verdadero.
El pasaje continúa con una invitación a caminar y trabajar con él, a mirar cómo lo hace él y a aprender el ritmo espontáneo de la gracia. Él no nos impondrá nada pesado ni mal ajustado. Si lo acompañamos, aprenderemos a vivir con libertad y sin ataduras. Esta búsqueda tiene que ver con las cadenas que Dios quiere romper en nuestra vida, porque Dios quiere romper cadenas.
Lo que buscas revela lo que valoras, y lo que buscas constantemente determina en qué te conviertes. Jesús nos habla de un estilo de vida cuando dice «sígueme». Al seguirlo, encontramos la vida.
Busca su palabra: el pan que alimenta el alma
También debemos buscar su palabra, porque solo ella puede alimentar nuestra alma. En Juan 6:35 Jesús declara que él es el pan de vida.
Versículo clave
«Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.»
Juan 6:35
Jesús continúa diciendo que, aunque lo han visto en acción, en realidad no le creen. Añade que toda persona que el Padre le da vendrá corriendo a él con el tiempo. Lo hemos visto en quienes se apartan del Señor: pasa un mes, dos meses, seis años, diez, y vuelven a Dios. Puedes buscar otras cosas, pero solo una búsqueda sostiene todas las demás, y es Dios. Quizá buscaste dinero y lo obtuviste, y eso está bien. Pero si no buscas a Dios, ese dinero no puede darte lo que solo Dios da. Por eso la iglesia debe enseñar la palabra de Dios, para que la meta sea Cristo en tu vida. Y Jesús asegura que, una vez que esa persona está con él, la agarra y no la suelta.
El hambre espiritual es el inicio del crecimiento. Por eso necesitamos preguntarnos: ¿qué es lo que buscamos con más intensidad? Tener apetito por Dios nos lleva a una búsqueda que no termina, una búsqueda eterna, porque es maravillosa. Cada vez que buscas su presencia y su palabra, tienes más hambre de lo que ya encontraste: el maravilloso tesoro, nuestro Señor y Dios. Él lo puede todo, lo hace todo y nos da con su presencia y su palabra una paz que nada ni nadie más puede darnos.
Una versión de Mateo 5:6 lo presenta como una bendición para los que tienen apetito por Dios, porque él es la mejor comida y la mejor bebida que disfrutarán quienes lo buscan constantemente. Entonces, ¿todavía tienes hambre o ya te conformaste?
Una búsqueda que requiere prioridades
Buscar a Dios requiere prioridades. Pensemos en la final del mundial: a quienes les gusta el fútbol organizan su horario para verla, y muchos hasta se preparan una buena comida una hora antes del partido. Cuando algo nos importa, le damos prioridad, y que estés hoy buscando a Dios también habla de prioridades.
Solemos hablar de fidelidad a Dios, pero solo cuando tocan nuestras prioridades podemos demostrarla con hechos. Decimos que Dios es nuestra prioridad, y se ve si lo es cuando otras cosas compiten con él. Por eso su palabra habla de que al final de los tiempos habrá un pequeño remanente, porque su pueblo estará tan distraído que dejará de buscarle.
Pregúntate: ¿me conformo con venir de vez en cuando a la iglesia o de verdad busco a Dios todos los días? Te invito a dar pasos intencionales y a decir: «Voy a seguir buscando a Dios y creciendo en él». Si buscamos a Jesús solo por nuestras necesidades, vamos a sobrevivir; alimentarnos del pan de vida es vivir con plenitud. No es que todo se resuelva al instante, pero cuando buscamos la presencia y la palabra de Dios experimentamos algo que nunca habíamos imaginado: aquello que siempre nos ha sostenido. Ahí se ve el mayor milagro de todos: Jesús en nuestras vidas, con hambre de Dios.
Es como cocinar. Si pruebas los ingredientes por separado, no tienen buen sabor: un puñado de sal o un trago de aceite son horribles. A veces probamos así, por separado, lo que Dios está haciendo en nuestras vidas. Pero su palabra dice que todas las cosas obran en conjunto para bien a los que aman a Dios. Dios te tiene servido un plato completo; no lo pruebes por separado. No te des por vencido y sigue buscando a Dios.
Toda búsqueda comienza con hambre
Toda búsqueda comienza con hambre. Una versión de Salmos 42:1-2 describe a un venado de cola blanca que bebe agua del arroyo, y al salmista diciendo que quiere beber de Dios a grandes tragos porque tiene sed del Dios vivo. Un árbol no crece porque lo mires; crece porque su raíz busca agua todos los días. Tampoco tú creces solo por mirar a otros cristianos o por mirar la Biblia. Creces porque buscas la presencia de Dios, su palabra y lo que él quiere hacer en tu vida y a través de ella. David nos enseña a tener sed de Dios como ese venado tiene sed de agua: a elegir buscar su presencia porque nuestro espíritu tiene sed, y a desear grandes tragos de su presencia y de su palabra.
El salmo continúa en primera persona: David se pregunta si alguna vez logrará llegar a beber en la presencia de Dios. Dice que está a dieta de lágrimas, en el desayuno y en la cena, y que todo el día le preguntan dónde está su Dios. No esconde lo que siente. No dice que, como está en Dios, todo le sale bien. Habla de lágrimas por la mañana y por la noche, y de quienes vienen a cuestionarlo por estar viviendo eso.
David no podía elegir lo que sentía, como tampoco nosotros elegimos lo que sentimos ante las malas noticias, las pérdidas y los momentos difíciles. No evade lo que siente, pero sí elige lo que quiere experimentar. Los creyentes maduros no son los que creen que ya llegaron, sino los que siguen buscando a pesar de lo que estén viviendo.
Pondré mi esperanza en Dios nuevamente
En el versículo 4, David repasa una y otra vez sus recuerdos, algo que también nos pasa a nosotros. Recuerda que estaba al frente de la multitud, guiándola a adorar, cantando alabanzas y celebrando juntos la fiesta de Dios. Ahora lo persiguen, y recuerda que tuvo mejores tiempos. Quizá recordaba cuando llevaba el arca del pacto, la presencia de Dios, y saltaba de alegría. Fue una gran victoria.
En el versículo 5 se pregunta por qué está desanimado y por qué está tan triste su corazón. ¿Cuántos nos hemos sentido así? Y entonces viene la elección que tú también puedes hacer: poner tu esperanza en Dios nuevamente y volverlo a alabar como tu Salvador. El salmista dice que Dios le hace sonreír, que él es su Dios. Tú y yo podemos elegir eso. Por difícil que sea la situación, elige seguir buscándolo y volverlo a adorar, porque él sigue siendo tu Dios. Lo que nos hace felices no es la situación que vivimos, sino el Dios que está con nosotros, aunque el enemigo nos ataque por todos lados, en la mente y en las circunstancias.
El mensaje de David podría resumirse así: si te culpo, me lleno de amargura; pero si te busco, me lleno de paz. Y prefiero llenarme de paz. Necesitamos interrumpir con urgencia el diálogo interno. Claro que puedes contarle a Dios lo que sientes, aunque haya lágrimas por la mañana y por la noche, pero deja que su presencia y su palabra interrumpan ese diálogo. A veces nos invade la ansiedad por el futuro, y usamos el futuro para arruinar el presente. No arruines tu presente por el afán del futuro.
El crecimiento espiritual es el resultado de una búsqueda intencional. Que cada uno de nosotros salga con el deseo de buscar más de Dios. Él te dará fuerzas para hoy y esperanza para mañana.
La meta no es algo, es alguien
En Filipenses 3:12, Pablo reconoce que no lo tiene todo resuelto ni bajo control, pero que está bien encaminado. Es como decir: «Me faltan muchas áreas por cambiar, pero voy por buen camino. Estoy buscando a Dios y su palabra, no me he dado por vencido, y Dios está haciendo su obra en mí». Muchos podríamos decir lo mismo. Pablo está buscando a Cristo, e iglesia, busquemos a Cristo.
No enamoremos a la iglesia de las riquezas, de una casa, de un carro o de cosas materiales. Enamoremos a la iglesia de Cristo, y enamorémonos nosotros de él. No te preocupes: Cristo lo tiene todo, también las añadiduras. Pero no enamoremos a la iglesia de las bendiciones.
Pablo dice que Cristo lo alcanzó a él, al mismo Saulo. Con su sangre Cristo nos alcanzó y se puso al alcance de todos, pero nosotros decidimos seguir buscándolo. Él me alcanzó, y yo lo busco. ¿Cuánto lo vamos a buscar?
Pablo añade que no se considera un experto, pero que tiene la mirada puesta en la meta. ¿Y cuál es nuestra meta? Cristo. Tal vez trabajas duro para cerrar un negocio, y eso está bien. Pero no olvides que la búsqueda más grande, la que sostiene todo lo demás que buscamos, es Cristo. No te desvíes: tu meta no son las demás cosas, tu meta es Cristo. La meta no es algo; la meta es alguien, y tiene nombre. Busquémoslo con todas nuestras fuerzas. La palabra nos recuerda que debemos buscar como quien busca el oro y la plata; imagina si lo buscáramos a él como buscamos otras cosas. Dios nos llama a avanzar hacia Jesús, a correr sin volver atrás.
El crecimiento nunca termina. Pablo ya había plantado iglesias y visto todo tipo de milagros, pero sabía que esto continúa y que Dios sigue haciendo su obra. Imagina que alguien de 99 años recibe la propuesta de entrar a un gran negocio. Seguramente diría: «No, esa no puede ser mi meta. Puede ser un medio, pero no una meta». Su meta es otra, la que nunca le será quitada: Cristo. Todo lo que quiera apartarte de la meta, apártate tú de ello, y no vuelvas atrás. No hagamos de los medios metas, porque esta es una búsqueda que produce transformación. Como Pablo, podemos decir: «No lo he alcanzado todo; me falta mucho».
Una búsqueda que nos transforma a su imagen
En 2 Corintios 3, el contexto habla de lo que la religión imponía en aquel tiempo. En una versión contemporánea, Pablo dice que todos somos libres de eso y que nada se interpone entre Dios y nosotros. Podemos buscarlo con libertad. Nuestros rostros brillan con el resplandor de su rostro y somos transfigurados como el Mesías, y nuestras vidas se vuelven poco a poco más brillantes y hermosas.
Mira a quien está a tu lado: tal vez no brilla tanto por fuera, pero ya brilla por dentro porque es hijo de Dios, tiene al Espíritu Santo, Dios está tocando su vida y la palabra está sembrada en él. Cuando buscas a Dios, él te transforma a medida que entra en tu ser y te hace como él. Lo que buscamos determina en qué nos convertimos. ¿Qué estamos buscando?
Mientras estemos en esta vida, el crecimiento espiritual no tiene línea de meta. Está bien proponernos metas, pero son metas volantes, porque hay una meta que le da propósito a tu vida: Cristo. Si todo lo que haces apunta a esa meta y lo buscas cada día, él sostendrá todo lo demás con lo que Dios quiere bendecirte y añadirte.
Busca crecer hasta reflejar a Jesús en tu vida. Nos falta mucho; cuántas veces, por cómo contestamos, hablamos o actuamos, sentimos que no nos parecemos a Jesús. Pero por su infinita misericordia seguimos creciendo. Como Pablo, podemos decir que no lo hemos alcanzado todo, pero estamos en el camino. Si estás en el camino buscando a Dios, sin detenerte y siguiendo adelante, eso es digno de celebrar. Nos falta mucho, pero cada día podemos reflejar mejor a Jesús y acercarnos más a él. No dejes de buscar ni de crecer.
El objetivo de la búsqueda no es solo encontrar a Cristo, sino caminar con él y parecernos a él. Ojalá tengamos tanta hambre de la palabra que, ante cada oportunidad de recibirla, digamos de inmediato «tengo hambre», sin que haga falta repetirnos la invitación cincuenta veces. Tener hambre es saber que Dios nos puso en su iglesia y, sobre todo, en su reino para seguir creciendo.
Hay tres señales de que estamos creciendo: conocemos más a Dios, nos parecemos más a Jesús y servimos mejor al prójimo con amor. Buscar su semejanza es el propósito de nuestra vida. La iglesia no existe solo para informarte, sino para impulsarte a seguir creciendo. Pensemos en los padres de adolescentes: está muy bien inscribir a los hijos en cursos para que sigan aprendiendo. Pero a veces lo último a lo que los llevamos es a aquello que edifica su vida y a buscar a Dios. Después los problemas son enormes, porque nada de lo que aprendieron puede sostener su vida; solo el Dios que los creó puede hacerlo. Solemos tener tiempo para todo eso, pero no para buscar a Dios.
Arraigados en Cristo y alertas para no perder la estabilidad
Colosenses 2:6-7 nos enseña que, de la manera en que recibimos a Cristo Jesús como Señor, debemos seguir sus pasos, arraigarnos profundamente en él y edificar en él toda nuestra vida. Así la fe se fortalecerá en la verdad que nos fue enseñada, y rebosaremos de gratitud. Pregúntate: ¿esto que estoy haciendo edifica mi vida en Cristo o me está apartando de él?
El versículo 8 advierte que no permitamos que nadie nos atrape con filosofías huecas y disparates elocuentes, que nacen del pensamiento humano y de los poderes espirituales de este mundo, y no de Cristo. Por eso la iglesia tiene una responsabilidad: no enseñarte a hacer riquezas ni dinero, sino enseñarte de Cristo, porque si tienes a Cristo lo tienes todo. Hay muchas doctrinas que llaman la atención, pero que nunca podrán sostenerte; solo la verdad puede hacerlo. Por eso debemos aprender del contexto de lo que dice la palabra. Cristo es la meta, y debemos ser cristocéntricos: el centro no eres tú, ni soy yo, ni nuestras bendiciones, sino el Dios que nos da la vida. Nos urge buscarlo de día, a mediodía y de noche.
2 Pedro 3:17 nos advierte que nos mantengamos alertas para no perder la estabilidad. Un temblor nos recuerda lo frágil que es: nos sentimos estables, tenemos nuestros planes, y de repente todo se sacude. Eso nos muestra nuestra locura de querer tener el control. Pero Dios nos dice: «Yo sigo siendo Dios; nunca me derrumbaré». Si confías en él, no serás destruido. Los golpes que recibimos nos forman, pero no nos destruyen.
Todos nos asustamos. Hay quien siente un día que debe levantarse a las cinco de la mañana a interceder por las familias y por la nación. A veces no imaginamos de qué nos ha guardado Dios. No es que a otros no los guarde, porque a todos nos puede suceder algo. Lo importante es mantenernos alertas para no perder la estabilidad.
Muchas cosas nos quitan la estabilidad. Cada día el mundo amanece con información distinta que puede volverte inestable y hacer que te arrastren maestros libertinos que hablan sin sentido. Por eso Pedro nos exhorta a crecer en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, a quien sea la gloria ahora y siempre.
Cuando se pierde el hambre
Necesitamos buscar su presencia, que es nuestro encuentro con Dios; su palabra, que produce crecimiento interior; y su semejanza, que nos transforma para vivir como Jesús y cambia lo que debe cambiar en nuestro interior. Podemos decir: «Estoy viviendo un momento difícil, pero he decidido seguir buscando a Dios. Hay cosas que no puedo elegir, pero sí puedo seguir buscando su presencia, aunque toquen a mi puerta y se burlen de mí. He decidido volverlo a adorar, porque mi Dios me hace feliz». Solo él nos da ese gozo y esa alegría: su presencia, su fidelidad, su amor. Todo pasará, pero su palabra permanece para siempre y sigue vigente.
Esta es una búsqueda por encima de todas las búsquedas. Está bien buscar otras cosas cuando son de bendición. Pero esta es la más importante: marca la dirección y le da aliento de vida a tu espíritu.
¡Qué rápido se puede perder el hambre por Dios! Cuando estás enfermo del estómago, no importa que te lleven el mejor plato; no quieres ni ver comida. Pero cuando empiezas a sentirte mejor, vuelves a comer; por algo dicen que enfermo que come no se muere. Cuando se va el hambre, es porque nos estamos enfermando, y lo mismo pasa en el espíritu. Lo temporal nos absorbe de tal manera que la carne está muy alimentada, el espíritu muy débil, y perdemos el hambre por Dios. Los que tienen hambre no se pierden ninguna oportunidad de buscarlo, y lo mejor es que esa hambre nunca termina. A todos nos puede pasar que perdamos el hambre, pero que esta palabra marque nuestro corazón para que nuestra búsqueda no cese y ninguna circunstancia nos aparte de buscar su presencia, su amor y su palabra.
Hoy es tiempo de recuperar el hambre
Detente un momento, sin distracciones, y examina cómo está el hambre espiritual en tu vida. Todos estamos buscando algo, y hoy puedes hablar con Dios, porque hay una búsqueda que transforma todas las demás y debe ser el fundamento de tu vida. Que hoy se ordenen tus prioridades. Pidamos que el Espíritu Santo toque el espíritu de todo aquel que haya perdido el hambre por su presencia y por su palabra. Que despierte el hambre por el Dios que vive y es real, y por seguir madurando y creciendo. A todos nos falta seguir creciendo, porque esto es eterno y no se termina.
Tal vez has descuidado tu alimento espiritual, y hoy es el momento de retomarlo. Quizá es tiempo de reconocer que otras búsquedas han apagado la más importante, que es Cristo. Aun las mismas bendiciones de Cristo han apagado el hambre por el Cristo que nos ha bendecido. Si tu alma está triste o cansada, si ha habido lágrimas de día y de noche, hoy puedes decir: «Elijo adorar a mi Señor y a mi Dios».
Quizá durante esta semana, o en una temporada de tu vida, has permitido que tantas cosas inestables te desestabilicen hasta dejar de buscar a Dios. En esta tierra, deja de buscar lo estable: no existe. Solo hay uno estable: el Dios vivo, el que sostiene el universo, tu vida y la de tus generaciones. Que quienes habían perdido el hambre la recuperen, y que busquen su presencia, su palabra y la madurez como discípulos suyos. Que cada día tengamos no solo el deseo de seguirlo, sino también la actitud y la obediencia para seguir sus pasos.
Si estás pasando por momentos de lágrimas, no olvides que hay cosas que no puedes elegir, pero sí puedes elegir seguir buscando a Dios y su presencia. Ninguno que busque su presencia y su palabra será avergonzado. Exprésale lo que sientes, pero elige seguir buscándolo.
Jesús es el pan de vida, y su palabra dice que quien confiese con su boca será salvo. Por eso hoy puedes hacer esta confesión: pedirle perdón a Jesús por tus pecados, abrirle tu corazón y recibirlo como el pan de vida, el que calma el hambre y la sed de tu vida.
Referencias bíblicas
- Jeremías 29:13 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 63:1 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 11:28–30 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 6:35–37 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 5:6 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Romanos 8:28 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 42:1–5 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Filipenses 3:12–14 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 2 Corintios 3:17–18 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Colosenses 2:6–8 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 2 Pedro 3:17–18 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Romanos 10:9 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Juan 6:35 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


