EN Oración
Serie El Guardián

Guardianes que no fallan: cultivar sabiduría y prudencia

La sabiduría te dice qué hacer y la prudencia cómo hacerlo. Con Roboam, Sansón y José, descubre por qué lo que ignoramos hoy nos destruye mañana y cómo adquirir sabiduría cada día.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
57 min

Dios nos dejó guardianes para cuidarnos y frenarnos. No nos obliga a tenerlos: nos invita a hacerlos parte de nuestra vida. Muchos de los ataques que recibimos vienen del enemigo porque ignoramos estos guardianes y le damos la materia prima para golpearnos y destruirnos. El enemigo no quiere que avancemos ni un segundo en los planes de Dios; quiere que los resistamos. Por eso es tan importante no darle esa materia prima. Hay dos guardianes que no fallan: la sabiduría y la prudencia.

La sabiduría y la prudencia caminan juntas

En Proverbios 8:12, la sabiduría dice que habita con la cordura y que halla el conocimiento y la discreción. No trabajan separadas: la sabiduría y la prudencia caminan juntas. ¿A cuántos nos ha hecho falta sabiduría y prudencia? ¿En cuántos líos nos hemos metido por falta de discreción?

La prudencia no es miedo: es sabiduría en acción. A veces queremos llamar prudencia al temor ante un gran desafío, pero no debe ser así. La prudencia es la capacidad de reflexionar y aplicar la sabiduría de una forma práctica. ¿Cuántos problemas nos habríamos evitado si la prudencia hubiera sido nuestro guardián?

El diablo anda como león rugiente buscando a quién devorar. Es imposible que no seas atacado; lo que sí es posible es que no seas devorado. Entre el ataque y ser devorado entras tú, con tus decisiones. El problema es que muchas veces no tomamos decisiones, solo tenemos reacciones, porque no reflexionamos sobre el ataque que estamos viviendo. La prudencia te lleva a reflexionar, y lo que reflexionas lo puedes poner a la luz de la Palabra, que quita todo engaño: «Esto es un ataque. Voy a resistir, a seguir creyendo y confiando, porque Dios es mi guardián. Voy a esperar y a reflexionar, porque no seré devorado». Cuántas veces una mala decisión nos ha golpeado más que el ataque mismo, porque lo que necesitábamos era prudencia en la respuesta.

La sabiduría te dice qué hacer; la prudencia te dice cómo hacerlo. A veces sabemos qué hacer, pero lo hacemos de muy mala manera, y terminamos dañando nuestra vida y la de otros. Quedarte callado muchas veces no es señal de debilidad, sino de fortaleza: es manejar bien las emociones y tener la inteligencia emocional que tantas veces nos falta. La carne dice: «Contesta, no te dejes, que sepan quién eres». ¿Quién eres? Un hijo de Dios que sabe que tiene guardianes, y la prudencia muchas veces te llevará a no reaccionar como quieres, sino a responder como Dios dice. Cuántas veces, después de una mala respuesta, tenemos que volver a decirle a nuestro cónyuge: «Perdóname, no estuvo bien lo que te dije». Dios no solo quiere que hagamos lo correcto, sino que lo hagamos de la forma correcta, porque la forma puede destruir muchas cosas.

La sabiduría clama en la calle

Proverbios 1:20 presenta a la sabiduría clamando en las calles y alzando su voz en las plazas. Una versión contemporánea la describe de pie en medio del tráfico, en la esquina más concurrida, gritando: «Insensatos, ¿hasta cuándo se revolcarán en la ignorancia? Cínicos, ¿hasta cuándo sostendrán su cinismo? Ignorantes, ¿hasta cuándo se negarán a aprender? Dense la vuelta; puedo corregirles la vida. Estoy lista para derramar mi espíritu sobre ustedes y decirles todo lo que sé. Los he llamado, pero han hecho oídos sordos; les he tendido la mano, pero me han ignorado».

Lo que ignoramos hoy nos destruye mañana. Imagina a la sabiduría gritando en medio del tráfico mientras nosotros vamos afanados, con tantas cargas, creyendo que lo sabemos todo: «No me ignores; quiero llenar tu vida de sabiduría y salvarte la vida». Estamos perdiendo la vida por ignorar su Palabra. ¿Cómo notamos que no estamos siendo sabios? Cuando nos creemos sabios. Esa es una de las primeras señales de que no hay sabiduría. El día de la boda, muchos creían saberlo todo sobre el matrimonio, y quien llevaba más años casado sabía que vendrían los roces, porque no hay maestría universitaria que enseñe eso ni título que transforme el corazón.

La sabiduría dice que está lista para derramar su espíritu sobre nosotros: un espíritu de sabiduría que solo viene de Dios y que verdaderamente nos guarda. Cuando la hemos ignorado nos ha ido muy mal. La salida no está donde la has buscado: es Dios quien tiene la salida para tu vida. No necesitas más dinero; necesitas más sabiduría. Si eres sabio, Dios te dará nuevas ideas y traerá la añadidura. La sabiduría no se improvisa: se pide, se busca y se recibe.

El fundamento: el temor del Señor

Proverbios 1:7 nos da el fundamento sin el cual no podemos ser sabios. El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza. Cuando estamos en necedad no nos gusta la disciplina. El problema no son los errores que cometemos por falta de sabiduría, sino la necedad de defender esos errores, a la que nos lleva el orgullo, en lugar de rendir lo que Dios quiere transformar. Si somos sabios, aunque la corrección nos raspe, la recibimos.

Versículo clave

«El principio de la sabiduría es el temor de Jehová.»

Proverbios 1:7

La sabiduría es alinear nuestras acciones con los principios divinos. El temor de Dios es una reverencia profunda: un respeto reverente al Dios que lo sabe todo y lo puede todo, cuyo sí es sí y cuyo no es no. Es decirle: «Te respeto. Si dices que algo me va a destruir, me va a destruir, porque el enemigo es mentiroso y tú hablas verdad». La prudencia se perfecciona en el temor del Señor y en el aprendizaje continuo. Cada vez que decides hacer lo que dice su Palabra, estás perfeccionando tu temor de Dios.

Proverbios 8:13 dice: «El temor de Jehová es aborrecer el mal; la soberbia y la arrogancia, el mal camino, y la boca perversa, aborrezco». El ego no puede convivir con la sabiduría y la prudencia, porque el ego y el orgullo dicen: «Hago lo que quiero». Ese es el riesgo de autogobernarnos: cuando te autogobiernas, la verdad se vuelve relativa, y lo primero es lo que tú piensas, dices y crees.

Más valiosa que el oro

En Proverbios 8:17, la sabiduría dice: «Yo amo a los que me aman, y me hallan los que temprano me buscan». Con ella están las riquezas y la honra, los bienes duraderos y la justicia. Dios no tiene ningún problema con la riqueza: es dueño del oro, de la plata y de todo el universo. Si alguien sabe tener y dar, es Dios. Pero siempre tiene un propósito que va más allá de obtener: no es cuánto dinero tienes, sino lo que haces con él. La sabiduría da riqueza duradera, la que no te deja vacío.

Una versión contemporánea de los versículos siguientes dice que sus beneficios valen más que un salario alto, más que uno muy grande, y que sus rendimientos superan toda bonificación imaginable. El problema es que le damos más valor al salario alto que a la sabiduría. La Palabra nos llama a buscar la sabiduría como se busca el oro, porque el oro no puede darte lo que solo Dios puede darte. Por eso nos dejó la sabiduría como guardiana del corazón, para que gobierne sobre nuestras emociones y sentimientos. Lo que alcanzas a imaginar no puede darte plenitud; la sabiduría va más allá.

La sabiduría dice que anda por el camino de la justicia, dando vida a los que la aman y llenando sus tesoros. A los que la aman los abraza, los llena de fuerzas y les da vida abundante. Si la sabiduría es tu guardiana y algo no te sale, sabes que, estando en la voluntad de Dios, eso será para bendición y no para destrucción. Entonces vienen nuevas fuerzas y dices: «Voy a seguir adelante, porque si no ha sucedido es que aún no es bueno; cuando lo sea, Dios lo dará».

La gratitud guarda el corazón. «Señor, todavía espero esto, pero gracias por lo que hoy tengo». Eso guarda tu corazón de la amargura y de la envidia. La gratitud es para sabios. Quizá querías un plato caro y solo te alcanza para algo sencillo; quizá querías viajar lejos y no te alcanza. Cuando eres agradecido lo disfrutas igual, porque no se trata del lugar ni de la comida, sino del Dios que está contigo y de poder compartir con la gente que amas. La gratitud protege el corazón de la envidia.

Decidir adquirir sabiduría

Proverbios 4:7 contiene un principio: el primer paso para ser sabio es tomar la decisión de adquirir sabiduría. Necesitamos llenarnos de su Palabra, seguir aprendiendo y seguir creciendo. Esa decisión solo la tomas tú. Alguien puede orar por ti miles de veces, pero tú tienes que decidir. Usa todo lo que tengas para obtener sabiduría, y la conseguirás. Tenemos que buscarla activamente.

Versículo clave

«Sabiduría ante todo; adquiere sabiduría.»

Proverbios 4:7

Proverbios 2:6-7 da el motivo: Jehová da la sabiduría, y de su boca vienen el conocimiento y la inteligencia; él provee de sana sabiduría a los rectos y es escudo a los que caminan rectamente. La motivación determina tantas cosas: ¿por qué quiero abrir una empresa, un aumento, casarme? Dios da la sabiduría gratuitamente. La Palabra dice que si alguno tiene falta de sabiduría, la pida a Dios, que la da abundantemente. Él reserva su ayuda para los íntegros: no para los perfectos, sino para los íntegros. Y cuánto nos cuesta ser íntegros, porque no nos damos cuenta del orgullo que hemos dejado crecer, y creemos saberlo todo en el matrimonio, los negocios, el trabajo y la familia.

El mensaje es: todos los días necesitados de Dios. «Señor, todos los días necesito tu sabiduría». El día en que crees que ya tienes la sabiduría para ese día y no la pides, la perdiste. Cada día la necesitamos. La sabiduría guarda a los de conducta intachable: es como un guardaespaldas personal de los íntegros y los sinceros, un guardián silencioso que te cubre y te protege.

Al mismo tiempo, la Palabra dice: «Si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia». No dice que no tengas guardia; dice que no pongas tu confianza en el guardia, sino en Dios. Las estrategias son herramientas, y Dios las da, pero no pongas tu seguridad en la estrategia, sino en el Dios de la estrategia.

Proverbios 1:5 dice: «Oirá el sabio, y aumentará el saber, y el entendido adquirirá consejo». La sabiduría aumenta. El problema no es no saber, sino creer que ya sabemos. Leamos la Palabra y no nos creamos sabios. La necedad conduce a la destrucción; la sabiduría, a la edificación.

Roboam y Sansón: lo que perdieron por falta de prudencia

Roboam, hijo de Salomón, tuvo que tomar una decisión sobre el reino. Unos ancianos le aconsejaron, y también unos jóvenes, y escuchó a los jóvenes. No es que un joven no pueda tener sabiduría: hay jóvenes muy sabios porque han buscado la sabiduría de Dios. Pero en este caso los sabios eran los ancianos, también por lo que habían vivido. Roboam tenía sabiduría disponible y eligió mal: escuchó malos consejos, ignoró a los sabios, tomó una decisión emocional y dividió el reino. Una decisión imprudente puede destruir lo que te ha costado años. El sabio escucha; el necio se cierra. Ser sabio no es solo lo que sabes, sino lo que practicas. La sabiduría no se presume: se vive y se disfruta.

Sansón fue un héroe de la fe, y su historia quedó escrita para que aprendamos. Era muy fuerte, pero no prudente. Cuando el Espíritu de Dios venía sobre él, era imparable y podía destruir a un ejército. Fue levantado para destruir a los filisteos, que oprimían generaciones. Tengamos cuidado de que aquello que Dios nos llamó a destruir no termine destruyéndonos. Le preguntaban de dónde venía su fuerza, y la pregunta misma es reveladora: no se le notaba. No era un hombre enorme y musculoso; su fuerza venía del Espíritu de Dios. Donde menos lo esperas, Dios lo hace.

No ignoremos las señales. Los casados sabemos distinguir cuándo alguien es simplemente amable y cuándo hay algo más; lo mismo vale para las mujeres. Lo de Sansón no fue falta de fuerza, sino de prudencia. Todos tenemos dones, pero cuidado con tener dones y fuerza sin prudencia. Muchos grandes avivamientos de la historia se han apagado no por falta de dones, de poder o de Palabra, sino por falta de dominio propio y de prudencia.

La caída de Sansón no fue repentina: fue una advertencia ignorada. No cayó en un momento, sino en un proceso. El libro de Jueces muestra una espiral descendente, desde Otoniel hasta el punto más bajo con Sansón. Nadie arruina su vida en un día: son pequeñas malas decisiones cada día. No puedes evitar que venga la tentación, pero Dios siempre da la salida.

Aun así, en la vida de Sansón hay algo precioso: el Dios de Sansón. Primero el enemigo le quitó la visión y después le sacaron los ojos. Dalila le preguntó una y otra vez de dónde venía su fuerza; él le mintió hasta que ella le dijo que no la amaba, y entonces le reveló su pacto. Cuando lo capturaron, creyó que sería como las otras veces, pero no fue igual. Le sacaron los ojos y se convirtió en la burla de quienes debía destruir. No naciste para ser la burla de lo que Dios te llamó a vencer en esta generación, por tus hijos y tus nietos.

Pero Dios es misericordioso. Sansón estaba en el molino, dando vueltas, sin ver y desorientado, pero Dios seguía en su trono, y el cabello le empezó a crecer. Cuando lo llevaron delante de los filisteos para burlarse de él, le pidió al joven que lo guiaba que le dejara palpar las columnas que sostenían aquel lugar, símbolo del poder filisteo. En el molino, con Dios, se va el orgullo: «Señor, gracias por las fuerzas que me diste; me faltó prudencia, pero tus misericordias son nuevas cada mañana». Al palpar las columnas, clamó a Dios que lo fortaleciera solo esa vez. Cuando vuelves a palpar el propósito de Dios, puedes decir: «He fallado, pero he aprendido». Sansón no tenía que morir así, pero fue valiente, y derribó aquel lugar, y murieron más filisteos que en todos sus años de lucha. Si hoy hay consecuencias por no haber sido sabios, puedes decirle: «Señor, hazme palpar de nuevo el propósito que dejé de palpar».

El dolor de hoy puede ser la sabiduría de mañana

El dolor de hoy puede convertirse en amargura y frustración, o en la sabiduría de mañana. A José lo vendieron sus hermanos, que habían querido matarlo; fue a la casa de Potifar y después a la cárcel injustamente. Cuando vino el hambre, sus hermanos llegaron y se ofrecieron como sus siervos. José era el segundo después de Faraón en la potencia mundial, y les respondió: «No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios?». El que es libre no quiere esclavos; quiere gente bendecida a su alrededor. Les dijo que Dios lo había encaminado todo a bien. En la humildad reposan la sabiduría y la prudencia. Era como decir: «Me dolió y he llorado, pero este dolor se convirtió en sabiduría, porque la vida no viene de lo que poseo, sino del corazón».

José tenía como guardianes la prudencia y la sabiduría. Cuando la esposa de Potifar lo tomó de la ropa, él huyó. Huir es sabio. Lo que Dios le había prometido era mejor que lo que tenía delante. La sabiduría te hace ver más allá de lo obvio. No todo se enfrenta; algunas cosas se evitan. Cuando alguien se te cuela en una fila o una cajera te trata mal, sientes ganas de decir «¿No sabes quién soy yo?». A veces ganar es retirarse, y eso no es cobardía, sino sabiduría. En el matrimonio también: «Mi amor, hablémoslo después». Prudencia es dar un espacio, reflexionar y dejar que Dios nos hable.

La prudencia no te hace débil: te mantiene libre. A veces prudencia no es aguantar, sino irte. José tenía deseos y Sansón también; la diferencia no fue lo que sintieron, sino lo que hicieron. Los dos tuvieron a una mujer atractiva delante. Todos tenemos carne, pero no se trata de lo que sientes, sino de lo que haces. Que seas una persona que responde más de lo que reacciona, y que le responde primero a Dios.

Jesús crecía en sabiduría

Hoy Dios no nos condena: nos despierta. La sabiduría nos está hablando por medio de su Palabra para que no sigamos en la ignorancia. La sabiduría nos muestra el camino y la prudencia lo guarda. Sin sabiduría nos equivocamos; sin prudencia nos apresuramos. La Palabra dice que Jesús crecía en sabiduría. Si él creció, nosotros también tenemos que crecer.

Somos salvos porque Jesús fue sabio y prudente. Le gritaban: «Si eres el Hijo de Dios, desciende de la cruz», y él dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Más que lo que pudiera sentir, pesaba el propósito: que hoy tengamos salvación y la oportunidad de elegir la sabiduría y los guardianes que Dios tiene para nosotros. No nos quedemos en el mismo nivel.

Una versión de Proverbios 1:7 dice que el primer paso para aprender algo es inclinarnos ante Dios. Si cada día inclinamos nuestro corazón, nuestros pensamientos y nuestra vida ante él, ahí comienza la sabiduría. Quizá estás recogiendo consecuencias de no haber sido sabio. Puedes decirle: «Señor, perdóname por mis necedades y mis imprudencias; no solo he golpeado mi vida, sino la de otros. Perdóname por buscar tantas cosas y no sabiduría. Hoy te la pido, y quiero pedírtela cada día, porque mi carne quiere hacer lo que le complace. Quiero aprender a reflexionar y no ser tan reactivo. Mi corazón no debe guiarme; tu Palabra debe guiarme. Que el carácter de Cristo sea formado en mí». Y si nunca lo has hecho, puedes orar: «Señor Jesús, te pido perdón por mis pecados, te abro mi corazón y te confieso como mi Señor y mi Salvador».

Referencias bíblicas