Todos esperamos algo de Dios, y casi siempre intentamos alcanzarlo con nuestra voluntad, nuestras estrategias y nuestros dones. Planificar no es malo: todos tenemos dones y derecho a planear. Pero tu voluntad suele buscar su propia conveniencia, y el mundo te repite que alcances tus metas cueste lo que cueste, aunque dejes gente lastimada en el camino. Ser «un tiburón en los negocios» no es la voluntad de Dios. Tu voluntad, por sí sola, no puede sostener lo que Dios tiene preparado para ti. Su voluntad es una ventana perfecta que te deja ver lo que él tiene para ti.
¿Será que esta relación, este trabajo o esta amistad son parte del plan de Dios para mi vida? Todos nos hemos hecho esa pregunta. Hay cuatro claves para responderla.
Acércate a Dios para escuchar sus planes
Imagina a unos hermanos que cada semana adivinan qué comerán en la cena especial del sábado. De pronto llega corriendo el menor con la noticia exacta. ¿Cómo lo supo? Porque se mantenía cerca de sus padres: no entendía todo lo que decidían, pero los escuchaba. «Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos». Tus pensamientos no se comparan con los de Dios, pero si estás cerca de él, los escucharás.
Tu imaginación está limitada por lo que has vivido. Muchos pensamientos negativos nacen de heridas: «Esto no va a resultar», «ya me pasó antes», «todos son iguales», «ese trabajo no me lo darán». Pero el plan de Dios es más grande que tu herida y que lo que puedes imaginar. Quizá a cierta edad imaginabas tu vida de una manera, y hoy ves que tus pensamientos eran demasiado pequeños. Tu imaginación tiene un techo; Dios está por encima de él.
Esa cercanía no puede quedarse en el domingo. A una persona la conoces conviviendo con ella: aprendes sus gestos, sabes cuándo está contenta o molesta sin que lo diga. Así es con Dios. Cuando convives con él cada día, entiendes lo que te quiere decir a través de una canción, una brisa o el mensaje de alguien que te ama. No le pongas límites a sus sorpresas con tu manera de pensar: tienes un Padre al que le encantan las sorpresas, y su plan para hoy ya es bueno.
Vive su palabra, no solo la oigas
«Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos».
Versículo clave
«Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.»
Santiago 1:22
Si una relación, un trabajo, una amistad o un plan cumplen lo que está escrito en la palabra de Dios, lo más probable es que estén dentro de su voluntad. Para saberlo tienes que leerla, y después practicarla. De nada sirve asistir a todas las reuniones si todo es teoría y nada es práctica. En el momento de decidir, ningún pastor estará a tu lado; pero la palabra sí. Cuando llevas años leyendo la Biblia sin practicarla, se convierte en una costumbre religiosa que maquilla el deseo de hacer tu propia voluntad.
Muchas veces te vuelves selectivo con la palabra: buscas los versículos que te favorecen y evitas los que te confrontan. Pero lo que te confronta te forma y te hace crecer. Quien siempre te dice lo que quieres oír no te ama como Dios te ama. Y no existe un versículo que diga: «Haz un negocio deshonesto solo un par de meses». Cuando practicas la palabra, se nota: aunque no hayas recibido todo lo que anhelabas, conservas el gozo, y otros lo ven.
La voluntad de Dios debe ir por encima de tus necesidades. Si tus necesidades guían tu vida, todo lo harás buscando tu beneficio. Se nota quién vive la palabra mirando su casa y preguntando a quienes trabajan con él. Si perdonas, amas o das solo cuando a ti te parece justo, limitas tu vida y lastimas a otros. Responde al conflicto con el amor de Dios, porque está escrito. Anota lo que Dios te habla y vuelve a leerlo en tus días de debilidad: sin la palabra, vivirás frustrado.
Renueva tu mente para comprobar su voluntad
«No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta».
Versículo clave
«No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.»
Romanos 12:2
Muchos repiten que la voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta, pero olvidan lo que viene antes: no conformarse al mundo y renovar la mente. Renovar significa actualizar, modificar, dar una nueva interpretación y regresar a la forma original. Es difícil cuando has pensado lo mismo durante décadas. Así como nadie elige un teléfono viejo si puede tener uno actualizado, no te quedes con una mente sin actualizar esperando que todos te acepten así.
Tu naturaleza humana tiende a creerle a Dios cuando te conviene, y a orar para que respalde lo que ya decidiste. Una mente renovada responde antes: ante un negocio indebido o una tentación que no te corresponde, dice «no» desde el principio, porque está escrito. La voluntad de Dios no es un mapa detallado, sino una invitación a seguirlo hacia lo que no puedes ver. Aun en el tráfico, una mente renovada puede orar y escuchar: «Paciencia; te estoy guardando de algo que no ves».
Saulo nació con un propósito de Dios, pero por su entorno y sus convicciones hizo su propia voluntad y llegó a perseguir cristianos. Un día tuvo un encuentro con Jesús, su manera de pensar fue renovada, y se convirtió en Pablo, el gran apóstol a los gentiles. No se le recuerda por sus posesiones, sino por su obediencia. Un encuentro real con Jesús puede devolverte al plan original para el que naciste.
Adora aun cuando la respuesta es no
Cuando el hijo de David enfermó, David rogó a Dios, ayunó y pasó las noches acostado en tierra, y no quiso comer. Cuando supo que el niño había muerto, «se levantó de la tierra, y se lavó y se ungió, y cambió sus ropas, y entró a la casa de Jehová, y adoró». Rogar en la dificultad es natural; adorar después de un «no» no lo es. David conocía el corazón de Dios porque había caminado cerca de él.
Ante un «no» de Dios, el mundo espera que te quedes tirado. Pero puedes cambiarte las vestiduras de la frustración y adorar en medio del dolor. Rodéate de personas que te levanten. El «no» de Dios no apartó a David de su presencia, y tampoco tiene que apartarte a ti. Recuerda los muchos «sí» que Dios ya le ha dado a tu vida.
Amar a Jesús en el sí y en el no
Jesús cumplió la voluntad del Padre hasta dar su vida: «No se haga mi voluntad, sino la tuya». Él te invita a hacer su voluntad antes que la tuya, y a seguirlo aunque no recibas todo lo que pediste. Su voluntad es una ventana perfecta: acércate, vive su palabra, renueva tu mente y adóralo, y verás lo que él tiene para ti.


