Todo predicador tiene un tema que le apasiona. El de Jesús era el reino: habló de él más de cien veces en los evangelios, y cada vez que lo predicaba, algo poderoso sucedía. El reino de Dios es su gobierno. Y el evangelio es la buena noticia de ese gobierno para tu vida, tu matrimonio, tus hijos y todo lo que te concierne. Durante la semana recibes muchas malas noticias; pero el reino siempre trae buenas noticias.
Pensar diferente bajo el gobierno de Dios
«Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio». No dijo «vendrá», sino «se ha acercado»: el Rey entraba en escena. Arrepentirse significa pensar diferente: ampliar el horizonte, cambiar la perspectiva. Tu mirada es limitada, pero su reino no. Jesús te invita a mirar más allá de lo que te dicen tus sentidos, tus emociones y lo que estás viviendo.
El reino no es un concepto religioso, sino una cultura que transforma la vida. Jesús plantea una pregunta: ¿cómo sería tu vida si Dios la gobernara de verdad? Esto no es por imposición, sino por disposición. Si Dios no gobierna un área, alguien o algo más lo hará: tus pensamientos, tus emociones, tus heridas. El reino trae salvación, liberación, sanidad, propósito y prosperidad. Dile: «Señor, gobierna mi vida; que tu palabra me gobierne».
Un reino que crece desde lo pequeño
«¿A qué es semejante el reino de Dios, y con qué lo compararé? Es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su huerto; y creció, y se hizo árbol grande, y las aves del cielo anidaron en sus ramas». La gente esperaba un reino que llegara como un meteorito, derribando al imperio romano. Pero Jesús enseñó que el reino empieza en lo pequeño y avanza poco a poco.
Dios presta atención a lo pequeño. Jesús nació en Belén, una pequeña aldea, en un pesebre; creció en Nazaret, un lugar sin importancia; sus primeros seguidores fueron unos cuantos pescadores sin letras. Y a pesar de la persecución y la oposición, ese pequeño grupo trastornó el mundo. El poder del reino no se puede medir: cuando crees que no pasa nada, está pasando todo.
«Es semejante a la levadura, que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo hubo fermentado». Eso habla del avance del reino dentro del corazón. Aunque no sientas ni veas nada, algo está ocurriendo en tu interior: nace el hambre de orar, de leer la palabra, de conocer a Dios. Si no sabes por dónde empezar, comienza por los evangelios. Poco a poco, el reino influye en tus emociones, tus decisiones, tu pensamiento y tu voluntad, hasta que ya no eres la misma persona. Ten paciencia contigo y con los demás.
Cuando Dios gobierna tu vida, no importa el valle o el desierto que atravieses: lo que llevas del reino afectará tu casa, tu matrimonio, tus hijos, tu trabajo. En lugar de ser afectado por el ambiente, tú lo afectas. Eres portador del reino: no de malas noticias, sino de buenas nuevas. La gente habla más de la realidad que de la verdad; tú habla la verdad, porque la verdad te hace libre.
Portadores del reino que oran
«Preguntado por los fariseos cuándo había de venir el reino de Dios, les respondió y dijo: El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros». El reino no tiene que ver con edificios ni con organizaciones. Es el gobierno de Dios en cualquier situación, aun en las más difíciles.
Versículo clave
«Preguntado por los fariseos, cuándo había de venir el reino de Dios, les respondió y dijo: El reino de Dios no vendrá con advertencia»
Lucas 17:20
La oración atrae el reino. «Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra». Cuando oras así, la rebeldía sale de tu corazón, porque para que se haga su voluntad tienes que rendir la tuya. El propósito del reino es traer el cielo a la tierra. «Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo». En el cielo no hay enfermedad, ni división, ni amargura, ni tristeza; y cuando oras, atraes ese reino a tu vida.
Versículo clave
«Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.»
Mateo 6:10
Si no has visto la justicia de Dios en una situación, deja de buscar tu propia justicia y permite que la de él opere; entonces vendrán la paz y el gozo. Cada vez que oras, en lugar de quedarte mirando lo que te está pasando, atraes su gobierno sobre eso que te preocupa.
Créele hoy, también en lo sobrenatural
Crees que Dios es sobrenatural, y que tu salvación fue sobrenatural: confesaste con tu boca, creíste en tu corazón, y pasaste de ser criatura a ser hijo. Pero ¿crees que puede sanarte, restaurarte o proveerte? Ahí, muchas veces, todavía gobiernan tus pensamientos, tus emociones y tus experiencias. Reducimos la fe a una mala experiencia, y hacemos de ella una doctrina: «Como no lo he visto, no lo creo».
Marta le dijo a Jesús: «Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero». Y Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección y la vida». No algún día: ahora. Postergar los milagros es fruto de la incredulidad. El reino es aquí y ahora, y lo sobrenatural acelera lo natural. Si crees en un Dios sobrenatural, lo mínimo que puedes esperar es que su poder se manifieste en tu vida.
A lo largo de este camino, Dios te irá mostrando áreas en las que todavía no gobierna. No te asustes ni te condenes: exponlas delante de él. Cuando dejas que gobierne en tu mente, tus emociones, tus finanzas y tu familia, entras en una nueva dimensión de lo que él tiene para ti y para los tuyos.
Espera con fe, sin familiaridad
En la puerta del templo llamada la Hermosa, un hombre cojo de nacimiento «estuvo atento, esperando recibir de ellos algo». Y recibió más de lo que esperaba, porque Pedro y Juan portaban el reino. Así debe ser tu expectativa cuando llegas a la casa de Dios. En cambio, en Nazaret, donde todos conocían a Jesús desde niño, «no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos». La familiaridad puede robarte el asombro y el milagro.
«Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo». No basta con enseñar o conocer acerca del reino: la fe en lo que Dios te enseña es lo que provoca lo sobrenatural. No solo hables del reino: deja que Dios gobierne tu vida, y espera ver su poder.


