EN Oración
Serie Herederos

La condición del corazón de un heredero: sanidad para recibir lo que Dios tiene

Dios quiere bendecirte y darte su herencia, pero no va más allá de la condición de tu corazón. Jefté no se amargó y fue llamado a gobernar; Mefiboset corrió al dolor; Saúl escondió su inseguridad y David abrió su corazón sin filtros; Tamar calló y José lloró delante de Dios. Abre tu corazón y deja que él lo sane.

Predicadora
Sofía Bocache
Publicada
Duración
44 min

«El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos». Con frecuencia hablas de las promesas y de la herencia que tienes como hijo de Dios, pero olvidas que Dios se interesa por lo que ocurre dentro de ti. Cuando tu corazón está sano, tienes libertad, visión y fuerzas para tomar tu lugar de heredero.

Dios mira primero el corazón

«Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma». Dios quiere bendecirte, darte promesas y multiplicarte, pero no va más allá de la condición de tu corazón. A veces no ves lo que Dios te prometió, no porque él no sea fiel, sino porque hay algo dentro de ti que necesita restauración. Las heridas, el dolor enterrado y las decepciones pueden obstaculizar tu avance.

Versículo clave

«Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida.»

Proverbios 4:23

De tu corazón mana la vida. «El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva». Si en tu interior no fluyen paz, gozo, fe y amor, algo está obstaculizando, y Dios quiere sanarlo. A Moisés, Dios le pidió meter la mano en su seno, y salió leprosa; la volvió a meter, y salió sana. Iba a ser libertador, y necesitaba un corazón sano, porque lo que sale de un corazón enfermo enferma lo que toca.

Dios le dijo a Abraham: «Te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición». Él quiere bendecirte para que bendigas a otros. Pero si tu corazón está triste, amargado o lastimado, tu fe se ve afectada, porque «con el corazón se cree para justicia». Por eso él dice: «Dame, hijo mío, tu corazón».

Una agitación interna que Dios quiere atender

Rebeca quedó embarazada de mellizos, «y los hijos luchaban dentro de ella; y dijo: Si es así, ¿para qué vivo yo? Y fue a consultar a Jehová». Tú también puedes llegar con esa pregunta: «Si todo está bien en mi trabajo, mi matrimonio y mi familia, ¿por qué hay tristeza, mal humor, reacciones que no entiendo?». Puedes aparentar que todo está bien y, por dentro, cargar decepción y lágrimas. Dios no trata solo los síntomas: va a la raíz, porque quiere llevarte a una nueva temporada, y primero tiene que sanarte.

Jefté y Mefiboset: dos respuestas ante el dolor

«Jefté galaadita era esforzado y valeroso; era hijo de una mujer ramera». Sus medio hermanos lo echaron: «No heredarás en la casa de nuestro padre, porque eres hijo de otra mujer». Huyó a la tierra de Tob y se juntaron con él hombres ociosos. No tuvo la culpa de su origen, y aun así su corazón no se amargó. Cuando los amonitas atacaron, los mismos ancianos que lo habían rechazado lo buscaron para que fuera su caudillo. Pasó de despreciado y desterrado a jefe de su pueblo, con un corazón sano.

Mefiboset, nieto de Saúl, quedó lisiado de niño cuando su nodriza huyó con él y se le cayó, y terminó en Lodebar, un lugar aislado. En lugar de correr a Dios, corrió al dolor. El enemigo quiere convertir cada prueba en una excusa para que pierdas tu posición de hijo. Pero tu condición no determina tu posición. Dios no quiere dejarte olvidado con tu herida: te invita a su mesa. El hermano mayor del hijo pródigo no entró a la fiesta, no porque el padre lo dejara afuera, sino porque su corazón estaba lleno de resentimiento.

«Desde la angustia invoqué a JAH, y me respondió JAH, poniéndome en lugar espacioso». Cuando llevas tu dolor delante de Dios —«Señor, me dolió; sufrí; la amargura tocó mi corazón»—, él te sana y te pone en un lugar amplio.

Versículo clave

«Desde la angustia invoqué a JAH, Y me respondió JAH, poniéndome en lugar espacioso.»

Salmos 118:5

Saúl y David: la verdad frente al engaño

Dios escogió a Saúl: «He aquí este es el varón del cual te hablé; este gobernará a mi pueblo». Pero Saúl nunca se vio como Dios lo veía: «¿No soy yo hijo de Benjamín, de la más pequeña de las tribus de Israel? Y mi familia ¿no es la más pequeña de todas?». Cuando dejas de verte como Dios te ve, el enemigo lo aprovecha. Pregúntale a Dios quién eres para él, y créele. Lo que has vivido no determina quién eres.

«Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso». Cuando las mujeres cantaban «Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles», el corazón de Saúl lo engañó: le hizo creer que David quería su trono, cuando David solo cumplía lo que Dios le había encomendado. Saúl pudo haber llevado su inseguridad delante de Dios, pero prefirió esconderla y perseguir a David durante años. «Compra la verdad, y no la vendas». Comprar la verdad cuesta: «Señor, me duele, pero el problema soy yo; la inseguridad es mía».

David fue distinto, aunque también fue despreciado por los suyos, perseguido por Saúl y traicionado por su propio hijo. La diferencia es que abrió su corazón sin filtros. «¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?». «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Dios no se ofende cuando eres honesto: «He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo». La religiosidad aparenta perfección; la honestidad abre la puerta a la sanidad. Y Dios envió al profeta Gad para sacar a David de la cueva.

Dios dejó las lágrimas para que el dolor salga. Llorar delante de él no es debilidad: descargas lo que llevas, para no vivir cargado. Valora a quienes te dicen lo que necesitas oír, y no solo lo que quieres oír: a menudo son los que Dios envía para sacarte de la cueva.

Tamar y José: callar o sanar

Tamar, hija de David, sufrió un abuso terrible por parte de su medio hermano. Absalón le dijo: «Calla ahora, hermana mía… no se angustie tu corazón por esto. Y se quedó Tamar desconsolada en casa de Absalón». Abrazó su dolor, se cerró a las relaciones y no buscó sanidad. Tú no tienes que quedarte en silencio con tu herida: llévala delante de Dios.

José fue traicionado, vendido y calumniado, pero lloró delante de Dios todo lo que tenía que llorar. Cuando se dio a conocer a sus hermanos, «se dio a llorar a gritos», y después los abrazó y los besó. Una señal de un corazón sano es poder abrazar a quien te hirió.

Abraza al Señor, no el dolor

Muchos han anulado una parte de su historia por no querer enfrentarla: la niña triste o el niño herido que fueron. Dios te invita a reconciliarte con tu propia historia, porque «ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores». No abraces tu dolor: abraza al Señor. Él sana a los quebrantados de corazón, y te devuelve tu lugar en la mesa como heredero.

Referencias bíblicas