Hay una oportunidad de tener un encuentro profundo y real con Jesús.
Conocer de Jesús no es lo mismo que conocer a Jesús. Se puede oír hablar de él por medio de la esposa, la madre, los pastores o la asistencia a la iglesia. Pero el encuentro personal es una decisión de cada persona: pasar de recibir información sobre Jesús a profundizar una relación con él. Ir a la iglesia permite escuchar acerca de Jesús, pero por sí solo no equivale a conocerlo.
Puedes oír hablar de alguien durante años y, después, tener la oportunidad de conectar con esa persona: compartir un viaje, convivir, conocer incluso sus defectos. Con el tiempo llegas a conocer su calidad humana, cuánto ama al Señor y a los suyos. Saber de alguien no es lo mismo que conocerlo.
La anécdota muestra la diferencia entre saber de alguien y llegar a conocerlo por relación directa. Para conocer a una persona no basta con tener intermediarios. El camino al Padre es a través de Jesús, y el Padre y Jesús están unidos. Cada creyente está llamado a buscar una relación personal con Cristo, en vez de conformarse con acercarse a él solamente a través de otra persona.
Acercarse a Jesús por medio de alguien no está mal: una persona puede llegar a la iglesia porque la invitó un familiar o porque escucha a sus líderes. Pero, para profundizar, Dios quiere una relación personal con cada uno. A veces, por las experiencias de la vida, alguien puede pensar que no está capacitado para encontrarse con Jesús: que el pastor, el líder, la esposa o la vecina sí pueden, pero no uno mismo. La historia que sigue muestra que incluso alguien de quien nadie habría esperado una relación con Jesús tuvo esa oportunidad.
Pablo: de perseguidor a predicador
El ejemplo central es el apóstol Pablo, antes Saulo. Antes de llegar a la iglesia, es común participar en conversaciones de murmuración o crítica; a veces, como se dice en broma, se almuerza «pastor a la parrilla» o se cena «pastor a crema picante». Pero Saulo no se limitaba a murmurar: perseguía a la iglesia. Vigilaba a quién podía perseguir, entraba en las sinagogas, buscaba motivos para apresar cristianos y los metía en prisión.
Ese pasado contrasta con el papel posterior de Pablo, un discípulo y apóstol muy activo, que llevó el evangelio a lugares de Asia y Europa y pasó de perseguidor a predicador. Nadie habría querido a Saulo como colíder: ¡podía llevarse presa a una hermana! Amemos a nuestros propios colíderes. La vida pasada de Pablo no fue agradable: antes perseguía a otros, y después eran otros quienes lo perseguían a él.
En Hechos 26, Pablo cuenta su historia durante su defensa ante el rey Agripa. Escuchémosla con atención, porque de ella surgen principios sobre el encuentro profundo con Jesús, y consideremos este día una oportunidad de encontrarnos o reencontrarnos con el Señor. Pablo comienza hablando de lo que él mismo había creído y hecho contra el nombre de Jesús de Nazaret.
El primer principio es que un encuentro con Jesús trasciende la religión. Saulo era religioso: era fariseo, tenía credenciales y autoridad de los principales sacerdotes, y sus convicciones eran firmes. En el pasaje, Pablo dice que encarceló a muchos de los santos en Jerusalén, que actuó con autoridad de los principales sacerdotes, que dio su voto cuando los mataban y que los castigó en las sinagogas. Pablo también relata que se enfurecía contra ellos y los perseguía incluso en ciudades extranjeras.
Esa persecución era como una red capaz de traer de vuelta a quienes escapaban de Jerusalén. Imagina el temor de que alguien esperara a los cristianos afuera de la iglesia para inventarles una acusación y perseguirlos. Saulo podía tener una práctica religiosa y, al mismo tiempo, actuar contra Jesús.
La religión no salva, y las rutinas religiosas pueden apoyarse en una creencia sin conectar a la persona con una relación verdadera con Jesús. Muchas personas nacen en familias con una religión, asisten a la iglesia desde pequeñas, participan en cursos o grupos y quizá han sido bautizadas. Pero esos hechos, por sí solos, no demuestran que exista una relación sincera con Cristo. Ir los domingos, ofrendar, asistir a un grupo de amistad o identificarse con una iglesia no sustituye el encuentro personal.
Tampoco basta con acercarse a Dios solo para calmar la conciencia y volver a buscarlo el domingo siguiente. Imagina a alguien que elogia el mensaje, pero dice que debe trabajar de lunes a viernes y que volverá el próximo domingo. La relación con Jesús no se reduce a una visita semanal ni a la pertenencia a una comunidad.
El segundo principio surge de Hechos 26:12: Pablo iba a Damasco con autoridad y comisión de los principales sacerdotes, ocupado en perseguir a los cristianos. Saulo no iba a tientas ni dudaba de su tarea: creía que estaba haciendo lo correcto. Nuestros propios pensamientos pueden ser un gran opositor a un encuentro real con Jesús. A veces una persona está tan ocupada y convencida de su manera de actuar que no considera que pueda estar equivocada.
Pensemos en la crianza, el matrimonio y las finanzas. Una persona podría afirmar que sabe cómo criar a sus hijos porque así la criaron; otra, que provee todo lo necesario a su esposa y por eso nadie debe cuestionar cómo se relaciona con ella; otra, que sus prácticas de negocio —incluidas las coimas o esconder y reducir el valor declarado— son la única manera de trabajar. La pregunta es: «¿En qué estás ocupando tus pensamientos?» Nadie puede cambiar por sí mismo las convicciones de otro; esa labor corresponde al Espíritu Santo. Pero siempre es posible considerar un pensamiento distinto.
Jeremías 29:11 presenta la promesa de los planes de Dios como un pensamiento mejor que el nuestro, lleno de bienestar. Nuestros pensamientos tienden más al mal que al bien, pero los pensamientos de Dios no son de mal sino de bien.
¿Qué te imaginas cuando no te pagan en el trabajo, cuando tu pareja llega tarde o cuando aparece un dolor? Una persona puede buscar síntomas en internet y concluir enseguida que tiene un tumor. Podemos quedar atrapados en pensamientos alarmantes, o recordar que Dios puede tener una perspectiva mejor.
Una luz mayor y una respuesta de humildad
El tercer principio aparece en Hechos 26:13. Pablo cuenta que, hacia el mediodía, vio en el camino una luz del cielo, más brillante que el sol, que resplandeció alrededor de él y de quienes iban con él. Un encuentro real con Jesús confronta a la persona con una luz mayor que la propia: la gloria de Cristo no se compara con las credenciales, el éxito, el dinero, una empresa o un apellido.
Versículo clave
«cuando a mediodía, oh rey, yendo por el camino, vi una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol, la cual me rodeó a mí y a los que iban conmigo.»
Hechos 26:13
La presencia de Dios es sobrenatural y todopoderosa, y no debemos intentar encajar a Dios en los límites de nuestra mente. La luz es una manifestación sobrenatural de Dios, y cuando su presencia desciende, el cuerpo puede sentirla: llorar, reír o sentir que el cuerpo se pone de punta. Busquemos no solo información acerca de Jesús, sino un encuentro personal con él.
Dios puede manifestar lo sobrenatural en lo cotidiano. Hay quienes, regando el jardín de su casa, han visto en el patio figuras blancas, grandes y en movimiento: ángeles.
A veces nos cuesta creer en lo sobrenatural.
A algunas personas les cuesta creer en lo sobrenatural, y sin embargo aceptan lo que vieron en una película del multiverso. ¿Por qué alguien puede salir del cine creyendo en eso y, en cambio, dudar de que la Biblia diga que hay ángeles guerreros alrededor de los creyentes, luchando a su favor? O, tras ver una película de terror, llega a casa con las luces apagadas y teme que aparezca el «cuco». Creer en la presencia y el poder sobrenatural de Dios no es fanatismo, sino una realidad que puede acercar a la persona a Jesús.
El siguiente principio se vincula con Hechos 26:14, donde Pablo relata que, al caer todos al suelo, oyó una voz en lengua hebrea que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». La caída es una respuesta de humildad y rendición ante Jesús. La transformación no se produce simplemente por vivir una experiencia sobrenatural; también requiere reconocer las faltas, arrepentirse y rendir ante Dios lo que uno es.
Quedarse solo con la experiencia puede llevar a ser un cristiano emocional, pendiente de sentir el fuego o la presencia en un momento particular. En cambio, cuando se rinde todo ante Dios se empieza a vivir por convicciones. La vida cristiana no consiste en lo que se siente, sino en lo que se cree, y la fe se desarrolla de rodillas. Sentir la presencia de Dios es importante, pero la experiencia debe ir acompañada de humildad y entrega.
Hay días en que una persona siente la presencia del Señor y otros en que no la siente. Lo mismo ocurre en el matrimonio: si una relación se basa únicamente en lo que se siente, habrá cosas que aun así deben hacerse. La frase «se me acabó el amor» contrasta con entregarse a una relación con convicción y con el honor presentado ante el altar.
Jesús no se aferró a ser igual a Dios, se hizo hombre y se humilló hasta la muerte de cruz. Por eso el Padre le dio un nombre sobre todo nombre, ante el cual se doblará toda rodilla en los cielos y en la tierra y toda lengua confesará que Jesús es el Señor, para gloria de Dios. Esta referencia refuerza la invitación a rendirlo todo ante Cristo, más allá de una experiencia pasajera.
Un propósito que va más allá de la rutina
El último principio se desarrolla con las palabras de Jesús a Pablo en Hechos 26:16-18. Jesús le dice que se levante y se ponga sobre sus pies; le explica que se le ha aparecido para ponerlo por ministro y testigo de lo que ha visto y de aquello que le mostrará. El encargo incluye abrir los ojos, volverse de las tinieblas a la luz y de la potestad de Satanás a Dios, recibir por la fe perdón de pecados y una herencia entre los santificados.
Versículo clave
«Pero levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti»
Hechos 26:16
Un encuentro profundo con Jesús revela un propósito eterno. ¿Se limita el propósito de una vida a trabajar cada día y buscar el pan para los hijos? Trabajar y ser responsable es correcto, pero la vida no se reduce a eso ni a hacer dinero. La vida vale más que lo que una persona hace de lunes a sábado y tiene un propósito más amplio.
Saulo era el hombre de quien menos se esperaba que algo así ocurriera. Ese cambio se debe al amor de Jesús por él, y el propósito no llegó en la mera experiencia sobrenatural, sino cuando Saulo estaba en tierra, reconociendo una luz mayor que la suya.
Podemos imaginar la respuesta de Agripa y de quienes escuchaban a Pablo: algunos sorprendidos o conmovidos; otros, dormidos. Prepárate para que tu propia vida, en las manos de Jesús, se convierta en una historia extraordinaria que contar.
Desde donde estés, puedes decir esta oración en voz alta y de corazón: «Señor Jesús, te necesito en mi vida; me quiero encontrar contigo. Quiero que seas mi Salvador y mi Señor. Perdona mis faltas, mis pecados; hoy me arrepiento de ellos. Hoy me encuentro contigo otra vez. En el nombre de Jesús». No te conformes con conocer de Jesús: responde personalmente a su invitación y ríndele tu vida.


