EN Oración

El pecado anestesia, pero Jesús es el agua correcta

El pecado puede parecer atractivo al principio, pero se intensifica, acostumbra el corazón y te aleja de lo que agrada a Dios. No busques alivio en lugares equivocados: Jesús es el agua correcta.

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Imagina un reto de alitas picantes: tres niveles sobre la mesa, del más suave al más fuerte. La primera parece rica y te invita a seguir. La segunda ya quema más. La tercera te hace buscar agua desesperadamente. Así funciona el pecado.

Una tentación que parece atractiva

El pecado se siente agradable al principio, como algo rico que te invita a seguir. Pero es engañoso: cuando te encuentras en medio de él, ya estás enfrentando consecuencias y dificultades. Sabes que hay cosas que no agradan a Dios y que no deberías hacer, y aun así a veces terminas haciéndolas.

Hay cosas que se presentan bonitas y agradables al comienzo, pero luego traen remordimiento y más problemas. Y te justificas: «Será solo un poquito». Ese «poquito» rara vez se queda pequeño. «Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte».

La primera alita tiene un picante pasable; la segunda ya se siente más fuerte. El pecado avanza de menos a más. Algo que parecía manejable termina intensificándose y dominándote.

Cuando el corazón se acostumbra

El picante funciona como una anestesia: al principio lo sientes, pero a medida que tu boca se acostumbra, deja de percibirse con la misma intensidad. El pecado anestesia el corazón y la mente, hasta el punto en que dejas de reconocer que estás pecando.

Quien come picante con frecuencia termina sintiéndolo menos. Lo mismo ocurre con el pecado: algo que al principio te parecía malo llega a parecerte un pecado más cuando te acostumbras. Y quedas tan anestesiado que llegas a creer que estás haciendo lo correcto.

La paga del pecado es muerte, y el pecado conduce a la muerte espiritual. Tú necesitas permanecer vivo en el espíritu. Sé honesto y transparente: eres un pecador perdonado. Necesitas buscar a Jesús todos los días. Ningún pastor ni líder es la excepción: todos somos seres humanos y todos necesitamos acudir a Jesús.

Por eso es tan peligroso el pecado que ya no duele. Cuando algo que antes te incomodaba ahora te parece normal, no es que te volviste más fuerte: es que te anestesiaste. Pídele al Espíritu Santo que vuelva a sensibilizar tu corazón, que te muestre lo que ya no estás viendo y que te devuelva el dolor santo de saber que algo no agrada a Dios. Esa incomodidad es un regalo: es la voz de Dios llamándote de regreso.

La presión del grupo y el deseo de encajar

La presión de los amigos te hace creer que vas a resistir. Aceptas el reto de la alita más fuerte porque piensas que puedes aguantar y porque quieres encajar en el grupo. Así entra también el pecado: no siempre porque lo deseas, sino porque no quieres quedar fuera.

El lugar donde necesitas encajar no es cualquier grupo, sino el reino de los cielos, donde Dios tiene un plan para tu vida. El pecado te hace sentir que cada vez aguantas más, hasta que llega un momento en que ya no quieres continuar, pero ya no sabes cómo salir. Así engaña y aparta el pecado.

«No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar». Siempre hay una salida, y la salida tiene nombre: Jesús.

Pregúntate con quién estás pasando tu tiempo y hacia dónde te están llevando. No se trata de alejarte de todos, sino de no dejar que la necesidad de ser aceptado decida por ti. Tu valor no depende de aguantar el reto más fuerte, sino de ser hijo de Dios.

Confesar y acudir a Jesús

Pero hay buenas noticias. «Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve». Todos somos pecadores perdonados, y necesitamos llegar a Jesús cada día para ser limpiados.

Versículo clave

«Purifícame con hisopo, y seré limpio; Lávame, y seré más blanco que la nieve.»

Salmos 51:7

No importa si tienes un cargo en la iglesia: pastores y líderes también pueden pecar, porque son seres humanos. Recurre a Jesús para ser limpiado. Y no permitas que el pecado te anestesie hasta dejar de sentir lo malo. «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad».

Pablo conocía esta lucha: «Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago». Sabes que algo te hace daño y aun así te sientes atraído. Es la tensión de quien lucha contra el pecado. Pero Pablo no terminó ahí: «¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro».

Versículo clave

«Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.»

Romanos 7:19

No intentes acabar con el pecado de un momento a otro confiando en tu propia fortaleza. Cuando pretendes llevarte todo por delante con tus fuerzas, vuelves a caer. Jesús está contigo: toma su mano. Poco a poco, Dios te ayuda a salir de nuevas áreas de pecado. No es por tus fuerzas, sino por las fuerzas de Dios.

Rodéate de personas que te ayuden a pelear. No luches solo: busca amigos que amen a Dios, un líder a quien rendir cuentas, un grupo donde puedas confesar tus luchas sin máscaras. «Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados». Lo que se queda en la oscuridad crece; lo que traes a la luz pierde su poder.

Busca el agua correcta

Hay quienes, antes de conocer a Jesús, pasaron por niveles de pecado como los niveles de las alitas: algo que empezó de una manera terminó siendo algo malo. Buscaban agua para quitarse el ardor, y no la encontraban, hasta que un día encontraron a Jesús.

A veces buscas agua en lugares equivocados. Cuando estás anestesiado, intentas encontrar alivio donde no lo hay: en relaciones, en sustancias, en la aprobación de otros, en distracciones que solo te dejan más sed. Pero Jesús es el agua que necesitas. «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba». «El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna».

Busca el agua correcta. Acude a Jesús en lugar de buscar en lugares incorrectos lo que necesitas. El pecado atrae, se intensifica y anestesia; Jesús limpia, refresca y da vida. Cada día, llega a él como un pecador perdonado, y deja que su agua apague el fuego que el pecado encendió.

Referencias bíblicas