EN Oración
Serie Eleva

Eleva tu mirada

Deja de mirar únicamente tus circunstancias. Pídele a Dios que abra tus ojos, despierta del letargo espiritual y eleva tu mirada hacia lo que él quiere mostrarte y hacer en tu vida.

Predicadora
Sofía Bocache
Publicada
Duración
50 min

«Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley». Eleva tu mirada. Con frecuencia te concentras en las circunstancias y dejas de ver lo que Dios quiere mostrarte. Quizá llevas mucho tiempo mirando lo que te rodea, lo adverso y lo difícil. Conéctate con las promesas y con lo que Dios tiene para sus hijos.

Versículo clave

«Abre mis ojos, y miraré Las maravillas de tu ley.»

Salmos 119:18

«Unge tus ojos con colirio, para que veas». Pídele a Dios claridad para ver de otra manera. Pon un alto a la distracción del enemigo y pregunta: «Señor, muéstrame qué no estoy viendo, qué me estoy perdiendo y qué necesito ver en este tiempo». No se trata de ignorar los problemas, sino de dejar de darles toda tu mirada y pedirle a Dios una perspectiva distinta.

Lot y Abraham: dos maneras de mirar

Hubo contienda entre los pastores del ganado de Abram y los pastores del ganado de Lot. Abram dejó que Lot escogiera primero. «Y alzó Lot sus ojos, y vio toda la llanura del Jordán, que toda ella era de riego… como el huerto de Jehová, como la tierra de Egipto». Y Lot escogió para sí toda la llanura del Jordán. Puedes caminar con la actitud de Lot o con la de Abraham.

Lot significa «velo». El velo es detenerte en lo que te rodea —tus problemas, tus adversidades, tus circunstancias— hasta perder de vista lo que Dios quiere mostrarte.

La casa de Dios es un lugar donde Dios puede quitar ese velo y ayudarte a percibir lo que estabas pasando por alto. Deja de atender únicamente lo pasajero y temporal, y eleva tu mirada con una oración sencilla: «Señor, muéstrame lo que todavía no veo».

Abram habitó en la tierra de Canaán, y Lot habitó en las ciudades de la llanura y fue poniendo sus tiendas hasta Sodoma. Canaán habla de doblar las rodillas, humillarse y someterse. Si has orado, clamado y creído a Dios, has perseverado en oración: confía en que Dios responderá a tus oraciones hechas con fe.

Cuando doblas las rodillas, reconoces a Dios y le pides que abra tus ojos para mirar como él mira. El temor te lleva a tomar decisiones basadas solo en lo que tienes enfrente. Busca la guía de Dios antes de decidir, y pídele sabiduría para tus próximas decisiones, en lugar de dejarte presionar por las circunstancias.

Sodoma y Gomorra fueron destruidas. Lot perdió sus posesiones y su esposa, y su descendencia cargó con las consecuencias. No tomes decisiones precipitadas bajo presión: pide la dirección de Dios.

Mientras Lot lo perdía todo, Dios bendecía a Abraham y tenía en cuenta a sus generaciones. Dios no piensa solo en ti, sino también en tus hijos, tus nietos y tus bisnietos: es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, un Dios de generaciones. Si atraviesas un proceso, no lo reduzcas a la pregunta «¿por qué a mí?». Dios escoge a alguien dispuesto a someterse al proceso para hacer una diferencia en su generación.

La mirada del criado y la herencia de los hijos

Elías había anunciado la sequía, y ahora esperaba la lluvia que había declarado. Dijo a su criado: «Sube ahora, y mira hacia el mar». Y él subió, y miró, y dijo: «No hay nada». Y él le volvió a decir: «Vuelve siete veces». A la séptima vez dijo: «Yo veo una pequeña nube como la palma de la mano de un hombre, que sube del mar». Y Elías dijo: «Ve, y di a Acab: Unce tu carro y desciende, para que la lluvia no te ataje».

El criado representa una mentalidad que no reconoce la herencia de los hijos. El criado se conforma con una porción; el hijo sabe que hay una herencia. El hijo pródigo pensaba volver como jornalero para tener pan, pero el padre mandó traer el becerro gordo e hizo fiesta.

Reconócete como hijo y no vivas con una mentalidad limitada. ¿Estás atento a lo que el cielo anuncia para los hijos? Jesús entregó su vida en la cruz: se hizo pobre para que fueras enriquecido, se hizo maldición para que fueras bendición y llevó tus pecados para que fueras libre. Camina como hijo, con acceso a las promesas.

Mientras el criado iba a mirar, Elías estaba en la cumbre del Carmelo, postrado en tierra, orando. El letargo espiritual es una frialdad que te impide percibir lo que Dios está haciendo. «Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo». Despierta si te has vuelto indiferente. El letargo actúa en silencio y hace que tengas cosas sin disfrutarlas.

Versículo clave

«Por lo cual dice: Despiértate, tú que duermes, Y levántate de los muertos, Y te alumbrará Cristo.»

Efesios 5:14

Hay quienes viven reducidos a sobrevivir: se levantan cada mañana, cumplen el horario y sienten que nada pasa. Pero puedes vivir con pasión y propósito. Las responsabilidades cotidianas no desaparecen: puedes trabajar y hacer todo lo demás mientras cumples un propósito. Eres parte de un remanente, y Dios todavía tiene propósito para ti. El enemigo usa el letargo mediante la aflicción, el temor, la distracción y el afán.

Cuando te expones a la Palabra, Dios sopla aliento de vida. No vivas sin pasión: recibe cada día con gratitud y disfrútalo. «Este es el día que hizo Jehová; nos gozaremos y alegraremos en él». Sé parte de una iglesia apasionada, que no vive en monotonía y mantiene presente el propósito aun mientras atiende su trabajo y sus obligaciones.

Despertar, crecer y escuchar

El letargo se parece al conformismo, al acomodamiento y al poco deseo de crecer: la indiferencia por todo, la preferencia por quedarte siempre en casa. No te acostumbres al acomodamiento.

Lee, prepárate y aprende, sin importar tu edad: Dios mide tu vida por el propósito, no por los años. A Abraham, ya anciano, Dios todavía tenía algo que encomendarle. Caleb, a los ochenta y cinco años, dijo: «Dame, pues, ahora este monte». Esa es una disposición interior de pasión.

Samuel nació por un milagro, había promesas y palabra sobre su vida, y vivía en la casa de Dios; sin embargo, estaba dormido y no reconocía que Dios le hablaba. Puedes haber recibido cosas buenas y aun así no apreciarlas ni escuchar con claridad. Todos hemos pasado por momentos de somnolencia espiritual.

Cuando hablamos con Dios lo llamamos oración, pero cuando alguien dice que Dios le contestó, algunos piensan que está loco. El que hizo la boca puede hablar. Pide que caiga el letargo, para escuchar a Dios y ver lo que tiene para ti y tus generaciones.

Dios redujo el ejército de Gedeón: de treinta y dos mil quedaron diez mil, y luego los probó junto al agua. Unos se arrodillaron a beber; otros llevaron el agua a la boca con la mano y lamieron. Estos eran vigilantes: atentos, sin quedar absorbidos por la situación. Reconoce la crisis, pero mantén los ojos abiertos, esperando la ayuda y la promesa de Dios.

Habla más de Dios que de tus problemas. La tribulación es temporal y momentánea; Dios es mayor. No te tires dentro del problema ni dejes que ocupe toda tu conversación y tu pensamiento. Mantén la mirada en Dios: esa actitud expresa pasión y fe.

Uza, la fuerza y la casa bendecida

David y todo Israel trasladaban el arca de Dios sobre un carro nuevo, danzando delante de Jehová con toda clase de instrumentos. Cuando llegaron a la era de Nacón, los bueyes tropezaron, y Uza extendió su mano al arca de Dios y la sostuvo. Y el furor de Jehová se encendió contra Uza, y cayó allí muerto junto al arca. David se entristeció, y aquel lugar fue llamado Pérez-uza.

El arca representa la presencia de Dios, y no estaba diseñada para ser llevada por bueyes, sino por sacerdotes. Dios te hizo rey y sacerdote: el rey conquista y avanza; el sacerdote adora y confía en Dios. Cree las promesas y, al mismo tiempo, avanza hacia los territorios que Dios ha dispuesto para ti.

Nacón significa «preparado»: Dios tiene todo preparado para que se cumpla lo que dijo sobre tu vida. Uza significa «fuerza». La mano de Uza es el impulso de intervenir para salvar una situación por tu cuenta: el síndrome del redentor. No intentes hacer en tus fuerzas lo que le corresponde a Dios. El único Redentor es Jesucristo: confía en él y no te apropies de su obra ni de su gloria.

También hay «Uzas» que te roban la fuerza. Caminas con fe hacia un sueño, una promesa o un proyecto, y aparecen pensamientos de incredulidad: «no vas a poder», «la situación está mal», «ese proyecto no es de Dios». Compartes tu sueño con algunas personas, escuchas opiniones sobre las circunstancias, y empiezas a desinflarte como un globo. No permitas que nadie te robe la fuerza de la fe.

David temió y no quiso llevar el arca a la ciudad; la hizo llevar a casa de Obed-edom geteo. Y estuvo allí tres meses, y bendijo Jehová a Obed-edom y a toda su casa. Obed habla de quien trabaja, sirve y adora. Si trabajas, sirves y adoras con pasión y no te has rendido, Dios bendecirá tu casa y tus generaciones.

Dios bendecirá tu empresa, tu negocio, tu trabajo, tu familia y tu matrimonio. Es tiempo de recompensa y de respuestas. Eleva tu mirada y aviva tu pasión. Un globo se eleva más mientras más fuego tiene. Aparta las mentalidades de Lot, del criado y de Uza, y no dejes que el temor detenga tu camino.

Despierta y eleva tu mirada

Si el letargo te dificulta levantarte cada mañana, o has perdido la pasión, pídele a Dios que te la devuelva, que abra tus ojos y quite los velos y las vendas para que veas lo que él tiene. Que el letargo espiritual se aparte de ti. No te quedes a mitad de camino: levántate y avanza con la mirada puesta en Dios, que te acompaña, te ayuda y te fortalece.

Agradece a Dios por poner colirio en tus ojos, y pídele perdón por las veces que miraste solo las circunstancias. Eleva tu mirada y mira lo que Jesús hizo por ti en la cruz. Pide perdón por tus pecados, pídele que entre en tu vida y sea tu Señor, y agradécele por la vida eterna.

Es tiempo de elevarte. Lo que antes te afectaba ya no te afectará igual, no porque las cosas hayan cambiado, sino porque tú cambiaste. Dios aviva y activa de nuevo el fuego. Sé parte de una iglesia que arde en pasión por Dios: no vivas mirando solo las circunstancias; eleva tu mirada, despierta, persevera en la fe y camina hacia el propósito de Dios.

Referencias bíblicas