El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob es también tu Dios: el que hizo milagros antes, el que obra hoy, y el que puede hacerlos esta semana. Celebrar su grandeza abre tu corazón para que su grandeza se manifieste. Viene una ola de promesas de Dios.
Pero muchas promesas se dejan pasar porque no estamos preparados para recibirlas. Hay lugares en el mundo donde se forman olas gigantes, de más de quince metros. Son el sueño de algunos surfistas, pero también un peligro: no cualquiera puede enfrentarlas. Lo que Dios tiene para tu vida es aún mayor.
La valentía no es decir impulsivamente «yo me animo». La verdadera valentía es aceptar la formación: «Dios, permito que hagas en mi vida la obra que tienes que hacer». No se sostiene en una emoción, sino en la voluntad de Dios y en una vida preparada. Nadie es perfecto, y Dios no te exige perfección, sino disposición para que trabaje en tu corazón.
La promesa comienza en el proceso
Quienes se preparan para olas gigantes entrenan para aguantar varios minutos bajo el agua, incluso cargando peso. Todos quieren la foto sobre la ola, pero no la preparación. El tiempo de espera forma tu vida, y lo que has vivido no ha sido en vano. Ir a lo profundo no siempre es agradable, pero allí Dios forma tu corazón.
La promesa no comienza cuando la ves cumplida: comienza cuando Dios la deposita en tu corazón y estás dispuesto a ser transformado mientras esperas. Dios prometió a Israel una tierra que fluye leche y miel. La llegada a esa tierra fue la manifestación completa, pero la promesa comenzó desde que fue anunciada, en medio del proceso. La espera es un tiempo de preparación.
El proceso te lleva a vivir cosas que nunca habías visto, y prepara tu corazón para sostener lo que no imaginabas. Esperar no es dejar de crecer. «Ciertamente ninguno de cuantos esperan en ti será confundido». No es lo mismo esperar «de» Dios que esperar «en» Dios: tu esperanza descansa en quien prometió, aunque lo esperado todavía no haya llegado.
Versículo clave
«Ciertamente ninguno de cuantos esperan en ti será confundido; Serán avergonzados los que se rebelan sin causa.»
Salmos 25:3
Si fijas tu mirada solo en lo que te falta, siempre tendrás una razón para no agradecer, como Israel, que en el desierto quería volver a Egipto. Agradecer es reconocer que Dios conduce y forma tu vida. Un corazón sano es un corazón fuerte. Pídele a Dios que entre en los lugares de tu interior donde todavía no le has permitido entrar.
Puedes mirar de afuera hacia adentro, o de adentro hacia afuera. Cuando Dios trabaja en tu corazón, cambia tu manera de ver las circunstancias. Pero no todo momento difícil es un proceso de Dios: algunos son consecuencias de malas decisiones. Si estás en lo profundo por tus errores, hay esperanza: Dios extiende su misericordia, inicia la restauración y te levanta.
Reconoce el error y vuelve a Dios
Saúl y David pecaron, pero respondieron de manera muy distinta. Cuando el profeta le anunció a Saúl que Dios lo había desechado como rey, Saúl le pidió: «Te ruego que me honres delante de los ancianos de mi pueblo». Le preocupaba su imagen pública. A David, en cambio, le dolía haber roto su relación con Dios: «No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu».
«Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento… Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte». Saúl no permitió que su tristeza lo llevara a reconocer su error, y quedó atrapado en la preocupación por su imagen.
La culpa te inmoviliza y te dice que no sirves y que no te levantes; el arrepentimiento te lleva a decir: «Dios, pequé; perdóname; no puedo vivir sin ti». La tristeza según Dios no es una invitación a la depresión ni a vivir bajo condenación, sino una dirección para volver a Dios. Si ya no sientes nada ante el pecado, examina tu corazón: no reduzcas tu vida espiritual a cumplir un horario mientras haces lo que quieres.
David decía: «Mientras callé, se envejecieron mis huesos». Sabía que no podía vivir sin Dios, aunque tuviera palacios y riquezas. La vida abundante viene de Dios, que forma, transforma y levanta. Ya sea que atravieses un proceso o que estés en lo profundo por malas decisiones, vuélvete a Dios y confía en su misericordia.
Jesús ve más allá de lo que haces
Jesús enseñaba a la orilla del lago, y vio a unos pescadores lavando sus redes. Uno de ellos era Pedro, que había pasado la noche sin pescar nada. Jesús subió a su barca, le pidió que se apartara un poco de tierra, y luego le dijo: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». Jesús no miraba solo lo que Pedro hacía, sino lo que había en él, y quería transformar su vida.
Jesús ve lo profundo de tu corazón, aun lo que otros no ven. ¿Hay rencor, amargura, frustración? Tus dones y talentos no bastan para alcanzar las promesas más grandes. La pesca abundante no era el único propósito: Jesús estaba obrando en Pedro. «Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red». Pedro rindió su experiencia y sus talentos, y confió en la palabra de Jesús.
El joven rico le dijo a Jesús que había guardado los mandamientos desde su juventud. Mostraba lo que le sobraba, pero Jesús fue a lo que le faltaba: «Anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme». Y se fue triste, porque tenía muchas posesiones. El amor de Jesús no consiente lo que te destruye: saca a la luz lo que te daña y te impide prepararte.
Si aquel joven hubiera entregado todo, habría ganado mucho más de lo que dejó. Jesús tocó lo que más amaba. ¿Qué has convertido en tu tesoro? ¿Qué te está deteniendo? Jesús ve lo que necesitas entregar, pero tú decides si dejas que su palabra transforme esa área de tu corazón.
Obsérvate también a ti mismo. «Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina». No uses la palabra solo para corregir a tu primo o a tu suegra: úsala como espejo para examinarte cada día. ¿De dónde salió esa reacción? ¿Viene de una herida, o de algo que todavía no has rendido a Dios? No se trata de condenarte, sino de reconocer lo que necesitas llevar ante Dios.
Ana: deja de mirar a la otra persona
Ana no podía tener hijos; Penina sí. Cada año, cuando subían a la casa de Jehová, Penina la irritaba, y Ana lloraba y no comía. Ana llegaba a la presencia de Dios mirando lo que tenía Penina, en lugar de mirar su propio corazón y hablar con Dios.
El enojo puede ser una pasión que, bien dirigida, te lleve a grandes victorias. No te enojes con los demás: reconoce lo que en ti te impide avanzar, y dale otra dirección a tu enojo. Ana fue al templo llorando, con amargura de alma, y el sacerdote Elí pensó que estaba ebria. Ella respondió: «Soy una mujer atribulada de espíritu… he derramado mi alma delante de Jehová». La amargura te marea y te hace ver cosas que no son.
Ana dejó de fijarse en Penina y derramó delante de Dios su amargura y su frustración. Entregó esa carga y le pidió a Dios que hiciera algo nuevo. Su esposo Elcana le daba una porción doble y la consideraba especial, pero la promesa de Samuel era una ola grande que ella todavía no podía ver. No dejes pasar otro año mirando lo que tiene otra persona: lleva tu propio corazón a Dios.
Una imaginación inspirada en las promesas
Los procesos despiertan una imaginación inspirada en las promesas de Dios. En medio de sus dificultades, David escribió: «Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará… Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno». Imagina y declara la promesa de Dios en medio de tu dolor y tu angustia.
Versículo clave
«Jehová es mi pastor; nada me faltará.»
Salmos 23:1
«Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida». Imagina que el favor y la gracia de Dios te acompañan adondequiera que vayas. David fue sacado del cuidado de las ovejas, pasó por procesos, cometió errores y tomó malas decisiones, y aun así el bien y la misericordia lo siguieron. Vuelve a soñar. Medita en la palabra de día y de noche, y serás como árbol plantado junto a corrientes de aguas: lo que venga no te moverá.
Jesús anunció que sería entregado, que padecería y que lo matarían. Pedro quiso apartarlo de ese camino, y Jesús lo reprendió con firmeza. No quieras quitar el proceso: el proceso anunciaba la gloria que venía. Jesús también dijo que resucitaría al tercer día. Esa esperanza sostiene tu imaginación de fe, aun ante el temor y el dolor.
Abre tu corazón, y dile al Señor que puede entrar en los lugares de tu interior que antes estaban cerrados. Entiende tus procesos como preparación para las promesas que habías dejado pasar, y que el temor se vaya en medio de ellos. Dios está contigo y no te ha dejado.
Y abre tu corazón a la promesa más grande: Jesús en la cruz del Calvario. Pide perdón por tus pecados y recibe a Jesús como tu Señor. No solo esperes futuras promesas: recibe hoy a Jesús.
Referencias bíblicas
- Salmos 25:3 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 2 Corintios 7:8-10 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Lucas 5:1-11 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Marcos 10:17-22 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Timoteo 4:16 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- 1 Samuel 1:6-18 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 23:1-6 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Mateo 16:21-23 (abre YouVersion en una pestaña nueva)
- Salmos 23:1 (abre YouVersion en una pestaña nueva)


