EN Oración
Serie En peligro de extinción

Un espíritu diferente: la fe de Caleb

Cuando el Espíritu de Dios influye en tu espíritu, tienes un espíritu diferente. Diez espías se vieron como langostas y contagiaron a todo un pueblo; Caleb y Josué dieron un reporte de fe. A los ochenta y cinco años, Caleb pidió el monte de los gigantes, porque quien espera en Dios renueva sus fuerzas. Y el Padre, que esperaba al hijo pródigo, cambia el espíritu de orfandad por un espíritu de hijo.

Predicador
Alfonso Bocache
Publicada
Duración
27 min

Somos cuerpo, alma y espíritu. Cuando permites que el Espíritu de Dios influya en tu espíritu, tienes un espíritu diferente, uno que transforma todo y marca la diferencia dondequiera que vas. Ante la adversidad, solemos revisar todo lo externo, sin imaginar que el problema no está afuera, sino adentro. No esperes a que alguien más marque la diferencia en la crisis: lleno del Espíritu de Dios, puedes ser tú quien la marque.

La fe te acompaña donde la razón te abandona. Cuando un diagnóstico dice que no hay cura, la razón se va, pero la fe se queda contigo hasta ver el milagro. La razón decía: «Son cinco panes y dos peces; es imposible alimentar a cinco mil hombres». Pero Jesús tenía un espíritu diferente: sabía que para el Padre no hay nada imposible. Y todo se multiplicó.

Diez espías y dos con otro espíritu

Dios prometió a Israel una tierra que fluía leche y miel. Doce espías fueron a reconocerla y trajeron de su fruto. Dios les mostró con frutos lo que había prometido, y aun así muchos dudaron. «Entonces Caleb hizo callar al pueblo delante de Moisés, y dijo: Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos. Mas los varones que subieron con él, dijeron: No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros».

Versículo clave

«Entonces Caleb hizo callar al pueblo delante de Moisés, y dijo: Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos.»

Números 13:30

Se puede conocer el espíritu de alguien por lo que habla en medio de la crisis. Ellos dijeron: «También vimos allí gigantes… y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos». Se veían demasiado pequeños para lo grande que Dios tenía. No se veían como Dios los veía, sino a la medida de la adversidad. Tu autoestima no debe basarse en tus logros, que pueden llenarte de orgullo, sino en Dios: saber de quién eres hijo, de un Dios sin limitaciones que te ama. Si había gigantes, Dios era más grande.

«Entonces toda la congregación gritó, y dio voces; y el pueblo lloró aquella noche. Y se quejaron contra Moisés y contra Aarón». La murmuración y la queja hacen perder las bendiciones. Diez hombres con el espíritu incorrecto contagiaron a todo un pueblo. Somos muy cuidadosos para que no nos contagien un resfriado; ojalá lo fuéramos igual con la murmuración, el chisme y la división.

Fíjate en la expresión «a nuestro parecer». Los gigantes nunca dijeron que los israelitas parecían langostas; fueron ellos mismos quienes se vieron así y supusieron que los demás los veían igual. Muchas derrotas comienzan en la manera en que te ves a ti mismo. Antes de enfrentar a un gigante, necesitas recordar quién es tu Dios y quién eres tú en él.

Un reporte de fe

Josué y Caleb dijeron: «La tierra por donde pasamos para reconocerla es tierra en gran manera buena. Si Jehová se agradare de nosotros, él nos llevará a esta tierra, y nos la entregará; tierra que fluye leche y miel». La boca habla de la abundancia del corazón: la promesa fluía en su espíritu. «Mi palabra no volverá a mí vacía». Si uno no la recibe, Dios buscará a alguien que la reciba. Los diez espías estaban atentos a las adversidades; Caleb, a la palabra de Dios. Lo que escuchas marcará la diferencia en tu espíritu.

Dios dijo: «Pero a mi siervo Caleb, por cuanto hubo en él otro espíritu, y decidió ir en pos de mí, yo le meteré en la tierra donde entró, y su descendencia la tendrá en posesión». Caleb siguió a Dios de todo corazón, no a medias. Hubo una generación a la que no pudo convencer, y tuvo que esperar a que se levantara otra con hambre de ver cumplidas las promesas.

Versículo clave

«Pero a mi siervo Caleb, por cuanto hubo en él otro espíritu, y decidió ir en pos de mí, yo le meteré en la tierra donde entró, y su descendencia la tendrá en posesión.»

Números 14:24

Dame este monte

Cuarenta y cinco años después, Caleb dijo: «Ahora bien, Jehová me ha hecho vivir… y ahora, he aquí, hoy soy de edad de ochenta y cinco años. Todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió… Dame, pues, ahora este monte». Esperar de Dios es solo esperar sus promesas, y si no llegan, te apartas. Esperar en Dios es confiar en él aunque la promesa no haya llegado. «Los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas». Caleb entendía: «Si estoy con vida, mi promesa sigue con vida». Si estás vivo, hay propósito.

Caleb pidió el monte donde vivían los gigantes que habían aterrorizado a los diez espías. Quien tiene un espíritu diferente no espera que le digan qué hacer: pide los desafíos más grandes. Quería demostrar que su reporte de fe era verdadero. Su reporte no se basaba en lo que vivía, sino en lo que creía. En una crisis económica puedes decir: «Sé que es un momento difícil, pero traigo un mejor reporte: no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan». Caleb tuvo éxito donde otros fracasaron, y conquistó Hebrón, cuyo nombre se asocia con la comunión. No te amargues ante el desafío: tómalo como una aventura con Dios.

La mayor parte de aquella generación murió en el desierto, pero la promesa no murió: la tomó otra generación. Hay algo que Dios diseñó para ti; decide si vas a tomarlo. Un espíritu diferente no pierde el tiempo: cuando Dios habla, se pone en movimiento. No necesita que lo empujen; vive expectante, preparando su corazón para recibir lo que Dios prometió.

De la orfandad a ser hijo

El hijo pródigo tenía el título de hijo, pero un espíritu de orfandad. Pidió su herencia y la malgastó viviendo perdidamente, buscando pertenecer en cualquier lugar. Cuando no tienes el sentido de pertenencia del Padre, buscas pertenecer donde crees que te lo darán, y no lo encuentras. Pero el Padre estaba atento: «Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó». Tenía expectativa: «Mi hijo va a volver».

El hijo dijo: «Padre, he pecado». Y el padre mandó traer el mejor vestido, un anillo y calzado, y mató el becerro gordo. A este Padre no se le acaba la herencia: hay más oportunidades. El hermano mayor oyó desde lejos la música y las danzas. Si tu espíritu se ha amargado, frustrado o llenado de duda, dile al Espíritu de Dios: «Visita mi espíritu y sánalo». Él cambia la orfandad y las heridas por un espíritu de hijo, lleno de la gracia y del favor del Padre, que nunca te ha dejado ni te dejará, y que hoy te recibe en casa.

Referencias bíblicas